Cómo Claude François Lallemand utilizó el hachís como excusa literaria para anticipar una Europa unida y una teoría social revolucionaria

por Lupe Casillas

Le hachych de Claude-François Lallemand, con un título sobradamente pretencioso, no ahonda en el consumo de hachís tanto como nos gustaría, aunque hemos de reconocerle el mérito a su autor. En primer lugar, por la valentía al hacer uso del hachís como motor de su historia (plot device) y, en segundo lugar, por haber servido de influencia a autores como Gautier, que sí supieron sacar provecho del tema y que ya están inexorablemente ligados a este texto.

La primera vez que fue publicado el texto que nos ocupa, en 1843, lo hizo bajo el polémico nombre de Le hachych y bajo el anonimato de su autor. Sin embargo, cinco años después, en 1848, Claude-François Lallemand decide cambiar el título de su obra por Révolution politique et sociale de 1848, prédites en 1843. Le hachych (Revolución política y social de 1848 predicha en 1843. El hachís) y asumir públicamente su autoría.

Definitivamente, el nuevo título se ajustaba más al contenido del texto. Incluso la permanencia del hachís en el título, esta vez como subtítulo, seguía siendo pretenciosa. Poco se hablaba del hachís en Le hachych de Lallemand.

Usado, como dirían los angloparlantes, como plot device o motor de la historia, Lallemand recurre al hachís para accionar su historia, ponerla en movimiento, por las propiedades que le atribuye a la sustancia.

Él mismo afirma en el texto, al comienzo que “la propiedad más constante y más notable de hachís es la de exaltar las ideas dominantes en la persona que las tiene, de hacerle ver de manera clara que los planes más complicados se desenredan, sus proyectos más queridos se logran sin obstáculo; de procurar la intuición exacta sobre lo que se quiere”.

Así nos introduce Lallemand a los efectos del hachís nada más comenzar el libro,  en una narración rápida y dinámica. En el artículo de prensa titulado Claude-François Lallemand, escrito por su coetáneo Adolphe Marie Gubler, este explica que Le Hachych “fue escrito todo entero en una choza de Cévennes, donde el autor fue forzado a buscar refugio durante una tormenta de nieve en el invierno de 1843. Al ver la elocuencia y el ánimo de estilo, sentimos en efecto que esta concepción se produce de un tirón y que la pluma no ha reposado”.

La narración es amena aunque la alusión al hachís es escasa y responde más bien a una justificación, que resulta un tanto débil, de la exposición de ideas que le sigue y que configura la narración. Las ideas que se desglosan a lo largo del libro conforman una teoría política y social cuyo origen parece explicarse por la claridad mental de que dota el hachís.

El principio: el sueño del hachís

Un sueño provocado por el hachís, como explica Jean Lazare en Claude-François Lallemand (1790-1854), chirurgien et candidat politique visionnaire es el punto de partida de la historia. En el sueño, “un manuscrito es encontrado por azar en un camarote del barco en el que él viaja entre Nápoles y Marsella. Su contenido es desvelado en el curso de una velada en la que beben una infusión de hachís, planta, remedio para el desaliento, descubierta por un médico del grupo en Abisinia”.

El doctor Lebon, médico amigo de Lallemand, es personaje imprescindible en la historia. Él, consumidor de hachís, acerca a nuestro protagonista a las bondades del cannabis, haciendo las veces de anfitrión en la velada. Durante la misma, bebe infusión de hachís sin parar mientras alaba sus cualidades, explica su procedencia y se hace eco de las diferentes formas de consumo.

Para él, el hachís sería el cannabis premium, su forma más elevada y potente, y su cuna estaría en Siria y Abisinia. Llega a calificarlo de “primer tipo” dentro del cáñamo general y ordinario, al que estaban más acostumbrados en Francia por aquellas fechas. Para el doctor francés, el hachís es el consuelo a la nostalgia, sin el que estaría, como él afirma “muerto cien veces”.

Para que nuestro protagonista y nosotros, sepamos mejor a que se refiere, el doctor Lebon explica que a su llegada a Egipto: “Siempre preocupado por el país ausente, perseguido por los recuerdos de la casa paterna, herido en lo que más aprecio, por la abrumadora muestra de nuestra política ininteligente y cobarde, (…) caí de repente en un desánimo que me habría llevado al suicidio o marasmo, sino hubiera sido revivido por las hermosas visiones que me procuró el hachís. Y agrega: Los abisinios me habían enseñado utilizarlo; y la dirección constante de mis ideas me dio sueños muy diferentes de los suyos; lo tomaba siempre puro. En lugar de visiones eróticas, o de furia guerrera, yo tenía éxtasis político”.

Fue el hachís, por tanto, para el doctor, su personal remedio para la depresión, también usado por los soldados franceses que se encontraban de expedición en Egipto y compartían su situación. De hecho, se alude a dichos soldados, también, para ayudarnos a comprender el modo en que el consumo de hachís afecta a la capacidad de expresión.

Al comienzo de la narración, Lallemand destaca esta característica del hachís, explicando que ayuda a ordenar pensamientos o ideas en una exposición elocuente: «No se equivoquen, dice el Dr. Lebon empujando el codo, es el efecto de hachís: tomó tres tazas seguidas. ¡Escuchen! ¡Qué flujo de palabras! ¡Qué claridad de ideas! Ve todos los detalles de su máquina; ¡ha encontrado lo que ha estado buscando durante tanto tiempo!”.

Con ello, Lebon empieza una disertación en la que explica con detalle cómo el hachís provee a sus consumidores (los soldados) de elocuencia: por ejemplo, el caso del soldado que, tras beber la infusión, se arranca a contar con detalles propios de un ingeniero los pormenores de una máquina que ha construido. En este ejemplo, el soldado primero sufre la exaltación del hachís al hablar apasionadamente de su máquina. Al hacerlo, se le presentan los detalles con claridad, ayudándole no sólo a comprender la complejidad de su máquina sino a tener la capacidad de explicar a cualquiera sus entresijos con locuacidad.Este soldado ingeniero sólo es un ejemplo, de los muchos que se suceden en el texto, de las cualidades que el hachís potencia. Por lo demás, la sustancia servirá como propulsor de la acción de la historia, dilatando la velada y exacerbando los ánimos de los asistentes. El entusiasmo se contagia entre ellos e imbuidos por el espíritu del diálogo, acaban llegando a certezas universales y conclusiones que pretenden arreglar el mundo. ¡Como en todo buen colocón que se precie! Lo importante: la teoría del hachís

El hachís es simple y llanamente la excusa de Lallemand para “hacerse una paja mental” (disculpen el lenguaje). Y es que, Lallemand tenía como fin último difundir su teoría política y social.

Durante la velada que se narra en el libro, los asistentes se dedican a dialogar y debatir acerca de la situación de los países europeos y analizando sus causas históricas, deciden, como bien resume Lazare, “que los pueblos tienen necesidad los unos de los otros y que un abrazo de la especie humana completa se producirá”.

Este es el verdadero objetivo de la narración: plasmar una teoría de confederación europea. Mauricio Tenorio-Trillo defiende que esta es una de las primeras apariciones de la panlatinidad” y, en Latin America: The Allure and Power of an Idea, cuenta que “de algún modo, el hachís revela la necesidad de una latinidad como forma de confederación cultural, una solución a los problemas de la conquista imperial y una homogeneización de la modernización, por la santé du corps social (la salud del corpus social) dependiente de las libertades locales. En la desenmascarada realidad del hachís, Marsella sería la capital natural de la latinidad formada por España, Francia, e Italia, una federación de hermanos, no conquistadores”.

Esta federación de hermanos conformaría una confederación “ibergalital”, como explicaba el coetáneo de Lallemand, Adolphe Marie Gubler en Claude-François Lallemand: “Si la humanidad no es aún una sola familia, por lo menos los pueblos ya se han agrupado en grandes cuerpos de naciones, siguiendo las afinidades naturales de raza; y los franceses, unidos a los italianos y a los españoles, forman una république ibergallitale”.

La utopía del hachís de Lallemand dibujaba una Europa de pueblos unidos. Unidos bajo una única moneda, aunque no aventuraba que fuera el euro. También adivinaba que los europeos estarían unidos bajo una única bandera, aunque imaginó una Europa más colorida con una bandera arco iris sobre fondo blanco (Lallemand no pudo prever que el colectivo LGTB tendría mejor gusto que Bruselas y se adueñaría de la “bandera de la libertad” en los años 70); y bajo una única ley en lo referente a derechos humanos.

Aunque con matices y reajustes de última hora, la versión de la UE de Lallemand no iba desencaminada. Bien parece que el hachís hizo del francés todo un visionario, pues, como también apunta Jean Lazare, Lallemand es “visionario, él ha predicho con más de cien años de distancia el progreso de hoy y la construcción de la Europa de mañana”. No obstante, sería inútil negar que bebió de otras fuentes, en concreto de “tres autores que él conocía y sin duda frecuentaba”: Honoré Balzac, Pierre Leroux y George Sand son las grandes influencias del autor para esta idea.

 Final y resaca

Le Hachych comienza con un relato apasionado y exaltador del hachís, para seguir con una disertación política y teorización de la confederación europea exponente de la palatinidad, y para acabar sin más, en unas pocas líneas que llenan una página.

En el final, Lallemand retorna a la lectura del manuscrito hallado en su barco y cuenta que termina así: “El resto del manuscrito es casi indescifrable; la única frase que podemos leer completa es esta: «A pesar de mi caída, a menudo vuelvo al hachís». No hay, sin embargo otro rastro de firma que un gran zig-zag hasta la parte inferior de la página, dando a conocer a todas luces, un fuerte deseo de reposar en el colchón del cual ha hablado”.

Y, así nos quedamos también nosotros al leerlo. Con sensación de resaca que hay que dormir. Porque lo cierto es que su estilo rápido y dinámico te invita a leerlo del tirón (como su autor parece haberlo escrito) pero, al final, para nosotros, hijos de ese futuro que Lallemand predijo, nos aburren los cuentos europeos y no les encontramos la gracia de antaño.

Además, si buscáis encontrar en Le Hachych de Lallemand a un precedente explícito y profundo digno de Le Hachych de Gautier, del que hablaremos en esta sección próximamente, quizás acabéis decepcionados. El hachís es una excusa para Lallemand, mientras que, para Gautier, lo es todo porque su hachych versa sobre el hachís y no sobre utopías por él paridas.

Acerca del autor

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Muchos años luchando en la sombra para que el cannabis florezca al sol.