La imaginación es un proceso superior que permite crear representaciones mentales en el plano de los sentidos pero en ausencia de estímulos externos.

Por Javier Diz Casal

La imaginación opera en torno a los recuerdos almacenados en nuestra memoria y hace posible percibir elementos sensoriales que no se encuentran presentes. Desde las reflexiones filosóficas remotas hasta los primeros estudios científicos en torno a la imaginación, desde la psicología experimental y la neurociencia, se la ha venido estudiando.

No obstante, la visión social y humanista sobre este fenómeno que creemos puramente humano resulta fundamental para entender la poesía, el arte e incluso la ontología. El desarrollo de los procesos psicológicos superiores está profundamente relacionado con los elementos culturales y las interacciones sociales presentes en el desarrollo vital de las personas. Por lo que se puede entender que la imaginación albergará elementos personales y sociales, asó como culturales y comunes a las personas que forman un grupo. El material del que se compone esta información y con la cual opera puede ser denominado material mnémico en referencia a la información de la memoria. La imaginación es sensorial y habitualmente utiliza varios de los sentidos. Así, por ejemplo, un músico tendrá una imaginación auditiva muy desarrollada. Esto es lo que les debía de suceder a los grandes genios musicales que podían imaginar en su cabeza conciertos enteros de varios instrumentos o el caso de Beethoven del cual se dice que podía escuchar la música a pesar de su sordera:

 “…Debes saber que mi facultad más alta, mi oído, se ha visto grandemente deteriorada…”, «…Por supuesto que estoy resuelto a elevarme por sobre cualquier obstáculo, pero ¿Cómo será eso posible?…”[1]

La imaginación se va a ver determinada por la complejidad del pensamiento humano, los valores personales, el momento histórico, la cultura, la educación y la exposición a determinadas variables y vivencias personales. En muchas ocasiones la imaginación en colaboración con la memoria, hacen posible el reconocimiento de objetos incompletos o de personas que han cambiado su corte de pelo.

La imaginación ha sido denostada a lo largo de la historia en lo referente al estudio de los procesos superiores humanos como la cognición, la percepción o la memoria. Han sido varias las expresiones utilizadas para referirse a la imaginación que denotan esta percepción peyorativa en ella: “la imaginación es la loca de la casa”, “La maestra de errores”, “la infancia del hombre”. No obstante, puede resultar interesante tomar a la imaginación como “una capacidad cognoscitiva básica sin la cual el ser humano difícilmente sería lo que es y a lo imaginario como elemento ontológico susceptible de ser definido desde una esfera epistemológica” (Diz y Braña, 2014).[2]

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Parece imposible no reconocer ese carácter social y humano de la imaginación desde el cual realizar reflexiones en relación a lo imaginario. El carácter proyectivo de la imaginación impulsa a esta a definir, desde un punto de vista objetivo e interior, los objetos que nos rodean. En muchas ocasiones la imaginación es lo que completa el sentido vital, acomodando lo deseado a lo real, por lo que es posible definirla como un elemento adaptativo que nos ayuda a relacionar de manera satisfactoria (dependiendo de las emociones) lo real y lo deseado. Las ideas de Gaston Bachelard (1884-1962) sobre lo imaginario están cargadas de representaciones simbólicas remotas y “elementales”, haciendo referencia al gran contenido simbólico que poseen los cuatro elementos y a su relación con símbolos primigenios y colectivos. Otro autor que versa sobre la imaginación es Gilbert Durand en su obra “Las estructuras antropológicas de lo imaginario”.

El Premio Nobel de literatura George Bernard Shaw, considera que la imaginación supone una fuerza creadora y fundamental: “Si has construido un castillo en el aire, no has perdido el tiempo, es allí donde debería estar. Ahora debes construir los cimientos debajo de él.” De esta manera, se puede entender la importancia de la imaginación ya que toda realización práctica ha sido otrora irreal, “un castillo en el aire, un sueño manado del logos (en tanto que gran unidad de la realidad), del pathos (en tanto que sentimientos y estado del alma) y del ethos (en tanto que elementos definitorios de lo social y conductas aceptadas como patrón de comportamiento real)”[3].

El cannabis modifica la percepción de los fenómenos que vivenciamos. Bajo los efectos del cannabis nuestros sentidos se ven alterados y puesto que la imaginación opera constantemente junto con la percepción también la imaginación se verá modificada en tanto que provenga de la percepción y en cuanto a su propio mecanismo o funcionamiento.

El cannabis aporta, en muchas ocasiones, una facilidad para ponerse en contacto con el mundo interior, es habitual tener un gran número de imágenes mentales fluyendo por la mente cuando uno se encuentra bajo los efectos del cánnabis. Pese a lo que muchas veces se cree en torno a los efectos del cánnabis en cuanto a que es una sustancia que te atonta y hace que pienses más despacio por así decirlo, personalmente pienso que nada más lejos de la realidad. El cannabis favorece la imaginación, la intensifica en muchos casos y promueve la activación de esta.

El cannabis a diferencia de otras sustancias con principios activos como la salvinorina, la psilocibina, la mescalina o el ácido lisérgico no es tan potente y no ofrece alucinaciones sensoriales tan completas. No obstante, la alucinación es solamente un aspecto de la imaginación. La imaginación también actúa a un nivel mnémico utilizando la información de la memoria y creando ideas que antes no estaban ahí.

En muchas ocasiones, el cannabis hace que percibamos determinadas realidades de una manera completamente diferente. Algo que de una u otra forma está albergado en nuestra memoria ya no es utilizado de la misma manera por nuestra cognición. Los procesos asociativos que tienen relación con el consumo de alguna droga en particular suelen ser menospreciados y muy habitualmente tomados como procesos patológicos, erróneos y descalificados por estar mediados por una sustancia. Las alucinaciones, como dije antes, son representaciones de la imaginación y en la práctica totalidad de las situaciones se perciben como elementos negativos que reflejan problemas cognitivos y conductuales, pero ¿qué sería de la genialidad de Frederic Chopin sin esa suerte de ensoñaciones alucinatorias de las que se dice conferían un carácter especial a su música; de Lewis Carroll con sus peculiares alusiones a diferentes sustancias activas a través del viaje de Alicia; o de Sigmund Freud, de Francis Crick, Paul Erdös, Steve Jobs, Carl Sagan, Jack Kerouac, Allen Ginsberg, William S. Burroughs y tantos otros?

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Podría ser que las drogas en general y el cannabis en especial evocasen elementos primigenios y remotos comunes a un principio que comienza en los albores del género humano y quizá más allá. No obstante, no parece demasiado justo afirmar que lo que mana de la imaginación de alguien cuando se encuentra bajo los efectos del cannabis no sea algo personal o propio y genuino. La imaginación, aun cuando los procesos asociativos de esta se vean influidos por los principios activos del cannabis, va a manar de lo personal, de lo que nos forma, de nuestra memoria, de nuestra cultura y difícilmente se puede entender un planteamiento que sugiera que dicha imaginación (como elemento imaginado) proceda de la sustancia en sí.

“La imaginación es a la ontología lo que el agua es a la vida.”


[1] Carta de Beethoven a Kart Amenda, fechada el 1º de Julio de 1801.

[2] “Un paseo por lo imaginario: Antología de los imaginarios sociales”

[3] Ibid.