La empresa soriana inicia la producción de cannabis medicinal tras años de trabas legales mientras sus trabajadores esperan recuperar sus empleos entre la esperanza y el estigma

En la pequeña localidad de Garray, apenas 760 habitantes en pleno corazón de Soria, late un proyecto que refleja las contradicciones de un país que avanza con paso tímido hacia el uso medicinal del cannabis. La compañía Ondara, heredera del fallido invernadero de rosas de alta gama Aleia Roses, ha logrado lo que parecía imposible: convertirse en una de las escasas empresas autorizadas en España para cultivar cannabis con fines médicos.

El camino, sin embargo, ha sido largo y tortuoso. Durante cuatro años, la empresa ha tenido que superar un laberinto de permisos, validaciones y auditorías que exigieron una inversión cercana a los seis millones de euros. Mientras tanto, más de doscientos cincuenta trabajadores pasaban del entusiasmo inicial al desencanto de los ERTE prolongados. Hoy apenas sesenta mantienen un vínculo con la compañía, muchos de ellos aún a la espera de reincorporarse.

El mes pasado, Ondara alcanzó un hito: su primer lote real de cannabis sativa L., una producción destinada no al mercado español —donde sigue siendo ilegal su uso médico— sino a países como Alemania, Reino Unido o Australia, que ya han abierto la puerta a esta planta para el tratamiento del dolor crónico.

El peso del estigma

Víctor Cabrerizo, director de la planta soriana, lo resume con crudeza: “Es más fácil recetar fentanilo, un derivado de la morfina con alto riesgo de adicción, que vender cannabis medicinal en España”. La paradoja es evidente. Aquí, el consumo recreativo en clubes privados es legal bajo ciertas condiciones, pero un uso supervisado y médico aún tropieza con el recelo político y social.

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Mientras tanto, enfermos que podrían beneficiarse de una alternativa más segura dependen de opioides fuertes o buscan en el mercado negro una solución incierta. Y las flores de Ondara, cultivadas en tierras castellanas, viajarán a medio mundo para aliviar dolores… menos a los pacientes españoles.

Una apuesta arriesgada

La decisión de reconvertir el invernadero de rosas en plantación de cannabis fue un salto al vacío. Cuando Aleia Roses quebró en 2020, Ondara compró sus instalaciones de 14 hectáreas con la esperanza de mantener la producción de flores ornamentales. Pronto entendieron que el negocio no era viable y apostaron por un cultivo tan prometedor como polémico.

El proyecto ha estado al borde del naufragio varias veces. La empresa tuvo que despedir a la mayoría de su plantilla y afrontar tensiones con los trabajadores, a los que aún debe cantidades pendientes por la larga parálisis. La autorización definitiva para cultivar llegó apenas en julio de este año, con un volumen limitado que se amplió en agosto tras una tramitación exprés.

Ahora, con el permiso en la mano y la primera cosecha en marcha, Ondara sueña con reactivar la actividad y sacar a los empleados del ERTE progresivamente.

El contraste del cáñamo

Mientras el cannabis medicinal con THC sigue vetado, el cáñamo —la variedad sin efectos psicotrópicos— se comercializa con normalidad en España. Infusiones relajantes, aceites de CBD y tiendas especializadas proliferan en las ciudades. “Se empieza a probar por curiosidad, porque alguien dice que ayuda a dormir, y luego se recomienda de boca en boca”, explica Edi Mesa, propietaria de un comercio en Valladolid.

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La paradoja se repite: lo que en otros países europeos es ya una medicina regulada y recetada por profesionales, aquí continúa confinado entre sombras legales y prejuicios sociales.

Acerca del autor

Manu Hunter
Escritor y periodista cannábico

Periodista cannábico con un estilo desenfadado pero siempre riguroso. Cuenta historias que prenden, informan y desmontan mitos, acercando la cultura cannábica al mundo con frescura y credibilidad. ¡Donde hay humo, hay una buena historia!