El reciente estudio de la UCLA que cuestiona la eficacia del cannabis para el dolor o la ansiedad no es un portazo, sino una llamada de atención: necesitamos legalizar para investigar, regular para proteger y dejar de tratar a los pacientes como delincuentes en un mercado sin control.

A veces, la ciencia actúa como ese faro lejano que, en medio de la tormenta, nos indica no solo dónde está la costa, sino cuán perdidos hemos estado navegando. Un reciente y exhaustivo estudio liderado por la Universidad de California (UCLA) y publicado en la prestigiosa revista JAMA ha caído como un jarro de agua fría sobre el entusiasmo, a veces desmedido, que rodea al cannabis medicinal. La conclusión es severa: para la gran mayoría de las dolencias comunes —dolor crónico, ansiedad, insomnio— la evidencia científica que respalde el uso de la marihuana es, hoy por hoy, insuficiente o inexistente.

Sin embargo, quedarse en el titular grueso sería un error de bulto. Sería mirar el dedo que señala la luna. Porque lo que este estudio pone de manifiesto no es necesariamente que la planta no funcione, sino que hemos construido un sistema social y legal que nos ha impedido saber, con certeza y rigor, cómo y cuándo funciona.

Hand, marijuana and science with a man in a laboratory for research, innovation or ecology. Cannabi
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El abismo entre la calle y el laboratorio

Vivimos en una paradoja insostenible. Mientras en Estados Unidos y Canadá el 27% de la población admite usar cannabis para aliviar sus males, la academia nos dice que vamos a ciegas. El doctor Michael Hsu, autor principal del estudio, habla de una “brecha significativa” entre la percepción pública y la evidencia clínica. Y tiene razón. Pero, ¿quién ha cavado esa brecha? No han sido los pacientes, ni los médicos, sino décadas de una política prohibicionista que ha condenado al ostracismo a una sustancia milenaria, impidiendo su investigación sistemática.

El informe confirma lo que ya sabíamos y que a menudo se ignora en el debate político: el cannabis farmacéutico funciona, y muy bien, para nichos específicos. Es eficaz para las náuseas de la quimioterapia, para la pérdida de apetito en pacientes con VIH y para ciertos tipos de epilepsia pediátrica devastadora, como el síndrome de Dravet. Ahí la ciencia es rotunda. Pero para el resto, para ese inmenso océano de dolor crónico y ansiedad que asola a la sociedad moderna, la respuesta es un encogimiento de hombros.

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Aquí es donde el discurso debe elevarse. La falta de evidencia no es evidencia de ausencia. Es la consecuencia lógica de haber mantenido al cannabis en la lista de sustancias prohibidas, dificultando ensayos clínicos de gran envergadura y obligando a la ciencia a jugar a la contra, analizando datos sesgados o muestras pequeñas, mientras el mercado negro campaba a sus anchas.

Los riesgos del mercado gris

El estudio de la UCLA no solo habla de eficacia, sino de riesgos, y es nuestra obligación ética mirarlos de frente. Se advierte sobre la relación entre el cannabis de alta potencia y los brotes psicóticos, o el aumento de la ansiedad generalizada. Se habla de riesgos cardiovasculares asociados al consumo diario.

Ignorar estos datos desde el activismo cannábico sería una irresponsabilidad. Pero utilizarlos para justificar la prohibición es un cinismo político. Precisamente porque existen riesgos, la regulación integral es urgente. En un mercado legal y controlado, el usuario sabe qué está consumiendo. Sabe el porcentaje de THC y de CBD. En el mercado negro, o en el limbo alegal en el que se mueven muchos clubes y dispensarios, el usuario juega a la ruleta rusa con sustancias de potencia desconocida, a menudo adulteradas.

El prohibicionismo no elimina el consumo; simplemente lo hace más peligroso. Cuando el estudio señala que el cannabis de alta potencia incrementa las tasas de síntomas psicóticos (un 12,4% frente al 7,1% de baja potencia), nos está gritando a la cara que necesitamos un Estado que regule esas potencias, que etiquete, que informe y que proteja. Dejar la salud pública en manos de narcos o de un mercado desregulado es una dejación de funciones imperdonable.

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La ética del dolor y la libertad

Hay una dimensión humana que trasciende la estadística. El paciente que sufre dolor crónico y que encuentra alivio en el cannabis, aunque la ciencia diga que es un efecto placebo o insuficiente, merece respeto y seguridad. Las guías clínicas actuales desaconsejan el cannabis como primera línea de tratamiento, y es correcto que así sea bajo los estándares actuales. Pero la realidad es tozuda: la gente busca alivio donde la medicina convencional a menudo les ha fallado o les ha llenado de opioides con efectos secundarios devastadores.

El doctor Hsu pide “conversaciones honestas” entre médicos y pacientes. Suscribo cada palabra. Pero para que esa conversación sea honesta, el médico necesita herramientas, no prejuicios legales. Necesita poder recetar un producto estandarizado, no enviar al paciente a un callejón oscuro o a una asociación en el limbo jurídico.

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La legalización no es una invitación al consumo lúdico desmedido, es una herramienta de salud pública. Es la única vía para desmantelar la hipocresía. Si queremos saber si el cannabis sirve para el insomnio, necesitamos poder estudiarlo sin trabas burocráticas infernales. Si queremos proteger el corazón de los consumidores, necesitamos que lo que compren pase controles de calidad sanitaria, no que venga prensado en un camión cruzando una frontera ilegalmente.

Un futuro de rigor y compasión

La revisión de JAMA, con sus limitaciones —estudios observacionales, falta de evaluaciones de sesgo—, es una fotografía de un momento de transición. Es la imagen de una ciencia que intenta ponerse al día tras un siglo de oscuridad.

España, y Europa en general, deben tomar nota. No podemos seguir mirando hacia otro lado. La regulación integral del cannabis, tanto medicinal como recreativo, es el único marco que permite casar la libertad individual con la seguridad colectiva. Legalizar permite investigar a fondo. Legalizar permite educar sobre los riesgos reales sin la moralina del miedo. Legalizar permite que, dentro de diez años, un estudio similar no nos hable de “evidencia insuficiente”, sino de certezas científicas que curen y alivien.

Mientras sigamos en este titubeo moral, seguiremos teniendo pacientes desinformados, consumos de riesgo y una ciencia amordazada. Y eso, señoras y señores, en pleno siglo XXI, es una anomalía que no nos podemos permitir. La salud es demasiado importante como para dejarla en manos de la prohibición.

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Muchos años luchando en la sombra para que el cannabis florezca al sol.