La investigación con MDMA y esquizofrenia reabre un debate incómodo pero necesario sobre seguridad, ética y el coste de seguir sin estudiar lo prohibido

Hay debates que se eternizan no porque falten datos, sino porque sobra miedo. El de los psiquedélicos y la psicosis es uno de ellos. Una discusión circular, casi una pescadilla que se muerde la cola: como existe un riesgo teórico de descompensación psicótica, las personas con esquizofrenia o con trastornos del espectro psicótico se excluyen sistemáticamente de los ensayos clínicos; y, al excluirlas, nunca llegamos a saber con rigor científico si ese riesgo es real, en qué condiciones aparece o cómo podría minimizarse. El resultado es una forma de ignorancia institucionalizada que se disfraza de prudencia, como señala José Carlos Bouso, director científico de Fuertedélica.

En este contexto, que dos investigadores de referencia mundial como John Kane y Stephen Marder colaboren en estudios sobre la tolerabilidad y la eficacia del MDMA en pacientes con esquizofrenia no es una anécdota. Es un gesto político en el sentido más noble del término: decidir mirar donde durante décadas se ha preferido no mirar.

El foco de estos trabajos no está en los síntomas positivos —delirios, alucinaciones— que tradicionalmente han marcado la narrativa pública de la esquizofrenia, sino en los llamados síntomas negativos: la pobreza del pensamiento, la dificultad para iniciar una conversación, la retirada social, la ausencia de motivación. Son los más persistentes, los más incapacitantes y, paradójicamente, los menos tratados. Para muchas personas con esquizofrenia, no es el delirio lo que más duele, sino el silencio interior, esa sensación de mente bloqueada que les impide habitar el mundo con flexibilidad.

No partimos de la nada. Ya a principios de los años 2000 se publicaron historias clínicas de personas con esquizofrenia que, tras consumir MDMA de forma recreativa, describían una tregua temporal de sus síntomas, una suerte de “mente en calma” y una inesperada capacidad de conexión cognitiva y emocional. Observaciones frágiles, sí, pero demasiado coherentes como para ser ignoradas sin más.

La neurobiología aporta piezas que encajan. Sabemos que el MDMA actúa sobre la serotonina, la dopamina y los sistemas adrenérgicos. Sabemos que mejora la inhibición prepulso —un marcador alterado en la esquizofrenia— y que reduce la hiperactividad de la amígdala, facilitando la extinción del miedo y disminuyendo la percepción de amenaza social. Sabemos también que aumenta la disponibilidad de oxitocina, la hormona del vínculo, y que induce un estado de neuroplasticidad especialmente sensible a las claves sociales, casi como si el cerebro recuperara, por unas horas, la maleabilidad de la adolescencia.

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Todo ello no convierte al MDMA en una panacea, pero sí en una herramienta potencial para algo tan básico y tan olvidado como fortalecer la alianza terapéutica. Confiar, vincularse, revisar estructuras cognitivas rígidas. En psiquiatría, a veces, eso ya es mucho.

Por eso resulta especialmente relevante la propuesta de un pequeño estudio piloto con doce participantes en el Zucker Hillside Hospital, vinculado a Northwell Health, el mayor proveedor sanitario de Nueva York. Un diseño prudente: criterios de entrada estrictos, participantes no medicados, con predominio de síntomas negativos y apoyo familiar. No se trata de frivolizar el riesgo, sino de gestionarlo con método y supervisión.

Mientras tanto, desde Europa llegan voces que llaman a la cautela. El reciente artículo de Albert Batalla y colaboradores en Molecular Psychiatry insiste en lo esquivo del concepto de “seguridad” cuando hablamos de psiquedélicos y psicosis. Su revisión recuerda que los datos disponibles son escasos, antiguos y heterogéneos. Apenas dos estudios de los años cincuenta y sesenta sustentan buena parte de nuestras certezas actuales. Más que confirmar un riesgo añadido, sugieren que, si existe, podría ser pequeño y muy dependiente del contexto, la dosis y la selección de pacientes.

La advertencia, sin embargo, va más allá del laboratorio. Existe el temor —legítimo— de que una comunicación irresponsable, amplificada por medios no científicos o intereses comerciales, dispare el consumo recreativo y genere problemas de salud pública, como ocurrió con el cannabis en algunos países. El paralelismo es útil, pero no debe convertirse en un dogma paralizante. Los propios datos muestran diferencias claras: las tasas de transición a esquizofrenia tras una psicosis inducida por cannabis son muy superiores a las asociadas a psicodélicos serotoninérgicos.

Aquí conviene detenerse. Porque el error histórico no fue investigar el cannabis, sino hacerlo tarde, mal y con una legislación errática que confundió uso médico, mercado y prevención. Aprender de ese error no significa cerrar la puerta a la investigación con MDMA o psilocibina en psicosis; significa abrirla con más rigor, más transparencia y más pedagogía social.

Cada vez más investigadores defienden precisamente eso: una inclusión progresiva, cuidadosamente diseñada, de personas con trastornos psicóticos en ensayos clínicos. Entre ellas, la psiquiatra Julie Holland, que propone estudiar el MDMA en este colectivo no desde el entusiasmo ingenuo, sino desde la responsabilidad clínica.

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Porque hay una pregunta ética que rara vez se formula en voz alta: ¿qué coste humano tiene no investigar? ¿Cuántas personas siguen atrapadas en síntomas negativos devastadores porque asumimos, sin datos sólidos, que es más seguro no intentar nada nuevo? La prudencia que no se revisa acaba convirtiéndose en negligencia.

Legalizar y regular no es banalizar. Es, precisamente, crear las condiciones para investigar bien, para formar a profesionales, para informar sin alarmismo y para proteger a los más vulnerables con conocimiento, no con prejuicios. El debate está abierto, y conviene que lo esté. No para glorificar los psiquedélicos, sino para dejar de temerlos de forma acrítica.

La ciencia avanza cuando se atreve a formular preguntas incómodas. Y pocas hay hoy más incómodas —y más necesarias— que esta.

Fuente Fuertedélica.org

Acerca del autor

Raúl del Pino es un destacado psiconauta, escritor y autoridad en sustancias psicoactivas, especialmente psicodélicos.

Fundador de www.psiconautica.org en 1996, el primer portal en lengua hispana sobre drogas, se ha enfocado en los Estados Modificados de Conciencia y la Psicología Transpersonal. Autor autor de los libros "Guía contemporánea para el viaje psicodélico" y "MDMA, sexo y tantra", Raúl combina rigor científico con introspección personal, explorando la relación entre psicoactivos, sexualidad y prácticas espirituales. Su trabajo contribuye significativamente a la comprensión y uso responsable de sustancias psicoactivas.