La marihuana está prohibida el resto del año pero se tolera por tradición en la noche más sagrada dedicada a Shiva

Kathmandú amaneció con el pulso acelerado de los días grandes. No es solo una fiesta, es una forma de país. En torno al templo de Pashupatinath, uno de los santuarios hinduistas más reverenciados, decenas de miles de personas se reunieron para pasar la noche en vela, rezar, cantar, ayunar, meditar y pedir algo que, en el fondo, todos pedimos cuando la vida aprieta: sentido, limpieza interior, alivio, salvación.

Y junto a ese fervor, un elemento que en Nepal suele ser tabú apareció sin disimulo en el aire: el cannabis. Durante el Maha Shivaratri, la gran noche de Shiva, el dios de la destrucción y la regeneración, la marihuana se convierte para muchos devotos en un símbolo religioso, un gesto ritual que se vincula a la figura de Shiva y a la idea de trascendencia. Lo que el resto del año está prohibido, aquí se tolera por tradición, como si la ley hiciera una pausa para dejar pasar al mito.

Las imágenes hablan por sí solas. Ascetas cubiertos de ceniza, jóvenes con la mirada brillante, música devocional, bailes y cánticos dentro del recinto, y columnas de humo elevándose en las colinas y los alrededores del complejo del templo. La escena tiene algo de contradicción moderna y algo de costumbre antigua: un país que sanciona el consumo, pero que durante esta noche acepta que la fe se exprese también de esta manera, porque así lo dicta una memoria religiosa que pesa más que un reglamento.

Nepal, enclavado entre India y China, es mayoritariamente hinduista. En torno a cuatro de cada cinco nepalíes se identifican como hindúes, y por eso Shivaratri es también una llamada que atraviesa fronteras. Muchos peregrinos llegan desde India para sumarse a la celebración, y la capital se transforma en un río humano que busca su turno ante el templo y su momento ante la divinidad. Según la organización que gestiona el área de Pashupatinath, este año se habilitaron accesos y líneas de entrada adicionales desde la madrugada para ordenar una afluencia enorme, con previsiones que recuerdan cifras masivas registradas en ediciones anteriores. (Fuentes citadas en el texto original del usuario: Associated Press, Radio Nepal, 15 de febrero de 2026).

La paradoja se vuelve todavía más nítida cuando se miran las normas. En Nepal, el cannabis es ilegal. El consumo puede castigarse con penas de hasta un mes de prisión y el tráfico con condenas que pueden llegar a diez años. Y sin embargo, el país conserva en su historia reciente un capítulo muy distinto: en los años sesenta, Nepal fue un imán para la cultura hippie y se ganó fama como “tierra sagrada del cannabis”, con tiendas y teterías que lo vendían abiertamente. Todo eso terminó en 1976, cuando el Estado prohibió la marihuana por completo. Desde entonces, el debate ha vuelto de vez en cuando al Parlamento y a la calle, con campañas que piden legalización o despenalización, pero los avances siguen bloqueados.

En el fondo, lo que se vio en Kathmandú este 15 de febrero fue algo más que un rito llamativo. Fue una fotografía de tensión entre tradición y norma, entre religión y control, entre el país que fue y el país que quiere ser. Una noche en la que miles de personas, por unas horas, sintieron que el mundo se podía explicar con una mezcla de plegaria, humo y promesa de renacimiento.

Acerca del autor

The Swami

Amante del cannabis y especializado en el mundo de las sustancias psicoactivas. Escritor y psiconauta.