Un ensayo clínico con 82 adultos halló que más del 40% de quienes recibieron una dosis alta de psilocibina seguían sin fumar a los seis meses, frente al 10% del grupo tratado con parches, aunque los expertos piden prudencia por el tamaño reducido del estudio

Dejar de fumar sigue siendo una de esas batallas silenciosas que se libran cada día en millones de casas. Una lucha íntima, áspera, repetida, hecha de recaídas, de promesas al despertarse y de derrotas al caer la tarde. Por eso, cuando aparece un estudio que sugiere que una sola dosis de psilocibina —el compuesto activo de los llamados hongos mágicos— podría ser más eficaz que los tradicionales parches de nicotina, conviene detenerse. No para celebrar una solución milagrosa, que no existe, sino para observar con atención un hallazgo que podría cambiar el enfoque de los tratamientos contra el tabaquismo.

El estudio, publicado en JAMA Network Open, comparó dos estrategias muy distintas. Por un lado, los parches de nicotina administrados durante entre ocho y diez semanas. Por otro, una única dosis alta de psilocibina. En ambos casos, los participantes recibieron además 13 semanas de terapia de conversación. Es decir, no se trató de enfrentar una sustancia contra otra en el vacío, sino de evaluar qué tratamiento funcionaba mejor dentro de un acompañamiento clínico estructurado.

Participaron 82 fumadores adultos, descritos por los investigadores como psiquiátricamente sanos. A los seis meses, los resultados marcaron una diferencia llamativa: más del 40% de quienes recibieron psilocibina habían dejado de fumar, frente a apenas el 10% del grupo de los parches. Dicho de otro modo, el grupo tratado con psilocibina mostró una capacidad de abandono muy superior en un terreno donde los fracasos suelen ser la norma.

El dato no es menor. En Estados Unidos, según cifras citadas en el estudio a partir de datos de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades, aproximadamente la mitad de los fumadores intentó dejar el hábito en 2022. Pero solo una de cada diez personas lo consiguió. Esa proporción, tan modesta como dramática, retrata bien la dimensión del problema: dejar de fumar no es solo cuestión de voluntad. La nicotina altera circuitos profundos del cerebro, activa mecanismos de recompensa y convierte el alivio momentáneo en dependencia persistente.

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Ahí es donde la psilocibina parece abrir una vía distinta. No actúa, según plantean los investigadores, como un simple sustituto de la nicotina ni se centra en amortiguar el síndrome de abstinencia. Su efecto iría por otro camino: modificar la percepción de uno mismo, alterar patrones psicológicos arraigados e influir en la conducta desde una transformación más amplia. El investigador principal, Matthew Johnson, profesor de farmacología del comportamiento en la Universidad Johns Hopkins, explicó que durante la experiencia psicodélica el cerebro se comunica consigo mismo de una forma radicalmente distinta.

Desde el punto de vista biológico, los psicodélicos alteran temporalmente la comunicación entre regiones cerebrales y pueden favorecer la neuroplasticidad, esa capacidad del cerebro para reorganizarse y formar nuevas conexiones. Traducido al lenguaje de la vida cotidiana, significa la posibilidad de romper inercias que parecían irreversibles. No solo apagar el deseo inmediato de fumar, sino revisar la relación emocional, mental y hasta identitaria que una persona mantiene con el cigarrillo.

Closeup shot of a Chinese female smoking a cigarette
Closeup shot of a Chinese female smoking a cigarette

Eso, quizá, ayude a entender por qué muchos de los participantes no acudieron al ensayo movidos por curiosidad hacia los psicodélicos, sino por agotamiento. Habían probado casi todo. Eran, en palabras del propio Johnson, personas desesperadas por dejar de fumar. Y no es difícil comprenderlo. El tabaquismo sigue matando cada año a unas 480.000 personas en Estados Unidos y a más de 8 millones en todo el mundo, según los datos citados en la investigación. Son cifras demasiado grandes para tratarlas con ligereza, y también demasiado duras para conformarse con terapias que a menudo no logran sostenerse más allá de unos pocos meses.

Ahora bien, el entusiasmo debe convivir con la prudencia. El estudio es pequeño y sus autores lo reconocen. No basta un ensayo de 82 personas para proclamar una revolución terapéutica. Hace falta repetir los resultados en muestras más amplias, más diversas y bajo distintos contextos clínicos. También es imprescindible subrayar que la psilocibina no es una sustancia inocua. Aunque no se considere físicamente adictiva, puede ser objeto de abuso y exige supervisión rigurosa.

Durante la experiencia, que se prolongó entre cinco y seis horas, los participantes estuvieron monitorizados en todo momento y con personal médico disponible. No se registraron efectos adversos graves, pero sí episodios de ansiedad intensa y aumentos temporales de la presión arterial. El propio Johnson advirtió de que algunas personas pueden sentirse realmente ansiosas, incluso aterrorizadas durante el viaje psicodélico. Es decir, no se trata de una herramienta para improvisar, ni mucho menos de una invitación a la automedicación.

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El trasfondo de este estudio conecta además con un cambio de clima más amplio. Durante años, la investigación clínica con psicodélicos avanzó lentamente, frenada por el estigma, la falta de financiación y el peso de una imagen asociada más a la contracultura que a la medicina. Entre 2006 y 2020, los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos no concedieron ayudas directas para ensayos clínicos independientes sobre el uso terapéutico de estas sustancias. Hoy, en cambio, varias compañías trabajan para desarrollar tratamientos basados en psilocibina con la vista puesta en una eventual aprobación regulatoria.

Ese renovado interés no es solo científico o empresarial; también ha llegado a la política sanitaria. Pero ahí, como en casi todo lo que rodea a los psicodélicos, conviene separar el impulso de la evidencia. La presión por acelerar tratamientos puede chocar con una obligación elemental: garantizar seguridad, protocolos estrictos y ensayos robustos antes de abrir la puerta de par en par.

Lo que este estudio ofrece no es una certeza definitiva, sino una señal poderosa. En un terreno donde las herramientas existentes ayudan, sí, pero a menudo no bastan, la psilocibina aparece como una opción prometedora para quienes no han encontrado salida en los métodos tradicionales. No parece una cura mágica. Parece, más bien, un cambio de paradigma: pasar de combatir solo el síntoma de la abstinencia a intervenir también en la arquitectura íntima de la adicción.

Y eso, en una época acostumbrada a buscar soluciones rápidas para problemas profundos, merece ser escuchado con atención. Porque dejar de fumar no consiste únicamente en apagar un cigarrillo. A veces consiste, sobre todo, en apagar una versión de uno mismo que llevaba demasiado tiempo ardiendo.

Acerca del autor

The Swami

Amante del cannabis y especializado en el mundo de las sustancias psicoactivas. Escritor y psiconauta.