La regulación del cannabis de uso recreativo y adulto se volvió a caer en el Congreso, aunque esta vez en octavo debate, pero en las calles cada vez es más común su venta y su uso

En octavo debate se cayó la legalización de la marihuana de uso adulto en el Congreso. El problema es para la economía nacional, porque marihuana hay en todas partes y la fuman los profesores universitarios y sus estudiantes, antes o después de clase; los mensajeros y los taxistas para aguantar el tedio de los domicilios; los gerentes de empresas para dormir y sus secretarias para sentir una borrachera rápida y sin guayabo; los periodistas en una noche de cervezas y los abogados en sus fiestas de hombres soberbios.

En Medellín corre el mito de que cada vez que llega un Policía nuevo le advierten que no se asuste, porque aquí la hierba es de uso doméstico y simple.

El negocio rueda, se expande. Recibí por Whatsapp una oferta nutrida de “weed premium” —porque ya marihuana no suena cool: web, cannabis, hierba; ya el bareto no es bareto, es joint; así funciona el lenguaje del blanqueo—, cosecha 2023. Se trata de una bareta sembrada en Antioquia, mezcla de semillas traídas de Europa que ahora dan su fruto en estas tierras yermas.

El que compra se siente tranquilo porque así —dice— no apoya la mafia local, o a las bandas criminales que matan a líderes sociales por todo el país. ¿Qué hay en la lista? Bag Lemon Citrón, a 200.000 pesos la bolsa de 10 gramos; Bag Luna CBD, promoción de 5 gramos por 50.000 pesos; Jar Pre 98 Bubba Kush, 3 gramos por 150.000 pesos. La lista es grande, más de veinte variedades de marihuana. También venden hongos, 2CB —tusi, el famoso perico rosado—, cocaína, LCD, MDMA y pepas varias… mejor dicho: ¿qué quiere? Pida no más que aquí todo se consigue.

Busco en Google: “Toneladas de marihuana incautadas en Colombia”. Hay varias noticias: el 18 de mayo cogieron “más de media tonelada” en un camión en Toribío, Cauca; el 23 de abril la Armada Nacional incautó 3 toneladas en el Pacífico y “se evitó la distribución de 484 mil dosis en el mercado ilegal internacional”; el 22 de abril se incautó “más de una tonelada” a la entrada de Bogotá. La lista es interminable, una bitácora del fracaso de la lucha contra las drogas. Incautan y por otro lado se vende el doble. El año pasado en todo el país se incautaron 484 toneladas y este año van 121 toneladas. Marihuana para trabar a todo un país.

En 2016 descubrí lo que para muchos era viejo: decenas de cultivos de marihuana en terrazas de barrios de Medellín. Un hombre que organizaba el torneo La Copa Copo —una gran cata de hierba en el oriente antioqueño que coronaría la mejor cepa de Colombia— me llevó en ese tour verde. Recuerdo a un hombre gordo, en Buenos Aires, vestía una pantaloneta gris, camiseta blanca y crocs, jugaba Play Station con su novia y se turnaban para cuidar unas veinte matas de marihuana tan altas como un ser humano adulto. “Pruebe esta que sabe a mango”, me dijo. Nunca he sido fumador de marihuana y empezó a alumbrar mi ignorancia cuando se lo dije. Habló del cultivo, del cruce de semillas, de cómo cuidar a la mata hembra, de cómo mantener a raya a las matas macho, sacó una lupa y me mostró los cristales luminosos de los cogollos —la flor, germen de la traba—. “Esto es como tener un hijo”, dijo y se rio.

Por esos años no existía esta venta por números de Whatsapp o grupos de Telegram. Se vendían libras de marihuana entre cultivadores artesanales y se intercambiaban cigarrillos, casi como un ejercicio altruista y sibarita, como si se tratara de cultivadores de olivo en Italia, o un campesino orgulloso de sus vinos en Francia. Pero alguien tuvo la idea de romper la logia y hacer un servicio de lujo porque se dio cuenta de que todo había cambiado.

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En los años noventa el marihuanero era un tipo parado en un parque, con camiseta esqueleto y un perro de raza pitbull soberbio al lado; un desocupado que andaba en bicicleta cromada. Hoy el marihuanero —“el fumador de weed”— es cualquiera. Un ejemplo, me dicen: “Mi mejor amiga trabaja en UPB y le traen la hierba hasta la portería en un Renault Sandero. Son unos joint preciosos, bien armados, empacados a la perfección. Es una cosa muy discreta. Ella anda con sus joint en el bolso, perfectos”. Todo esto parece una canción de reguetón.

Un vendedor explica el método a través de una llamada. Tiene dos celulares, uno personal y otro para el negocio. En el Whatsapp construyó una lista de clientes de los que espera por lo menos un pedido por mes; cada trimestre hace un balance y el que no tenga por lo menos tres pedidos queda expulsado. Nunca más le vende. De esa manera aleja a los intrusos. No solo vende marihuana, también drogas duras como la cocaína y la heroína.

Es un hombre profesional, abogado, que durante años trabajó en una empresa, pero se cansó de los tiempos apretados y de hacer algo que lo aburría hasta la muerte: “Yo siempre fui un enamorado del cannabis”. Esperé que dijera que no vendía marihuana, si no que vendía una experiencia. Solo en este rubro la frase no es cliché, es verdad.

El martes 20 de junio faltaron solo 7 votos en el Senado para que se aprobara el cambio en la Constitución que hubiera permitido la compra y venta de marihuana para uso recreativo y adulto, sin eufemismos, para trabarse.

Julián Quintero, coordinador de Échele Cabeza (organización para la gestión de riesgos y placeres en consumos recreativos de drogas), cree que el problema del proyecto fue su grado de ambición, pues hubo congresistas que quisieron hasta regular los temas publicitarios del cannabis, “eso no es del resorte de la Constitución; como tampoco del resorte de la Constitución debe ser el tema de garantizar las licencias para cultivo y producción, como tampoco regular los impuestos locales. Creo que no todo se debe concentrar en el ámbito constitucional. ¿Y la Constitución qué es lo que indica? Que básicamente se permite el cultivo y la producción de cannabis para el cultivo y la venta para uso recreativo en los adultos. Ese es todo el cambio que se debe hacer”.

Hay cifras: en 2019, 200 millones de personas en el mundo fumaron marihuana, según la Unodc; en el país, alguna vez en su vida, han fumado el 8,3% de los habitantes, una cifra que parece un tanto mentirosa. En Colombia el consumo está despenalizado desde 1994 y la ley 30 de 1986 permite el autocultivo de hasta 20 matas. El que lo permitió sabía cosas: 20 matas pueden dar, en una muy buena producción, entre 7 y 10 libras de flores, de cogollo. Es decir, un libra son 500 baretos. Un autocultivo para dar y convidar.

Llamémoslo Sergio. Es estudiante de último semestre de una universidad costosísima de Medellín. Son las 12 del día y está pasado a marihuana. Tomamos un par de cervezas. Desde 2021 tiene cultivos de marihuana en el oriente antioqueño. Son 60 matas que le pueden dar una cosecha de 30 libras cada mes, pero la última vez salió mal porque las matas se le enfermaron. Le digo que cultivar marihuana es casi un arte y él explica que se trata de una planta sumamente delicada que necesita tiempos exactos de luz y de sombra, propensa a las enfermedades, pues fácilmente su flor pasa de tener cristales luminosos a manchas negras que la arrasan.

Fumador desde los 15 años, Sergio se convirtió en un religioso de la experiencia. En 2020 con su mejor amigo trató de mantener un cultivo y en 2021 se lanzaron al negocio con la asesoría de otros que ya vendían su marihuana por Medellín. Tuvo unos primeros cultivos en Santa Elena pero supo que el territorio ya tenía dueño y que lo iban a morder: le iban a comprar toda la producción a un precio muy bajo. Así migró al oriente del departamento, desde donde puede bajar sus libras fácilmente.

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—¿Vos te considerás un jíbaro, un dealer?

—No, yo me veo más como un productor de cannabis. A mi manera de ver, hay diferentes estilos de dealers, pues para mí un dealer es el que te vende de todo, yo vendo solamente cannabis, eso es lo que a mí me gusta y lo que a mí me apasiona, no soy muy viejo en el tema, pero soy apasionado. Nosotros solamente producimos la flor y no le vendemos a todo el mundo, cuando me pregunta un desconocido yo le niego todo, porque hay que tener un bajo perfil. Nosotros ya tenemos unos clientes que nos compran a gran cantidad, uno solo me puede comprar la mitad de la producción del invernadero

—¿No vendés un bareto?

—Solo vendo la flor y si alguien conocido, un parcero, me dice que le venda unos tres bareticos, pues se los vendo. Eso sí, cada uno vale entre 15 y 2o lucas, todo dependiendo de la genética.

—Y, además, porque es muy difícil cosechar el cultivo…

—Es una planta muy delicada, de mucho conocimiento, que si le das un mal manejo se te puede estresar. Las que dan la flor son las hembras, pero cuando se cuidan mal, una hembra se te puede machorrear.

Sergio, con sus 26 años, sabe que no puede hacer negocios en un solo rubro. Estudiante de Administración, tiene otras inversiones más allá de los cultivos de marihuana. Habla bien, despacio, conoce sus metas como un niño su juguete y las explica sencillo. Yo, que no he sido un fumador, siento curiosidad por saber si es verdad que su mezcla de semillas tiene un gran equilibrio entre la sativa y la índica, cuya diferencia es que la primera tranquiliza y la segunda excita. En sus palabras intuyo el triunfo de una clase, la colonización.

Sus clientes son estudiantes de universidades privadas, influenciadores, empresarios que salen de las alas de papá y mamá. En cambio, en Sergio no siento lo que coloniza a las redes sociales: el tufillo de la superioridad moral de la hierba, de los colonizadores que venden la mata sagrada como si fuera la revelación de Zeus; él mismo dice que ha tenido momentos en que la necesidad lo ha empujado a dejar de fumar hasta por 8 meses, intuye en la flor un amo despiadado, como todos los amos. Recuerdo la canción de Alice in Chains: “Know me broken by my master”.

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Acerca del autor

Muchos años luchando en la sombra para que el cannabis florezca al sol.