El cáñamo industrial se abre paso en el campo español y los agricultores no dudan en abrirle las puertas a un cultivo que abraza sin pudor la climatología de nuestro país, es ecológico, ofrece buenas perspectivas comerciales y presenta gran potencial para la creación de empleo verde en el medio rural.

Que la superficie destinada a esta planta se multiplicara por ocho entre 2016 y 2021 hasta superar las 500 hectáreas o que hayan proliferado cooperativas y asociaciones en diversas comunidades en un intento de los cultivadores de aunar esfuerzos para caminar con garantías jurídicas y contrarrestar una legislación todavía confusa, evidencian ese despegue. También, ejemplos particulares como el de Mariam Ramos Sánchez, extremeña que con un proyecto sobre este cultivo se ha hecho merecedora del Premio Joven Agricultor de Asaja 2022 en la categoría de Innovación.

El avance se viene produciendo de una forma silenciosa, quizá porque el cáñamo industrial y la marihuana salen de la misma planta, el fenotipo de la especie vegetal cannabis sativa. La diferencia estriba en que el cultivo del primero está permitido en España para la obtención de fibra, grano y semilla y no puede superar un 0,2% del componente psicoactivo tetrahidrocannabinol (THC), mientras que la segunda, concentrada en el cogollo, es considerada estupefaciente y, por tanto, cuenta con unas limitaciones rigurosas en cuanto a su obtención únicamente con fines medicinales y terapéuticos. Sin embargo, proyectos como el de Mariam Ramos representan un altavoz para el cáñamo industrial y ponen de manifiesto que esta producción puede arraigar con fuerza.

Sólo tiene 25 años y, aunque por sus abuelos tiene vinculación de cuna a la agricultura, reconoce que, “de pequeña, no lo apreciaba”. Ahora, “de adulta”, ha aprendido “a valorar el trabajo en el campo”, a amar la naturaleza e incluso a sacarle gusto a lo de “no tener horario fijo”, dice esta joven de Vegaviana (Cáceres), que estudió Ciencias del Mar en Vigo y que decidió volver a su tierra para edificar su proyecto de vida en el medio rural sobre una explotación agrícola.

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No fue hasta 2020 cuando lo tuvo definitivamente claro y este proyecto concreto comenzó a germinar después de “leer mucho”. “Era algo nuevo en una zona nueva y requería mucha investigación. Me dije, ahora o nunca”, recuerda Mariam, quien investigó, en alternancia con su trabajo como responsable de compras, hasta que el pasado 2022 encontró la ubicación idónea para su cannabis sativa de semillas certificadas. Esas tierras están justo al lado de una finca que antaño labró su abuelo -algo que, dice, la hizo especial ilusión por cuanto representa de alguna manera la vuelta a los orígenes-, y esa plantación inicial la efectuó con recursos propios ya que, considera, “uno de los grandes problemas de muchas explotaciones es que basan su rentabilidad en subvenciones públicas y eso es un fracaso garantizado”.

Extremadamente cuidadosa acerca de los detalles de su proyecto por las implicaciones legales que trae consigo, Mariam apenas puede desvelar que acaba de registrar su marca y que, tras los consiguientes trámites burocráticos, espera poder operar ya con ella en torno al mes de septiembre.

Beneficioso para construcción y salud

En Vegaviana -porque una de sus máximas es “crear riqueza en el pueblo”-, producirá cáñamo industrial con dos fines principales y estableciendo una clara diferencia con el grueso de la producción española, cuyo 90%, dice, va destinado a la obtención de fibra para fabricar textiles, productos de papel o bioplásticos. En su caso, cultivará para obtener fibra para la que ya tiene firmado un acuerdo de venta con una empresa productora de hormigón prefabricado. Se trata de un producto que “ya es tendencia en Francia e Italia” y que, aunque “es un poco más caro que el hormigón tradicional, tiene grandes propiedades ignífugas” e incluso una “huella de carbono negativa”, explica Mariam.

Por otro lado, y aquí es donde llega el gran componente innovador de su proyecto, producirá grano del que extraer aceite de cáñamo con extracto de cannabidol (CBD) en un mismo proceso. “Normalmente, la planta va a un laboratorio para sacar el CBD y el resto se desecha”, explica la emprendedora sobre un proceso que ella reducirá a una única fase para obtener un producto que también contendrá las proteínas, vitaminas y rendimientos grasos que tiene el grano y que se consideran beneficiosas para cuestiones como controlar la ansiedad, repercutir un efecto relajante o sobrellevar enfermedades como la esclerosis o la fibromialgia.

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También vislumbra Mariam otras metas: la primera, alcanzar “cuantas más hectáreas mejor”, siendo su “sueño, un mínimo de 100”; y, a futuro, impulsar una cooperativa que agrupe a cultivadores de cáñamo industrial que “lleven la marca Extremadura al mundo” y conviertan a su Comunidad en referente. Por lo pronto, el que suena es su nombre como ganadora de ese premio Asaja, reconocimiento que la llena por la puesta en valor del trabajo de muchas mujeres y hombres en una sociedad en la que “se valora más a alguien de la ciudad que gana 5.000 euros, que al pobrecito del campo con las botas manchadas de barro” pese a que es éste el que da de comer al primero y el que cuida el medio.

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