Un elixir de cáñamo abre las puertas de la psique

EL ELIXIR JÜNGERIANO

por Lupe Casillas

Las obras de Ernst Jünger decoran todas las bibliotecas psiconáuticas que merezcan tal apelativo y, además, le han valido al autor alemán el reconocimiento internacional como uno de los grandes escritores germanos de los últimos tiempos. Él es el padre (literal) de la psiconáutica: en sus textos parió el término que ha acabado gozando de vida propia y nos narró algunos de sus experiencias con sustancias de toda índole.

Ernst Jünger es una figura muy controvertida. Fue, como muchos han comentado, un personaje que suscitó odio y simpatía a partes iguales, pero que a pocos dejó indiferentes. Pretender definirlo resumidamente es un error, pues ni siquiera rascaríamos la superficie y es probable que acabáramos aún más perdidos de lo que estábamos al principio.

Por eso en este espacio, ahora dedicado a él, no queremos ser tan osados y, manifestando lo difícil que resulta una aproximación de calidad a su figura y obra, admitiremos que pueden encontrarse vacíos. Sin embargo, no podemos olvidar que el tema que aquí viene ocupándonos no es otro que la literatura cannábica y que, aunque nos encantaría presentaros un estudio en profundidad del escritor, nos vamos a centrar en su obra Heliópolis (1949), por narrar una experiencia con cáñamo (aunque no es la única).

Aunque algunas pinceladas a otros aspectos se den, mucho quedará en el tintero, pero esperamos que este texto despierte la curiosidad para indagar más en el alemán y en su obra. Sin duda, es un personaje apasionante.

El origen de Jünger

Jünger nació en 1895 en Heidelberg. A una temprana edad su familia se trasladó a Schwarzenburg en Sajonia, donde su padre que era químico se dedicó a llevar la farmacia. Con doce años y más dinero, Jünger y su familia volvieron a trasladarse. Esta vez a Rehburg, en la Baja Sajonia. Así pasó infancia y juventud, entre traslados e internados donde lo educaron siguiendo una rígida disciplina, mientras cultivaba sus ansias de libertad.

Cuando contaba los dieciocho se fue a la guerra. Quizás suponiendo que la vida del soldado le proporcionaría dinamismo y hallando así una salida a su vida de encierro, se enroló en la Legión Extranjera francesa y con ella viajó a Argelia. Se cuenta que desde allí, quiso internarse en lo profundo del continente pero, tras recibir incesantes reclamos de su padre para que volviera con su familia, retornó a Alemania.

Esta experiencia bélica hubo de marcar un gusto pronunciado por la lucha en los conflictos armados porque, con el estallido de la I Guerra Mundial, Jünger se alistó aceleradamente para combatir del lado del káiser, Guillermo II de Alemania. Esta guerra le proporcionaría, además de sus primeras heridas de batalla y las más altas condecoraciones, material documental para publicar con veinticinco años sus Tempestades de Acero (1920). Esta ópera prima es todo un elogio a la guerra, comprendida como “experiencia interior”, y le valdrá el reconocimiento y la fama.

Aunque estuvo en el ejército algunos años más (a veces como reserva), se trasladará a Leipzig para estudiar filosofía y ciencias naturales, entre otras materias hasta que, con treinta y un años, se case con Gretha Jeisen, con la que formará una familia y tendrá dos hijos.

Durante el escabroso período de entreguerras compuso con muchos otros la Revolución Conservadora alemana. Esta corriente política y cultural anclaba sus raíces en el más puro nacionalismo radical, mientras que se oponía al liberalismo del siglo anterior y se apoyaba en autores tan cercanos como Nietzsche. Aunque no son lo mismo nacionalismo y nazismo y Jünger había dado buena prueba de su posición, no pudo evitar ser considerado nazi. Como explica muy bien Manuel Hidalgo en su artículo Jünger: libre y soberano: “Jünger fue tachado de inspirador del nazismo por libros como Tempestades de acero (1920) o El trabajador (1932). No sirvió de mucho que su novela Sobre los acantilados de mármol (1939) contuviera una crítica alegórica del nazismo, ni tampoco que rechazara expresamente los puestos que los nazis le ofrecieron en el Reichstag y en la Academia, ni que prohibiera expresamente la publicación y tergiversación de sus textos en los periódicos nazis, ni que se mostrara contrario al racismo y al antisemitismo de Hitler”[1].

Desde Librería Muscaria corroboran esta afirmación al explicar: “Inmerso en un siglo convulso, portavoz no oficial de la Kultur germana tan denostada entre 1914 y 1945, sufre en su propia carne los prejuicios que, por extensión, no han dudado en esgrimir sus detractores en todo tiempo y lugar. No obstante, al conocedor de su obra no le queda más remedio que doblegarse y, aún no estando de acuerdo con todos sus postulados, reconocer su relevancia en el desarrollo cultural del siglo XX”[2].

Fachada de una casa histórica con tejado de tejas, ventanas enrejadas y escalinata adornada con flores.
Casa histórica con escalinata y flores

Su experiencia bélica se estiró aún un tanto cuando, con la II Guerra Mundial fue nombrado oficial en el París ocupado en 1941, aunque ahora ocupando una posición administrativa. De este período, hay que destacar que mantuvo relación con los conjurados para eliminar a Hitler y que su ayudó a salvar judíos. Además, en París, coincidió con algunos reconocidos bohemios de la capital francesa, frecuentó sus sitios habituales (salones literarios y fumaderos de opio) y fraguó relación con muchos de ellos, como Cocteau, Picasso, Braque o Sacha Guitry.

A su vuelta a Alemania, tras evitar aparecer en las listas electorales del Reichstag e incluso rechazar un puesto en la Academia de Poesía Alemana, se retiró a la aldea de Goslar hasta el final de sus días. Antes de morir, sufrió la pérdida de sus dos hijos.

Murió tras una larga vida, con ciento tres años, en 1998 en Wilfingen.

Su legado

Después de darse a conocer con Tempestades de acero (1920), escribirá otras obras como El corazón aventurero (1929, 1938), La paz (1945), Heliópolis (1949) o La emboscadura (1951).

Ya, con El corazón aventurero se adentrará en la psiconáutica. Desde Librería Muscaria, se refieren a este texto así: “En El corazón aventurero Jünger nos ofrece la siguiente descripción de la experiencia de la embriaguez, vista como lo demónico o lo malvado desde la perspectiva axiológica de una incipiente sociedad capitalista e industrializada erigida sobre los valores del bienestar, confort y utilidad”[3].

Con Heliópolis, confirmará este interés, aunque quizás las obras más consagradas o comentadas en materia de experiencia psicodélica sean Visita a Godenholm (1952) y Acercamientos. Drogas y ebriedad (1970).

Visita a Godenholm (1952) es una obra de ficción en la que se describe, por primera vez en la historia de la literatura, una experiencia de consumo de LSD. Jünger ya la había probado un año antes en compañía de su colega Albert Hofmann y, aunque en su narración lo presenta de forma velada (no se nombra explícitamente), no debemos olvidar que es la primera vez que se relata una experiencia con tal sustancia en la historia de la literatura. Por situarnos, diremos que se publica dos años antes de que Las puertas de la percepción (1954) de Aldous Huxley vean la luz. Como bien expresan desde la editorial Página Indómita, encargada de publicar la obra en español: “Jünger ya había experimentado previamente con el cannabis y la mescalina (…), pero aquí la descripción de la experiencia psiconáutica se convierte en el asunto central de la obra, en la que la escritura del autor alcanza una de sus cimas poéticas”[4].

Diociocho años después verá la luz Acercamientos. Drogas y ebriedad (1970), obra en la que acuña el término “psiconáuta” para referirse a los viajeros que emprenden su camino por el universo interior con vehículos psicodélicos, lo que les convierte en navegantes de la psique. Esta obra es todo un ensayo autobiográfico en el que Jünger se afana por transmitirnos todas sus vivencias relacionadas con el consumo de todo tipo de sustancias, enteógenas, opiáceos o estimulantes, entre las que pueden nombrarse la cafeína, el alcohol, el cannabis, el peyote y la mescalina, la LSD, la cocaína o el éter, entre otros.

La experiencia de Heliópolis: el cáñamo

Heliópolis se publica en 1949 con el subtítulo Visión retrospectiva de una ciudad. Se trata de una distopía en la que Jünger nos introduce en un mundo que acaba de sufrir una guerra civil universal en el siglo XX. Como producto de esta guerra masiva, se ha gestado un Estado Mundial, en el que la tecnología electrónica lo rige todo. Nos introduce en este mundo de la mano del comandante Lucius de Geer que, acaba de llegar a la ciudad de Heliópolis para ocupar su puesto como consejero y diplomático del Procónsul. Allí tomará partido en las intrigas políticas. Y es que, el Procónsul para el que trabaja se encuentra en medio de un conflicto con el Prefecto. Estos dos personajes representan la lucha entre la política, y el poder tecnológico y represivo, respectivamente. Al final, harto de la vida en la capital y de las situaciones desagradables vividas, dejará atrás la vida de diplomático y Heliópolis.

La narración parece elaborada para tratar aspectos como las ansias de libertad o la práctica del poder. Jünger no pretende desarrollar con detalle las posibilidades de ese potencial futuro, aunque la narración sea considerada toda una utopía negativa. En la contraportada de su traducción española, se sintetiza así: “Utopía negativa, centrada en el fracaso del personaje principal, cuya creciente conciencia de la imposibilidad moral de adherirse a cualquier alternativa concreta le impulsa a buscar en lo intemporal una armonía superior, a la vez poema y apólogo, Heliópolis es una de las cimas del arte de Jünger”[5].

El detalle más importante para nosotros es que el protagonista, Lucius de Geer, tiene un contacto con el cannabis en su etapa en la ciudad. Había conocido a Antonio Peri, tío de la mujer que se convertirá en su amante (Budur Peri), y de él había obtenido un elixir, hecho con laurel y cáñamo. Este bebedizo le llegó acompañado de unas anotaciones explicativas del propio Antonio que rezaban así: “Elixir (…). Se dice que este extracto, de enorme eficacia, fue conocido ya por los eumólpidas, los antiguos sacerdotes hereditarios de Eleusis (…). Su eficacia se debe a que su uso aumenta por un igual los poderes intuitivos y los sugestivos, lo que lleva al mundo de las imágenes en virtud del desnudo poder del espíritu. (…). En el elixir se aúnan los poderes del cáñamo y el laurel” (JÜNGER, 1981).

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Vista histórica en blanco y negro de un edificio monumental con cúpula, columnas y carruajes en la calle.
Edificio monumental en una vista histórica

También en la nota se aclara: “El extracto de cáñamo es una de las llaves, conocida desde los tiempos antiguos, para entrar en el reino de los sueños, pero las salas que abre son diferentes de las de la adormidera; podría decirse que es la réplica masculina de ésta (…). El cáñamo, en cambio, saca con sus lazos al espíritu fuera de sí y le hace entrar en los imperios de las imágenes” (JÜNGER, 1981).

Sin embargo, no acaba aquí la cosa, porque Antonio ha agregado una advertencia: “Cuando se sobrepasa la dosis máxima, el cáñamo produce ataques de frenesí y locura”, y agrega también que el elixir es “extremadamente peligroso, en cuanto a que une los poderes radicales con los absolutos” (JÜNGER, 1981).

Sin prestar demasiadas atenciones a los avisos del tío, Lucius de Geer y Budur Peri decidirán probarlo juntos una noche. Las primeras sensaciones de Lucius son descritas así: “Sintió que le acometía la inquietud como si algo extraño pugnara por estrangular sus pensamientos. Cambió el ritmo de la respiración. La sensación era angustiosa. Se desabrochó el cuello de la camisa, que le oprimía, y disminuyó la luz de las paredes. «Puede ser efecto del cáñamo. Era importante atenernos a la dosis establecida. Quiero, por encima de todo, mantener despierta la curiosidad y situarme en una posición neutral. No quiero que la fuerza del éxtasis me domine.»

Luego murmuró con insistencia, como si estuviera ante un espejo: «Ya estoy en el experimento»”(JÜNGER, 1981).

El experimento acababa de comenzar. Antes de que la pareja se vaya de paseo por diferentes escenarios oníricos, Lucius apunta un par de detalles muy interesantes. Parece su percepción de los sonidos cambia, cuando comenta que “el sonido era cortante, como si rascara finísimas películas”, así como su percepción espacial, cuando escribe “al mismo tiempo se estrechó la habitación, se juntaron las paredes hasta casi tocarse”. Asimismo parece tener alguna que otra alucinación visual. Describe, de hecho, que ve a una serpiente: “En uno de sus nichos yacía enroscada una víbora. El labio superior del reptil, duro como un cuerno, casi le rozaba la frente. Tenía exactamente al mismo color que la piedra y parecía tan muerta como ésta. Tan sólo en sus pupilas brillaba la chispa de una fuerza profundamente incrustada en su interior” (JÜNGER, 1981).

Grupo de soldados uniformados retira una barrera de madera en una escena histórica en blanco y negro.
Soldados retirando una barrera

A partir de este punto de la historia todo adquiere un punto surreal en el que no importa tanto la descripción del modo de percepción alterado, como las escenas a las que se asiste. Sea como fuere, como Ontiveros explica en Apología de la barbarie a razón del elixir: “la redoma rodeada por hojas de cáñamo y laurel, le proporciona un alucinante y subversivo «diario de navegación», en que al abolir en el viaje de opio el ensueño del ego, logra liberarse de las acechanzas que la realidad externa le ha impuesto como son: su papel social y un falso respeto a la obediencia militar”[6].

A lo largo de la historia también asistiremos a momentos en que Jünger pone en boca del protagonista sus propias reflexiones sobre las sustancias “embriagadoras”: “Las drogas son llaves, aunque no descubren sino lo que se oculta en nuestro interior” o “tal vez llevan hasta profundidades que de otra manera estarían siempre bajo cerrojo” (JÜNGER, 1981).

Aunque aquí la palabra “droga” aparezca de un modo explícito, Jünger no era amigo de hacer uso de ella por considerar que las connotaciones a ella asociadas enturbiaban las potencialidades de las propias sustancias a las que aludía, como Isidro Marín y Mónica Hinojosa comentan para la Cannabis Magazine: “A Jünger no le gustaba hablar de “drogas” (una etiqueta que había sido vilipendiada), prefería llamarlo “ebriedad” (…) El consumo de sustancias por Jünger se trata de una búsqueda existencial en donde busca nuevas fuentes que den sentido y conocimiento (…). Cuando Jünger se refiere a la ebriedad alude a una apertura”[7].

Y es que, para el autor alemán, ciertas sustancias ayudaban a la “conceptualización”, a “tener intuiciones que no son alcanzables de otro modo” [8].

Mucho hablará del consumo, pero nos quedaremos como remate con un apunte que hizo muchos años más tarde en referencia al cannabis: “Mis incursiones terminaron con el hachís, que me condujo a estados muy agradables aunque también maniáticos, a la tiranía oriental” (PLANT, 2001).

Ahora, si queréis saber más, navegar en el universo jüngeriano. De seguro, encontraréis mucho por explorar.

PIES DE FOTO

1. Ernst Jünger como soldado condecorado en 1922 (BookbyErnstJuenger, CCBY-0, Wikipedia)

Placa conmemorativa en alemán de la Jünger-Haus, dedicada a los hermanos Ernst y Friedrich Georg Jünger.
Placa conmemorativa de la Jünger-Haus

2. Soldados alemanes quitan la barrera polaca de la ciudad de Danzig en 1939 (Hans Snnoke, CCBY-0, Wikipedia)

3. Ernst Jünger y Stephan Reimertz en Wilflingen en 1997 (WvBayreuth, CCBY-SA 4.0, Wikipedia)

4. El Reichstag en el año en que nació Jünger (CCBY-0, Wikipedia)

5. Señal hacia calle de Ernst Jünger en Wilflingen (DC, CCBY-SA 3.0, Wikipedia)

6. Ernst Klett y Ernst Jünger (Klett Gruppe, CCBY-SA 4.0, Wikipedia)

7. Tumba de Ernst Jünger en Wilflingen (DC, CCBY-SA 4.0, Wikipedia)

8. Portada de Sobre los acantilados de mármol, de Ernst Jünger (zvab, CCBY-0, Wikipedia)

9. Placa conmemorativa en la casa de Ernst Jünger en Wilflingen (DC-Eigenes Werk, CCBY-SA 2.5, Wikipedia)

10. Casa de Ernst Jünger en Wilflingen (Nicolas Guilmain, CCBY-SA 2.5, Wikipedia)

Preguntas frecuentes

¿Qué contiene el elixir de Heliópolis?

El bebedizo que Antonio Peri entrega a Lucius de Geer combina extractos de cáñamo y laurel.

¿Cómo describe Jünger los efectos del elixir?

Lucius experimenta inquietud, cambios en la respiración y alteraciones de la percepción sonora, espacial y visual antes de entrar en escenarios oníricos.

¿Qué papel cumple el cáñamo en la novela?

El cáñamo desencadena una experiencia visionaria y permite reflexionar sobre la libertad, la identidad y la exploración del mundo interior.

Acerca del autor

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Equipo editorial en Cannabis Magazine

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