El Gobierno ultima un Real Decreto que abrirá por fin la puerta al uso terapéutico del cannabis, aunque lo hace con un modelo restrictivo que deja fuera a miles de pacientes y posterga el debate sobre la legalización integral.
Durante décadas, miles de pacientes en España han esperado lo que hoy parece estar más cerca que nunca: el reconocimiento oficial de que el cannabis puede y debe formar parte de la medicina. En las próximas semanas, si nada se tuerce, el Consejo de Ministros aprobará un Real Decreto que regula por primera vez su uso terapéutico. El texto llegará después al Congreso, donde se espera que haya mayoría suficiente para avalarlo.
El paso es histórico, sí, pero también insuficiente. Lo que podría ser un giro hacia una política de salud moderna y empática corre el riesgo de quedarse en una oportunidad perdida. Porque España llega tarde —muy tarde— al tren del cannabis medicinal, y lo hace con un billete limitado, donde lo permitido apenas cubre una fracción de lo necesario.
Una regulación mínima y tardía
Mientras países como Alemania, Uruguay, Canadá o varios estados de Estados Unidos no solo han legalizado el cannabis medicinal, sino que han abierto también el camino del uso recreativo regulado, España continúa anclada en un marco de prohibicionismo heredado de otros tiempos.
El Real Decreto que prepara Sanidad se limita a permitir la elaboración y dispensación de fórmulas magistrales basadas en extractos de cannabis, especialmente aceites. En ningún momento se contempla el uso directo de la planta, los conocidos cogollos de marihuana, ni mucho menos el autocultivo. Esto significa que los pacientes no podrán acceder a la forma más extendida y natural de consumo, la flor seca, que en otros países es prescrita con total normalidad.
Además, la lista de patologías incluidas es reducida: esclerosis múltiple, epilepsia refractaria, náuseas por quimioterapia y dolor crónico refractario. Quedan fuera muchas otras enfermedades donde la evidencia científica y la experiencia clínica ya han demostrado beneficios, desde el párkinson hasta la fibromialgia.
Un acceso lleno de trabas
El texto ministerial, tal y como denuncian asociaciones de pacientes, impone además un sistema de acceso que levanta barreras innecesarias. Solo los especialistas —no los médicos de cabecera— podrán prescribir cannabis medicinal. Y la dispensación se limitará a farmacias hospitalarias, dejando al margen a las farmacias comunitarias. El resultado es obvio: pacientes obligados a recorrer largos desplazamientos para obtener un tratamiento que debería estar al alcance en su barrio.
La paradoja es cruel: mientras tanto, la realidad cotidiana muestra que miles de personas ya utilizan cannabis por su cuenta, sin control médico ni garantía de calidad, recurriendo al mercado negro o al autocultivo doméstico. El Estado mira hacia otro lado y, en lugar de regular con amplitud y sentido común, propone un modelo restrictivo que perpetúa la inseguridad y la desigualdad.
La dimensión ética y política
El debate sobre el cannabis no es solo sanitario, sino también ético y político. Reconocer que la planta puede aliviar el sufrimiento de pacientes con enfermedades graves es un imperativo moral. Negarles el acceso pleno, limitar su uso o convertirlo en un recurso de última instancia es, en la práctica, prolongar ese sufrimiento.
España no solo llega tarde respecto a Europa; llega con un paso corto. Los avances logrados en otros países muestran que la regulación integral, incluyendo tanto el uso medicinal como el recreativo, no solo es posible, sino que aporta beneficios en salud pública, control del mercado y recaudación fiscal. Alemania, sin ir más lejos, ha legalizado recientemente el uso lúdico para adultos, con un modelo que incorpora el autocultivo y los clubes de cannabis bajo control estatal.
Años de lucha ciudadana
Detrás de este Real Decreto hay años de trabajo de asociaciones, colectivos de pacientes y movimientos sociales que han empujado contra la inercia política. Desde la subcomisión del Congreso en 2021 hasta el mandato parlamentario de 2022, el recorrido ha sido largo y desigual. La sociedad civil ha ido muy por delante de las instituciones, como tantas veces ocurre en cuestiones de derechos.
La aprobación del texto será, sin duda, un logro. Pero conviene no engañarse: lo que se apruebe en las próximas semanas no será el final del camino, sino apenas el comienzo de una lucha más amplia. Porque la verdadera normalización del cannabis —en lo medicinal y en lo recreativo— aún está pendiente. Y llegará. Porque, como dijo un portavoz socialista en 2022, es inexorable.
Reflexión final
España tiene ante sí una disyuntiva: conformarse con una regulación mínima que llegará tarde y mal, o aprovechar este momento para abrir un debate profundo, basado en la evidencia y en la experiencia internacional, que desemboque en una legalización completa.
No se trata solo de aliviar el dolor de unos pocos pacientes. Se trata de cambiar una política pública caduca que criminaliza conductas normales, alimenta el mercado negro y margina a quienes más necesitan ayuda. Regular el cannabis con sensatez y amplitud es una cuestión de salud, de justicia y de derechos.
Acerca del autor

Manu Hunter
Periodista cannábico con un estilo desenfadado pero siempre riguroso. Cuenta historias que prenden, informan y desmontan mitos, acercando la cultura cannábica al mundo con frescura y credibilidad. ¡Donde hay humo, hay una buena historia!




















