Cómo Walter Pahnke y la psicoterapia con LSD transformaron la experiencia de morir: una mirada desde los orígenes de la investigación psiquedélica en pacientes terminales

Seguimos ofreciendo artículos de la famosa revista de los años sesenta Psychedelic Review, En esta ocasión el protagonista es Walter Norman Pahnke (1931 – 1971), teólogo, médico y psiquiatra, famoso por el experimento llamado “Good Friday”, en el que se administraron 30 mg de psilocibina a diez estudiantes de teología, y un placebo a base de niacina a otros diez, en un entorno religioso. Nueve de los que recibieron psilocibina tuvieron experiencias místicas, que después relataron en un informe. Dado que Pahnke estudió y realizó sus investigaciones en la Universidad de Harvard, bajo la dirección de Timothy Leary y Richard Alpert, es evidente que el trasfondo era la relación de las experiencias psiquedélicas con el origen de las religiones, una tesis muy estudiada en la década de los sesenta y bien fundamentada. El texto que este mes ofrecemos a los lectores trata el tema de la administración de psiquedélicos a enfermos terminales para facilitarles la transición y que acepten lo inevitable. Es un tema que después retomó Stanislav Grof, con diversas experiencias y obras, como por ejemplo El viaje definitivo, publicado en castellano por Los Libros de La Liebre de Marzo.

Si estudiamos el final de la vida humana, mi experiencia me indica que es posible efectuar un impacto emocional creativo sobre los acontecimientos relacionados con la muerte, a pesar de la tragedia y la tristeza que ésta conlleva. Lamentablemente, nos hemos vuelto tan ‘civilizados’ que a la muerte le hemos quitado su función de revitalizar y aportar energía a los que aún siguen vivos.

¿Qué suele ocurrir en nuestra cultura cuando alguien está enfermo terminal? En primer lugar, el hecho de la muerte, aunque inevitable para todos, suele evitarse. En una situación de ese tipo, se suele hablar de temas superficiales, por ejemplo sobre cómo mejorar la salud o acerca de otros asuntos, a fin de evitar cualquier abordaje de temas más serios o profundos. A medida que empeora la condición del paciente, tal vez se le someta a un bombardeo de tratamientos que en muchas ocasiones pueden prolongar la vida física, pero que también dificultan o imposibilitan todo contacto personal significativo. Al paciente raramente se le da la oportunidad de expresar sus sentimientos sobre cómo o dónde querría morir: en su casa o en el hospital. ¿Cómo va a poder hacerlo, si se evita el tema de la muerte? Después, a medida que se aproxima el momento, los miembros de la familia tal vez se queden con él fuera de las horas de visita, pero muchas veces se les impide porque pueden interferir con la rutina del hospital. A veces se toman medidas de última hora para ‘revivir’ al paciente, las cuales se llevan a cabo detrás de unas cortinas blancas sin la intervención de la familia. Cuando final e inevitablemente llega la muerte, sea en casa o en el hospital, el encargado de los servicios funerarios se lleva rápidamente el cuerpo para hacerle parecer lo más vivo posible. Nuestros costosos y complicados funerales parecen un intento de ocultar el hecho de la muerte y de proteger a los supervivientes del impacto.

En contraste con todo esto, consideremos lo que ocurría antes de que nuestra sociedad eliminara las experiencias primarias del nacimiento y de la muerte. La mayoría de los niños nacía, y la mayoría de la gente moría, en su propia casa. En el caso de la muerte, esto conllevaba que la preparación del cuerpo para el entierro —las tareas de bañar, vestir y arreglar— la realizaban los miembros de la familia. Esta experiencia psicológica era ineludible y profunda. No estoy sugiriendo que sea deseable o necesaria la eliminación de los servicios funerarios, pero una mayor atención a los acontecimientos relacionados con el momento de morir tal vez añadiría dignidad y significado a esta experiencia tan relevante (…)

Todos nosotros sabemos que algún día tendremos que afrontar esta experiencia como individuos al final de nuestras vidas. No es sorprendente que en esta situación el miedo se exprese mediante una evitación del tema que puede tener lugar de muchas maneras, algunas sutiles y otras no tanto. Se duda sobre si decir al enfermo terminal la gravedad de su estado, especialmente si el diagnóstico es cáncer. Los médicos en numerosas ocasiones aconsejan a la familia que no se lo comuniquen. Se supone que el paciente no podría asumir psicológicamente la mala noticia y que se derrumbaría debido a la tensión. Una forma muy común de racionalizar es decir que se acabaría con toda esperanza y que el paciente se hundiría en una profunda depresión (…) Pero lo que esto realmente significa es que la familia teme afrontar el hecho de la muerte. Este curso de acontecimientos, aunque claramente deshonesto, parece justificarse “por el bien del paciente” y es lo más fácil que se puede hacer al principio (…)

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Pero ¿qué piensa y siente el paciente sobre estos hechos? Al comienzo tal vez crea todo lo que le dicen, especialmente porque es lo que le gustaría creer, pero, a medida que su estado empeora, quizá se vaya dando cuenta de que está sucediendo algo más serio. A pesar de la defensa natural que supone la negación —que se puede mantener durante algún tiempo—, comenzará a preguntar si le están diciendo la verdad. Si continúa preguntando, seguramente recibirá un claro mensaje no verbal con el que se tratará de soslayar el asunto. La familia también comunicará sus miedos, lo cual reforzará su ansiedad. Al captar la turbación emocional de la familia, a pesar de sus intentos por ocultarla, el paciente se preguntará qué saben en realidad, pero normalmente decide no mencionar temas que la familia evita. Cada bando toma la heroica posición de proteger al otro de lo que considera que sería demasiado difícil de soportar (…) Es como si realmente creyeran que no hablar sobre algo desagradable puede hacerlo desaparecer.

Quizá el efecto más devastador de todo este engaño, incluso cuando se hace con la intención de quitar una carga al paciente, es aumentar el aislamiento de éste (…)

No es de extrañar que, bajo tales circunstancias, la mayoría de los pacientes se depriman. En los pacientes de cáncer, el agravamiento también implica un incremento del dolor y del sufrimiento, que cuando se tratan con dosis crecientes de drogas analgésicas produce una disminución de la conciencia (…)

La investigación con LSD de la que me he ocupado en los últimos años ha constituido un intento por alterar esta deshumanización del curso de los acontecimientos previos a la muerte. Podríamos preguntarnos cómo el uso de LSD, una droga psicoactiva potente y en ocasiones peligrosa, puede ser útil para una persona que tal vez muera pronto. ¿No tienen ya bastante estos pobres pacientes con los medicamentos contra el cáncer, los analgésicos, los tranquilizantes y los antidepresivos? (…)

En el Hospital Sinaí de Baltimore, Maryland, hemos evaluado el impacto de la psicoterapia psiquedélica empleando LSD en el manejo de pacientes con cáncer terminal. Se realizan sesiones con LSD en el marco de una psicoterapia breve e intensiva. Hacemos todo lo posible por maximizar la posibilidad de que aparezca una experiencia psiquedélica mística (…) A los pacientes se les dice que la LSD no curará su enfermedad física, pero que puede aportarles más fuerza emocional para aguantar lo que les espera. El control del dolor suele ser uno de los problemas. Aunque la mayoría de nuestros pacientes tiene algún grado de dolor físico, nosotros insistimos en que el efecto analgésico de la LSD no está garantizado y que no es la principal razón del tratamiento.

Después de obtener el consentimiento, comienza la preparación para la sesión con LSD en forma de psicoterapia individual intensiva que dura de ocho a diez horas. El objetivo es conseguir que la persona revise su historia vital y sus relaciones pasadas e interpersonales. Inevitablemente salen a relucir la filosofía de la vida, las experiencias religiosas y lo que espera del futuro (…) Los miembros de la familia también intervienen en la terapia, tanto individualmente como en grupo, con y sin el paciente (…)

Por último, después de varios días de preparación, cuando el paciente ya está listo, se le administra LSD en una habitación privada del hospital, decorada con flores y objetos que tengan significado para él. El terapeuta que ha trabajado con él y una enfermera con experiencia en psiquiatría le atienden constantemente durante la sesión de diez a doce horas. Durante la mayor parte del día, escucha música clásica con unos auriculares de alta calidad. El propósito de la música es ayudarle a abandonar su habitual control egocéntrico y a experimentar las alteraciones emocionales que surgen en esas condiciones de fisiología cerebral modificada. Por la noche, cuando se ha desvanecido el efecto de la LSD, los miembros de la familia visitan al paciente, lo cual puede ser una buena oportunidad para un agradable intercambio emocional. En los días posteriores a la sesión, se le ayuda a integrar nuevas experiencias, sensaciones e intuiciones (…)

En lo que respecta a los resultados de nuestro estudio, ningún paciente salió perjudicado, ni siquiera de los que estaban más enfermos. En términos generales, un tercio no salió beneficiado, un tercio se benefició en cierto grado y un tercio mejoró dramáticamente (…) Hubo una disminución del miedo, la ansiedad, la preocupación y la depresión. A veces se redujo la necesidad de tomar medicamentos contra el dolor, principalmente porque el paciente fue capaz de tolerar su dolor más fácilmente. Hubo un incremento en la serenidad, la paz y la calma. Más sorprendente fue la disminución del miedo a la muerte. Parece como si la experiencia mística, al abrir ámbitos de conciencia antes ignorados, pudiera aportar un sentimiento de seguridad que trasciende incluso a la muerte. Cuando puede liberar toda la energía psíquica relacionada con el miedo a la muerte y la preocupación por el futuro, parece capaz de vivir con más plenitud el presente. Puede poner su atención en las cosas que tienen más importancia en el presente (…)

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Considero que esta experiencia tiene el potencial de abrir los canales de los sentimientos positivos que antes tal vez hayan estado bloqueados (…) Un aspecto de la experiencia psiquedélica mística es la liberación de esos sentimientos positivos, con la consiguiente reducción de los sentimientos negativos de depresión, desesperación y ansiedad. Pero este cambio de ánimo no basta para explicar nuestro hallazgo más importante, la pérdida del miedo a morir. En realidad, la experiencia del nuevo ánimo positivo puede ser algo más que el resultado del cambio en la actitud hacia la muerte. Nuestros datos nos muestran que estos sentimientos se liberan en mayor grado cuando el sujeto se rinde a la experiencia trascendental de pérdida del yo, que suele percibirse como una forma de muerte y re-nacimiento (…) El paciente toma conciencia de una dimensión completamente nueva que antes quizá nunca había llegado a imaginar. Desde su experiencia personal, ahora sabe que, dentro de los grados de conciencia humana, hay más de lo que normalmente sentimos. Esta profunda e inspiradora intuición en ocasiones se experimenta como un velo que se ha levantado y que puede transformar la actitud y la conducta. Cuando una persona ha tenido esta visión, la vida y la muerte pueden contemplarse desde una nueva perspectiva. Los pacientes parecen capaces de afrontar lo desconocido con un nuevo sentido de autoconfianza y seguridad (…)

Espero que haya quedado claro que la LSD, utilizada junto con la psicoterapia psiquedélica, no es otro procedimiento químico-terapéutico más para lograr tener una muerte eufórica, como lo es la administración de dosis crecientes de analgésicos que tienen el efecto de embotar la conciencia. Con ese tipo de narcóticos se proporciona una vía de escape de la dura y dolorosa realidad (…) En cambio, cuando se emplea LSD de forma racional, la mente está más activa y más alerta. Se pueden abordar los problemas relativos a la muerte, en lugar de esquivarlos (…)

[En cuanto a las consecuencias], en el futuro tal vez sea posible abrir centros donde ingresen los pacientes moribundos para disfrutar de una experiencia psiquedélica en el ambiente más propicio. El personal de esos centros constaría de psiquiatras, psicólogos y sacerdotes. Esta sugerencia no es una utopía, como podría parecer. El doctor Cecily Saunders, de Inglaterra, ya ha fundado un centro pionero donde se administra tratamiento médico para que los pacientes moribundos pasen sus últimos días lo más cómodo posible. Aún no ha probado el tratamiento con LSD, pero usa dosis adecuadas de alcohol y heroína para combatir la depresión y el dolor (…)

[La conclusión es que], aunque la cuestión de la inmortalidad humana tal vez siga siendo siempre un enigma, la experiencia psiquedélica mística al menos nos enseña que existen más niveles de conciencia humana de lo que normalmente creemos. Puesto que las respuestas no pueden demostrarse de ningún modo, no hay razón para la desesperanza y el pesimismo. Quizá no sea tan desafortunado el hecho de que cada persona deba descubrirlo por sí misma. La experiencia psiquedélica mística puede prepararnos para afrontar ese momento con un sentimiento de aventura.

REFERENCIAS

Artículo: Pahnke, Walter N.,“The Psychedelic Mystical Experience in the Human Encounter with Death”, Psychedelic Review nº 11, 1970/71, pg. 4-20.

Tesis doctoral:  Pahnke, Walter Norman, “Drugs and Mysticism: An Analysis of the Relationship between Psychedelic Drugs and the Mystical Consciousness”. Harvard University, June 1963. En Internet: https://goo.gl/1djr82.

 

Acerca del autor

]. C. Ruiz Franco es licenciado en Filosofía y DEA del doctorado de la misma carrera, cuenta con un posgrado en Sociología y otro en Nutrición Deportiva. Se considera principalmente filósofo, y es desde esa posición de pensador como contempla el mundo y la vida. Se interesa principalmente por las sustancias menos conocidas, y sobre ellas publica mensualmente en la revista Cannabis Magazine.