En esta entrega comenzamos a realizar una historia de las drogas inteligentes, que por fuerza tendrá que pasar por una historia de las drogas clásicas, cuando se han empleado con propósitos nootrópicos
Las mejores drogas inteligentes 5.ª parte
Historia y desarrollo de las drogas inteligentes
Las drogas inteligentes son un fenómeno propio de finales del siglo XX y de lo que llevamos del XXI, porque sólo cuando la investigación científica alcanza cierto desarrollo puede hablarse propiamente de drogas inteligentes de síntesis. Ese nivel se comienza a lograr en la década de los 50, justo cuando despega el descubrimiento de los psicofármacos; pero podemos ir más atrás en la historia y afirmar que ya antes de esta fecha se consumían el tipo de sustancias objeto de este libro. Y no nos referimos sólo a las vitaminas, cuya serie alfabética comenzó en los inicios del siglo XX, sino a las drogas clásicas que en todas las épocas han sido tomadas con el objetivo de aumentar el rendimiento físico e intelectual.

Es evidente que, antes de la era farmacológica en la que vivimos, había que acudir a alguna de las sustancias disponibles si se quería conseguir claridad mental inducida. Por eso, una historia de las drogas inteligentes implica un repaso a las drogas clásicas utilizadas con el propósito de aumentar el rendimiento, tarea que a su vez resulta interesante para mostrar los precursores de la amplia gama de productos de síntesis y sustancias naturales que hoy tenemos a nuestra disposición. Y, de hecho, antes del siglo XX, aunque no existiera una farmacología desarrollada, no era difícil encontrar drogas que proporcionaran lucidez, ya que la ausencia de prohibiciones las hacía fácil de conseguir:
1. Opio para lograr calma y estabilidad, a la vez que vivo ingenio. Esta sustancia, que se extrae de la adormidera (Papaver somniferum), fue durante siglos la droga intelectual por excelencia.
2. Café, té, coca, efedra, mate y tabaco para conseguir estimulación.
3. Cocaína, morfina y heroína (alcaloides) en los comienzos de la era farmacológica.
Drogas y percepción contemporánea
Por existir esta disponibilidad, los eruditos de las drogas quizás califiquen a las drogas inteligentes de sucedáneos sintéticos, porque en un mundo de total libertad de consumo seguramente no serían necesarias.

Las drogas, inteligentes o no, para mejorar el rendimiento o para procurarse diversión, evasión, autoconocimiento o una nueva percepción del mundo, son tan antiguas como la humanidad, y sólo desde la perspectiva de los absolutismos ideológicos se las persigue. Esos absolutismos pueden manifestarse de múltiples maneras, pero todos responden al esquema del pensamiento único, simbolizado en Occidente por el dios uno judeo-cristiano, y es precisamente en nombre de los monoteísmos cuando comienzan las primeras persecuciones sistemáticas y las prohibiciones.
Ese dios absoluto no es más que la emanación última, la más conceptual, del deseo de tener todo controlado en la sociedad, necesidad que nace del intelecto del decadente, que requiere de orden y control en cada faceta de su vida. En cambio, los politeísmos siempre fueron permisivos, existiendo un equilibrio entre sobriedad y ebriedad, entre razón y sentimiento, entre lo apolíneo y lo dionisíaco, tal como sucedía en Grecia antes de la aparición del socratismo. Este es un tema claramente nietzscheano, y el gran filósofo alemán podría hacer suya la afirmación de que la droga nos acerca a la naturaleza y nos permite acabar ―aunque sólo sea temporalmente― con el filtro conceptual (artificial) que nos induce a creer que la realidad es tan ordenada como el entendimiento nos muestra. La droga elimina esa pantalla falseadora, y a través de lo dionisíaco se entra en contacto con la naturaleza. Mientras tanto, el hombre que sólo presta atención a lo racional es un ser artificial.
El uso humano de las sustancias psicoactivas
Las obras y estudios de los eruditos de las drogas han dejado bien claro que el ser humano, desde sus orígenes, ha tomado uno u otro tipo de sustancias psicoactivas, y que nuestra época no es distinta de las anteriores en lo que respecta al número de consumidores, a pesar de las voces alarmistas que nos quieren hacer creer que estamos ante el gran problema de nuestro tiempo. Si en algo nos diferenciamos de nuestros antepasados es en sufrir las consecuencias de la prohibición, marginalidad y adulteración.
Nuestra tarea ahora es decidir si alguna de las sustancias clásicas puede encuadrarse, por sus características, dentro de las drogas inteligentes, y si eran consumidas para mejorar el rendimiento físico o intelectual, no por motivos lúdicos, recreativos o religiosos.
Opiniones de Jonathan Ott sobre las drogas inteligentes
Nos parece interesante citar algunos comentarios de Jonathan Ott ―etnobotánico y erudito de las drogas― incluidos en su obra Pharmacophilia o Los Paraísos Naturales. Ott afirma que los niveles de rendimiento mental pueden aumentarse farmacológicamente y que las drogas inteligentes tienen sus propios adeptos. Para este autor, todas las sustancias psicoactivas son susceptibles de ser usadas bien o mal, como drogas inteligentes o como drogas tontas. Por ejemplo, anfetaminas y opiáceos pueden contrarrestar la depresión, pero pueden resultar incapacitantes para otros. Y lo mismo sucede con los ansiolíticos y con el alcohol. También señala uno de los argumentos utilizados por quienes mantienen una actitud negativa ante el consumo de sustancias para contrarrestar ciertos problemas: se comprenden los males físicos, pero no los psíquicos, como si éstos se tuvieran por propia voluntad o como si pudieran desaparecer con sólo afrontarlos: “Comprendemos (…) la incapacidad física, congénita o adquirida, aunque contemplamos la incapacidad psicológica con desconfianza (…) consideramos tal inhibición o incapacidad como indolencia”.

Dualismo mente-cuerpo y la medicina moderna
En nuestra opinión, subyace aquí un prejuicio común en la mentalidad occidental, al que ya aludimos en la introducción: el dualismo mente-cuerpo. Se suele creer que los problemas físicos son reales y materiales, mientras los psíquicos residen en algún tipo de mente inmaterial, la res cogitans cartesiana. Por eso, las dolencias corporales se curan ―según esta forma de pensar― con sustancias químicas, pero las psíquicas se solucionarían con voluntad, la cual emana de la mente. La conclusión lógica ―razonamiento consistente, pero construido desde premisas falsas o dudosas― es que la pereza mental constituye la única causa de los desarreglos psicológicos, y que quien los sufre es porque quiere o porque no se esfuerza lo suficiente.
Ott se pregunta si la medicina moderna admitirá la psicofarmacología cosmética, que se ocupa de aumentar el rendimiento y de potenciar las capacidades personales de la mente y del cuerpo, y continúa afirmando: “Necesitamos desesperadamente una ciencia imparcial, no doctrinaria, de la farmacohedonología, que comience investigando la farmacología del placer desde sus raíces, nuestras sendas cerebrales de recompensa (…) al servicio del descubrimiento de la droga tonta y la selección de la droga lista individual”.
Historia de las drogas clásicas: el opio
El jugo de la adormidera ha sido uno de los medicamentos más importantes de la historia, utilizado para numerosas dolencias desde las primeras civilizaciones y constituyendo, junto con las bebidas alcohólicas, el psicoactivo más antiguo. Hay documentos que hablan de su utilización en Oriente Medio alrededor del año -2000, lo que indica que las primeras civilizaciones ya conocían sus propiedades nutritivas, calmantes y sedantes, así como el método clásico para obtenerlo: practicar incisiones oblicuas en la cápsula de la planta para recoger el látex.
Dice Font Quer que el Papaver somniferum contiene unas dos docenas de alcaloides disueltos en el látex, de los cuales el más importante es la morfina, que aparece en una proporción que va del 3 al 20 %. Otros alcaloides son la codeína (0.3 %), la papaverina (1 %) y la narcotina (6 %). Añade que algunas de sus principales aplicaciones terapéuticas son acabar con el dolor, mitigar la tos, refrenar los flujos estomacales y causar sueño.
En términos generales, el opio es la gran droga de Europa. El Mediterráneo y su entorno ofrecen un clima propicio para su crecimiento silvestre y para su cultivo. Griegos y romanos lo utilizaron generosamente, llegando a ser un producto controlado por el estado para evitar especulaciones, fluctuaciones en el precio y problemas de abastecimiento. Como señala Escohotado, en ningún escrito se habla de adicción ni de adictos al opio, lo cual dice mucho de su integración en la sociedad y en las buenas costumbres, y posiblemente de la ausencia de abuso cuando una droga no sufre de prohibiciones: “Los únicos adictos conocidos de la época son los alcohólicos, mientras que el hábito de comer opio se equipara al de ingerir otros alimentos, hacer ejercicios corporales determinados o acostarse y levantarse a alguna hora específica”.

El triunfo de la sociedad cristiana y la llegada de la Edad Media trajeron consigo el rechazo de las drogas consideradas paganas y la aceptación de las bebidas alcohólicas como psicoactivos oficiales. La religión oficial de Occidente desde el emperador Teodosio condenó el opio y otras drogas, que consideraba malditas por su asociación con cultura y religión grecorromanas, elevando al alcohol a droga oficial y tachando a las demás de producto de brujas y herejes. Mientras, el islam lo utilizaba sin problemas y era bien conocido por sus médicos. No sólo por el empleo del opio, sino por el desarrollo de su medicina, de su botánica ―y por tantas otras cosas más―, los árabes son los verdaderos herederos de la cultura grecorromana.
Siglos después, el Renacimiento va a suponer un rechazo al espíritu de la Edad Media, lo cual, junto con el redescubrimiento de la cultura clásica y los grandes viajes ―a Asia y América―, que ayudan a relativizar ideas y creencias, permite volver a drogas olvidadas o relegadas. El opio es ahora utilizado por las clases acomodadas y por los intelectuales en busca de inspiración, tendencia que va en aumento hasta llegar al siglo XIX, cuando los artistas románticos hacen un amplio uso de él. Algunos escritores y pensadores comienzan a usar el opio no sólo con propósitos terapéuticos, sino con fines más lúdicos y de autoconocimiento, y llega a ponerse de moda entre la intelectualidad a partir de las experiencias de Coleridge y del libro autobiográfico del erudito inglés Thomas De Quincey, hecho que lamentan autores como Snyder y Moreau, porque para ellos supone un vicio peligroso y adictivo, como si en este momento dejara de ser medicina y comenzara a ser veneno por culpa de un uso que consideran anormal y desviado.
Preguntas Frecuentes
P: ¿Qué son las drogas inteligentes?
R: Las drogas inteligentes son sustancias que se utilizan para mejorar el rendimiento mental y físico, principalmente desarrolladas a partir de la década de los 50 con el avance de la investigación científica y la síntesis de nuevos compuestos nootrópicos.
P: ¿Cuál es la diferencia entre drogas clásicas y drogas inteligentes?
R: Las drogas clásicas son aquellas que han sido utilizadas históricamente para mejorar el rendimiento o con otros fines, como el opio y el café. Las drogas inteligentes, en cambio, son productos de investigación moderna diseñados específicamente para mejorar capacidades cognitivas.
P: ¿Las drogas inteligentes son necesarias hoy en día?
R: En un contexto de total libertad de consumo y sin prohibiciones, las drogas inteligentes podrían ser vistas como innecesarias sucedáneas sintéticas, dado que otras sustancias clásicas con funciones similares estarían disponibles sin restricciones.
Acerca del autor
J. C. Ruiz Franco es licenciado en Filosofía y DEA del doctorado de la misma carrera, cuenta con un posgrado en Sociología y otro en Nutrición Deportiva. Se considera principalmente filósofo, y es desde esa posición de pensador como contempla el mundo y la vida. Se interesa principalmente por las sustancias menos conocidas, y sobre ellas publica mensualmente en la revista Cannabis Magazine.



















