Un proyecto de ley vuelve a la Legislatura con el argumento de la equidad social, la libertad personal y una anomalía legal que dura ya más de una década

Washington vuelve a mirarse al espejo de su propia ley del cannabis. Catorce años después de legalizar el uso recreativo, el estado sigue prohibiendo a sus ciudadanos algo que para muchos resulta elemental: cultivar unas pocas plantas en casa para consumo personal. Esta semana, legisladores estatales han vuelto a intentarlo, una vez más, conscientes de que el cansancio crece, pero también la determinación.

El Proyecto de Ley del Senado 6204 permitiría a los adultos mayores de 21 años cultivar hasta seis plantas de cannabis en su domicilio. Dos adultos convivientes podrían llegar a doce, y los hogares con tres o más adultos, hasta quince. Una regulación precisa, medida, lejos de cualquier descontrol, que ha sido debatida en el Comité de Trabajo y Comercio del Senado.

No es un debate nuevo. Es, de hecho, el undécimo año consecutivo en el que se presenta una iniciativa similar desde que Washington legalizó la marihuana recreativa en 2012. Y sigue siendo una excepción nacional: solo otros dos estados comparten la paradoja de permitir el consumo legal, pero prohibir el cultivo doméstico. Colorado, que legalizó el mismo año, sí dio ese paso desde el inicio.

“Soy un veterano y no veo ninguna razón para no poder cultivar algunas plantas en mi propia casa para uso personal”, explicó Erik Johansen, residente de Tumwater, ante los senadores. “No hay niños allí”. Su frase, sencilla y directa, resume el espíritu de muchos defensores del proyecto: responsabilidad individual y sentido común.

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Los opositores, principalmente asociaciones policiales y gobiernos locales, alertan de riesgos para los menores y de una carga adicional para las fuerzas de seguridad. También advierten de una posible caída de ingresos fiscales, ya que el cannabis vendido en tiendas está gravado con un impuesto especial del 37 por ciento. Menos ventas, dicen, significaría menos dinero para el estado.

Pero quienes apoyan el cultivo doméstico rechazan esa lógica. Cultivar cannabis no es fácil, recuerdan, ni barato ni inmediato. “No somos su competencia”, afirmó John Kingsbury, presidente del comité de pacientes de la Cannabis Alliance. “Somos sus vecinos y también sus clientes”. Y lanzó una advertencia política: convertir en delincuentes a ciudadanos comunes para proteger una fracción mínima de las ventas es traicionar el espíritu de la iniciativa I-502 que legalizó el cannabis.

Hay además un argumento que pesa cada vez más: la desigualdad. Un informe estatal de 2022 reveló que, entre 2013 y 2019, las personas negras tenían cinco veces más probabilidades de ser arrestadas por cultivo doméstico que las personas blancas, y las hispanas más del doble. Para la senadora Rebecca Saldaña, principal impulsora del proyecto, esa realidad obliga a actuar. “Incluso si el olor molesta a los vecinos, hay mecanismos para denunciarlo y resolverlo”, señaló.

El texto del proyecto prevé sanciones civiles, no penales, para quienes no controlen el olor o mantengan plantas visibles desde el exterior. También autoriza a la policía a incautar plantas si se superan los límites legales, siempre con orden judicial y causa probable. La Junta de Licores y Cannabis no tendría competencia en este ámbito.

Las fuerzas del orden siguen escépticas. “Nos preocupa la normalización continua de la marihuana entre nuestros jóvenes”, afirmó James McMahan, de la Asociación de Shériffs y Jefes de Policía. La Asociación de Ciudades de Washington comparte el rechazo, alegando una carga excesiva para la seguridad local.

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El proyecto prohíbe el cultivo en hogares que buscan acoger niños o en guarderías familiares, aunque no impone restricciones a los hogares con menores. Incluso en municipios donde los negocios de cannabis están prohibidos, el cultivo doméstico estaría permitido.

En la Cámara de Representantes, un proyecto gemelo ha quedado, por ahora, fuera de la agenda. Pero nadie da el debate por cerrado. “La legalización del cultivo casero en Washington es inevitable”, sostiene Kingsbury. “Mi única esperanza es vivir lo suficiente para verlo”.

Quizá ahí esté la clave. No se discute solo sobre plantas, impuestos o competencias policiales. Se discute sobre el modelo de legalización, sobre si el cannabis será un derecho regulado de los ciudadanos o un mercado dominado exclusivamente por grandes empresas. Y Washington, una vez más, tendrá que decidir qué tipo de normalidad quiere construir.

Acerca del autor

Justin Vivero

Escritor especializado en cannabis  y residente en Miami, combina su pasión por la planta con la vibrante energía de la ciudad, ofreciendo perspectivas únicas y actualizadas en sus artículos.