Personalidad, no cognición: lo que cambia cuando miramos el consumo con método

La investigación liderada por José Carlos Bouso (ICEERS) sugiere que las diferencias más claras entre usuarios y no usuarios están en rasgos de personalidad, no en memoria de trabajo o funciones ejecutivas, tras un periodo de abstinencia.

Hay días en los que la ciencia hace algo muy sencillo y, a la vez, muy revolucionario: rebaja el volumen del prejuicio. No lo elimina —los prejuicios rara vez se rinden a la primera—, pero lo coloca en su sitio. En el debate sobre drogas, que suele ser un debate moral disfrazado de debate sanitario, ese gesto es oro democrático.

Un estudio publicado el 11 de febrero de 2026 en la revista European Neuropsychopharmacology compara a usuarios regulares de ayahuasca (n=69), consumidores de cannabis (n=56) y personas no consumidoras (n=94). Están emparejados por edad, educación e IQ, y —dato crucial— se evaluó a los participantes tras un periodo de abstinencia de al menos 10 a 30 días. El resultado, resumido sin aspavientos: no aparecen diferencias significativas en el rendimiento neuropsicológico en las tareas evaluadas; lo que mejor distingue a los grupos son rasgos de personalidad.

Conviene detenerse aquí, respirar, y mirar el mapa completo. Porque una parte del país —y no solo del país: de medio mundo— ha construido durante décadas una especie de certeza automática: “si consumes, te estropeas”. Y esa frase, que suena a advertencia paternal, se ha usado como argumento político para sostener leyes punitivas, para justificar detenciones, para normalizar estigmas, para cerrar puertas laborales y sociales. El problema es que esa frase no es ciencia; es catecismo.

La investigación, liderada por José Carlos Bouso y un equipo con colaboración internacional, dice algo más preciso: en esta muestra, no se observan déficits neuropsicológicos detectables en las pruebas de funciones ejecutivas y memoria de trabajo. Y añade matices importantes: en el grupo de ayahuasca, aunque existe mayor prevalencia de trastornos del estado de ánimo y ansiedad a lo largo de la vida, no se aprecian síntomas psicopatológicos actuales.

¿Significa esto que el cannabis y la ayahuasca son “inocuos”? No. Y sería irresponsable celebrarlo así. Lo que significa —y ya es muchísimo— es que el relato simplista de la “degeneración inevitable” no aguanta bien cuando se somete a un examen cuidadoso. Y significa también que el debate público debería empezar a imitar a la ciencia en una cosa: hablar con precisión.

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La abstinencia, ese detalle que cambia la conversación

Durante años, buena parte de los estudios sobre cannabis han mezclado en la misma foto a personas que consumen a diario, a quienes consumen de forma esporádica, a quienes combinan sustancias, a quienes están en contextos de vulnerabilidad social, y a quienes no. Y además, a menudo se evalúa a los participantes sin controlar de forma robusta si el rendimiento cognitivo está midiendo “secuelas” o “efectos residuales” de un consumo reciente.

Este trabajo apuesta por un enfoque que, sin ser perfecto, apunta a una cuestión sensata: si quieres hablar de “daño duradero”, necesitas minimizar el ruido de lo inmediato. La abstinencia de 10–30 días es clave en esa lógica. Y no está sola: la literatura reciente también insiste en que los estudios de abstinencia son una vía útil para separar efectos directos del consumo reciente de posibles cambios más persistentes.

Lo que emerge, entonces, es una imagen menos melodramática y más humana: puede haber efectos, puede haber riesgos, puede haber perfiles vulnerables, pero no hay una condena universal inscrita en el hecho de haber consumido.

Personalidad: lo que distingue, más que la cognición

El hallazgo que quizá incomode más a la mirada prohibicionista es este: son los rasgos de personalidad los que mejor separan a consumidores y no consumidores, no una supuesta “merma cerebral” generalizada. En el artículo se describe que los usuarios de ayahuasca presentan mayor autotrascendencia y menor evitación del daño y persistencia; y que los consumidores de cannabis se asocian con mayor búsqueda de novedad e impulsividad no conformista, y menor anhedonia introvertida.

Aquí hay una lección política que solemos esquivar: muchas políticas de drogas han funcionado como políticas de carácter. Es decir, no se han diseñado para minimizar daños y maximizar salud; se han diseñado para premiar un tipo de ciudadanía y penalizar otra. A quien se sale de la norma —por curiosidad, por búsqueda de experiencias, por pertenencia cultural o espiritual, por disidencia— se le cuelga un cartel: “riesgo”, “problema”, “desviación”.

Pero ¿y si parte de lo que estamos observando no es “patología” sino diversidad humana? ¿Y si la salud pública necesita menos moralina y más metodología?

La pregunta que siempre llega tarde: si no hay daños masivos, ¿por qué seguimos castigando?

No hay que ser ingenuos. El cannabis puede producir problemas en ciertas personas, especialmente con consumos intensos, inicio temprano o vulnerabilidades previas. Y la ayahuasca, usada sin contexto, sin cuidado y sin criterios, puede provocar experiencias difíciles, descompensaciones o riesgos si se mezcla con ciertas condiciones médicas o fármacos. El propio artículo de PubMed advierte de limitaciones: es una muestra autoseleccionada, no clínica, y el diseño es transversal, por lo que no prueba causalidad ni representa a “todos” los usuarios.

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Pero justo por eso, la conclusión razonable no es “barra libre”. La conclusión razonable es otra: si el objetivo es la salud, la herramienta es la regulación.

La prohibición ha demostrado ser hábil para tres cosas: alimentar mercados ilegales, dificultar controles de calidad y castigar a los más vulnerables. En cambio, la regulación permite lo que la clandestinidad impide: información veraz, etiquetado, límites de acceso, prevención basada en evidencia, intervención temprana, investigación sin trabas y, sobre todo, una relación adulta del Estado con la ciudadanía.

Cuando la ciencia dice “no detectamos deterioro duradero en estas pruebas, en estas condiciones”, lo que nos está pidiendo es que dejemos de legislar desde el susto. Que sustituyamos el “todo es terrible” por el “depende”: depende de dosis, de edad, de contexto, de salud mental, de patrones, de acompañamiento, de educación, de regulación.

Y quizá —solo quizá— depende también de algo que cuesta admitir: de que hemos confundido durante demasiado tiempo el control social con la salud pública.

Acerca del autor

The Swami

Amante del cannabis y especializado en el mundo de las sustancias psicoactivas. Escritor y psiconauta.