Mientras la academia debate los plazos y los protocolos de seguridad, miles de personas buscan en la clandestinidad el alivio que la medicina convencional les niega. ¿Tenemos derecho a esperar veinte años más?

Vivimos tiempos de una fragilidad emocional estremecedora. Si ponemos el oído en el suelo de nuestra sociedad, lo que escuchamos es un zumbido constante de ansiedad, de trauma no resuelto, de una desesperación silenciosa que recorre desde los veteranos de guerra hasta los jóvenes atrapados en la espiral de la depresión. Y en medio de este escenario, donde los fármacos tradicionales parecen haber tocado techo en su eficacia, reaparece un viejo fantasma, ahora vestido con bata blanca: los psicodélicos.

Recientemente, la Facultad de Derecho de Harvard, a través de su centro de bioética, acogió un debate que resume perfectamente la encrucijada moral y científica en la que nos encontramos. El título del evento, “Hacia el acceso a los psicodélicos: ¿ir más rápido o más despacio?”, planteaba una falsa dicotomía que el propio moderador, I. Glenn Cohen, se apresuró a matizar. Porque la vida, y sobre todo el sufrimiento humano, rara vez cabe en un “o esto o aquello”. La realidad es que necesitamos la “y”. Necesitamos la seguridad y necesitamos el acceso.

Pero permítanme que me detenga en un detalle que no es menor. Mientras los académicos ajustan sus gafas y piden prudencia, hay gente que se está muriendo. Literal o figuradamente.

Matthew Buckley, un antiguo piloto de combate de la Marina estadounidense, lo expresó con una crudeza que desarma cualquier argumento burocrático. Dijo que su antiguo yo, aquel hombre destrozado por el trauma y el alcohol, “murió en un colchón en el suelo en México”. Fue allí, lejos de los hospitales asépticos y de las regulaciones de la FDA, donde una terapia con ibogaína y 5-MeO-DMT le devolvió la vida. Buckley hablaba desde la urgencia de quien ha visto a sus compañeros suicidarse porque la farmacología legal no tenía respuestas para ellos.

Aquí radica el nudo gordiano de la cuestión. Buckley tiene razón al señalar lo que él llama el “ego masivo de Occidente”. Esa arrogancia intelectual que nos lleva a decir: “Acabamos de descubrir estos compuestos, estudiémoslos durante 20 años antes de usarlos”. ¿De verdad acabamos de descubrirlos? ¿Ignoramos milenios de uso indígena y ancestral solo porque no encajan en nuestra tabla de Excel? La pretensión de que la seguridad solo existe bajo el sello de una agencia gubernamental es, cuanto menos, discutible, especialmente cuando la alternativa actual para muchos es el suicidio o la cronificación del dolor.

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Sin embargo, no podemos caer en la ingenuidad. El entusiasmo debe ser templado, no congelado, pero sí templado. David A. Yaden, profesor de la Universidad Johns Hopkins, ponía el dedo en la llaga científica: faltan estudios masivos y rigurosos. Y faltan no porque no haya interés, sino porque, paradójicamente, la prohibición ha asfixiado la financiación pública durante décadas. Es una pescadilla que se muerde la cola: prohibimos investigar porque son sustancias peligrosas, y son peligrosas porque no sabemos lo suficiente al no poder investigar.

Yaden pide al NIH (los Institutos Nacionales de Salud de EE.UU.) que financie estudios con controles activos. Es una petición sensata. La ciencia no debe ser activista; debe ser notaria de la realidad. Debe decirnos qué funciona, para quién y con qué riesgos. Pero, y aquí está la clave política, la falta de datos perfectos no debería ser una excusa para la inacción total.

La bioética, representada en el debate por Holly Fernandez Lynch, nos alerta de los “vendedores de aceite de serpiente”. Y es cierto. En el vacío legal, florecen los oportunistas. Pero, reflexionemos un momento: ¿no es la prohibición el mejor caldo de cultivo para el mercado negro y la falta de garantías? Si regularizamos, si traemos estas sustancias a la luz, si permitimos que los terapeutas se formen y trabajen legalmente, desplazamos al charlatán. La mejor forma de proteger al paciente desesperado no es negarle el acceso, sino garantizarle un acceso seguro, controlado y profesional.

Hay un miedo latente, casi puritano, a que esto se nos vaya de las manos. Se mira de reojo a la legalización del cannabis y se ven los excesos del capitalismo salvaje: dispensarios que parecen tiendas de golosinas y ofertas de 2×1. Cat Packer, de la Drug Policy Alliance, advertía sobre esto: la comercialización puede ir “demasiado lejos y demasiado rápido”.

Estoy de acuerdo. No queremos que la psilocibina o el MDMA se conviertan en el nuevo producto de consumo masivo para olvidar el aburrimiento del fin de semana. No estamos hablando de recreo, estamos hablando de medicina del alma. Estamos hablando de herramientas potentes que, en un contexto terapéutico, pueden recablear un cerebro atrapado en el trauma.

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El debate de Harvard nos deja una lección fundamental: la tensión entre la “prisa” de los pacientes y la “calma” de la ciencia es real, pero no irresoluble. La solución pasa por una regulación valiente que reconozca la dimensión ética del problema.

Es inmoral negar una terapia potencialmente curativa a quien no tiene otra esperanza, amparándose en que faltan diez años de burocracia. Pero también es irresponsable abrir las compuertas sin preparar el terreno. Necesitamos un modelo de legalización médica y terapéutica robusto, despenalizando el uso personal y fomentando la investigación sin trabas ideológicas.

España, que ha sido pionera en tantas luchas sociales, debería mirar este debate no como algo ajeno, de campus americano, sino como una oportunidad. Tenemos los investigadores, tenemos los profesionales de la salud mental y, desgraciadamente, tenemos los pacientes.

La pregunta no es si debemos legalizar el acceso terapéutico a los psicodélicos. La pregunta es cuántas personas más dejaremos caer por el abismo mientras nosotros nos sentimos seguros esperando el estudio definitivo. A veces, la mayor imprudencia es el exceso de cautela cuando la casa está en llamas. Tal vez sea hora de dejar a un lado el ego occidental y aceptar que, en la farmacia de la naturaleza, hay remedios que llevamos demasiado tiempo ignorando por miedo a mirarnos, de verdad, por dentro.

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Muchos años luchando en la sombra para que el cannabis florezca al sol.