Bayard Taylor y sus visiones del hachís
Bayard Taylor, el Marco Polo hachichino.
Por Nina Slick
Bayard Taylor fue reconocido y alabado por su traducción del Fausto de Goethe, pero sólo algunos pocos lo recuerdan por adelantarse a Fritz Hugh Ludlow, al escribir el primer relato americano dedicado a las experiencias derivadas del consumo de hachís.
Cuando escribió su artículo Visions of the hasheesh para la revista Putnam’s, James Bayard Taylor poco sabía de la inspiración que supondría para Fritz Hugh Ludlow quien, según se cuenta, al leerlo decidió escribir al autor para compartir conocimientos y preguntar mucho. Aunque nada ha quedado de la correspondencia que mantuvieron, sí podemos decir que a la larga fue Ludlow el que, con el reconocimiento recogido por su obra, subrayó la figura de Taylor aludiendo a su influencia.
Los inicios de Taylor
Taylor, por su parte, destacó más en la esfera del periodismo, pero con un matiz singular, pues él fue todo un Marco Polo moderno y lo hizo a la americana. Tras trabajar como aprendiz para un impresor, se embarcó en el proyecto de publicar su primer volumen de poesía (Ximena), cuando sólo contaba 19 años. Dicen que lo hizo alentado por Wilmot Griswold, un popular e influyente crítico.
Aprovechando los cuartos que se sacó con este libro, se dedicó durante un par de años a viajar por Europa. Estuvo en Inglaterra, Italia, Francia y Alemania y fue listo. Porque mientras viajaba, se encargó de enviar todos los escritos que anotaba sobre ellos a unos cuantos periódicos.
Tuvo, gracias a esta acción, la oportunidad de arreglar un acuerdo con The Saturday Evening Post y The United States Gazette, por el que se comprometían a financiar sus viajes a cambio de los derechos de autor de las cartas y relatos que escribiera durante los mismos.

Así publicó Views Afoot con 21 años y, tan sólo unos meses después, inició sus estudios de periodismo en Nueva York.
La fiebre del oro y su carrera periodística
Pocos años más tarde, el editor del New York Tribune, le ofreció un contrato para trabajar como corresponsal informando acerca de la actualidad de la fiebre del oro en California. El dorado, el volumen en que compila estas narraciones, fue el texto que lo consolidó como periodista corresponsal de viajes y le dio billetes para visitar el ancho mundo, desde Oriente, a África, pasando por Rusia.
Aunque paró el ritmo por temas personales un tiempo, retomó su iniciativa y continuó por Egipto, India, China o Japón, entre otros. Su pluma seguía desgranando los matices de estas ajenas culturas y lo hacía en verso. Los títulos son muchos y todos muy interesantes, aunque tenemos especial predilección por el libro Las tierras del saraceno, en el que recoge The visions of hasheesh como décimo capítulo.
El paso al servicio diplomático
En 1862, quizás valorando su experiencia, el gobierno americano le otorgó el puesto de secretario del servicio diplomático en San Petersburgo e incluso el de ministro suplente del embajador.
No obstante, su ímpetu curioso no desapareció y siguió visitando lugares y escribiendo sobre ellos, aunque en esta etapa también escribió novelas. Volvió a ser ministro de su país, pero esta vez en Prusia para, poco después, morir en Berlín.
The Visions of hasheesh
Las visiones del hachís narra, eminentemente, las experiencias de Taylor con el consumo, aunque lo cierto es que éste es sólo un resumen sintético de sus intenciones.
Primeramente, para introducir el hachís alude de forma breve a sus efectos y por partir de algún lado, lo compara con el opio. Lo presenta como una sustancia cuyos efectos son mejores, así como los sueños que genera, también “más hermosos” que los propios del opio.

Aunque no parece ser el más experimentado en la materia, sino más bien un neófito con el objetivo de compartir vivencias, dice haber consumido, al menos, en un par de ocasiones. La extensamente descrita en el capítulo sería la segunda, que tuvo lugar en Damasco. Pero también hace alusión a su primera vez, que fue en Egipto y sobre la que volverá más adentrado el capítulo.
Brevemente aparca la descripción de los efectos para empeñarse en darnos unas nociones de la historia de los usos del hachís. Su contextualización ayuda a explicar la vasta solera que ampara su uso, según nos hace conocer, íntimamente ligada a Oriente y legitimada por una ancestral tradición. No podía faltar, por supuesto, entre estos apuntes históricos, una ligera pincelada de leyenda, la de los assassins (hasheesheen), ya habitual en nuestras páginas, y que contaba que había una vez un viejo en una montaña que suministraba hachís a su ejército personal para que sus miembros, ebrios, creyeran que su colocón los ayudaba a ver el paraíso repleto de placeres sexuales que les esperaba tras la muerte y así, llegaran a combatir desprovistos ya del miedo a morir.
La experiencia en Damasco
Esta contextualización, como decíamos, es breve pues está interesado centrarse en la experiencia de Damasco, aunque no sin antes volver a la de Egipto. En referencia a ésta, nos cuenta muy acertadamente de la hipersensibilidad a los estímulos y de ese cambio en la percepción que se opera al consumir. Sus palabras son muy ilustrativas: “Las sensaciones que produjo entonces fueron, físicamente, de exquisita ligereza, de una percepción maravillosamente aguda de lo ridículo, en los objetos más simples y familiares. Durante la media hora que duró, en ningún momento estuve tan bajo su control, que no pude, con la percepción más clara, estudiar los cambios por los que pasé”.
Es decir, que se encontraba completamente consciente de sus pensamientos, con una considerable sensación de claridad mental. Más adelante continúa: “Observé, con cuidadosa atención, las finas sensaciones que se extendieron por todo el tejido de mi fibra nerviosa, cada emoción ayudó a despojarme de mi estructura de su naturaleza terrenal y material, hasta que mi sustancia no me pareció más burda que los vapores de la atmósfera”.
Según nos cuenta, ese primer contacto con el hachís en Egipto terminó con el sueño habitual: “La alucinación se desvaneció tan gradualmente como llegó, dejándome vencer con una somnolencia suave y placentera, con la cual me hundí en un profundo y refrescante sueño”.
El ritual del hachís
No obstante, este experimento inicial difiere sustancialmente del segundo, mucho más fuerte. Por situarnos, la vivencia de Damasco fue compartida con su compañero, un caballero inglés y su esposa y fue el ayudante de esta pareja el encargado de hacerse con la mandanga. El mensajero, que era egipcio, lo consiguió preguntando a los neófitos simplemente si el propósito de la ingesta era la risa o el sueño. Taylor quería reírse pero, sobre todo que fuera “fuerte y fresca”.
El ritual se desarrolló en una habitación del piso superior de un edificio, donde los participantes pudieran salvaguardarse de miradas indiscretas. Taylor admite que su intención inicial era comer el hachís antes de cenar, al modo sirio, para ir acostumbrando al cuerpo y que la ebriedad fuera más gradual. Sin embargo, sus intentos resultaron infructuosos pues su compañía, quería disfrutarlo de otros asistentes a la cena.

Reconociendo al grupo al completo como auténticos ignorantes respecto a dosis, modo de consumo y proceder, Taylor explica que escogieron una dosis similar a la que él había tomado en Egipto y probaron. La cantidad era de una cucharada de té. Y, no obstante, resultó insuficiente, probablemente por ingerirlo con el estómago lleno, pues tras una hora ninguno parecía sentir los efectos. Lo que Taylor sí expresaba es que el gusto de ese hachís de Damasco era de un amargor desagradable que no encontró en el de origen egipcio. Él atribuye esta característica a la potencia del preparado.
Por eso, un poco frustrados al ver que su intención no los llevaba a buen puerto e impacientes, decidieron, exhortados por Taylor, comer otra media cucharadita más. A ver si entre eso y un poquito de té caliente ayudaban al cuerpo a absorberlo.
Las visiones de Bayard Taylor
Para explicar qué sucedió entonces, recurriremos a las palabras del propio autor pues son las mejores testigos del momento: “Eran las diez en punto; las calles de Damasco gradualmente se estaban silenciando, y la hermosa ciudad estaba bañada por el brillo amarillo de la luna siria […]. Estaba sentado solo, casi en el medio de la habitación, hablando con mis amigos, que estaban reclinados en un sofá colocado en una especie de nicho, en el extremo más alejado, cuando la misma emoción nerviosa, de la que he hablado, de repente disparó a través de mí. Pero esta vez fue acompañado con una sensación de ardor en la boca del estómago; y, en lugar de crecer en mí con el ritmo gradual de un sueño saludable, y convertirme, como antes, en aire, llegó con la intensidad de una punzada, y un disparo palpitante a lo largo de los nervios hasta las extremidades de mi cuerpo”. Para aclararlo más, agrega que “la sensación de limitación, del confinamiento de nuestros sentidos dentro de los límites de nuestra propia carne y sangre, desapareció instantáneamente”.
El hachís había de repente, contaminado sus circuitos y Taylor ya no sentía barreras físicas. Por lo contrario, habla de convertirse en aire, de la ruptura de las paredes de su propio marco, de salir del molde que nos proporciona el cuerpo. Y cuenta, en referencia a esto que se halló “perdiendo de vista incluso toda idea de forma” y sintió “que existía en una gran extensión del espacio”.
Esa sensación de expansión física lo llevó a experimentar la idea de omnipresencia en tanto en que sentía que todo tenía cabida en él, desde las nubes hasta el sol. Él mismo admite que, “aunque no pensé en eso en ese momento” fue “como una revelación del misterio de la omnipresencia”.
Esa sensación de liviandad tan trascendental parece ser un lugar común en los viajes de hachís, así como la íntima relación que opera entre imágenes y sonidos durante el mismo. Taylor también habla de ello: “todas las sensaciones, a medida que se elevaban, sugerían imágenes más o menos coherentes. Se presentaron a mí en una doble forma: una física y, por tanto, en cierta medida tangible; el otro espiritual, y se revela en una sucesión de espléndidas metáforas”. Casi como si la mente, estimulada por esta misteriosa sustancia, comprendiera la realidad como un todo interconectado, con una lógica y una comprensión más profundas.
Aunque si de toda la experiencia, su propio autor destaca algo, es la síntesis que él mismo elabora y que explica, según él, la naturaleza física de su ebriedad: “La sensación física del ser extendido fue acompañada por la imagen de un meteoro explosivo, que no se hundía en la oscuridad, sino que continuaba disparando desde su centro o núcleo, que correspondía al punto ardiente en la boca del estómago, incesantes proyecciones de luz que finalmente se perdieron en la infinidad del espacio”. Y añade para destacar: “en mi opinión, incluso ahora, esta imagen sigue siendo la mejor ilustración de mis sensaciones, según las recuerdo; pero dudo mucho que el lector lo encuentre igualmente claro”.

Estas sensaciones primeras fueron pronto seguidas de ilusiones. Viéndose “impotentemente” conducido en ese viaje de hachís, la primera visión de Taylor fue la de la pirámide de Keops, imponente y rotunda. Y en cuanto la vio, dice que quiso encontrarse en su cima. El hachís le cumplió el gusto y en un pestañeo alucinatorio estaba en su punto más alto, sólo para descubrir que la pirámide había sido construida con paquetes de tabaco. Según escribe: “las palabras no pueden pintar el abrumador ridículo que sentí entonces”.
La experiencia de Bayard Taylor con el hachís
Ridículo que, por otro lado, poco le duró, pues el hachís imparable cambió su escenario y lo catapultó a la visión estrella de su paraíso hachichino. De esta escena, nos quedamos con la descripción de la armonía sin parangón que sintió: “Esos sentidos más finos, que ocupan un lugar intermedio entre nuestros apetitos animales e intelectuales, se desarrollaron repentinamente hasta un punto más allá de lo que jamás había soñado, y al estar así al mismo tiempo gratificados al máximo de su capacidad sobrenatural, el resultado fue una sensación armoniosa única”.
La percepción alterada del tiempo por el hachís
Asimismo, el tiempo también lo percibió como alterado. Y es que, parece ser que la máxima de que el tiempo es relativo es absolutamente común entre todos los curiosos llamados a navegar los mundos del hachís. Los minutos se vuelven horas y las horas, minutos.
El viaje emocional y su desenlace
Habiendo superado este estadio caracterizado en general por sensaciones de “ascenso” en el colocón, Taylor afirma que comenzó a sentir mayor tensión progresivamente, a medida que sus visiones también degeneraban, se volvían más grotescas o simplemente, no tan agradables. Él lo achaca al exceso en la dosis. Cuando todo se vuelve más oscuro y confuso, Taylor admite haberse encontrado llorando y angustiado mientras preguntaba si nadie “expulsaría a este demonio” que lo tenía poseído, aterrado por la intensidad de sus pulsaciones e incluso por la clásica paranoia que conduce a ataque de pánico, como pensar obsesivamente en la muerte o en la locura. El final del viaje fue este, sufrimiento y angustia por el descontrol de sus nervios.
Reflexiones y enseñanzas del viaje alucinatorio
Pero, a pesar de que estuvo durmiendo la borrachera de hachís dos días y que la resaca le duró algún tiempo más y truncó algunos de sus planes posteriores, Taylor afirma no arrepentirse de emprender este camino alucinatorio pues gracias al hachís dice haber experimentado las “profundidades de éxtasis y de sufrimiento que mis facultades naturales nunca podrían haber soñado”. Y agrega: “Me ha enseñado la majestad de la razón humana y de la voluntad humana, incluso en los más débiles, y el tremendo peligro de alterar lo que atenta contra su integridad”.
Y es que, que le quiten lo bailao a Taylor, que él ya ha saboreado las mieles y las hieles de ese paraíso oriental del hachís comestible y además lo ha hecho accesible para nosotros con su pluma.
Pies de foto
- 1. Bayard Taylor (Marie Hansen-Taylor, CCBY-0, Wikipedia)
- 2. Retrato de Bayard Taylor (CCBY-0, Wikipedia)
- 3. Joven Bayard Taylor (CCBY-0, Wikipedia)
- 4. Bayard Taylor (1855), de Thomas Hicks (CCBY-0, Wikipedia)
- 5. La vieja ciudad de Damasco (Bassel Khabbaz, CCBY-SA 4.0, Wikipedia)
- 6. Templo de Júpiter en Damasco (Ai@ce, CCBY-SA 2.0, Flickr)
- 7. Fumadores de hachís en Egipto (Castro M., CCBY-SA 2.5, Wikipedia)
- 8. Ilustración de The poetical works of Bayard Taylor (Internet Archive Book Images, CCBY-0, Flickr)
- 9. Ilustración II de The poetical works of Bayard Taylor (Internet Archive Book Images, CCBY-0, Flickr)
- 10. Ilustración III de The poetical works of Bayard Taylor (Internet Archive Book Images, CCBY-0, Flickr)
Preguntas frecuentes
P: ¿Qué obra de Bayard Taylor influyó en Fritz Hugh Ludlow?
R: El artículo «Visions of the hasheesh» fue lo que inspiró a Ludlow, llevándolo a escribir al autor para compartir conocimientos.
P: ¿En qué países viajó Bayard Taylor para escribir sus relatos?
R: Taylor viajó por países como Inglaterra, Italia, Francia, Alemania, Egipto, India, China, Japón y otros para escribir sus relatos de viajes.
P: ¿Cuál fue la segunda experiencia de consumo de hachís que describe Taylor en «The Visions of hasheesh»?
R: La segunda experiencia de consumo de hachís de Taylor tuvo lugar en Damasco y está ampliamente descrita en el capítulo.
Acerca del autor
Equipo editorial de Cannabis Magazine especializado en actualidad, cultura, industria, ciencia, salud, cultivo y regulación del cannabis y del cáñamo.












