El uso de sustancias psicoactivas en Canarias (segunda parte)
En muchas culturas nativas del mundo, los chamanes empleaban sustancias psicoactivas para entrar en trance y comunicarse con lo divino. Esto lleva a preguntarnos: ¿ocurría algo parecido en las islas Canarias prehispánicas? Los antiguos canarios (denominados guanches en Tenerife y extendido al resto de las islas) desarrollaron una rica tradición ritual, si bien las evidencias de sustancias psicoactivas específicas son escasas. No se han documentado en Canarias plantas alucinógenas potentes como las utilizadas por indígenas de América (como el peyote de los yaquis o la ayahuasca amazónica). Sin embargo, existían prácticas para lograr estados alterados de conciencia por medios rituales y simbólicos.
Un relato impactante lo aporta el cronista portugués Gaspar Frutuoso, quien en 1590 narró una ceremonia en la isla de El Hierro. Según Frutuoso, Juan Machín (un navegante vasco) y sus hombres se toparon con un ritual bimbache (aborígenes de El Hierro) presidido por el cacique local y su hija, en el cual la joven entraba en un trance profundo:
“…halló un campo llano donde vió más ganado y oyó muchas voces… pues entonces el rey de esta isla con todos sus súbditos estaban en un sacrificio público que ofrecían al estilo gentil… el cual usaba mucho de esos sacrificios para que Dios le mostrase lo que había de ser de él y de su gente… Y aconteció que la hija del rey, que entonces estaba como suspensa y pasmada o transportada en el sacrificio…”
— Gaspar Frutuoso, Saudades da Terra (1590)
En esta descripción, la princesa isleña aparece “suspensa y pasmada”, claramente en un estado de trance durante el ritual. Los conquistadores quedaron asombrados ante la escena, encontrando a la joven ajena a todo lo que la rodeaba. Este testimonio sugiere que los antiguos herreños podían alcanzar estados de conciencia alterados en contextos ceremoniales, probablemente con fines oraculares o de contacto con la divinidad. Frutuoso no menciona ninguna sustancia consumida; es posible que el trance se lograra mediante cantos, danzas rítmicas, hiperventilación o ayunos previos, prácticas comunes en rituales de muchas culturas sin necesidad de drogas.
De hecho, las crónicas antiguas sobre Canarias no hablan de hongos, cactus u otras plantas visionarias autóctonas. No obstante, existían figuras religiosas especializadas, equivalentes a sacerdotes o chamanes, que guiaban estos ritos. En Gran Canaria, por ejemplo, se les denominaba “faicán” (hombre-sacerdote) y en Tenerife se habla de “menceyes” (reyes) asistidos por consejeros espirituales. Marín de Cubas, médico e historiador canario del siglo XVII, describe la existencia de eremitas o sacerdotes indígenas que vivían apartados y podían predecir el futuro:
“…había hombres que vivían en clausura a modo de religión; vestían de pieles… barruntaban el porvenir y eran Faisajes (sacerdotes)… observaban algunas moralidades y de corrido sabían de memoria la historia de sus antepasados…”
— Tomás Marín de Cubas, Historia de las Siete Islas de Canaria (1694)
El texto de Marín de Cubas alude a una casta de sacerdotes-profetas que llevaban una vida ascética y se dedicaban a transmitir el conocimiento ancestral y a la adivinación del porvenir. Esto indica que la comunicación con “lo sobrenatural” se llevaba a cabo mediante personas entrenadas, quizá a través de técnicas extáticas no químicas (meditación, aislamiento, cantos sagrados).
Un detalle interesante es el término guanche harimaguada, que designaba a las jóvenes consagradas al culto. Algunos investigadores modernos han rastreado su origen en lenguas bereberes (los antiguos canarios provenían del noroeste de África) y lo relacionan con prácticas adivinatorias con plantas. Así, se ha propuesto que harimaguada podría derivar de una voz bereber que significa “herboristas videntes”, es decir, personas que adivinaban el porvenir mediante plantas alucinógenas. Aunque esto es una hipótesis filológica, sugiere que las plantas ocupaban un lugar en la cosmovisión indígena, posiblemente como herramientas simbólicas para la adivinación o la medicina tradicional, más que para provocar visiones intensas como en otras latitudes.
En ausencia de sustancias psicoactivas autóctonas conocidas, cabe preguntarse si los antiguos canarios empleaban algún tipo de intoxicante natural suave. Las fuentes mencionan el uso del humo en ciertos rituales: en Lanzarote y Fuerteventura, por ejemplo, hacían ofrendas quemando plantas o alimentos cuyos humos servían para “tomar el agüero”, es decir, leer la voluntad divina en la dirección del humo. Este acto de inhalar humos puede haber tenido un efecto sobre la mente, aunque fuera ligero, ayudando a inducir un estado trance ligero en un contexto de fervor religioso.
Otro posible inductor de estados alterados era el insomnio y el ayuno ritual. Las ceremonias pudieron incluir largas vigilias nocturnas, cantos monótonos y danzas circulares que producen, por sí mismos, cierta alteración sensorial. La combinación de estos elementos bien pudo llevar a experiencias visionarias sin necesidad de plantas psicotrópicas fuertes.
En suma, las evidencias apuntan a que sí existían rituales de trance en la cultura prehispánica canaria, pero no necesariamente mediados por sustancias psicoactivas externas. Como señala un divulgador canario contemporáneo, este aspecto es prácticamente indudable a la luz de los hechos narrados por Frutuoso, quedándonos la incógnita de cómo se lograba exactamente el trance. Por ahora, todo indica que los antiguos isleños confiaron más en prácticas rituales colectivas y en la guía de sus sacerdotes para alcanzar esos estados de comunión con lo sagrado.
Lugares sagrados, ofrendas y rituales de la antigua religión canaria
Las sociedades indígenas canarias desarrollaron una espiritualidad rica y compleja, con lugares sagrados específicos y rituales de ofrenda a sus deidades. A diferencia de otras culturas, los antiguos canarios no erigieron grandes templos arquitectónicos; su culto se integraba en la naturaleza: montañas, cuevas, bosques y riscos servían de santuarios al aire libre. Uno de los términos aborígenes que han perdurado es almogarén, palabra guanche que significa literalmente “casa santa”. Los almogarenes eran recintos o espacios dedicados a la oración y la ceremonia, normalmente situados en lugares elevados y aislados.
Según Fray Juan de Abreu Galindo, misionero franciscano que escribió sobre las islas hacia 1602, en Gran Canaria los antiguos isleños tenían pequeñas “casas de oración” en las cumbres, que regaban a diario con leche fresca como ofrenda a la divinidad:
“Tenían casas donde se encomendaban al Dios que estaban en lo alto, que decían Almogaren, que es ‘casa santa’; las cuales rociaban todos los días con leche, y para ello tenían muchas cabras diputadas, y no les quitaban los garañones en todo el año, porque no les faltase la leche.”
— Fray Juan de Abreu Galindo, Historia de la Conquista de las Siete Islas de Canaria (1632)
Esta cita revela varios aspectos notables del ritual indígena: la ofrenda de leche de cabra (producto vital en su economía) se hacía diariamente, implicando un culto constante. Mantenían rebaños dedicados exclusivamente a proveer leche para los dioses, lo que subraya la importancia de la ganadería sagrada en su religión. La leche, símbolo de fertilidad y sustento, se usaba para consagrar el espacio sagrado, rociando las piedras del almogarén en señal de purificación y alimento espiritual.
Además de las casas santas, en Gran Canaria se veneraban especialmente dos montañas muy altas como lugares de romería y juramento. Abreu Galindo señala que los grancanarios reconocían dos riscos principales donde acudían en procesión en momentos de necesidad colectiva, y donde jurar por esos lugares era el más grave de los juramentos:
“Tenían dos riscos muy altos… donde iban con procesiones en sus necesidades: el un risco se llamaba Tirmac, en el término de Gáldar, y el otro risco se llamaba Umiaya, en Tirajana… quien juraba por Tirmac o por Umiaya, se había de cumplir, por ser juramento grave.”
— Abreu Galindo (op. cit.), sobre los santuarios de Gran Canaria
El pasaje destaca a Tirma (noroeste de Gran Canaria) y Humiaya (zona sur de la isla) como montañas sagradas de primer orden. En torno a ellas se realizaban peregrinaciones y rituales comunitarios. Jurar “por Tirma” o “por Umiaya” equivalía a un juramento sagrado inviolable, lo que indica que estos enclaves concentraban una fuerte carga religiosa y simbólica. Aún hoy, Tirma es identificable geográficamente y pervive en la memoria colectiva, mientras que Umiaya (también llamado Humaya) se ha localizado en la toponimia antigua cerca del Risco Blanco de Tirajana.

Los rituales en estos lugares a veces incluían sacrificios y prácticas de adivinación. Uno de los actos mejor descritos es la quema ritual de ofrendas para leer los augurios en el humo, práctica comparable a otros pueblos de la antigüedad. Tomás Marín de Cubas ofrece una narración detallada del Almogarén de Humiaya en Gran Canaria, destacando cómo estaba dispuesto el altar y el método de consulta divina:
“…el mayor adoratorio donde hacían romerías era Almogaren de Humiaya… aún allí hay tres braseros de cantos grandes, donde quemaban de todos frutos menos carnes, y por el humo si iba derecho o ladeado, hacían su agüero, puestos sobre un paredón a modo de altar de grandes piedras y enlosado en lo alto del monte…”
— Tomás Marín de Cubas, Historia de las Siete Islas de Canaria (1694)
En este párrafo se describe vívidamente un altar prehispánico: tres pebeteros de piedra donde se quemaban frutos (cereales, maybe semillas, grasa, etc., evitando quemar carne) y se interpretaba el mensaje divino según la columna de humo ascendiera recta al cielo o se desviara con el viento. Es evidente la simbología del fuego y el humo como medio de comunicación con lo sobrenatural. La escena recuerda a un rito de sacrificio incruento: ofrecer los primeros frutos de la cosecha u otros alimentos (quizá manteca, leche cuajada, miel) para agradecer y consultar a la deidad, en este caso al dios supremo que los grancanarios llamaban Acoran (Acorán).
Estos rituales de humo guardan paralelos con prácticas de otras latitudes y reflejan una creencia profunda en la adivinación por señales naturales. De hecho, el acto de “tomar el agüero” mediante el comportamiento del humo se documenta también en las islas orientales. Un cronista temprano señaló que en Lanzarote y Fuerteventura existían cuevas-templo donde, tras recolectar el diezmo de las cosechas, los quemaban produciendo humo para predecir el éxito de sus próximas empresas mirando la dirección del humo.
Otro elemento esencial de la religión isleña era la pureza ritual. Ya vimos cómo regaban con leche los santuarios. Asimismo, mantenían a ciertas personas consagradas. Marín de Cubas menciona que “había hombres que vivían en clausura… observaban moralidades…”, a modo de monjes custodios de los lugares sagrados. Y las harimaguadas (mencionadas antes) eran mujeres jóvenes vírgenes dedicadas al culto, quizás encargadas de ofrendas y cantos sagrados. Todo esto apunta a una organización del culto estructurada con roles definidos: sacerdotes varones (faicánes o faisanes), sacerdotisas o guardianas (harimaguadas), y un pueblo que participaba en romerías y ofrendas cíclicas.
La importancia de estos ritos y sitios sagrados era tal que perduraron en la memoria incluso después de la Conquista. Las nuevas autoridades coloniales, al introducir el cristianismo, detectaron la veneración continuada de algunos enclaves naturales. Por ejemplo, varias decadas tras la conquista, en 1540, un documento mencionaba aún el topónimo Humiaga vinculado a la zona de Tirajana, señal de que la tradición del santuario prehispánico no se olvidó inmediatamente. Con el tiempo, muchos de estos rituales se sincretizaron o desplazaron: el culto a montañas sagradas se transmutó en devoción a ciertas ermitas o santos cristianos en las mismas ubicaciones, y algunas prácticas como las rogativas por la lluvia continuaron bajo formas aceptadas por la Iglesia.
La arqueología moderna ha corroborado la existencia de estructuras vinculadas a estos cultos antiguos, especialmente altares de piedra con restos de ceniza y ofrendas. En La Gomera, por ejemplo, recientes excavaciones han identificado círculos de piedras interpretados como aras de sacrificio. Los arqueólogos destacan que el estudio de estos hallazgos nos está permitiendo asomarnos al “intrincado mundo… de la esfera simbólica de los antiguos gomeros”, revelando un paisaje sacro más complejo de lo que las crónicas describieron. Gracias a estas investigaciones, entendemos que la religión prehispánica de Canarias estaba profundamente entrelazada con el territorio: las montañas, fuentes y árboles significativos marcaban un mapa sagrado por todo el archipiélago.

En conclusión, los antiguos canarios honraban a sus dioses en una relación íntima con la naturaleza. Sus lugares sagrados – desde cuevas a altas cumbres – eran escenarios de ofrendas de leche, frutos y humo, en los cuales buscaban la protección divina y la guía para el futuro. Las prácticas rituales, como la lectura de augurios en el humo, muestran una espiritualidad sofisticada y compartida con otras culturas mediterráneas y africanas. Esta herencia religiosa, aunque casi extinguida tras la conquista, dejó su huella en la cultura popular canaria y hoy podemos vislumbrarla tanto en los textos antiguos como en las piedras silenciosas de los almogarenes dispersos por las islas.
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Acerca del autor
Raúl del Pino es un destacado psiconauta, escritor y autoridad en sustancias psicoactivas, especialmente psicodélicos.
Fundador de www.psiconautica.org en 1996, el primer portal en lengua hispana sobre drogas, se ha enfocado en los Estados Modificados de Conciencia y la Psicología Transpersonal. Autor autor de los libros "Guía contemporánea para el viaje psicodélico" y "MDMA, sexo y tantra", Raúl combina rigor científico con introspección personal, explorando la relación entre psicoactivos, sexualidad y prácticas espirituales. Su trabajo contribuye significativamente a la comprensión y uso responsable de sustancias psicoactivas.





















