Una investigación destaca el potencial terapéutico de sustancias como la psilocibina, el LSD y el cannabis en el tratamiento de anorexia, bulimia y otros trastornos alimentarios resistentes a la terapia convencional

Durante décadas, los trastornos alimentarios han sido un laberinto clínico, una suerte de tormenta perfecta donde convergen factores biológicos, psicológicos y sociales. Y aunque se han desarrollado tratamientos con cierto grado de eficacia, para millones de pacientes —especialmente jóvenes— la recuperación sigue siendo una carrera de obstáculos. Sin embargo, un nuevo estudio podría cambiar radicalmente el enfoque con el que se enfrentan estas enfermedades: el cannabis y los psicodélicos emergen como herramientas terapéuticas de gran potencia.

Un giro inesperado en la ciencia médica

Publicado por la Asociación Médica Americana y realizado por investigadores de la Universidad de Sídney y el Departamento de Salud de Nueva Gales del Sur, el estudio analiza el impacto de diversas sustancias sobre los síntomas de los trastornos alimentarios. En total, se recopilaron datos de más de 6.600 personas que detallaron su consumo de drogas en el último año, así como su estado de salud mental.

Los resultados fueron sorprendentes: cannabis y psicodélicos como la psilocibina y el LSD obtuvieron las mejores valoraciones por parte de los encuestados en cuanto a alivio de los síntomas de trastornos alimentarios. Ni los antidepresivos más recetados alcanzaron este nivel de reconocimiento, aunque sí fueron bien valorados en el tratamiento general de la salud mental.

«Un hallazgo llamativo fue la alta calificación autoinformada de los psicodélicos y el cannabis para aliviar los síntomas de los trastornos alimentarios», señalaron los autores del estudio.

Los encuestados también identificaron el cannabis como su sustancia preferida para automedicarse contra estos trastornos. Frente a sustancias más nocivas como el alcohol o la nicotina —las peor valoradas en el estudio—, el cannabis parece ofrecer una alternativa terapéutica viable, incluso esperanzadora.

El cuerpo también habla: la biología del apetito

El estudio no está solo. Investigaciones previas ya habían encontrado que las personas con anorexia presentan niveles más bajos de endocannabinoides naturales —moléculas responsables de regular el apetito, el estado de ánimo y la percepción del placer—. En este contexto, el uso controlado de THC (el principal compuesto psicoactivo del cannabis) ha demostrado estimular el apetito, mejorar el ánimo y facilitar la ganancia de peso.

En el extremo opuesto, quienes sufren de trastorno por atracón (binge eating) tienden a tener niveles excesivos de estos compuestos, lo que también ayuda a explicar la conexión entre el sistema endocannabinoide y los trastornos alimentarios.

Los psicodélicos, por su parte, actúan sobre circuitos cerebrales profundos, especialmente aquellos relacionados con la recompensa, el miedo y la percepción. Se ha comprobado que sustancias como la psilocibina y el LSD pueden «reiniciar» patrones cerebrales disfuncionales, facilitando el acceso a terapias más efectivas y duraderas.

¿Y qué hay del ketamina?

Otra pieza interesante en este rompecabezas terapéutico es la ketamina, tradicionalmente utilizada como anestésico, pero con creciente presencia en el tratamiento de la depresión resistente. Estudios recientes han mostrado que, incluso en pacientes con índices de masa corporal peligrosamente bajos, la ketamina puede ser utilizada de manera segura bajo supervisión médica intensiva, ofreciendo mejoras notables en el estado emocional y la disposición a recibir ayuda.

Hacia un enfoque más humano y menos farmacológico

El gran valor de estas sustancias no reside únicamente en su impacto bioquímico. También permiten abordar el sufrimiento psíquico y emocional que subyace a los trastornos alimentarios. A diferencia de los tratamientos convencionales que a menudo se centran solo en la conducta alimentaria, los psicodélicos y el cannabis abren la puerta a un abordaje más integral, que no ignore la ansiedad, la depresión o el trauma que están en la raíz del problema.

Este cambio de paradigma plantea una pregunta inevitable: ¿estamos ante el inicio de una revolución terapéutica o frente a una moda pasajera con más riesgos que beneficios?

La respuesta, como casi siempre en medicina, dependerá del rigor con el que se continúe investigando y del respeto con el que se apliquen estos tratamientos. Pero si algo queda claro es que miles de pacientes necesitan nuevas vías, nuevas esperanzas y, sobre todo, enfoques más humanos que miren más allá del plato de comida.

Acerca del autor

The Swami

Amante del cannabis y especializado en el mundo de las sustancias psicoactivas. Escritor y psiconauta.