Las aguas residuales revelan consumo de cocaína cannabis MDMA y benzodiacepinas en una capital que ya no sabe si quiere dormir mejor o evadirse del todo

Madrid ha decidido mirarse al espejo. No a uno de esos espejos amables de la política institucional, donde todo sale razonablemente limpio, moderno y sostenible. No. Ha optado por un espejo mucho más sincero: las alcantarillas. Y el resultado, la verdad, tiene más capacidad de diagnóstico que muchas comparecencias públicas juntas.

Lo que cuentan las aguas residuales de la capital es una historia muy madrileña y muy de época: cocaína para rendir, cannabis para amortiguar, MDMA para el fin de semana y lorazepam para soportar lo que quede en pie después. Una ciudad que, químicamente hablando, parece organizada por franjas horarias. Estimulantes para llegar a todo, sedantes para no romperse del todo y, entre medias, ese cansancio estructural que ya ni se disimula: se receta.

El estudio de Madrid Salud, realizado junto a la Universidad Complutense, confirma la presencia de cocaína, cannabis, anfetamina, metanfetamina, MDMA y ketamina en las depuradoras madrileñas. Hasta ahí, uno podría decir que ninguna gran capital europea vive precisamente a base de tila y paseos al atardecer. Pero la gracia amarga del informe está en otro punto: la detección de benzodiacepinas como lorazepam y lormetazepam, sustancias legales, prescritas, normalizadas, casi domésticas. Es decir, Madrid no solo consume drogas: además medicaliza su agotamiento con una disciplina casi ejemplar.

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Y ahí aparece la gran ironía contemporánea. Llevamos años escuchando discursos sobre bienestar, salud mental, conciliación y calidad de vida mientras las cloacas devuelven una imagen bastante menos inspiradora: una sociedad que necesita ayuda para dormirse, ayuda para despertarse, ayuda para divertirse y ayuda, en general, para aguantar la jornada. No es ya una ciudad que consume. Es una ciudad que se administra.

Los patrones de consumo, por supuesto, resultan tan previsibles como deprimentes. El cannabis mantiene niveles estables durante la semana, porque ya forma parte del paisaje. El MDMA sube en fin de semana, como homenaje nacional a la evasión programada. Y la cocaína sigue ahí, seria, constante, profesional, perfectamente integrada en una cultura que ya ha dejado de verla como un escándalo para tratarla casi como una herramienta de productividad con mala prensa.

Luego están las comparaciones con otras ciudades europeas, que siempre sirven para ese deporte tan nuestro de la autocomplacencia modesta. Madrid, dicen, sale relativamente contenida en algunos indicadores frente a Lisboa, Barcelona o Ámsterdam. Estupendo. No estamos del todo hundidos; solo razonablemente anestesiados. Hay algo conmovedor en esa necesidad de celebrar que nuestras tuberías van un poco mejor que las ajenas.

El Ayuntamiento sostiene que estos datos ayudarán a diseñar mejores políticas públicas. Y seguramente sea cierto. Pero también convendría admitir algo más incómodo: cuando una ciudad necesita que sus depuradoras expliquen cómo vive su población, lo que falla no es solo el consumo, sino el relato entero. Hemos construido una vida urbana tan acelerada, tan ansiosa y tan poco habitable que al final la verdad no sale en las encuestas, ni en los discursos, ni en los planes estratégicos. Sale por el sumidero.

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Porque ese es el hallazgo de fondo. No estamos ante una simple colección de sustancias detectadas en laboratorio. Estamos ante el retrato químico de una sociedad exhausta. Una sociedad que corre mucho, descansa poco, se entretiene como puede y se calma con lo que tenga a mano. Una sociedad que ha convertido el malestar en rutina y la farmacología en muleta.

Madrid, en fin, no aparece en sus aguas como una ciudad criminal ni perdida, sino como algo quizá más reconocible y más triste: una ciudad funcional a base de parches. Un lugar donde la gente no siempre vive bien, pero procura, al menos, llegar al lunes sin desmoronarse del todo.

Acerca del autor

The Swami

Amante del cannabis y especializado en el mundo de las sustancias psicoactivas. Escritor y psiconauta.