Mientras los discursos políticos abrazan tímidamente la apertura hacia los psicodélicos para tratar el trauma de los veteranos, la maquinaria administrativa sigue cerrando puertas con un portazo que resuena a hipocresía.
A menudo, la política se mueve en dos velocidades irreconciliables. Por un lado, tenemos la velocidad del discurso, de la retórica encendida en los mítines y las promesas de “hacer lo que sea necesario”; y por otro, la velocidad geológica de la administración, esa bestia lenta y ciega que mastica papeles mientras la gente, la gente de carne y hueso, sigue sufriendo. La noticia que nos llega desde Estados Unidos es un ejemplo doloroso de esta esquizofrenia institucional, y debería servirnos de espejo aquí, en Europa, donde el debate sobre la legalización terapéutica de ciertas sustancias avanza, pero siempre con el freno de mano echado.
El Departamento de Asuntos de Veteranos (VA) de Estados Unidos ha rechazado una solicitud de subvención de la organización No Fallen Heroes. No es una organización cualquiera; es un grupo liderado por veteranos de élite, antiguos pilotos de TOPGUN, que se dedican a salvar vidas. Su método no es convencional, pero es efectivo: conectan a excombatientes destrozados por el estrés postraumático con terapias psicodélicas en el extranjero. Hablamos de ibogaína, de psilocibina, de sustancias que, en un entorno controlado y sagrado, han demostrado ser capaces de recoser las costuras del alma allí donde la farmacología tradicional solo pone parches químicos.
Lo paradójico, lo que roza el esperpento, es que el propio Secretario del VA, Doug Collins, se ha llenado la boca recientemente hablando de la necesidad de explorar estas vías. Ha llegado a plantear el tema en reuniones de gabinete con el presidente Trump, presumiendo de haber “abierto la puerta más que nadie”. Sin embargo, cuando llega el momento de la verdad, cuando hay que firmar el cheque para que No Fallen Heroes continúe su labor bajo el programa de prevención del suicidio, la burocracia responde con una carta fría, técnica y deshumanizada: “no cumple con los requisitos del umbral”.
Miren, el suicidio de veteranos no es una estadística; es una tragedia nacional en Estados Unidos y una vergüenza silenciosa en cualquier país que mande a sus jóvenes a la guerra y luego se olvide de ellos al volver. Matthew “Whiz” Buckley, el fundador de la organización rechazada, lo ha dicho con una claridad meridiana que hiela la sangre: “Hemos salvado y cambiado la vida de más de 100 veteranos… Lo que estamos haciendo como país claramente no funciona. Es hora de hacer algo nuevo”. Y tiene razón. Terrible razón.

Aquí es donde entra el debate de fondo, el que nos interpela a todos. La prohibición, ese viejo dogma que llevamos arrastrando décadas, no solo ha fracasado en su intento de erradicar el consumo, sino que se ha convertido en un obstáculo activo para la salud pública. Al mantener sustancias como la psilocibina o la MDMA en listas de prohibición o en limbos legales casi impracticables, estamos negando el derecho a la cura. Estamos diciendo que preferimos la pureza ideológica de la “guerra contra las drogas” antes que la vida de un ser humano que no encuentra consuelo en los antidepresivos convencionales.
Es descorazonador ver cómo, incluso cuando figuras de alto nivel como Robert F. Kennedy Jr. o el propio Collins parecen receptivos a la reforma, el sistema se protege a sí mismo. La carta de rechazo no discutía la eficacia del tratamiento; no decía “esto no funciona”. Decía, básicamente, “no casan ustedes con nuestro formulario”. Es la victoria del procedimiento sobre la vida.
La legalización y regulación de los psicodélicos con fines terapéuticos no es un capricho de la contracultura, ni una moda pasajera. Es una urgencia ética. La ciencia lleva años gritando, a veces susurrando por miedo a perder financiación, que estas sustancias, manejadas con respeto y profesionalidad, son herramientas potentísimas para la salud mental. Negar su potencial por prejuicios morales heredados del siglo XX es una irresponsabilidad política de primer orden.
Buckley, con la franqueza de quien ha visto la muerte de cerca, lanzó un mensaje a los burócratas: “Lideren, sigan, o quítense de en medio. Nuestros héroes no tienen tiempo para la burocracia”. Esa frase debería estar grabada en la entrada de cada ministerio de sanidad del mundo. Porque mientras los papeles van y vienen, mientras se discute si el solicitante cumple el artículo 38 del código tal o cual, hay una persona en su casa, sola, mirando al vacío, pensando que ya no hay salida. Y resulta que sí la hay, o al menos hay una posibilidad, pero es ilegal, o no está subvencionada, o está mal vista.

La postura favorable a la legalización no es una invitación al caos, sino todo lo contrario: es una invitación al orden. A traer estas terapias desde la oscuridad de la alegalidad hacia la luz de la medicina regulada. Si el sistema público no es capaz de ofrecer estas alternativas, al menos debería tener la decencia de no estorbar a quienes, con sus propios medios y riesgos, están haciendo el trabajo que el Estado no sabe, no quiere o no se atreve a hacer.
La hipocresía de alabar a los veteranos en los desfiles para luego negarles las herramientas que curan sus heridas invisibles es el síntoma de una sociedad que valora más los símbolos que a las personas. Necesitamos menos retórica de “apoyo a nuestros héroes” y más valentía legislativa. Necesitamos entender que la verdadera moralidad no está en prohibir una planta o un compuesto químico, sino en hacer todo lo humanamente posible para aliviar el sufrimiento de nuestros semejantes. Y si eso implica reescribir las leyes sobre drogas, que así sea. Porque la alternativa, como bien saben en No Fallen Heroes, es seguir contando ataúdes envueltos en banderas. Y de eso, ya hemos tenido suficiente.
Amante del cannabis y especializado en el mundo de las sustancias psicoactivas. Escritor y psiconauta.




















