Durante el siglo XX el cáñamo será lentamente reemplazado por las fibras sintéticas, el aceite de cáñamo por el aceite mineral y los candiles de cáñamo por la luz eléctrica. Las drogas sintéticas demostrarán ser más efectivas y rápidas que el cannabis. A comienzos de este siglo, se desarrollará aún más la industria farmacéutica que descubrirá nuevos componentes mucho más efectivos que las recetas de cannabis, pero que tendrán un componente adictivo brutal.

© Isidro Marín Gutiérrez

 Nuevos cambios, nuevas realidades

 A principios del siglo XX aún no se había logrado conseguir sintetizar el cannabis y por lo tanto era una sustancia difícil de dosificar. Como no es hidrosoluble, sus efectos en el cuerpo humano son más lentos que el resto de las nuevas drogas sintéticas. Un sustituto del cannabis fueron los barbitúricos que se descubrieron en 1903. La industria petroquímica eliminó la necesidad de cannabis como materia prima y la fibra de madera reemplazó al cáñamo en la fabricación de papel. A finales del siglo XIX el 75% de todo el papel producido en el mundo estaba hecho con cáñamo y actualmente su porcentaje es ínfimo (Bröckers, 1988: 44-53).

Durante los primeros años de este siglo el aumento de consumo de drogas fue progresivo. En los Estados Unidos el consumo de cannabis no era muy preocupante y era ínfimo (la mayoría de consumidores eran negros y latinos). El consumo de cannabis era “preocupante” para los blancos, ya que muchos mejicanos consumían en Brownsville, Texas (Herer, 1999: 171). El consumo de opio superaba al cannabis y seguía aumentando; se importaron 628.177 libras de opio durante 1900 (tres veces más la cantidad importada 30 años antes). Hacia 1900 una campaña de la Asociación Médica Británica pedía la restricción de opiáceos, cocaína y cannabis. Se pretendía eliminar la automedicación. Se gravó con impuestos especiales la venta de narcóticos, incluido del cannabis. El doctor Charles West afirmó que no había ninguna razón para considerar al cannabis como el opio, morfina y cocaína ya que no creaba ningún hábito. Con la aparición del tráfico ilegal la ley fue derrotada. Canadá no apoyó las iniciativas americanas de restringir el uso de cannabis, ya que iba en contra de los intereses de Reino Unido (Craig, 1995).

El cannabis se fue extendiendo por los EE.UU. hacia el norte y el este. En el puerto de Nueva Orleans, en la zona de “Storeyville” frecuentado por marineros negros, caribeños y sudamericanos, se fumaba mucha marihuana. El comisario de la zona escribió que “la marihuana era la droga más viciosa y aterradora que llegó a Nueva Orleans” (Herer, 1999:173) (vemos que era contra la cultura de los negros, ya que los salones de Hachís para blancos estaba bien visto). La marihuana era la causante de la depravación de negros y mejicanos; sin ella no se atreverían a ser tan “insolentes”. Cientos de miles de negros y chicanos tuvieron que cumplir condenas que iban desde 10 días hasta 10 años encarcelados por crímenes como estos (Herer, 1999:175) (increíbles pero ciertos): 1º) mirar a una mujer blanca dos veces. 2º) pisar la sombra de un hombre blanco; 3º) No ir en la parte trasera de un carruaje y 4º) Mirar directamente a los ojos de un blanco durante más de tres segundos.

El poeta Horacio Quiroga

Horacio Quiroga (1878-1937), cuentista y poeta uruguayo, publicó en 1903 la obra El haschich. Con esta obra el autor refiere minuciosamente su experiencia con esta sustancia y “alecciona a incautos buscadores de paraísos artificiales”: “Una de las características del cannabis es conservar la inteligencia íntegra aun en los mayores desaciertos” (En El Gladiador, nº 89, Buenos Aires, 14 de agosto de 1903). La vida de Quiroga no fue muy alegre. Había matado accidentalmente a un amigo suyo con una pistola. Quiroga, que llegaba a Montevideo procedente de Salto, fue a casa de Ferrando, su amigo. El hermano de éste había comprado un arma de 12 mm. y Horacio examinándola, se le escapó un tiro. Ferrando cayó sobre la cama, la bala le había penetrado en la boca. Murió en el acto. Quiroga fue sometido a interrogatorio y trasladado a la Cárcel Correccional. Finalmente consiguió salir de la cárcel. Inmediatamente después abandonó Montevideo. Se refugió en la casa de su hermana María, en Buenos Aires. Pero éste no fue el único varapalo que le dio la vida. Su padre también murió de un tiro accidental después de una excursión; su padrastro se suicidó de un tiro al quedarse inválido a raíz de una hemorragia cerebral; su primera esposa, María Cires, se suicidó después de una discusión con él con una dosis de sublimado; su segunda esposa, María Elena Bravo, lo dejó y él se suicida al enterarse de su cáncer de estómago con cianuro. Sus hijos se suicidarán también en 1938 (Eglé) y en 1951 (Dario).

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Intentos legales de controlar el mercado de drogas

En 1906 se intentó por parte de los Estados Unidos que se vendieran medicinas con prescripción médica. Muchos doctores querían controlar el mercado y dispensación de drogas. Ese mismo año se intentó controlar con una ley aquellos medicamentos que contuvieran opio, morfina, heroína, cocaína, alcohol, cloro hidrato o cannabis. Fue el llamado Food and Drugs Act en el que el Congreso avalaba la legalidad del libre mercado de drogas, que incluía el cannabis, cocaína, heroína y morfina. El Congreso pretendía un control de medicamentos pero no se proponía ningún intento de reducir el mercado de drogas. Como afirma Thomas Szasz, en esta fecha era ilegal hacer apuestas y comprar lotería, pero era legal vender y comprar heroína (parece ser que hoy la dirección va en camino contrario) (Szasz, 1993:88). Este año China firmó un tratado con la India, en virtud del cual, cada Estado daba al otro un margen de una década para erradicar el comercio del opio (Plant, 2001: 285).

En 1907 los sindicatos británicos de marineros y bomberos lograron culminar con éxito una campaña que limitó el consumo de opio en Londres a casas particulares (Plant, 2001: 284). En Canadá hasta 1908 no hubo ninguna restricción pero la crisis económica y el sentimiento anti-chino cambiaron las cosas. Al asociar a los chinos con el opio se legitimaron los ataques racistas.

Las islas Filipinas y su consumo de opio

Cuando 1898 Estados Unidos tomó a la fuerza las islas Filipinas se encontró una considerable población china consumidora de opio o anfión. La administración española mantenía un sistema de provisión de opio a los chinos mediante un monopolio estatal que gestionaban empresarios privados tras ganar el derecho en subasta pública. Así se evitaba que el consumo se extendiera entre los nativos, se reducía el contrabando y el mercado negro y aumentaban las contribuciones al erario público. En cada provincia con gran número de ciudadanos chinos fumadores de opio se subastaban los derechos de explotación por tres años. El contratista que ganaba la subasta tenía que importar el opio, almacenarlo en locales especiales bajo control de aduanas y establecer o proveer tantos fumaderos como fueran necesarios para abastecer a los consumidores locales. Todos los fumaderos debían tener las convenientes licencias gubernamentales y vender opio de calidad estándar, también los consumidores debían fumar en el establecimiento. Los fumaderos eran considerados por los españoles “semilleros de inmoralidad”, donde hombres marginados de la sociedad local, que hablaban una lengua diferente, practicaban una religión “pagana” y acudían a entregarse a vicios extraños (Gamella y Martín, 1992: 61-106).

En las islas Filipinas se encontraron los estadounidenses una distribución legal de opio entre los consumidores chinos a través del sistema español de “estancos” (monopolio español) que, de pronto, los misioneros estadounidenses aprovecharon para cortar el negocio de opio de los ingleses. Se establecieron impuestos sobre la venta del opio y se prohibieron los fumaderos públicos. Con la guerra entre los filipinos y americanos, la destrucción de los campos de cultivo y las epidemias de cólera lo que se consiguió fue que el uso de opio se extendiera por la población indígena. La Asociación Farmacéutica Americana de 1903-1904 apuntaba a un considerable aumento del número de soldados americanos que usaron opio tras la guerra de Filipinas (un 3% de las tropas americanas). Finalmente se adoptó la prohibición progresiva del opio en todo el archipiélago de Filipinas siguiendo el sistema impuesto por los japoneses en la isla de Formosa. Cuando el 1 de marzo de 1908 se prohibió definitivamente el opio una avalancha de adictos acudió en busca de ayuda a los hospitales. Los tratamientos fueron inapropiados e incluso degradantes. Estaba claro que la administración americana no se había preparado adecuadamente para esta emergencia. El opio se siguió consumiendo aunque de forma más cara, más adulterada y más peligrosa (Gamella y Martín, 1992: 102).

En 1905 se presentó un informe del Comité fijado por la Comisión Filipina para investigar el uso y tráfico de opio. De ahí que el Departamento de Estado de los Estados Unidos tomó cartas en el asunto y que, en 1906, el presidente Roosevelt, a petición del Reverendo Charles Henry Brent, convocó una conferencia internacional sobre el opio que tuvo lugar en Shanghai en 1909. Los objetivos de los Estados Unidos estaban claros; En primer lugar, a nivel de política interna la identificación de opio con la población china no entraba en el modelo ideal estadounidense de corte protestante que se estaba creando. Así que se criminalizó a la comunidad china fumadora de opio, consiguiendo así contener el descontento de los trabajadores estadounidenses que sentían sus puestos de trabajo amenazados. En segundo lugar querían debilitar el negocio de los ingleses (hasta el momento primera potencia mundial) quitándoles el enorme mercado de opio que tenían en China (ENLACE, 2002:16-17).

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Primera Conferencia del Opio

El 1 de febrero 1909 nació la actual política internacional de drogas, que tuvo su primera expresión en La Primera Conferencia Internacional sobre el Opio que tuvo lugar en Shanghai a petición del Sr. Charles Henry Brent, obispo protestante episcopalino de las Islas Filipinas, dirigida al Presidente Theodore Roosevelt. Delegados de trece naciones se reunieron en el Palast-Hotel de Shanghai para asistir a la conferencia y debatir los problemas que planteaba esta droga. Pese a no tener facultades legislativas, aquella reunión allanó el camino para la convención que se celebró en la Haya tres años después y prepararía los artículos de la declaración de la Convención de La Haya sobre el Opio (Plant, 2001: 285).

En la Conferencia de Shanghai, EE.UU. intentó ayudar a China a erradicar el opio en su país. También se comprometía a prohibir el opio salvo para propósitos médicos. Inglaterra sólo firmaría si también se controlaba el libre comercio de sustancias fabricadas industrialmente en Alemania, como la morfina o la cocaína. Los ingleses se comprometieron a reducir las exportaciones de opio indio en un 10%. Así, se aseguraban que si ellos perdían dinero con la prohibición del opio, Alemania, su mayor enemigo, también tendría pérdidas comerciales en sus exportaciones de productos farmacéuticos. Así, se favoreció a la industria farmacéutica estadounidense, que se encargó de abastecer la demanda de consumo de opio, ahora prohibido, ofreciendo sustancias sintetizadas como la morfina. La morfina se llamaba en China “opio de Cristo”. De 1911 a 1914 Inglaterra exportaba 40 toneladas de morfina (equivalente a 6.000 Toneladas de opio indio) y en 1910 Alemania introdujo 10 toneladas de heroína. Misioneros y médicos occidentales trataron a chinos adictos al opio con morfina y heroína.

Para entonces, el consumo de opio en China era de 25.000 toneladas, de las que 3.500 pertenecían a la India. China se comprometía a suprimir en diez años sus cultivos de adormidera con la condición de que India renunciase a exportarle opio (Escohotado, 1999: 535).

A partir de entonces se convirtió en un crimen, cualquier compra-venta de opio en los Estados Unidos. Así se crearon dos tipos de consumidores; el consumidor de opio (casi siempre oriental) que acudía al mercado ilegal. De esta forma se convirtió en delincuente al usuario de opio. Estados Unidos intentó así suprimir el tráfico de opio en los Estados Unidos y lo que consiguió fue crear el tráfico de opio ilegal a los Estados Unidos. El otro tipo de consumidor era el de sustancias permitidas (de morfina y otros derivados), con un mercado más amplio que el de opio que las obtenían de las farmacias. Los opiómanos fueron los únicos con una conducta “moralmente inaceptable”.

Se aprobó la Smoking Opium Exclusión Act (1909), ley por la cual se prohibía la tenencia y el consumo de opio, y cinco años más tarde se votaría la Harrison Act apoyado en motivos morales, aunque realmente era por imperativos de comercio y de industria (Plant, 1999: 289).

Estudios terapéuticos europeos

A principios de siglo en Italia se publica un Vademécum (Escohotado, 1999: 593) en el que el cannabis se recomendaba para la angina de pecho, asma bronquial y urémica, atonías gastroenteríticas, blenorragia, catarro bronquial senil y catarro crónico, cólera, glaucoma, cólera, delirium tremens, insomnio, disentería, hemicránea, metrorragia, epilepsia, histeria, impotencia, hipercloridia, meningitis, protatitis, rinitis escrofulosa, tétanos traumático, tisis, tos obstinada, úlcera gástrica y hasta hidrofobia. Para no depender de proveedores egipcios, turcos e iraníes, Italia cultivó cannabis, especialmente en Nápoles (Escohotado, 1999: 594). En España el Dr. Antonio Rodríguez Morini en “Notas sobre la acción terapéutica del haschisch” (1909) realizaba una amplia revisión sobre su empleo en psiquiatría, considerándolo: “uno de los primeros rangos entre los escasos agentes terapéuticos de que dispone el psiquiatra”. El hachís a principios de siglo XX tenía una utilidad terapéutica y psiquiátrica.

Bibliografía

  • Bröckers, M. (1988). Hanfdampf und seine Kriegsgewinnler. Kleine Kulturgeschichte der nützlichsten. Pflanze der welt. In trasatlantik 3
  • Craig Lupien, J. (1995). Unraveling an American Dilemma: the demonization of marihuana. Tesis doctoral de la Pepperdine University (EE.UU.).
  • ENLACE (Federación Andaluza de Drogodependencias y Sida) (2002). Análisis de la actualidad política criminal sobre drogas, Enlace, Sevilla.
  • Escohotado, A. (1999). Historia general de las drogas, Espasa Forum, Madrid
  • Gamella, J. F. y Martín E. (1992). Las rentas de anfión: el monopolio español del opio en Filipinas (1844-1898) y su rechazo por la administración norteamericana. Revista de Indias, Volumen LII, nº 194
  • Herer, J. (1999). El emperador está desnudo, Castellarte S.L., Castellar de la Fra.
  • Plant, S. (2001). Escrito con drogas. Ediciones Destino S.A. Barcelona.
  • Szasz, T. (1993). Nuestro derecho a las drogas, Anagrama, Barcelona.