Una amistad marcada por la exploración de la conciencia a través de sustancias psicodélicas como la LSD y la psilocibina entre el químico suizo y el autor alemán.
por Albert Hofmann y J. C. Ruiz Franco
Continuando con la traducción de documentos interesantes, ofrecemos los recuerdos de Albert Hofmann sobre su relación con el famoso autor alemán Jünger, así como dos de sus experiencias conjuntas con sustancias psicoactivas: una con LSD y otra con psilocibina. Espero que el lector lo disfrute, y buen viaje.
Vamos a hablar sobre mi relación con Ernst Jünger. A finales de los años veinte leí su primer libro, su diario de la Primera Guerra Mundial, porque era de lectura obligatoria en mi escuela. Su segundo libro, que compré más tarde, Das Abenteuerliche Herz [El corazón aventurero] fue una gran sorpresa para mí. ¿Cómo era posible que el mismo autor que había descrito con el estilo más crudo el horror de las guerras modernas abriera los ojos del lector, gracias a su prosa, a la maravilla de las cosas más simples y la magia de los acontecimientos cotidianos? Aún suelo leer este libro, sin importar todos los años que han pasado. Esta lectura me recuerda el estado de ánimo de mis experiencias místicas de la niñez y las sensaciones propias de la embriaguez con LSD. La obra literaria de Jünger se convirtió en una compañera espiritual inseparable de mi vida.
Mi relación personal con Ernst Jünger comenzó gracias a un paquete de provisiones, de esos que se enviaban a la población alemana necesitada después de la guerra. El agradecimiento por uno de esos paquetes, en junio de 1947, constituyó el comienzo de una correspondencia que perdura hasta la actualidad. Al comienzo, los temas tratados no versaban sobre drogas. Para explicar cómo entró en juego la LSD debo hablar acerca de mis primeras experiencias con esta sustancia. Poco después de mi primer auto-experimento, en abril de 1943, el cual permitió descubrir su fantástica actividad psíquica, las primeras investigaciones clínicas con LSD en voluntarios fueron realizadas por colaboradores del departamento biológico-medicinal de Sandoz. Era lógico que yo también participara en el estudio, el cual tuvo lugar en el laboratorio. De este modo experimenté drásticamente la importancia del entorno en los ensayos con psiquedélicos. En las alteraciones de la conciencia inducidas por la LSD sentí directamente el carácter frío y desagradable del mundo tecnológico que me rodeaba, y mis colegas, con sus batas blancas, parecían estar dedicados a una labor sin sentido; los aparatos y el equipamiento tenían un aspecto diabólico, como pequeños monstruos de los cuadros de Jerónimo Bosco.
Pero yo deseaba investigar las propiedades de la LSD en un ambiente musical, agradable, y en compañía estimulante. Pensé inmediatamente en Ernst Jünger. Gracias a nuestra correspondencia, supe que él ya había experimentado con mescalina. Inmediatamente aceptó mi sugerencia de que lleváramos a cabo juntos un experimento con LSD. La gran aventura tuvo lugar a comienzos de febrero de 1951. Para tener asistencia médica disponible en caso de que fuera necesaria, pedí a mi amigo y colega, el farmacólogo y profesor Heribert Konzett, que participara en la sesión. El viaje comenzó a las diez de la mañana en el salón de la casa que entonces teníamos en Bottmingen, cerca de Basilea.
Puesto que la reacción de un hombre extremadamente sensible como Jünger no podía predecirse, utilicé una dosis baja como precaución para este primer experimento: sólo 0,05 miligramos. Por eso no llegó a profundizar demasiado. La fase inicial se caracterizó por una intensificación de la experiencia estética. Las rosas de color rosa-violeta que adornaban la habitación adoptaron una luz muy brillante y resplandecían con portentoso esplendor. Escuchamos el concierto para flauta y arpa de Mozart en toda su gloria celestial, como si se tratara de música de dioses. Con asombro contemplamos el humo que surgía, con la misma fluidez que nuestras ideas, de una barrita de incienso japonés. Cuando la embriaguez se hizo más profunda y la conversación decayó, nos invadieron fantásticas visiones mientras estábamos sentados en nuestros sillones con los ojos cerrados. Jünger disfrutó del esplendor colorido de paisajes orientales; yo me encontraba de viaje con tribus bereberes en el norte de África, vi caravanas multicolores y exuberantes oasis.
Esta excursión psíquica estuvo marcada por el paralelismo entre nuestras experiencias, que percibimos como maravillosas. Los tres habíamos estado a punto de alcanzar una experiencia mística, pero la puerta no se había abierto. La dosis elegida había sido demasiado baja. No conociendo este factor, Jünger, quien ya había navegado en dominios más profundos gracias a altas dosis de mescalina, opinó que “comparado con el tigre mescalina, su LSD es sólo un gatito doméstico”. Tuvo que cambiar de opinión tras ensayos posteriores con dosis más generosas de LSD. La visión de la varita de incienso antes mencionada fue descrita literariamente por Jünger en su historia Besuch auf Godenholm [Visita a Godenholm], en la cual también describe estados más profundos de embriaguez inducidos por drogas. Durante los años siguientes visité con frecuencia a Jünger en Wilflingen, adonde se había mudado desde Ravensburg; nos veíamos en Suiza, en mi casa de Bottmingen, o bien en Bundnerland. Nuestra relación se hizo más estrecha gracias a la LSD. En nuestras conversaciones y correspondencia, las drogas y diversas cuestiones relacionadas con ellas fueron los temas principales, sin que, durante mucho tiempo, tuviéramos otra experiencia conjunta.
Aquí debería citar dos breves extractos de nuestra correspondencia de aquella época. En mi carta de 16 de diciembre de 1961 yo comentaba que el pensamiento más profundo que se origina de la capacidad de influir sobre las funciones espirituales superiores (conciencia) mediante trazas ínfimas de una sustancia debe implicar el libre albedrío. Las sustancias con gran potencia psicotrópica como la LSD y la psilocibina poseen en sus estructuras químicas una relación muy cercana con sustancias orgánicas naturales propias del cerebro y juegan un importante papel en la regulación de sus funciones. De este modo, podemos pensar que, debido a alguna alteración en el metabolismo, se forma un compuesto similar a la LSD o la psilocibina, en lugar de un neurotransmisor normal, que puede alterar y determinar el carácter, la personalidad, la visión del mundo y las acciones. Una traza de una sustancia, cuya ocurrencia o no ocurrencia en nuestros cuerpos no podemos controlar mediante nuestra voluntad, es capaz de determinar nuestro destino.
Decía Jünger en una carta dirigida a mí: «Las nuevas sustancias deberían probarse sólo en pequeños grupos. No puedo estar de acuerdo con la idea de Huxley, que se debe dar a las masas la posibilidad de la trascendencia, ya que esto no conlleva ilusiones reconfortantes, sino más bien realidades». Jünger sostiene la opinión de que no se puede extender un nuevo modo de conciencia mediante el consumo masivo de psicodélicos; más bien debe ser exclusivo de una élite.
Desde entonces hemos complementado esas discusiones teóricas sobre drogas mágicas con experimentos prácticos. Uno de ellos, que sirvió para comparar la LSD con la psilocibina, tuvo lugar en la primavera del año 1962. La sesión se efectuó en la casa de Jünger. Además de él, tomaron parte en esta reunión psilocíbica Konzett y el islamista Rudolf Gelpke. Éste ya había realizado experimentos con LSD y psilocibina, obtenidas directamente de Sandoz, y los había descrito con el título de “Acerca de los viajes al universo del alma”.
En las crónicas antiguas se mencionaba que los aztecas bebían cacao antes de ingerir teonanacatl. Siguiendo este ritual, la señora Liselotte Jünger nos sirvió chocolate caliente y después abandonó a los cuatro psiconautas a su destino. Nos encontrábamos en un salón muy amplio con un suelo de madera de color oscuro, una chimenea blanca y muebles antiguos. En las paredes estaban colgados antiguos grabados franceses, y en la mesa había un magnífico ramo de tulipanes. Jünger llevaba puesto un largo y amplio caftán con rayas de color azul oscuro que había traído de Egipto; Konzett estaba resplandeciente con un kimono chino multicolor; Gelpke y yo llevábamos batas. Lo cotidiano debía también dejarse a un lado incluso en el sentido más externo. Poco antes de la puesta de sol tomamos la droga, pero no las setas, sino su principio activo: veinte miligramos de psilocibina para cada uno, que correspondían a unos dos tercios de la muy potente dosis que la famosa curandera María Sabina estaba acostumbrada a tomar en forma de hongos psilocíbicos.
Cuando pasó una hora yo sólo notaba aún un ligero efecto, mientras que mis compañeros ya estaban inmersos en lo más profundo del viaje. Tenía la esperanza de que durante la embriaguez me fuera posible revivir imágenes de mi infancia, las cuales permanecían en mi memoria como acontecimientos extraordinarios: el prado de flores ligeramente mecido por la brisa veraniega; las rosas brillando a la luz de los rayos de una tormenta; o los azules lirios. Sin embargo, no logré las visiones que deseaba. Cuando por fin comenzó a actuar el principio activo de las setas, en lugar de esas luminosas imágenes de mi país natal emergió un extraño escenario. Estando semi-inconsciente profundicé aún más, pasé por ciudades abandonadas con un aspecto mexicano de exótico, aunque mortífero, esplendor. Aterrorizado, traté de mantenerme en la superficie, de concentrarme conscientemente en el mundo exterior. Lo conseguí durante un momento. Entonces contemplé a Jünger como si fuera un coloso, caminando por la habitación; un enorme y poderoso mago. Konzett, con su batín de seda brillante, me parecía un peligroso payaso chino. Incluso Gelpke me parecía extraño, largo, delgado, misterioso. Cuanto más fuerte era la embriaguez, más extraño me parecía todo. Las ciudades que recorrí cuando cerré los ojos mostraban una luz mórbida, rara, fría, sin sentido, carente de humanidad. Cuando abría los ojos e intentaba situarme en el mundo exterior, incluso lo que me rodeaba me parecía sin sentido, espectral. El vacío total amenazaba con hundirme en la nada más absoluta. Recuerdo haber sujetado a Gelpke por el brazo cuando pasó cerca de mi sillón para evitar hundirme en la nada más tenebrosa. El miedo a la muerte me vencía, así como un interminable deseo de volver a la creación viva, a la realidad del mundo de los hombres. Al final conseguí volver a la habitación. Vi y oí la charla ininterrumpida del gran mago que, con voz alta, hablaba sobre Schopenhauer, Kant, Hegel y la vieja Tierra, la gran madre. Gelpke y Konzett ya estaban de vuelta en este mundo, sobre la cual volví a poner los pies, pero sintiéndome extremadamente agotado.
Había pasado ya la medianoche cuando nos sentamos juntos en la mesa que la señora de la casa había preparado en el piso de arriba. Celebramos nuestro regreso a la realidad cotidiana con una estupenda comida y música de Mozart. La conversación sobre nuestras experiencias se alargó hasta la mañana del día siguiente.
El ensayo fue incluido en mi libro LSD – Mi hijo problemático. Ernst Jünger describió esta reunión, desde su propia perspectiva, en su libro de 1970, Annäherungen – Drogen und Rausch [Acercamientos – Drogas y ebriedad]. La sustancia de los hongos nos había conducido, no a las luminosas alturas, sino a las regiones más profundas. Ambas forman parte de nuestra existencia. Sólo cuando estamos en contacto con los dos extremos, cielo e infierno, es nuestra vida plena y rica; y es tanto más plena y rica cuanto más profundamente experimentemos los dos ámbitos. La experiencia psicoanalítica puede llevarnos a las mayores profundidades, a los límites de lo que la humanidad es capaz de experimentar. Jünger dio a su libro sobre drogas y embriaguez el título de ‘acercamientos’; mediante ellos podemos aproximarnos incluso a esas fronteras; también se ha descrito a sí mismo como un ‘paseante de límites’. Él se ha acercado repetidamente a ambos límites: proximidad a la muerte en la batalla, en el infierno de la guerra moderna; y también al éxtasis del más exaltado placer y amor cuando describe las maravillas y bellezas de la creación en sus obras.
En conclusión, una pequeña historia relacionada con Ernst Jünger y la LSD. Él me comentó que, en cierta ocasión, un desconocido le llamó por la noche y le dijo que por fin sabía lo que significa la LSD. La LSD significa “Liebe Sucht Dich”: “el amor te busca”, en alemán.
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REFERENCIAS
Vida y legado de Albert Hofmann, Ruiz Franco, J. C. Los libros de la Liebre de Marzo.
“LSD: Completely personal”. Conferencia ofrecida en 1996, en Heidelberg, Alemania, Worlds of Consciousness Conference. Traducida del alemán al inglés por Jonathan Ott.
Acerca del autor
J. C. Ruiz Franco es licenciado en Filosofía y DEA del doctorado de la misma carrera, cuenta con un posgrado en Sociología y otro en Nutrición Deportiva. Se considera principalmente filósofo, y es desde esa posición de pensador como contempla el mundo y la vida. Se interesa principalmente por las sustancias menos conocidas, y sobre ellas publica mensualmente en la revista Cannabis Magazine.



















