Colombia empieza a cerrar el círculo en la industria del cannabis. Hoy cuenta con cultivos regulados, genética certificada, productos de uso externo con calidad exportadora y espacios controlados para el consumo responsable.

El mercado global del cannabis medicinal alcanzará los US$61,9 mil millones en 2026 y crecerá a más del 20% anual hasta 2035. Colombia ya destaca en exportaciones dentro de la región, pero su mercado interno sigue siendo reducido: apenas ronda los US$64 millones. La regulación podría cambiar ese equilibrio.

Durante años, el cannabis ha habitado una zona gris. Para algunos, sigue siendo una droga asociada a problemas de salud pública; para otros, una alternativa terapéutica con potencial incluso superior al de ciertos medicamentos tradicionales.

Casos como el de Charlotte Figi ayudaron a inclinar la balanza. La niña estadounidense encontró alivio a su síndrome de Dravet —una forma grave de epilepsia— gracias a un extracto rico en CBD y bajo en THC. Llegó a sufrir hasta 50 convulsiones diarias. Tras su muerte, su madre, Paige Figi, continúa impulsando el debate sobre sus usos médicos.

La regulación avanza en varios países. En Italia, Israel, Polonia o Chile se permite la venta de flor con fines medicinales. Otros, como Estados Unidos (en algunos estados), Canadá, Uruguay o Alemania, han dado el paso hacia el uso recreativo.

En Colombia, el cambio más reciente llegó con el Decreto 1138 de 2025. La norma autoriza la venta de flor seca con fórmula médica en farmacias habilitadas y establece controles del Invima, el ICA y el Fondo Nacional de Estupefacientes a lo largo de toda la cadena. Su correcta implementación podría consolidar una industria más sólida y confiable.

Empresas como Sweet Leaves ya operan bajo estos estándares. Ubicada a las afueras de Bogotá, la compañía trabaja con genética certificada, mantiene alianzas internacionales y cumple con la normativa vigente. La mayor parte de su producción se exporta.

Uno de sus principales destinos es Alemania, hoy el mayor mercado de cannabis medicinal en Europa. En 2024 superó los €420 millones en ventas y podría duplicar esa cifra antes de 2030. Cuenta con unos 300.000 pacientes activos y una red de 2.500 farmacias. El precio por gramo se mueve entre 9 y 12 euros.

El contraste con Colombia es evidente. El mercado legal local —incluyendo extractos y derivados— alcanzó unos US$64 millones en 2024, con cerca de 35.000 usuarios activos.

Para Javier Amaya Mercado, CEO de Sweet Leaves, el potencial es claro: Colombia puede competir en el exterior por calidad y costes, pero también desarrollar un mercado interno más dinámico.

La nueva regulación abre la puerta a más usuarios, más farmacias y nuevos negocios vinculados al sector. Entre ellos, dispositivos como vaporizadores herbales, que ya mueven millones a nivel global. Todo dependerá, insiste, de cómo se implemente la normativa y de que los precios sean accesibles.

Dos enfoques, un mismo objetivo

El debate sobre el cannabis sigue dividido, incluso en su uso medicinal.

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Marco Serrano, fundador de Hepta, trabaja en el desarrollo de productos como cremas, óleos o champús, además de fórmulas magistrales de administración sublingual. Defiende este último método por su dosificación precisa y su menor riesgo de dependencia.

La evidencia histórica respalda el uso médico de la planta. Según la médica Marixa Guerrero Liñeiro, ya se utilizaba en China hacia el 2.600 a.C. para tratar convulsiones, y en la India, siglos después, para la ansiedad.

Hoy, organismos como la FDA avalan el uso de cannabinoides en casos específicos: náuseas asociadas a quimioterapia, epilepsia, pérdida de apetito o esclerosis múltiple, entre otros.

En el otro extremo, iniciativas como Conexión Natural ponen el foco en la salud mental. Su cofundador, John Chavarriaga, lidera un modelo de atención que combina consumo regulado con acompañamiento psicológico.

Uno de sus espacios es Casa Wêt-Wêt, un dispensario respaldado por la jurisprudencia constitucional colombiana. Allí se prioriza el bienestar del usuario, con seguimiento psicológico y programas orientados a reducir riesgos. El cannabis se utiliza tanto para tratar ansiedad o estrés como, en algunos casos, para apoyar procesos de deshabituación de otras sustancias.

Aunque los enfoques difieren, ambos coinciden en lo esencial: la calidad del producto y el consumo responsable.

Desde el sindicato Sintrabacann, su presidente Juan Andrés Leguízamo destaca la importancia de garantizar trazabilidad, condiciones laborales dignas y estándares de calidad en toda la cadena, desde el cultivo hasta el consumidor.

En paralelo, empresarios del sector insisten en la necesidad de controles estrictos: análisis de laboratorio, ausencia de metales pesados y procesos adecuados de postcosecha.

Más allá de las diferencias, el consenso es claro. La industria necesita reglas sólidas, vigilancia sanitaria y educación para el usuario.

El reto final, sin embargo, recae en el consumidor. Elegir productos de calidad y mantener un uso responsable será clave para que el cannabis consolide su papel, no solo como industria, sino como herramienta con potencial médico y social en Colombia.

Acerca del autor

Justin Vivero

Escritor especializado en cannabis  y residente en Miami, combina su pasión por la planta con la vibrante energía de la ciudad, ofreciendo perspectivas únicas y actualizadas en sus artículos.

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