Un viaje literario por el dawamesk, el Hotel Pimodan y la bohemia parisina del XIX
por Lupe Casillas
Este espacio de Cannabis Magazine viene llenándose con las historias que pueblan los libros. Sin embargo, no cualquier historia tiene hueco aquí, pues esta sección se dedica a analizar sólo aquellas en que las drogas tienen un papel singular. En ocasiones dicho rol es secundario, como sucede, por ejemplo, en El conde de Montecristo, la popular obra de Alexandre Dumas que destripamos en números anteriores. En ella, como veíamos, se dedica un capítulo a las ensoñaciones provocadas por la toma de hachís.
Y, por el contrario, en otras la sustancia más que un añadido es la protagonista. Su importancia a veces llega hasta a traslucirse en los títulos, como en el caso de la obra de François Lallemand[1] (aquí antes tratado) o el que hoy nos ocupa.
Sin alejarnos en el tiempo, continuamos con la obra de un coetáneo y colega de Dumas, el periodista francés Théophile Gautier (1811-1872).
Gautier, además de periodista (profesión en la que destacó), fue poeta, novelista, crítico literario y fotógrafo, aunque comenzó desarrollándose en la pintura. Como periodista, llegó a ser director de la Revue de Paris en los años cincuenta de su siglo. Cubrió la primera guerra carlista en España y viajó también, como todo buen romántico, a Argelia, Turquía y Egipto, entre otros países.
De sus ideas políticas, revolucionarias en su veintena, dio buena prueba en sus escritos y su forma de vida fue clásicamente bohemia. Con sus compañeros, todos grandes nombres del XIX francés (Balzac, Nerval, Hugo, Dumas, Baudelaire…), se unió para diferentes proyectos.
Es especialmente relevante aquí, y recurrente en nuestras páginas, el club que fundaron bajo el liderazgo científico del experimentado doctor Moreau y que se reunía continuadamente bajo los techos del hotel Pimodan (o Lauzun) de París, Le club des hachichins (El club de los hachichinos).
Como mejor resume Earleywine: “Moreau formó un grupo de voluntarios que accedieron a consumir la droga; así pudo observar sus efectos de manera más objetiva. El hedonista y popular novelista Pierre Jules Théophile Gautier ayudó a Moreau en sus investigaciones; no sólo participó, sino que también <<reclutó>> a otros miembros de la comunidad artística francesa. Este grupo de voluntarios dio lugar al Club des Hachischins”[2].
Moreau había viajado por el mundo y conocido las virtudes del hachís; movido por un afán investigador formó una agrupación de conejillos de indias dispuestos a servirle a su causa, con sus propios intereses. Como explica Sacks, “el hachís, en forma de pasta verdosa, había sido traído hacía poco de Argelia y hacía furor en París”[3], razón suficiente para hacerlo atractivo a ojos de los artistas bohemios.
Por ello, Gautier le dio a uno de sus textos el nombre del club y decidió dar testigo de una de las sesiones del hachís en el hotel Pimodan.
Le club des hachichins
Este relato fue publicado por primera vez en la revista Revue des deux mondes. En su inicio, el periodista nos pone en contexto, nos explica el paisaje y las arquitecturas que ve a su paso hasta llegar al hotel donde celebra sus encuentros el club. Su estilo narrativo es un tanto cinematográfico.
Parece interesarle el carácter de atemporalidad que ve en el hotel, pues lo describe de un modo casi mágico, como si el continente (hotel) ya avisara del contenido (la alucinación tras la toma de hachís). Escribe, “al entrar allí se retrocedía dos siglos. El tiempo, que pasa tan deprisa, parecía no haber transcurrido en aquella casa y, como un reloj al que han olvidado dar cuerda, su aguja marcaba siempre la misma hora”.
Esta idea de que el tiempo no existe dentro de las paredes del Pimodan tendrá eco en las ensoñaciones posteriores de Gautier, cuando asiste al entierro del tiempo. Antes de llegar a este punto, sin embargo, muchas cosas suceden.
A su entrada al hotel, Gautier es recibido por sus compañeros expectantes y entusiasmados y, casi de inmediato le sirven su parte correspondiente de hachís: “de un jarrón de cristal y por medio de una espátula, sacaba una pizca de pasta o mermelada verdosa, más o menos del tamaño del pulgar y, la ponía, al lado de una cuchara de plata, en cada platito” y sigue un poco más adelante “cada uno comió su parte, se sirvió café según la costumbre árabe, es decir, con orujo y sin azúcar”, es decir, a la manera ya vista en El conde de Montecristo, se mezcla el hachís con mantequilla, agregando especies como clavo y canela, además de otros condimentos que harán de esta mezcla el afamado dawamesk[4].
Primero el hachís y el café y, seguidamente, la cena. Para explicar el porqué de este orden invertido de las costumbres, el periodista francés alude a la leyenda de tradición oriental, ya antes aquí comentada, del anciano de la montaña.
Éste hombre había conformado un ejército de asesinos (assassins) a los que engañaba, administrándoles hachís para que tuvieran ensoñaciones de tintes eróticos y creyeran que se encontraban en el paraíso rodeados de mujeres vírgenes. Esta treta la utilizaba para que los soldados perdieran el miedo a morir, lo que los volvía despiadados y sin escrúpulos. Todo lo hacían buscando la muerte pues, para ellos, significaba el principio de una vida mejor, en el paraíso.
De esta leyenda surge también la confusión entre las palabras “assassin” y “hachichin”, como explica Gautier en el texto: “es decir, el hachís, de donde viene hachichin, comedor de hachís, raíz de la palabra asesino, cuya acepción se explica perfectamente por las costumbres sanguinarias de los seguidores del Anciano de la Montaña”.
Aclarado el origen de la palabra, comienzan a producirse los primeros y tímidos efectos del consumo, relacionados con la intensificación de los sabores: “La cena llegaba a su fin, y ya algunos de los más fervientes adeptos notaban los efectos de la pasta verde: yo, por mi parte, había sentido una completa transformación del sentido del gusto. El agua que bebía me parecía que sabía al vino más exquisito”.
No sólo sus sentidos estaban alterados. A estas alturas, Gautier ya percibía diferencias en el resto de sus compañeros: “Mis vecinos empezaban a parecerme un poco originales; las pupilas se les dilataban como las de los autillos; sus narices se alargaban como trompas de elefante; las bocas se estiraban como las aberturas de los cascabeles. Sus caras adquirían matices sobrenaturales”, y agrega “uno de ellos, con la cara pálida y una barba muy negra, se reía a carcajadas de un espectáculo invisible; otro hacía increíbles esfuerzos por llevarse la copa a los labios, y sus contorsiones provocaban abucheos ensordecedores”.
Mientras los demás ya mostraban síntomas evidentes de haber comido hachís, Gautier pierde el control de su mente para comenzar su viaje: “Yo, con los codos apoyados en la mesa, contemplaba todo aquello a la luz de un resto de razón que se iba y volvía por instantes como una lamparilla a punto de apagarse. Fuertes ardores me recorrían los miembros, y la locura, como una ola que rompe sobre una roca y se retira para volver de nuevo, alcanzaba y abandonaba mi cerebro, al que acabó por invadir completamente. La alucinación, ese extraño huésped, se había instalado dentro de mí”.
Sintiéndose ebrio de hachís, nuestro protagonista se retira a una silla donde, sentado, se abandona a la alucinación: “El lugar en que me encontraba era exactamente el mismo, pero con la diferencia que existe entre el boceto y el cuadro; todo era más grande, más rico, más espléndido. La realidad sólo servía de punto de partida para las magnificencias de la alucinación”.
Estas sensaciones se corresponderían con la primera fase del hachís, descrita por Charles Baudelaire en sus Paraísos Artificiales: “el hachís produce en el hombre una exasperación de su personalidad y al mismo tiempo una sensación muy viva de las circunstancias y el ambiente”[5].
La alucinación del hachís es, en este primer estadio para Gautier, un modo de despertar los sentidos, exaltarlos para percibir una realidad enriquecida con matices y detalles. Sin embargo, esta fase más puramente física es pronto seguida por una ensoñación más fuerte en la que ya sí podemos hablar de alucinación propiamente dicha: “Un personaje enigmático se me apareció repentinamente. ¿Por dónde había entrado? (…) tenía la nariz corva como el pico de un pájaro, unos ojos verdes rodeados de tres círculos oscuros, que enjugaba frecuentemente con un inmenso pañuelo; una corbata blanca almidonada, en cuyo nudo había prendido una tarjeta de visita donde se leían estas palabras: Daucus-Carota, del Vaso de Oro (…) En cuanto a sus piernas, debo confesar que estaban hechas de una raíz de mandrágora, bifurcada, negra, rugosa, llena de nudos y de verrugas (…) el extraño personaje estalló en sollozos y, secándose los ojos con la manga, me dijo con voz doliente: -¡Es hoy cuando vamos a morir de risa!”.
Es con esta frase que Daucus-Carota, primer personaje obvio de la alucinación, definirá la fantasía alucinatoria de Gautier. A partir de este momento, personajes reales e inventados se pasearan delante del periodista poseídos por un ataque de risa irrefrenable. Al principio la risa es tímida, luego parece alegre y controlada pero, conforme pasa el tiempo, Gautier se convence más de que esta risa es preludio de la muerte, o una forma más de morir: “el gozoso frenesí estaba en su punto más alto; ya no se oían suspiros convulsivos, risitas inarticuladas. La carcajada había perdido su timbre y tornaba al rugido, el espasmo sucedía al placer, la frase de Daucus-Carota iba a ser verdad”.
Como en muchas ocasiones sucede, Gautier estaba preso de una sensación un tanto paranoica, que le hacía creer que todos los presentes iban a morir de risa. No obstante, habían tomado medidas y habían nombrado a un “conductor alternativo” de la velada, que los supervisaba y mantenía seguros: “uno de los miembros del club, que no había tomado parte en la voluptuosa intoxicación para poder vigilar aquella fantasmagoría e impedir que atravesaran las ventanas aquellos de entre nosotros que hubieran creído poseer alas, se levantó, abrió la caja del piano (…) y un magnifico acorde que retumbó con fuerza hizo callar los rumores y cambió la dirección de la embriaguez”.
Gautier pasó de la euforia de la primera fase a una segunda más relajada: “Estaba en esa placentera y más pacífica fase del hachís que los orientales llaman el kief. Ya no sentía mi cuerpo; los lazos de la materia y del espíritu se habían desatado; me movía por mi propia voluntad en un medio que no ofrecía resistencia”.
Esta fase coincide también con la tercera descrita por Charles Baudelaire, en Paraísos artificiales así: “es la bienaventuranza absoluta (…) es una beatitud apacible e inmóvil. Quedan resueltos todos los problemas filosóficos. Todas las cuestiones difíciles contra las cuales batallan los teólogos y que desesperan a la humanidad razonadora, son límpidas y claras. Todas las contradicciones se transforman en unidad. El hombre ha pasado a ser Dios”[6].
Para reforzar las similitudes con esta tercera fase de Baudelaire, Gautier añade más adelante “nada que fuera material se inmiscuía en aquel éxtasis; ningún deseo terrestre alteraba su pureza. Ni siquiera el amor hubiera podido aumentarlo” y así decía haber entendido “de qué manera se podía pasar la eternidad en el paraíso”.
No obstante, la fase del kief parece ser interrumpida por otra alucinación. En este caso, Gautier siente que se convierte en un objeto: “Por un extraño prodigio, al cabo de varios minutos de contemplación, me fundí con el objeto contemplado y me convertí yo mismo en aquel objeto. Así que me había transformado en la ninfa Syrinx”.
Esa mutación de Gautier unida a la reaparición de Daucus-Carota son el punto álgido del relato. Casi como si de una mala pesadilla se tratara, el personaje/planta vuelve y le roba la cabeza, sólo para devolvérsela tras comerse el cerebro que contenía.
Cierto es que las risas, el adormecimiento del cuerpo, e incluso las alucinaciones visuales son posibles por la ingesta de hachís, sin embargo, es interesante recordar aquí lo comentado por Robinson en El gran libro del cannabis: “El psiquiatra Lester Grinspoon, autor de varios libros importantes sobre plantas psicoactivas, al observar la descripción excesivamente teatral que hacía Gautier de los acontecimientos de la comida, comentó: «Parece que no hay mucha diferencia entre las descripciones de sus percepciones cuando está sobrio, y cuando está bajo la influencia de la droga»”[7].
Bien es posible que la descripción de Gautier fuera exagerada o bien su prosa virtuosa colaborara a acrecentar los posibles efectos de la sustancia o a dar cuenta de ellos de un modo efectista, pero remata su fantasía hachichina en un lugar común para los consumidores: la cuestión del tiempo, o de cómo su percepción varía cuando se está bajo los efectos del hachís, tendiendo a ralentizarlo o a enlentecer el cuerpo: “Me levanté con mucha dificultad y me dirigí hacia la puerta del salón, a donde no llegué sino tras un tiempo considerable, pues una fuerza desconocida me obligaba a retroceder un paso de cada tres. Según mis cálculos, tardé diez años en hacer aquel trayecto”.
Parece que su reflexión reiterada acerca del tiempo se filtró en su alucinación de algún modo, pues ésta toca su fin tras la celebración del entierro del tiempo, al que lloran y que acaba resucitando cuando se disipan los efectos del hachís: “El sueño había terminado. Los miembros del club se fueron cada uno por su lado, como los oficiales después del entierro de Malbrouck. (…) los últimos vapores provocados por el hachís habían desaparecido. Había recobrado la razón, o al menos lo que yo llamo así, a falta de otro término”.
Quizás consideraba Gautier haber recuperado la razón perdida, pero respecto a la alucinación tampoco podemos decir que sea un conjunto sinsentido o ilógico. Por lo contrario, parece que reflexiones previas de Gautier encuentran en el hachís un resorte que las dirige a caminos más surreales, más oníricos.
Sin embargo, la razón parece no abandonarle en ningún momento, como si el dawamesk sólo fuera un jarabe de fantasía.
[1] Le hachych par F. Lallemand 1843
[2] Earleywine, M. (2005). Entender la marihuana: reconsiderando la evidencia científica. Barcelona: Masson.
[3] Sacks, O. (2013). Alucinaciones. Barcelona: Anagrama.
[4] Confitura de hachís compuesta de miel, de harina de pistacho o almendra dulce, de una pasta oleosa (o de mantequilla ligeramente rancia) y de resina de cannabis. Existen múltiples variantes, aromatizadas con canela, clavo, cardamomo, agua de rosas…
[5] Baudelaire, C. (2011): Los paraísos artificiales. Alianza Editorial
[6] Ibídem.
[7] Robinson R. (1999). El gran libro del cannabis: Guía completa de los usos medicinales, comerciales y ambientales de la planta más extraordinaria del mundo. Rochester: Inner Traditions International.
Acerca del autor
Muchos años luchando en la sombra para que el cannabis florezca al sol.












