El caso ‘Ketamelon’ demuestra que perseguir a los consumidores no reduce el consumo mientras se ignora el potencial terapéutico del LSD y la ketamina en contextos médicos controlados
Una redada, miles de dosis incautadas y titulares que hablan de “la mayor operación contra las drogas digitales en la historia de la India”. La noticia parece contundente: la Oficina de Control de Narcóticos (NCB) ha desmantelado un entramado que operaba en la darknet vendiendo LSD y ketamina bajo el nombre de “Ketamelon”. El relato oficial habla de éxito policial. Pero debajo del ruido, la historia nos invita a otra reflexión: ¿qué pasaría si estas sustancias no tuvieran que circular por las sombras?
La operación MELON ha sacado a la luz más de mil blots de LSD, 130 gramos de ketamina y criptomonedas valoradas en 70 lakh de rupias. Pero no ha resuelto ni el tráfico, ni el consumo, ni el problema de fondo: el fracaso de una política prohibicionista que empuja a millones de personas a consumir en la clandestinidad, sin garantías ni información.
Cuando la medicina se esconde en el mercado negro
Ni el LSD ni la ketamina son desconocidos para la ciencia médica. Ambas sustancias están siendo utilizadas —con creciente respaldo clínico— en contextos terapéuticos para tratar trastornos como la depresión, la ansiedad o el estrés postraumático. En clínicas de Estados Unidos, Canadá o España, la ketamina se administra en entornos controlados con protocolos rigurosos. Y el LSD, aunque aún limitado por su estatus legal, está demostrando efectos prometedores en estudios sobre terapia asistida con psicodélicos.
El problema no es la sustancia. El problema es la falta de acceso legal, seguro y regulado.
Al impedir que estas herramientas estén disponibles en contextos clínicos o personales seguros, el sistema las empuja hacia la clandestinidad, donde no hay etiquetas, ni dosis, ni advertencias, ni acompañamiento profesional. Así es como nacen casos como “Ketamelon”: consumidores desesperados por encontrar alivio, traficantes cubriendo una demanda real, y gobiernos empeñados en castigar sin ofrecer alternativas.
El falso dilema entre prohibir o dejar hacer
La narrativa dominante ha planteado el consumo de psicodélicos como una dicotomía: o se prohíbe para proteger a la población, o se desregula sin control. Pero existe una tercera vía: la regulación con enfoque de salud pública y reducción de daños.
Un enfoque que no infantiliza al usuario ni lo criminaliza, sino que le ofrece información, supervisión y acceso a sustancias puras, en dosis adecuadas y con acompañamiento médico o terapéutico. No se trata de promover el consumo, sino de aceptar que el consumo existe y ofrecer las condiciones para que no derive en daño evitable.
La prohibición, por el contrario, no ha reducido el consumo global ni ha eliminado el riesgo. Solo ha conseguido que quienes consumen lo hagan en condiciones peligrosas, alimentando mercados ilegales que, lejos de proteger, lucran con la desinformación.
LSD y ketamina: ni demonios ni milagros
Es importante decirlo claro: ni el LSD ni la ketamina son sustancias inocuas. Ambas pueden causar efectos graves si se consumen sin preparación, sin control o en contextos vulnerables. Pero también es cierto que, en entornos clínicos, pueden ser herramientas poderosas para abrir puertas en la salud mental donde otras terapias han fracasado.
La ketamina, antaño anestésico veterinario y droga de fiesta, ha demostrado en estudios del Instituto Nacional de Salud Mental de EE. UU. una eficacia notable como antidepresivo de acción rápida. Es especialmente útil para pacientes resistentes a tratamientos convencionales.
El LSD, por su parte, interactúa con receptores de serotonina y está siendo estudiado como parte de protocolos de terapia asistida para el tratamiento de ansiedad, trauma y adicciones. La experiencia con LSD puede ser profunda, sí, pero también emocionalmente restauradora cuando se da en un entorno estructurado.
Ambas sustancias comparten algo: son tan peligrosas como mal usadas, y tan prometedoras como bien guiadas.
Lo que nos enseña Ketamelon
Detrás del nombre irónico del caso (“Ketamelon”), hay una realidad más seria: el mundo se está adelantando a la ley. Mientras la medicina avanza, mientras las universidades investigan, mientras miles de personas buscan alternativas al sufrimiento mental… la legislación sigue atada a lógicas del siglo pasado.
Los consumidores no desaparecen porque se les persiga. Solo cambian de canal, de calle, de IP. Lo que sí cambia —y empeora— es su seguridad. La verdadera pregunta no es si debemos permitir estas sustancias, sino cómo vamos a regular su uso para evitar que sigan circulando en silencio, sin control, sin ayuda y sin luz.
Acerca del autor
Amante del cannabis y especializado en el mundo de las sustancias psicoactivas. Escritor y psiconauta.



















