El trabajo, publicado online el 20 de mayo en Epilepsy & Behavior, siguió a 103 menores tratados con cannabidiol purificado y encontró un 46% de abandono antes del año, sobre todo por falta de eficacia.

Un equipo de la University of Melbourne, el Royal Children’s Hospital y Monash Medical Centre publicó online el 20 de mayo en Epilepsy & Behavior el estudio Effectiveness and tolerability of cannabidiol in paediatric epilepsy: a one-year multisite prospective study. El trabajo siguió a 103 pacientes pediátricos con epilepsia tratados con cannabidiol purificado dentro de un programa australiano de acceso compasivo y apunta a una combinación menos rotunda de lo que sugieren algunos relatos promocionales: hubo señales de mejora en parte de la cohorte, pero también una tasa alta de interrupciones antes de completar el año.

Esa cautela importa. No se trata de un ensayo aleatorizado ni de una comparación causal frente a placebo, sino de un estudio observacional y abierto, con seguimiento clínico en condiciones reales. Aun así, ofrece una fotografía útil para Google News y para la conversación clínica porque añade datos recientes sobre efectividad, tolerabilidad y uso sostenido en menores con epilepsias complejas.

El dato que más obliga a leer con matices es el abandono. Según el resumen del artículo, un 46% de quienes iniciaron el tratamiento lo dejó antes de los doce meses, principalmente por falta de eficacia, con 31 casos, y en menor medida por efectos adversos, con 7. Entre quienes continuaron, el 40% fue valorado al cabo de un año como al menos «mucho mejor» en la escala CGI-I, con reducciones mantenidas en gravedad de la epilepsia, crisis, uso de medicación concomitante, episodios de estatus epiléptico, visitas a urgencias e ingresos hospitalarios.

Los eventos adversos se notificaron en el 31% de la muestra y fueron en su mayoría leves o moderados. Eso no invalida el interés del cannabidiol, pero sí aleja cualquier lectura triunfalista. El propio estudio concluye que hacen falta más investigaciones para identificar mejor qué pacientes son los más propensos a beneficiarse, un punto clave en un campo donde la presión social y comercial suele ir más deprisa que la evidencia.

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La pieza también ayuda a poner contexto geográfico. En Cannabis Magazine ya contamos cómo Australia se ha convertido en un laboratorio de expansión del cannabis medicinal, y también hemos repasado por qué el debate terapéutico sobre los cannabinoides no se agota en la dicotomía entre THC y CBD. Este nuevo paper encaja justo ahí: muestra utilidad potencial, pero no resuelve todavía qué lugar debe ocupar el CBD en la práctica pediátrica de largo recorrido.

Para seguir el contexto en español conviene mirar también el archivo de El Cultivador, que sigue de cerca la evolución del cannabis medicinal. Pero la base factual de esta noticia está en un paper reciente con una advertencia muy concreta: en epilepsia pediátrica, la persistencia del tratamiento importa tanto como la promesa inicial.

Los autores también declaran un elemento de transparencia que conviene no perder de vista: uno de ellos dirige una compañía centrada en investigación con psicodélicos, aunque no en cannabinoides, y dos firmantes fueron clínicos tratantes en los centros participantes. No invalida el resultado, pero sí refuerza la necesidad de leer el estudio con el mismo estándar crítico que se exige a cualquier evidencia observacional.

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