De México a una literatura marcada por el cáñamo

Artículo recuperado del archivo de Cannabis Magazine. Conserva el contexto y las referencias de su edición original.

El cáñamo índico de Ramón

por Lupe Casillas

Valle-Inclán es uno de los grandes de la literatura española del siglo XX, un literato a caballo entre el modernismo y la generación del 98, con una identidad muy única. Este anarquista literario, como bien fue descrito, también era conocido como don Mariguano, precisamente por su gusto por el cannabis, afición que proclamó a los cuatro vientos a viva voz y pluma.

Su figura es imprescindible para conocer nuestra historia de la literatura y, sin embargo, su personalidad tiene matices tan diversos y ricos que, para comprenderlo mejor me temo que no basta este espacio de la Cannabis Magazine. Por eso, este artículo es sólo la primera parte de una pequeñita serie dedicada a su persona.

Y es que, este excéntrico escritor que es Ramón Valle-Inclán y su “esperpéntica” obra son de lectura obligada para cualquier amante o curioso de la literatura cannábica, pues de forma diseminada a lo largo de sus textos va desgranando las virtudes del cannabis, exaltándolo y poniendo palabras de nuestra propia lengua para describir sus efectos. Al principio las alusiones son escasas, aunque no tímidas y hallamos alguna referencia aislada, que trataremos en esta primera entrega. Hasta que, con su obra La pipa de kif (1919), ya se dedica de un modo más exhaustivo a tratar el tema y éste llega a darle título a su poemario. En su obra cumbre, Tirano Banderas (1926) también lo abordará, aunque para saber más de ambas tendremos que esperar a próximas entregas.

Seguro, al final de esta serie, seguirán quedando aspectos que tratar, detalles que señalar, pero, llegados a ese punto, sólo nos quedará invitaros a recorrer su obra, pues ella habla mejor de su autor de lo que podemos hacerlo nosotros.

Ramón Valle-Inclán: la vida de un bohemio

Ramón del Valle-Inclán era gallego. Había nacido en 1866, en Vilanova de Arousa, en Pontevedra. Descendiente de familia hidalga, su padre lo presionó para que estudiara Derecho y cuando era joven, se trasladó a Santiago de Compostela con ese propósito.

No le duraría mucho, no obstante, pues pronto perdió a su padre y quizás movido por esta razón y por un viaje breve que hizo a Madrid, decidió abandonar la universidad y viajar a México.

Vivir allí lo cambió. Ejerció como periodista tanto para El Correo Español, como El Universal y probó la marihuana, haciéndose consumidor habitual, entre 1892 y 1893. Tras darse una vuelta por Cuba, regresó a España y se instaló en la capital, desempeñando la labor de funcionario en el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes y poco después estrenó su primer título, Femeninas (1895), cuando contaba los 29 años.

Escultura de bronce de un hombre barbado con gafas, sentado con las piernas cruzadas en un banco
Escultura de Valle-Inclán sentada en un banco

Se hizo un asiduo en las tertulias madrileñas y frecuentaba los cafés de Fornos, del Príncipe, del Gato Negro o el Café Gijón, entre otros, relacionándose con figuras tan destacadas como Pío Baroja, Azorín o Gómez Carrillo. Estos encuentros, su estilo de vida bohemio y su carácter excéntrico nos han proporcionado grandes anécdotas, como aquella que cuenta que perdió un brazo por un bastonazo que le dio su amigo Manuel Bueno en una disputa en el Café de la Montaña en 1899. Para explicar su espíritu salvaje, siempre se cuenta que, mientras le amputaban su brazo izquierdo, él, con toda la tranquilidad, se fumaba un buen puro habano, sin dar señas de estar afectado por el accidente. Ramón tenía la piel bien gruesa.

En una entrevista que le hizo Ventura Chumillas en Buenos Aires, probablemente hacia 1910, recordaba haberlo visto por las calles de Madrid y haberlo encontrado en las tertulias. Chumillas narra las primeras y sorprendentes impresiones que de él había guardado en su memoria: “Paseaba a la sazón por las calles madrileñas —siendo la admiración de las gentes que, estupefactas, se paraban a verle—, su esquelética figura, sus merovingias melenas, su gran sombrero gaucho […] Anarquista literario, pulverizaba, con sus ironías mordaces y sus burlas sangrientas, las más altas reputaciones de poetas, novelistas, dramaturgos”[1]. También cuenta que no aceptaba que le contrariaran y que parecía creerse un “superhombre”. Tan indómito era el espíritu de Ramón.

Había seguido escribiendo desde Femeninas, y entre 1902 y 1905 publicó sus cuatro Sonatas, que en conjunto son la biografía del marqués de Bradomín, uno de sus alter-ego. Dos años después, en 1907, se casó con Josefina Blanco con la que fue padre de seis hijos, a la vez que publicaba su primera comedia bárbara (Águila de Blasón).

Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, el gobierno francés lo invitó a residir en el país para viajar a los campos de batalla y conocer la situación que allí se vivía. En aquel entonces, escribiría Visión estelar de medianoche (1916), donde recoge algunas palabras referidas al cannabis.

Ese mismo año también se publica La lámpara maravillosa (1916), en la que volverá a hacer alusión a nuestra planta amiga, pero no será hasta 1919 que no le dedique el título de su texto al consumo, con La pipa de kif (1919), un poemario en que recoge las virtudes de algunas drogas, y las exalta, y en el que se ha querido ver un halago a esos “paraísos artificiales” a los que sólo se tiene acceso mediante el consumo, ese lugar común de fantasía para todos los que se atreven a experimentar con estas sustancias alteradoras.

En 1922 volvió a México e inspirado por este viaje, escribió su mejor obra, Tirano Banderas (1926), que también cuenta con alguna alusión al cannabis, como veremos más adelante. Ya, por entonces, también había visto la luz su famosa obra teatral Luces de bohemia (1920), con la que ya habla del esperpento, esa estética tan suya de lo feo, ese expresionismo caricaturesco que es, probablemente, la característica más señalada cuando nos referimos a su literatura.

Se opuso a la dictadura de Primo de Rivera y con 63 años, tras negarse a pagar una multa, lo encarcelaron en la Modelo de Madrid. Con la proclamación de la Segunda República en 1931 su situación mejoró: fue nombrado presidente del Ateneo de Madrid, conservador del Tesoro Artístico Nacional e incluso Director de la Escuela de Bellas Artes de Roma.

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Murió con 69 años, en enero de 1936 en Santiago de Compostela, donde se había retirado al saber que estaba enfermo de cáncer y no llegó a vivir el estallido de la Guerra civil.

La guerra y la lámpara: primeras alusiones al cannabis

Como ya comentábamos más arriba, el primer contacto que Valle-Inclán tuvo con el cannabis se produjo en México, en aquel primer viaje que realizó cuando contaba la veintena. De hecho, como comenta Isidro Marín, es el primer gran escritor español en emplear el término “marihuana”, cuando otros grandes de su época sólo se referían al hachís. La palabra marihuana tiene origen náhuatl (malihuana) y los indígenas con este concepto “quisieron expresar que la planta se apodera del individuo”.[2]

Dos hombres con gafas y traje caminan juntos; uno lleva sombrero y luce una barba larga y blanca
Valle-Inclán acompañado durante un paseo

Tras este primer encuentro con nuestra planta amiga, Valle-Inclán se convertiría en un consumidor de por vida y, aunque comenzaría sus experiencias haciendo uso de la flor, se pasaría al kif marroquí y acabaría tomando tintura de cannabis, no sólo de modo recreativo sino también para tratar una patología respiratoria. Eso sí, admitía que le provocaba ciertos trastornos de tipo gastrointestinal (Isidro Marín, 2014).

Su literatura pronto fue testigo de su consumo. La primera alusión al cannabis que puede ser rastreada en sus textos se encuentra en La media noche, visión estelar de un momento de guerra (1917). En este escrito se hace eco de sus experiencias al visitar los campos de batalla de la Primera Guerra Mundial, tras haber sido invitado por el gobierno francés. De sus palabras puede extraerse que Valle-Inclán valora del cannabis esa característica que muchos autores ya han señalado antes: la planta te ayuda a ver cualquier cosa con distancia, casi como si tuviera la propiedad mágica de dotar de una visión objetiva, más abstracta y global, despegada de impresiones puramente subjetivas y personales. Sin embargo, parece ser que su aproximación a esta situación bélica fue tan fuerte, que no pudo valerse de esta característica que tanto anhelaba en aquel momento. Él lo explica a la perfección cuando escribe: “Yo, torpe y vano de mí, quise ser centro y tener de la guerra una visión astral, fuera de geometría y de cronología, como si el alma, desencarnada ya, mirase a la tierra desde su estrella. He fracasado en el empeño, mi droga índica en esta ocasión me negó su efluvio maravilloso”[3].

No volverá a tratar el tema cannábico en su literatura hasta cinco años después cuando, en la publicación de La lámpara maravillosa. Ejercicios espirituales (1922), nos hable de otra de las propiedades más comentadas del cannabis, esa facultad de hacernos sentir en comunión con la naturaleza, como un ser que es una parte de un todo vivo. Y además, señala el sentimiento que, en ocasiones, acompaña a su consumo, ese sentimiento de adquirir una comprensión profunda e imposible de transmitir mediante el verbo. Él lo cuenta así: “Yo volvía de un ferial con mi criado, y antes de montar para ponerme al camino, había fumado bajo unas sombras gratas mi pipa de cáñamo índico […] Atajábamos la Tierra de Salnés, donde otro tiempo estuvo la casa de mis abuelos, y donde yo crecí desde zagal a mozo endrino […] Pero nada me llenó de gozo como el ondular de los caminos a través de los herbales y las tierras labradas. Yo los reconocía de pronto con una sacudida […] Aquel aprendizaje de las veredas diluido por mis pasos en tantos años, se me revelaba en una cifra […] sagrado como un número pitagórico. Fui feliz bajo el éxtasis de la suma, y al mismo tiempo me tomó un gran temblor comprendiendo que tenía el alma desligada […] Con una alegría coordinada y profunda me sentí enlazado con la sombra del árbol, con el vuelo del pájaro, con la peña del monte. La Tierra de Salnés estaba toda en mi conciencia por la gracia de la visión gozosa y teologal”[4].

Más adelante, en el mismo texto, aludirá de nuevo al cannabis, nombrándolo como cáñamo índico, para explicar el poder de evocación que tiene y que comparte con la piedra de Toledo, cosa extrapolable a la arquitectura y el arte en general, en tanto que éstos son testigo histórico capaz de transportarnos a momentos lejanos en el tiempo y hacernos revivirlos o recrearlos a un nivel mental: “Toledo es alucinante con su poder de evocación […] Estas piedras viejas tienen para mí el poder maravilloso del cáñamo índico, cuando dándome la ilusión de que la vida es un espejo que pasamos a lo largo del camino, me muestra en un instante los rostros entrevistos en muchos años. Toledo tiene ese poder místico: Alza las losas de los sepulcros y hace desfilar los fantasmas en una sucesión más angustiosa que la vida” (Valle-Inclán, 1922).

Destacados sólo algunos aspectos del cannabis, habituales en la literatura referente a nuestra planta amiga, aún le quedaría a Valle-Inclán mucho por escribir. Pero para saber más, habrá que esperar al siguiente capítulo de la literatura de don Mariguano.

Monumento de piedra con versos grabados y un busto en relieve de Ramón María del Valle-Inclán
Monumento literario dedicado a Valle-Inclán
Primer plano de una escultura de bronce con sombrero, gafas redondas y barba larga, ante árboles y un edificio
Perfil escultórico de Valle-Inclán

Créditos gráficos del original: Basilio, CCBY-SA 3.0, Wikipedia; Unknown, CCBY-0, Wikipedia; Pmk58, CCBY-SA 4.0, Wikipedia; Juantiagues, CCBY-SA 2.0, Wikipedia; Juantiagues, CCBY-SA 2.0, Flickr; L. Miguel Bugallo Sánchez, CCBY-SA 3.0, Wikipedia; Carmelmm, CCBY-SA 3.0, Wikipedia; HombreDHojalata, CCBY- SA 4.0, Wikipedia; Jose Mario Pires, CCBY-SA 4.0, Wikipedia.

REFERENCIAS

  1. De Juan, A. (2011). Entrevistas y declaraciones de Ramón del Valle-Inclán (1911-1933). Anales de la literatura española contemporánea, 36, pp. 125-214. ↑

  2. Marín, I. (2014). El marihuanero Ramón del Valle Inclán. Yerba, pp. 24-38. ↑

  3. Valle-Inclán, R. (1917). La media noche, visión estelar de un momento de guerra. Madrid: Ed. Clásica española. ↑

  4. Valle-Inclán, R. (1922). La lámpara maravillosa. Ejercicios espirituales. Madrid: Imp. Artes de la Ilustración. ↑

Preguntas frecuentes

¿Cuándo conoció Valle-Inclán el cannabis?

Según el artículo, lo probó durante su primer viaje a México, entre 1892 y 1893, y después se convirtió en consumidor habitual.

¿En qué obras aparecen sus primeras alusiones al cannabis?

El texto destaca La media noche, visión estelar de un momento de guerra y La lámpara maravillosa. Ejercicios espirituales.

¿Qué cualidades atribuyó Valle-Inclán al cáñamo índico?

En los pasajes citados lo relacionó con el distanciamiento de la experiencia, la comunión con la naturaleza y el poder de evocación.

Acerca del autor

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