Los años de la menopausia traen consigo cambios físicos y emocionales que pueden ser desafiantes. Ante síntomas molestos y persistentes, muchas mujeres buscan alternativas de alivio más allá de los tratamientos tradicionales.
En este reportaje analizamos el consumo de cannabis durante la menopausia, revisando qué se sabe hasta ahora sobre sus posibles beneficios, riesgos, evidencia científica y las consideraciones legales y sociales de esta práctica creciente.
La menopausia es una etapa natural en la vida de la mujer que suele ocurrir alrededor de los 50 años, marcada por el cese definitivo de la menstruación. Está precedida por un período de transición llamado perimenopausia (o climaterio), durante el cual ocurren fluctuaciones hormonales importantes. Estos cambios, especialmente la caída de los niveles de estrógeno y progesterona, desencadenan una variedad de síntomas físicos y psicológicos. Entre los síntomas más comunes se encuentran los sofocos (oleadas repentinas de calor) y los sudores nocturnos, que afectan a una mayoría de mujeres (alrededor del 60–80%). Estas molestias vasomotoras, además de ser incómodas por sí mismas, pueden contribuir a otros problemas: el calor nocturno, por ejemplo, suele interrumpir el sueño, llevando a insomnio o sueño fragmentado; a su vez, la falta de descanso agrava el cansancio y la irritabilidad durante el día.
Otros síntomas frecuentes incluyen cambios en el estado de ánimo como ansiedad o tendencia a la depresión leve, dificultades de concentración y lo que popularmente se conoce como “niebla mental” o problemas de memoria. En el plano físico, muchas mujeres reportan dolores articulares y musculares, cefaleas, palpitaciones y mareos, además de síntomas genitourinarios como sequedad vaginal, molestias en las relaciones sexuales y disminución de la libido. La intensidad de estos síntomas varía ampliamente: algunas mujeres los experimentan de forma leve y transitoria, mientras que otras sufren síntomas más severos que impactan su calidad de vida. De hecho, los cuadros menopáusicos más fuertes pueden asociarse a sentimientos de vergüenza, baja productividad laboral y un deterioro del bienestar general.

Tradicionalmente, para manejar estos síntomas se han utilizado terapias médicas como la terapia de reemplazo hormonal (administración de estrógenos y progesterona) o fármacos específicos: por ejemplo, antidepresivos ISRS para el estado de ánimo, medicamentos como la gabapentina para sofocos, o hipnóticos para dormir. Si bien muchos de estos tratamientos son efectivos, no están exentos de efectos secundarios (la terapia hormonal puede provocar sensibilidad mamaria, cambios en el humor, fatiga, etc.) y conllevan algunas preocupaciones a largo plazo (por ejemplo, un ligero aumento en ciertos riesgos de cáncer con el uso prolongado de estrógenos). Por ello, existe interés en explorar nuevas estrategias que sean eficaces pero con menos efectos adversos. Es en este contexto donde surge la pregunta: ¿podría el cannabis ser una herramienta útil para sobrellevar la menopausia?
Uso del cannabis como posible herramienta para el manejo de los síntomas menopáusicos
El uso medicinal del cannabis (también conocido como marihuana) ha ganado atención en los últimos años como posible aliado frente a diversos problemas de salud, y la menopausia no es una excepción. Históricamente, el cannabis ha formado parte de los remedios herbales para dolencias femeninas: existen textos médicos antiguos que sugieren que preparaciones de esta planta se utilizaban de forma segura y efectiva para aliviar síntomas del climaterio o menopausia siglos atrás. En la era contemporánea, hemos visto una oleada de cambios legales y sociales en torno al cannabis. En numerosos países y regiones (por ejemplo, muchos estados de EE.UU., Canadá, Uruguay, etc.) se ha legalizado su uso, ya sea con fines medicinales o incluso recreativos. Esta mayor accesibilidad ha ido de la mano de un aumento en la aceptación social de la planta, impulsando a más personas a considerarla para tratar diversas dolencias.
En particular, mujeres de mediana edad están mostrando un creciente interés por el cannabis como alternativa o complemento a los tratamientos convencionales de la menopausia. Varias razones ayudan a explicar esta tendencia. Por un lado, persiste cierta desconfianza o escepticismo hacia las terapias estándar como la hormonal –alimentada por informes de efectos secundarios o riesgos–, lo cual motiva a buscar remedios “más naturales”. En contraste, el cannabis se percibe como un producto de origen vegetal, menos farmacológico en el imaginario popular, y su legalización en muchos lugares le ha conferido una pátina de legitimidad. Por otro lado, la propia experiencia anecdótica de mujeres que han probado cannabis para sus síntomas –compartida en grupos de apoyo, foros en línea o círculos sociales– ha contribuido a correr la voz sobre sus posibles beneficios.

Otro factor práctico es que el cannabis “combina varias acciones en una”. Las usuarias comentan que puede ayudar simultáneamente con el sueño, la ansiedad, los dolores y el estado de ánimo, algo muy atractivo frente a la alternativa de tomar múltiples medicamentos diferentes (uno para dormir, otro para la ansiedad, otro para el dolor, etc.). La Dra. Heather Hirsch, especialista en menopausia del Hospital Brigham and Women’s (Boston), destaca también aspectos sociales: “El cannabis está ahora legalizado en tantos sitios y funciona de forma aguda durante un par de horas. No necesitas receta médica, y socialmente puede ser más fácil de justificar que usar un medicamento”. Esta comodidad de acceso –especialmente en lugares donde se puede comprar cannabis en dispensarios como cualquier otro producto– hace que muchas mujeres lo ensayen por su cuenta, sin tener que pasar por la consulta médica para obtener un tratamiento.
Desde el punto de vista biológico, existen fundamentos que sugieren que el cannabis podría influir en algunos procesos afectados por la menopausia. El cuerpo humano posee un sistema endocannabinoide (SEC), una red de receptores y moléculas endógenas (similares a los compuestos del cannabis) que participa en la regulación de funciones clave: el sueño, el estado de ánimo, la ansiedad, la temperatura corporal, la percepción del dolor, entre otras. Durante la transición menopáusica, con el descenso de estrógenos, también se observan cambios en el SEC. Estudios han encontrado, por ejemplo, que los ovarios producen un endocannabinoide llamado anandamida, cuyos niveles suben en la ovulación paralelamente al pico de estrógeno. Al llegar la menopausia y caer las hormonas, la actividad del SEC podría disminuir o desequilibrarse. Investigaciones en modelos animales sugieren que administrando cannabinoides (ya sea la propia anandamida u otros análogos) se pueden mitigar algunos efectos de la falta de estrógeno –por ejemplo, reduciendo la ansiedad y protegiendo frente a síntomas post-menopáusicos en ratas sin ovarios–. Asimismo, ciertos cannabinoides parecen inducir vasodilatación (relajación de los vasos sanguíneos), lo que hipotéticamente podría ayudar en síntomas vasomotores como los sofocos. Si bien estos hallazgos son preliminares, apuntan a que el cannabis medicinal podría ofrecer un enfoque no hormonal para tratar síntomas de la menopausia, con potencial de alivio y quizá menos efectos secundarios que las terapias actuales.
En resumen, hay una convergencia de factores –sociales, personales y científicos– que explican por qué el cannabis se está considerando como una posible herramienta para manejar los síntomas menopáusicos. Pero ¿qué dice realmente la ciencia? ¿Tenemos evidencia de que funcione, más allá de lo anecdótico? A continuación, revisamos los estudios y datos disponibles hasta hoy.
Evidencia científica: estudios sobre cannabis y síntomas de la menopausia
La investigación formal sobre cannabis y menopausia aún se encuentra en etapas tempranas, pero en los últimos años han surgido estudios pioneros que arrojan algo de luz sobre este fenómeno. Uno de los trabajos más citados es un estudio conducido por investigadores del Departamento de Psiquiatría de la Escuela de Medicina de Harvard, publicado en la revista científica Menopause en 2022. En este estudio, se realizó una encuesta a 258 mujeres de mediana edad –131 en perimenopausia y 127 ya *posmenopáusicas–**, recabando información sobre sus hábitos de consumo de cannabis y los síntomas que intentaban tratar. Los resultados fueron reveladores: casi un 79% de las participantes reportó usar cannabis específicamente para aliviar síntomas relacionados con la menopausia. Es decir, de cada 10 mujeres encuestadas, aproximadamente 8 habían recurrido al cannabis como medida frente a sus molestias del climaterio. Además, la gran mayoría (86%) eran usuarias actuales de cannabis en alguna forma, lo que indica que no se trataba solo de haber probado en el pasado, sino de un consumo presente en sus vidas.
¿Qué síntomas buscaban mitigar estas mujeres con el cannabis? Principalmente dos ámbitos destacados: el insomnio/trastornos del sueño y la esfera del estado de ánimo/ansiedad. Entre quienes consumían cannabis con propósito terapéutico, un 67% afirmó que les ayudaba con las alteraciones del sueño (dificultad para dormir o mantener el sueño), mientras que un 46% reportó mejora en el estado de ánimo o la ansiedad gracias al cannabis. Otros síntomas, sin embargo, parecieron beneficiarse menos. Por ejemplo, los sofocos y sudores nocturnos –uno de los signos más emblemáticos de la menopausia– no mostraron tanta mejoría con el uso de cannabis según esta encuesta. Esto concuerda con consideraciones fisiológicas: los sofocos están vinculados al centro termorregulador del hipotálamo, una zona que probablemente no es tan influenciada por los cannabinoides. En cambio, síntomas como la ansiedad, el nerviosismo o el dormir mal sí guardan relación con circuitos neuronales donde el cannabis puede tener efecto (p. ej., modulando la actividad de la amígdala y la corteza prefrontal, regiones implicadas en el estrés y la vigilia). De hecho, especialistas sugieren que el THC –principal componente psicoactivo del cannabis– “atenúa” temporalmente la actividad del lóbulo prefrontal (el área racional del cerebro), lo que ayudaría a “apagar la mente” y conciliar el sueño más fácilmente, además de disminuir la ansiedad. Esto respaldaría las percepciones de las pacientes en cuanto a esos beneficios.
Otro dato interesante del estudio de Harvard fue que las mujeres en perimenopausia (es decir, las que todavía tenían ciclos pero con irregularidades, transitando hacia la menopausia) presentaban síntomas más intensos que las ya menopáusicas, y justamente reportaban un mayor uso de cannabis para manejarlos. Este grupo de perimenopáusicas tenía puntuaciones más altas de ansiedad, cambios de humor y sofocos, y eran más proclives a consumir cannabis con fines medicinales que sus pares posmenopáusicas. Los autores sugieren que el mayor trastorno emocional durante la transición (cuando las hormonas fluctúan ampliamente) podría estar llevando a muchas a probar el cannabis como “valvula de escape” para sobrellevar esa etapa. En cualquier caso, hay que tener en cuenta que este estudio fue transversal (una encuesta puntual) y, además, con una muestra auto-seleccionada: las participantes respondieron a anuncios en redes sociales buscando mujeres que usaran o consideraran usar cannabis, por lo que es posible que la muestra sobre-representara a usuarias de la planta. Aun así, los hallazgos ofrecieron un primer panorama cuantitativo de algo que venía asomando como tendencia clínica.
De forma paralela, otras investigaciones regionales han encontrado resultados en la misma línea. Por ejemplo, en California (EE.UU.), un estudio realizado en el sistema de salud de veteranas de San Francisco reportó que más de una cuarta parte (27%) de las mujeres de mediana edad encuestadas había consumido cannabis para manejar síntomas de la menopausia. En esta muestra (232 mujeres, edad media 56 años), los síntomas concretos referidos incluían sofocos/sudores nocturnos (54% de quienes usaban cannabis buscaban aliviar estos), insomnio (27%) y síntomas genitourinarios como sequedad o dolor vaginal (el 69% las mencionó). Un hecho notable es que en el mismo grupo, solo un 19% había utilizado las terapias tradicionales para la menopausia (como terapia hormonal), lo cual sugiere que muchas prefirieron probar con cannabis antes que recurrir a los tratamientos médicos estándar. Además, un 10% adicional de las encuestadas indicó que no lo había usado aún pero tenía interés en hacerlo en el futuro. “Estos hallazgos sugieren que el consumo de cannabis para controlar los síntomas de la menopausia puede ser relativamente común”, concluyó la autora del estudio, la Dra. Carolyn Gibson. No obstante, ella misma advirtió que se trata de una población localizada (California, con un contexto legal y cultural más permisivo hacia el cannabis) y que habría que ver si en otras regiones con leyes distintas las cifras serían similares.
Más recientemente, en 2023, se presentaron resultados de un estudio con alcance mayor que refuerzan la noción de un uso extendido de cannabis en mujeres menopáusicas. Investigadores de la Universidad de California analizaron datos de más de 5.100 mujeres de mediana edad en EE.UU., encontrando que un 42% había consumido cannabis en algún momento por motivos recreativos o terapéuticos, y más del 10% lo había usado en el último mes. Entre estas mujeres, las razones declaradas para el uso fueron variadas: alrededor del 28% lo empleaba para tratar dolores crónicos (por ejemplo, artralgias o dolores de espalda), un 22% para problemas de sueño o manejo del estrés/ansiedad, y porcentajes menores para otros síntomas. Este estudio también indagó en la frecuencia de uso (que detallaremos en secciones posteriores) y notó que una proporción de las usuarias recientes consumían casi a diario. Es importante subrayar que estos resultados, presentados en la reunión anual de la Menopause Society de 2023, eran preliminares (provenientes de encuestas poblacionales). Los expertos enfatizan que, si bien las encuestas nos dicen que “muchas mujeres están probando cannabis”, aún no está claro en qué medida el cannabis realmente alivia sus síntomas o si podría, por el contrario, agravarlos en algunos casos.
Y es que aquí reside un punto crucial: la diferencia entre uso popular y evidencia científica de eficacia. Hasta la fecha, no se han realizado ensayos clínicos controlados que evalúen rigurosamente el cannabis (o sus componentes, como THC o CBD) específicamente en mujeres menopáusicas. La información que manejamos proviene fundamentalmente de estudios observacionales (encuestas, series de casos) y de extrapolar conocimientos de otras áreas (p.ej., ensayos de cannabis en ansiedad, en insomnio o en dolor crónico en población general). Esta evidencia, como reconoce la Dra. Gibson, es limitada y a veces contradictoria. Por ejemplo, algunos estudios sugieren que el cannabis ayuda a dormir mejor, mientras que otros indican que podría alterar la arquitectura del sueño si se usa crónicamente. De manera similar, ciertas personas sienten menos ansiedad con dosis bajas de cannabis, pero dosis más altas pueden inducir efectos opuestos (más ansiedad o paranoia). En el caso de la menopausia, las encuestas nos dicen qué reportan las usuarias (beneficios percibidos), pero sin un grupo control es difícil saber cuánto del alivio se debe al cannabis y cuánto al efecto placebo u otros factores.
A pesar de estas lagunas, la comunidad médica ve motivos suficientes para seguir investigando. Los resultados iniciales abren preguntas interesantes: por ejemplo, ¿podría un preparado de cannabis medicinal formulado adecuadamente (con cierta proporción de THC y CBD) convertirse en un tratamiento reconocido para la ansiedad menopáusica o para el insomnio? ¿Es seguro el uso prolongado de cannabinoides en mujeres de 50-60 años, o existen riesgos particulares en esta población? ¿Qué dosis o formulaciones funcionan mejor y cuáles no ofrecen beneficio? Ante la popularidad creciente del tema, los científicos abogan por llevar a cabo estudios más sólidos. Como señalaron los autores del estudio de Harvard, “futuros trabajos deberían examinar distintos perfiles de cannabinoides y su impacto en la eficacia para síntomas menopáusicos”, idealmente mediante ensayos clínicos controlados. Solo así se podrá proporcionar a las mujeres y a sus médicos información confiable para tomar decisiones basadas en evidencia.

Modos comunes de consumo entre las mujeres menopáusicas y su frecuencia
Pasando de por qué se usa a cómo se usa, es interesante observar los modos de consumo de cannabis más frecuentes en esta población de mediana edad. El cannabis hoy día se presenta en multitud de formatos –desde la forma tradicional de fumar la planta seca hasta aceites, cápsulas, comestibles, cremas y otros–, y las mujeres menopáusicas aprovechan esa diversidad según sus preferencias y necesidades.
Las encuestas realizadas ofrecen un panorama claro: la vía inhalada y la oral son las más populares. En el estudio de Harvard anteriormente mencionado, se encontró que fumar cannabis (porro, pipa o dispositivo similar) era el método más común, reportado por un 84% de las usuarias, seguido muy de cerca por el consumo de comestibles de cannabis (gominolas, galletas, tinturas oleosas ingeridas) con un 78%. Además, poco más de la mitad (aprox. 53%) indicó usar también vaporizadores o cigarrillos electrónicos con aceite de cannabis. Esto indica que muchas mujeres combinan métodos o han experimentado con varios: por ejemplo, pueden fumar en ciertas ocasiones para un efecto rápido pero también tomar una cápsula o gomita de cannabis antes de dormir para que el efecto dure más durante la noche.
De hecho, combinar formatos es algo habitual. En el estudio amplio de 2023 en EE.UU., cerca de un 39% de las mujeres usuarias dijo que empleaba más de una forma de cannabis (por ejemplo, fumado y comestible, o comestible y tópico) para manejar sus síntomas. La elección suele depender del síntoma a tratar y de consideraciones de salud: algunas prefieren no fumar por cuidar sus pulmones y optan por aceites sublinguales o alimentos infusionados; otras valoran la rapidez de alivio que ofrece la inhalación.
Además de fumar o ingerir, existen presentaciones tópicas que también están teniendo acogida. Por ejemplo, cremas o lociones con cannabinoides que se aplican sobre la piel en zonas de dolor localizado (como articulaciones), parches transdérmicos que liberan lentamente principios activos a través de la piel, e incluso supositorios vaginales o lubricantes con THC o CBD diseñados para mejorar la sequedad vaginal y las relaciones sexuales placenteras en la menopausia. Aunque menos comunes que los métodos sistémicos, en la encuesta de Harvard aproximadamente un 26% de las mujeres mencionó usar productos tópicos, y un pequeño porcentaje (3-4%) había probado supositorios o lubricantes de cannabis para los síntomas urogenitales. Estas formas podrían ser útiles para síntomas muy específicos (por ejemplo, un lubricante con cannabis podría ayudar con el dolor en las relaciones al promover vasodilatación y disminuir la tensión).
En cuanto a la frecuencia de uso, los datos sugieren que dentro del grupo de mujeres que usan cannabis para la menopausia, hay un subconjunto notable que lo hace de forma regular e incluso diaria. En el estudio de Gibson (2023), de aquellas mujeres que habían consumido cannabis en los últimos 30 días, casi un tercio (31%) dijo fumar a diario o casi a diario, mientras que alrededor de un 19% consumía comestibles todos o casi todos los días. Esto implica un uso frecuente, posiblemente para afrontar síntomas persistentes (por ejemplo, fumando cada noche antes de dormir). Otra porción de usuarias lo empleaba con menor regularidad, tal vez de forma semanal o “cuando lo necesitaban” más intensamente. En una encuesta independiente con adultos de mayor edad (más de 65 años, fuera ya del rango menopáusico), también se vio que más de la mitad (53%) de quienes usaban cannabis lo hacían de manera rutinaria diaria o semanal, evidenciando que la constancia en el consumo medicinal no es rara en poblaciones de más edad.
No obstante, también existen usuarias ocasionales. Muchas mujeres podrían recurrir al cannabis solo en momentos puntuales –por ejemplo, la noche de un día especialmente estresante en que anticipan que no podrán dormir, o en una semana de insomnio agudo–, pero no integrarlo en su rutina diaria. Las encuestas poblacionales (que incluyen tanto usuarias como no usuarias) nos dicen que, si bien más del 10% de las mujeres de mediana edad consumieron cannabis en el último mes, aún la mayoría no lo hace regularmente. Esto sugiere que el fenómeno, aunque significativo, convive con muchas mujeres que prefieren otros abordajes o que no se sienten cómodas usando cannabis.
En síntesis, los modos de administración favoritos en mujeres menopáusicas son fumar e ingerir (ya sea en forma de alimentos o gotas), seguidos por vaporizar, y en menor medida productos tópicos o vaginales. Y en cuanto a frecuencia, dentro de las que lo usan, encontramos desde patrones diarios hasta esporádicos, con una proporción nada desdeñable de consumidoras frecuentes. Estos patrones son relevantes porque, como veremos a continuación, la eficacia percibida y los riesgos pueden variar según cómo se consuma el cannabis (no es lo mismo fumar diariamente que usar una crema de CBD ocasionalmente, por ejemplo).
Posibles beneficios percibidos por las usuarias según estudios
¿Qué beneficios refieren las mujeres que usan cannabis durante la menopausia? Es importante destacar que aquí hablamos de percepciones y reportes subjetivos, ya que –como mencionamos– aún faltan estudios clínicos que midan objetivamente mejoras en síntomas con cannabis. Sin embargo, los datos recopilados en encuestas ofrecen un panorama de cuáles son los alivios que las usuarias atribuyen al consumo de cannabis en esta etapa de la vida.
El beneficio más consistentemente mencionado es la mejoría del sueño. La dificultad para dormir (insomnio inicial, despertares frecuentes o sueño no reparador) atormenta a muchas mujeres en la transición menopáusica, y el cannabis parece aportarles cierta ayuda en este aspecto. En la encuesta de Harvard de 2022, por ejemplo, dos tercios (67%) de las mujeres que usaban cannabis con fines menopáusicos afirmaron que lograban dormir mejor gracias a él. Muchas describen que les facilita conciliar el sueño y reducir esos pensamientos circulares nocturnos provocados por la ansiedad. Este reporte es congruente con experiencias generales de otros pacientes: el cannabis (especialmente variedades con mayor THC) induce somnolencia en el corto plazo y puede acortar el tiempo en quedarse dormido. Adicionalmente, algunos productos ricos en CBD (un cannabinoide no psicoactivo) podrían prolongar el tiempo total de sueño según algunas investigaciones preliminares. Para mujeres que llevaban meses encadenando malas noches, el valor de conseguir dormir 6-7 horas gracias a un porro o a unas gotas de tintura de cannabis es enorme en términos de mejoría de calidad de vida.
El segundo gran dominio de beneficio es el del estado de ánimo y la salud mental. Un porcentaje considerable de usuarias reporta sentir menos ansiedad, menos estrés y en general un humor más estable cuando consumen cannabis. En la encuesta Harvard, cerca de la mitad (46%) encontró alivio en su ansiedad o irritabilidad menopáusica a través del cannabis. De modo similar, en el estudio de mujeres veteranas en California, muchas mencionaron usar cannabis para manejar la irritabilidad, la “mala leche” o incluso síntomas depresivos leves asociados a la menopausia. Los mecanismos detrás de este efecto pueden deberse a que el cannabis produce, en dosis moderadas, una sensación de relajación y euforia leve que contrarresta la tensión emocional. El THC activa receptores cannabinoides en el cerebro que influyen en la liberación de dopamina y otras neuroquímicas del bienestar, mientras que el CBD tiene propiedades ansiolíticas (reductoras de la ansiedad) actúando sobre receptores de serotonina. Combinados, estos efectos pueden traducirse en que la mujer se sienta “más como sí misma”, menos susceptible a cambios bruscos de humor o ataques de llanto/enojo. Incluso se han reportado casos donde el cannabis ayuda con la llamada depresión de la menopausia, aunque en estos cuadros más serios la recomendación médica habitual siguen siendo los tratamientos psicológicos o antidepresivos convencionales.
Otro ámbito donde las usuarias perciben beneficios es el dolor físico. La menopausia en sí puede asociarse a dolores articulares difusos (muchas mujeres describen rigidez en las mañanas, dolor en rodillas, manos o espalda baja) y también puede exacerbar problemas crónicos de dolor que ya existían (como artritis). El cannabis es bien conocido por sus propiedades analgésicas y antiinflamatorias en diversos contextos, de modo que no sorprende que las mujeres lo usen con esta intención. En estudios con poblaciones mayores, el 73% de los usuarios de cannabis medicinal de más de 65 años lo empleaban para tratar dolor o artritis y la mayoría consideraba que les resultaba útil. En mujeres menopáusicas, aunque las encuestas citadas se centraban más en síntomas típicos como insomnio o ansiedad, también se cuela el uso para dolores musculares o articulares. De hecho, el primer estudio sobre cannabis y menopausia, realizado en 2016, ya encontró que uno de los principales síntomas que las mujeres esperaban aliviar con cannabis era el malestar articular y muscular, junto con el insomnio y la irritabilidad. Muchas mujeres refieren que tras consumir cannabis –sea fumado o en aceite sublingual– notan una reducción de sus dolores y tensiones corporales, lo que les permite realizar actividad física con menos molestias o simplemente sentirse más cómodas en el día a día. Este efecto puede estar mediado tanto por THC (que modula la señal de dolor en el sistema nervioso central) como por CBD (que tiene efectos antiinflamatorios periféricos comprobados.
Un beneficio adicional que algunas mujeres mencionan, y que suele pasarse por alto, es el relacionado con la sexualidad. La menopausia conlleva a menudo una disminución de la libido y problemas de sequedad vaginal que dificultan las relaciones sexuales. En encuestas, una proporción de mujeres menopáusicas –alrededor de un 30% en el estudio de Harvard– reconoció usar cannabis con la esperanza de mejorar su libido o placer sexual. ¿Qué fundamento tiene esto? Por un lado, está el aspecto psicológico: reducir la ansiedad y sentirse más relajada puede aumentar la disposición para el sexo. Pero además, el cannabis podría ejercer efectos fisiológicos beneficiosos en la respuesta sexual femenina. El CBD, por ejemplo, es un conocido vasodilatador periférico, lo que significa que mejora la circulación sanguínea; aplicado en forma de lubricante podría aumentar el flujo de sangre en la zona genital, favoreciendo la lubricación natural. Por otro lado, el estado eufórico leve inducido por THC puede intensificar las sensaciones y ayudar a algunas mujeres a concentrarse más en el momento erótico y menos en posibles inseguridades. Si bien no abundan estudios clínicos en este campo, un trabajo reciente sobre cannabis y sexualidad halló que la mayoría de usuarias sentían un aumento en la excitación sexual y la satisfacción tras consumir cannabis. Cabe aclarar que también se ha especulado con que el cannabis podría causar “sequedad vaginal” (similar a la boca seca que produce), pero la evidencia al respecto es contradictoria y, de existir, sería un efecto muy tenue. En general, los reportes se inclinan más hacia un efecto positivo en la función sexual femenina que negativo.
Resumiendo, las principales áreas de mejoría percibida con el cannabis en la menopausia son: el sueño (dormir más y mejor), la ansiedad/estado de ánimo (sentirse más tranquila, menos irritable o deprimida), los dolores (menor dolor osteomuscular o de cabeza) y, para algunas, la función sexual (más ganas y comodidad en las relaciones). Además, usuarias señalan mejoras en síntomas como los sofocos o los sudores nocturnos en ciertos casos, aunque, como vimos, la evidencia ahí es menos consistente. Es importante enfatizar que estos son beneficios subjetivos reportados –lo cual no les quita valor, pues si la mujer siente alivio, eso ya es relevante–, pero que deberán ser corroborados por investigaciones clínicas para confirmar su magnitud real. Aun así, escuchar la voz de las usuarias nos orienta sobre dónde el cannabis podría estar brindando un apoyo en esta etapa vital.
Posibles efectos secundarios, riesgos o contraindicaciones del uso de cannabis durante esta etapa
Como toda sustancia con efectos activos en el organismo, el cannabis no está exento de efectos secundarios y riesgos, especialmente cuando se utiliza de forma regular. Es crucial que las mujeres menopáusicas –muchas de las cuales quizás no han consumido cannabis antes en su vida o lo hicieron por última vez décadas atrás– estén informadas sobre las potenciales consecuencias negativas, para que tomen decisiones conscientes y seguras.
En primer lugar, hay que considerar los efectos adversos inmediatos que el cannabis puede provocar. Entre los más comunes se encuentran la somnolencia excesiva, la disminución de la concentración, problemas de coordinación motora y la famosa sequedad de boca (boca pastosa). Algunas usuarias pueden experimentar mareos o sensación de desorientación, especialmente si no están habituadas o si consumen una dosis más alta de lo necesario. En dosis elevadas de THC, también pueden aparecer efectos psicológicos indeseados: ansiedad exacerbada, paranoia o pánico, e incluso alucinaciones leves en casos de sobredosis con comestibles muy potentes. De hecho, la relación entre cannabis y ansiedad es bifásica: a dosis bajas suele tener un efecto ansiolítico (relajante), pero a dosis altas el THC puede generar reacción opuesta y provocar ansiedad intensa. Por eso es importante la autotitulación: empezar con cantidades pequeñas e ir ajustando, ya que la sensibilidad varía mucho entre personas.
El impacto cognitivo del cannabis merece mención. Inmediatamente después de consumir, es típico un cierto “entorpecimiento” mental: se ralentiza la velocidad de procesamiento, cuesta más recordar cosas a corto plazo o realizar tareas complejas. En mujeres de mediana edad, que pueden ya de por sí sentir algo de niebla mental por la menopausia, añadir cannabis podría empeorar momentáneamente esa sensación. Ahora bien, ¿hay un efecto permanente en la cognición con uso crónico? La evidencia no es concluyente. Algunos estudios en adultos mayores con dolor crónico no han encontrado diferencias significativas en funciones cognitivas entre quienes usan cannabis medicinal regularmente y quienes no. Esto sugiere que un uso controlado, en personas mayores, no necesariamente provoca deterioro cognitivo marcado. Sin embargo, se sabe por investigaciones generales que el consumo muy prolongado y pesado de cannabis (sobre todo iniciado en edades jóvenes) puede asociarse a disminución sutil en memoria y atención. Por prudencia, se recomienda que las mujeres que usen cannabis eviten hacerlo en momentos que requieran pleno rendimiento mental (por ejemplo, justo antes de trabajar en algo que exija concentración) y, desde luego, no conducir ni manejar maquinaria bajo sus efectos, ya que la disminución de reflejos aumenta el riesgo de accidentes.
Otro riesgo importante a considerar es el de la dependencia. Durante años circuló la idea de que la marihuana “no es adictiva”, pero hoy sabemos que sí puede generar adicción psicológica y síndrome de abstinencia en una proporción de usuarios, especialmente con el consumo diario y de productos de alto contenido en THC. La Dra. Gibson alerta que antes “se solía pensar que no creaba adicción, y ahora entendemos que definitivamente sí puede hacerlo”. El síndrome de abstinencia del cannabis, si bien no pone en peligro la vida, puede incluir irritabilidad, ansiedad, insomnio rebote (dificultad para dormir al dejarlo), pérdida de apetito y estado de ánimo deprimido. Por lo tanto, una mujer que comienza a usar cannabis todas las noches para dormir podría encontrarse con que al intentar suspenderlo su insomnio regresa con más fuerza por unos días. Este riesgo de dependencia se ve acentuado por la alta potencia del cannabis actual: las cepas y productos disponibles hoy en dispensarios suelen tener concentraciones de THC mucho mayores que las de hace 30 años. Por ejemplo, no es raro encontrar cogollos con 15-20% de THC, aceites con 60-80% o comestibles donde una gominola contiene 10 mg o más de THC puro. Estas dosis elevadas facilitan la aparición de tolerancia (cada vez se necesita más para el mismo efecto) y dependencia. La recomendación, por ende, es usar la dosis mínima efectiva y hacer descansos en el consumo (días libres) si es posible, para evitar acostumbrar al cuerpo.

El método de consumo también influye en los riesgos. Fumar cannabis implica inhalar sustancias irritantes y partículas, similares a las del tabaco en muchos aspectos. Aunque el cannabis no contiene nicotina, el humo en sí puede dañar los pulmones: bronquitis crónica, tos, flemas y posiblemente un impacto en la función pulmonar con los años. Cualquier combustión –sea tabaco, madera o cannabis– genera monóxido de carbono y alquitranes. Por eso, médicos señalan que “inhalar humo de cualquier tipo conlleva riesgos conocidos para la salud”. Las mujeres con asma u otras enfermedades respiratorias deben evitar la ruta fumada y optar por alternativas (vaporizadores de calidad, tinturas, etc.). Incluso los vaporizadores no están exentos de preocupación: han ocurrido casos de lesiones pulmonares por vapes en EE.UU., vinculados a aditivos tóxicos en cartuchos del mercado informal. Así que es fundamental obtener productos vaporizables solo de fuentes confiables, o privilegiar formas orales.
Un posible efecto adverso del cannabis que merece discusión en contexto menopáusico es la ya mencionada sequedad de mucosas. Muchas mujeres sufren sequedad vaginal en la menopausia, y algunas temen que el cannabis pueda empeorarla (dado que causa sequedad bucal). Aunque anecdóticamente se ha hablado de “vagina seca por marihuana”, la evidencia científica disponible no encuentra una conexión sólida en este sentido. Un estudio que investigó la salud sexual en usuarias de cannabis no halló cambios significativos en la lubricación vaginal atribuibles al consumo. Al contrario, ciertos datos sugieren que el cannabis podría mejorar la excitación y por tanto la lubricación, como mencionamos antes. Por lo tanto, este aspecto específico no parece ser un gran riesgo, más allá de la percepción subjetiva que pueda variar.
Por otro lado, debemos considerar las contraindicaciones médicas y precauciones. Aunque la menopausia ocurre típicamente después de los 45-50 años, muchas mujeres en esa franja de edad pueden tener ya factores de riesgo o condiciones médicas (hipertensión, enfermedad cardíaca incipiente, diabetes, etc.). El cannabis –particularmente el THC– tiene efectos cardiovasculares agudos: acelera la frecuencia cardíaca y puede subir la presión arterial momentáneamente. En individuos susceptibles, se han documentado eventos cardíacos precipitados por consumo de cannabis, como arritmias o angina de pecho. Por ello, una mujer con angina inestable o arritmias cardíacas serias debería abstenerse o usar solo bajo supervisión médica estricta. De igual forma, aquellas con historial personal o familiar de psicosis o esquizofrenia deben extremar precaución, ya que el THC en dosis altas puede aumentar el riesgo de episodios psicóticos en personas predispuestas. En general, si la paciente ya está tomando medicamentos –por ejemplo, ansiolíticos, anticoagulantes, antidepresivos–, es muy recomendable consultar con el médico, pues el cannabis puede interaccionar con otros fármacos (potenciando efectos sedantes, alterando metabolismo hepático de ciertos medicamentos, etc.).
Finalmente, un riesgo sutil pero mencionado por los expertos es que el uso de cannabis podría llevar a posponer o evitar terapias probadamente eficaces. La Dra. Gibson señala que algunas pacientes, al sentirse algo mejor con cannabis, podrían “dejar de buscar tratamientos basados en evidencia que quizá serían más efectivos”. Por ejemplo, la terapia hormonal sustitutiva es el estándar para síntomas moderados a severos en mujeres sanas y menores de 60 años, con eficacia demostrada en sofocos, prevención de osteoporosis y mejoría del ánimo. Si una mujer recurre solo al cannabis y evita hablar con su médico, puede perder la oportunidad de recibir este u otros tratamientos beneficiosos. En esencia, el cannabis no debería verse como un reemplazo mágico de la medicina convencional, sino como un complemento potencial. Integrar su uso de forma informada, comunicándolo al profesional de salud, permite abordar la menopausia de un modo multidisciplinar y más seguro para la paciente.
En resumen, los efectos secundarios y riesgos del cannabis en la menopausia incluyen: somnolencia, lentitud mental transitoria, posibles efectos psicoactivos indeseados (ansiedad, paranoia a altas dosis), riesgo de dependencia si se usa crónicamente, impacto respiratorio al fumar, incremento del pulso y precauciones en personas con ciertas condiciones preexistentes. La clave está en la moderación y la vigilancia de cómo reacciona cada individuo. Siempre es aconsejable iniciar con dosis bajas, elegir métodos de administración más seguros (no fumar si es posible) y mantener un diálogo abierto con profesionales sanitarios para un uso responsable.
Consideraciones legales y sociales del consumo de cannabis en mujeres de mediana edad
El consumo de cannabis por parte de mujeres en la etapa de la menopausia no se da en un vacío, sino que está profundamente condicionado por el contexto legal y social en el que se produce. La normativa vigente y el grado de aceptación social desempeñan un papel crucial, ya que pueden facilitar o, por el contrario, obstaculizar el acceso de estas mujeres al cannabis como posible recurso terapéutico para aliviar sus síntomas.
En cuanto al marco legal, existe una gran diversidad según el país o región. Por ejemplo, en España –donde este artículo se publica– el cannabis recreativo sigue siendo ilegal, y aunque el consumo privado y la posesión de pequeñas cantidades están despenalizados (no se persigue su uso personal en entornos privados), no hay una regulación amplia que permita a un paciente obtener cannabis medicinal de forma sencilla. De hecho, actualmente España no cuenta con un programa oficial de cannabis medicinal integrado en el sistema de salud; los médicos no pueden extender recetas de THC o cogollos de cannabis a pacientes de menopausia ni de otras condiciones (salvo excepciones con fármacos derivados del cannabis aprobados para algunas enfermedades concretas). Esto significa que una mujer española que quiera probar cannabis para su insomnio o sus sofocos tiene básicamente dos caminos: cultivar/adquirir por su cuenta (lo cual entra en un área gris legal, a través de asociaciones cannábicas o autocultivo para uso propio) o acceder a productos de CBD (que sí son legales si contienen menos del 0,2% de THC, pero cuya potencia terapéutica puede ser limitada para ciertos síntomas). En otros países europeos la situación varía, con algunos programas de cannabis medicinal en marcha (p.ej., Alemania, Italia, Reino Unido con restricciones) pero en general sigue existiendo un vacío para indicaciones como la menopausia.
Por el contrario, en Estados Unidos muchas mujeres tienen un acceso más libre al cannabis debido a la legalización en numerosos estados. En algunos de ellos, el cannabis es legal solo para usos medicinales (con prescripción de un médico para ciertas condiciones) y en otros es legal incluso para uso recreativo para adultos mayores de 21 años. Esto ha dado pie a que existan dispensarios donde cualquiera (respetando la ley local) puede comprar desde flores secas hasta caramelos o cremas con cannabis. Para una mujer californiana o canadiense, por ejemplo, resulta relativamente sencillo obtener productos de cannabis y asesorarse en la tienda sobre cuál podría servirle para dormir o para la ansiedad. Esta disponibilidad se refleja en los altos porcentajes de uso en las encuestas norteamericanas, como vimos. Sin embargo, incluso en entornos de legalización, surgen dilemas sociales.
Uno de los principales aspectos sociales es el estigma. Durante décadas, la marihuana estuvo asociada a contracultura juvenil, rebeldía o incluso marginalidad. Que una “señora respetable” fume cannabis podía ser mal visto en círculos tradicionales. Muchas mujeres de mediana edad pertenecen a generaciones educadas bajo la idea de la “guerra contra las drogas”, y pueden sentir vergüenza o temor al qué dirán si admiten que usan cannabis. Esto hace que a menudo lo mantengan en secreto, sin contarlo ni a amigos cercanos e incluso ocultándolo de sus médicos. “Todavía hay ese estigma de que van a pensar que soy una drogadicta”, confiesan algunas en privado. No obstante, esta percepción está cambiando poco a poco. La creciente normalización del cannabis (sobre todo con fines medicinales) ha generado más aceptación social, especialmente cuando el uso viene justificado por un problema de salud real. Ya no resulta tan sorprendente enterarse de que una compañera de trabajo de 55 años toma aceite de cannabis antes de dormir, del mismo modo que nadie se escandaliza porque tome valeriana o algún somnífero recetado.
Además, han surgido comunidades y movimientos que buscan visibilizar el consumo de cannabis en mujeres adultas de forma positiva. En EE.UU., términos como “cannabis mom” (madre que consume cannabis) o asociaciones de mujeres cannábicas han ganado presencia mediática, compartiendo historias de cómo la planta mejoró su calidad de vida durante la menopausia o les ayudó con la ansiedad de la edad madura. Este activismo contribuye a derribar estereotipos: muestra que las usuarias de cannabis pueden ser mujeres profesionales, madres o abuelas funcionales, que simplemente han incorporado el cannabis como otra herramienta de bienestar.

Otro punto social importante es la comunicación con los profesionales de la salud. Tradicionalmente, muchas pacientes no informaban a sus médicos de familia o ginecólogos que estaban usando cannabis, por miedo a ser reprendidas o a que conste en su historial. Sin embargo, cada vez más especialistas fomentan un diálogo abierto. La Dra. Tara Iyer, experta en menopausia del Brigham and Women’s Hospital, comenta que suele descubrir que sus pacientes han estado “sufriendo los síntomas durante años y probando multitud de cosas por su cuenta —incluyendo productos de CBD o marihuana— antes de finalmente consultar con un experto” Al normalizar la conversación, el médico puede orientar mejor. Por ejemplo, si una paciente le dice: “Doctor, fumo cannabis por las noches porque es la única forma en que duermo”, el médico puede reaccionar evaluando riesgos, aconsejando tal vez cambiar a un comestible para no dañar los pulmones, o ajustando la dosis, en lugar de simplemente juzgar. Muchos doctores ya reconocen que es preferible que el paciente confiese su uso de cannabis, para poder así integrarlo en el plan de tratamiento (y tenerlo en cuenta para posibles interacciones con medicamentos, etc.). En palabras de la Dra. Gibson, “esto es algo que la gente va a hacer cada vez más a medida que la legalización y normalización se vuelva más generalizada; esperaría que las personas lo hablaran con sus médicos sobre estos temas”. Es un llamado a sacar el consumo de cannabis del armario clínico.
Desde una perspectiva jurídica, también hay consideraciones para las mujeres usuarias. Por ejemplo, en países o estados donde el cannabis es ilegal, ellas se arriesgan a sanciones si son descubiertas comprando o portando la sustancia. Incluso en lugares con programas medicinales, puede haber restricciones: algunas jurisdicciones prohíben a profesionales de ciertas áreas (como transporte) usar cannabis aunque sea medicinal, o las empresas pueden mantener políticas de drug testing (test de drogas) donde la presencia de THC podría causar problemas laborales. Para las mujeres que trabajan en entornos con pruebas de drogas, usar cannabis puede suponer un dilema, ya que a diferencia de otros medicamentos, su consumo puede ser interpretado negativamente en esos tests. Todo esto forma parte del contexto que deben sopesar.
Por último, está el aspecto de la responsabilidad familiar y social. Una mujer de 50 años tal vez tenga hijos adolescentes o jóvenes adultos; admitir que usa cannabis podría ser complejo en la dinámica familiar (“¿cómo decirle a mi hijo que no fume porros si yo lo hago?” es una preocupación genuina que expresan algunas madres). Aquí cada familia maneja el tema a su manera, pero la clave suele ser la educación: explicar que el uso responsable en un adulto, con fin terapéutico, es distinto al abuso recreativo en la adolescencia. En sociedades donde el consumo de alcohol está normalizado, se puede hacer un paralelismo: así como un adulto puede tomarse una copa de vino para relajarse sin que eso signifique alcoholismo, un adulto podría usar cannabis moderadamente por bienestar.
En síntesis, las consideraciones legales y sociales envuelven al consumo de cannabis en la mediana edad de matices que van más allá de la simple cuestión de salud. Es fundamental conocer la legalidad en nuestra jurisdicción (para no incurrir en infracciones) y abordar el tema con naturalidad y honestidad en los entornos médicos y familiares, desterrando poco a poco el estigma. A medida que las leyes evolucionen (por ejemplo, España podría en un futuro próximo regular el cannabis medicinal de forma más amplia) y que se difunda más información científica, es de esperar que la sociedad vea con ojos más informados este fenómeno, entendiendo que una mujer en menopausia usando cannabis no busca “colocarse” sin más, sino sentirse mejor y recuperar parte de su bienestar.
Resumen de hallazgos y llamada a una mayor investigación científica
El aumento en el consumo de cannabis entre mujeres en etapa menopáusica refleja tanto una necesidad no satisfecha por los tratamientos convencionales, como la esperanza puesta en una alternativa natural para sobrellevar esta transición vital. A lo largo de este artículo hemos visto que la menopausia conlleva síntomas variados –insomnio, sofocos, ansiedad, cambios de humor, dolores, problemas sexuales– que afectan seriamente la calidad de vida de muchas mujeres. Frente a ello, el cannabis ha emergido en los últimos años como un posible aliado: las encuestas realizadas en EE.UU. (y eco de ello en otros países) indican que un porcentaje significativo de mujeres de mediana edad está recurriendo a la planta para tratar de aliviar sus síntomas. Los usos más comunes se orientan a mejorar el sueño, reducir la ansiedad y el dolor, e incluso a mitigar molestias como la sequedad vaginal o la irritabilidad. Muchos de estos beneficios son reportados positivamente por las usuarias, quienes describen que el cannabis las ayuda a “apagar el cerebro” por las noches, a sentirse más tranquilas durante el día y a disminuir dolores persistentes.
No obstante, también hemos puntualizado que la evidencia científica objetiva aún es insuficiente para afirmar contundentemente la eficacia del cannabis en la menopausia. Lo que sabemos proviene de estudios observacionales que, si bien sugerentes, tienen limitaciones (sesgos de selección, efecto placebo, etc.). Por ahora, no contamos con ensayos clínicos que comparen cannabis vs placebo en mujeres menopáusicas midiendo, por ejemplo, la frecuencia de sofocos o la calidad del sueño de forma objetiva. Tampoco disponemos de datos robustos sobre la seguridad a largo plazo: ¿qué sucede si una mujer fuma cannabis todas las noches durante 5 o 10 años para su insomnio? ¿Aumenta su riesgo cardiovascular, cognitivo o de dependencia? Son preguntas abiertas que la comunidad médica se plantea.
Lo que sí está claro es que el cannabis no es inocuo, y por tanto su uso debe ir acompañado de prudencia e información. Hemos repasado los posibles efectos adversos –desde la somnolencia hasta la adicción– y enfatizado la importancia de un consumo responsable y, a ser posible, supervisado médicamente. En este sentido, urge educar tanto a pacientes como a profesionales de la salud sobre el tema. Los médicos deben actualizarse respecto al cannabis para poder asesorar sin prejuicios, y las pacientes deben sentirse cómodas planteando sus dudas y contando su experiencia con transparencia.
En el plano social y legal, se observan cambios graduales que podrían facilitar en un futuro próximo la integración del cannabis como opción terapéutica legítima. La reducción del estigma y la discusión abierta (en congresos médicos, en medios de comunicación, en círculos de mujeres) están sentando las bases para abordar el asunto desde una perspectiva de salud pública más que de moralidad o tabú. Asimismo, las variaciones legales a nivel internacional podrían converger hacia una mayor disponibilidad controlada de cannabis medicinal, lo que permitiría realizar investigaciones clínicas de calidad y brindar a las pacientes productos seguros y dosificados.
En conclusión, nos encontramos ante un fenómeno en desarrollo: el consumo de cannabis durante la menopausia es cada vez más común y, según testimonios, ofrece alivio en varios frentes, pero la ciencia todavía tiene tarea por delante para confirmar, cuantificar y comprender plenamente estos efectos. Las mujeres que decidan probar esta alternativa deben hacerlo bien informadas, considerando pros y contras, y idealmente con respaldo de un profesional. Para la comunidad científica, esta tendencia representa una llamada a profundizar la investigación. Es necesario llevar a cabo estudios rigurosos que evalúen la eficacia real del cannabis (y de sus distintos componentes, THC, CBD, etc.) para síntomas menopáusicos específicos, así como estudios de seguridad en este grupo etario. Solo con mayor evidencia científica podremos delinear guías claras sobre cuándo y cómo el cannabis puede ser beneficioso y cuándo no, separando la esperanza de la realidad objetiva.
La menopausia es un proceso natural pero desafiante, y todas las herramientas seguras y efectivas que puedan ayudar a transitarla serán bienvenidas. El cannabis, por ahora, se vislumbra como una promesa agridulce: con potencial terapéutico pero necesitado de validación. A medida que avancemos, ojalá las futuras investigaciones confirmen (o refuten con datos sólidos) los hallazgos preliminares y nos permitan incorporar –o descartar– al cannabis en el arsenal terapéutico de la salud de la mujer. Mientras tanto, la recomendación es cautela informada: aprovechar los posibles beneficios que cada mujer, de acuerdo con su cuerpo y experiencia, sienta que obtiene, pero sin descuidar la vigilancia sobre los efectos adversos y sin renunciar a las herramientas médicas convencionales que se hayan demostrado útiles. En última instancia, el objetivo es el mismo que ha guiado siempre la atención menopáusica: ayudar a las mujeres a vivir plenamente y con bienestar esta etapa de sus vidas.
Bibliografía científica
- Dahlgren, M. K., et al. (2022). “A survey of medical cannabis use during perimenopause and postmenopause.” Menopause, 29(9), 1028-1036. Estudio observacional (encuesta) sobre patrones de uso de cannabis en 258 mujeres peri- y posmenopáusicas, publicado por investigadores de Harvard Medical School.
- Salamon, M. (2022). “Are women turning to cannabis for menopause symptom relief?” Harvard Health Blog. Artículo divulgativo revisado por médicos de Harvard que resume hallazgos de una encuesta sobre consumo de cannabis en la menopausia y brinda la perspectiva de expertas en salud femenina.
- Gibson, C. et al. (2020). “Cannabis use for menopause symptom management among midlife women Veterans.” North American Menopause Society (NAMS) Annual Meeting, 2020. Resumen de un estudio (presentado en congreso) realizado en California, mostrando prevalencia de uso de cannabis (27%) en mujeres veteranas para síntomas menopáusicos.
- Murez, C. (2023). “Más mujeres utilizan cannabis para aliviar los síntomas de la menopausia.” HealthDay – Infobae (29 Sep 2023) Reportaje periodístico basado en un estudio reciente (UCSF) con >5.000 mujeres, que explora motivos de uso, formas de consumo y opiniones de expertas como Carolyn Gibson sobre la eficacia y riesgos del cannabis en la menopausia.
- Yang, K. H., et al. (2020). “Cannabis: An emerging treatment for common symptoms in older adults.” Journal of the American Geriatrics Society, 68(11), 2526-2532. Estudio que analiza el uso de cannabis en adultos mayores (≥65 años) para problemas comunes (dolor, insomnio, depresión), encontrando que 15% lo usó en últimos 3 años, principalmente con fines médicos y con alta percepción de utilidad.
- Russo, E. B. (2002). “Cannabis treatments in obstetrics and gynecology: a historical review.” Journal of Cannabis Therapeutics, 2(3-4), 5-35. Revisión histórica que documenta el empleo de preparaciones de cannabis a lo largo del tiempo en trastornos ginecológicos, incluyendo referencias al tratamiento tradicional de síntomas menopáusicos.
- Slavin, M. N., et al. (2016). “Expectancy-mediated effects of marijuana on menopause symptoms.” Addiction Research & Theory, 24(4), 322-329. Estudio que investigó cómo las expectativas de las mujeres sobre el cannabis influyen en su uso para síntomas de menopausia; halló que las mayores expectativas de alivio se centraban en insomnio, dolor articular, irritabilidad, depresión, ansiedad y sofocos.
- Sensi Seeds (Blog) – Hall, K. (2017). “¿Puede la marihuana mejorar o incluso prevenir los síntomas de la menopausia?”. Artículo de divulgación científica en blog especializado, con referencias a estudios preclínicos y clínicos, que discute el papel del sistema endocannabinoide en la menopausia, potenciales beneficios (ansiedad, insomnio, dolor, salud ósea) y posibles efectos adversos del cannabis en esta etapa.
Acerca del autor
Raúl del Pino es un destacado psiconauta, escritor y autoridad en sustancias psicoactivas, especialmente psicodélicos.
Fundador de www.psiconautica.org en 1996, el primer portal en lengua hispana sobre drogas, se ha enfocado en los Estados Modificados de Conciencia y la Psicología Transpersonal. Autor autor de los libros "Guía contemporánea para el viaje psicodélico" y "MDMA, sexo y tantra", Raúl combina rigor científico con introspección personal, explorando la relación entre psicoactivos, sexualidad y prácticas espirituales. Su trabajo contribuye significativamente a la comprensión y uso responsable de sustancias psicoactivas.





















