El nuevo informe oficial constata un descenso del consumo adolescente y obliga a replantear si la prohibición sigue siendo la mejor respuesta

El Ministerio de Sanidad ha publicado la Monografía sobre Cannabis 2025: Consumo y Consecuencias, un informe que pretende radiografiar la situación del cannabis en nuestro país. El documento ofrece cifras valiosas y abre, sin quererlo, una puerta incómoda para la política española: los datos ya no encajan con el discurso prohibicionista que ha imperado durante décadas.

El dato más llamativo es el descenso sostenido del consumo entre adolescentes. En 2004, uno de cada cuatro estudiantes de secundaria había consumido cannabis en el último mes. Hoy, esa cifra se sitúa en el 15%, un 40% menos. Es un cambio profundo en un terreno especialmente sensible: la salud juvenil. Y, sin embargo, conviene subrayar que este descenso no se debe a la mera prohibición, que lleva décadas vigente, sino a un proceso más complejo. Información, campañas educativas, cambios sociales y, probablemente, la percepción de que existen otras sustancias en juego. La juventud, a menudo retratada como vulnerable y desorientada, está mostrando capacidad crítica y elección consciente.

Entre la población adulta, en cambio, la situación permanece estable. En la franja de 15 a 64 años, el 12% reconoce haber consumido en el último mes. No hay ni explosión ni desplome, sino un uso constante, asumido, casi rutinario. Un 2,5% lo hace a diario. ¿Qué nos dicen estas cifras? Que el cannabis no es una moda pasajera ni una amenaza incontrolable: es, simplemente, una realidad social asentada. Una sustancia integrada en la vida de muchos ciudadanos, del mismo modo que lo están el alcohol o el tabaco.

El informe recuerda que el cannabis está presente en casi la mitad de las urgencias hospitalarias vinculadas al consumo de drogas, y que representa más de una cuarta parte de los tratamientos por dependencia. Son datos preocupantes, sí, pero requieren matices. Buena parte de esta presión se explica por factores directamente relacionados con la clandestinidad: productos sin control, potencias elevadas hasta niveles insólitos, falta de información veraz en el etiquetado. El mercado negro —y no el consumo en sí mismo— es el verdadero multiplicador del riesgo.

La legalización de la marihuana medicinal no hace que haya más fumadores adolescentes

En efecto, la potencia del cannabis se ha disparado. La resina alcanza ya concentraciones de THC del 29%. Esto no es una evolución natural de la planta, sino un efecto perverso de la prohibición. Igual que en la Ley Seca de los años veinte en Estados Unidos, la clandestinidad empuja hacia la concentración máxima, porque lo que cuenta es la rentabilidad y no la salud del consumidor. Un gramo con más THC da más beneficio y ocupa menos espacio en una mochila que un gramo de hierba más suave. El resultado: consumidores más expuestos, servicios sanitarios más saturados y traficantes más ricos.

El fenómeno se complica con la proliferación de comestibles, e-líquidos y cannabinoides sintéticos. Estos últimos, de aparición vertiginosa, suponen un reto sanitario y regulatorio enorme: son sustancias imprevisibles, muchas veces más peligrosas que el cannabis natural, y escapan a cualquier control porque se mueven en la sombra del mercado ilegal. Prohibir, en este contexto, equivale a empujar a los jóvenes a un terreno todavía más incierto.

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Por eso, la cuestión no es si el cannabis entraña riesgos —claro que los tiene, como el alcohol, como el tabaco, como el azúcar— sino si la prohibición es capaz de gestionarlos. Y la evidencia, aquí y fuera de nuestras fronteras, apunta a que no.

El espejo internacional

Miremos hacia fuera. Uruguay fue pionero en legalizar la producción, distribución y consumo de cannabis en 2013. ¿Se disparó el consumo juvenil? No. ¿Se desmoronó el sistema sanitario? Tampoco. Lo que ocurrió fue que el Estado ganó control, desplazó a los traficantes y empezó a recaudar impuestos.

Canadá dio el paso en 2018. Hoy, más de la mitad del mercado del cannabis en ese país ya está en manos legales. Eso significa etiquetado, controles de calidad, límites de concentración de THC y campañas de educación financiadas con los propios ingresos fiscales del sector. Los jóvenes no tienen más acceso que antes —de hecho, los puntos de venta están regulados con más rigor que los estancos de tabaco— y los adultos consumen productos más seguros.

Alemania aprobó en 2024 un modelo propio, más restrictivo, con clubes sociales y cultivo doméstico limitado. Es una fórmula intermedia que, aun así, marca un giro histórico: la primera economía europea rompe el tabú y abre un camino regulado.

En todos estos países, los argumentos iniciales de quienes se oponían —aumento del consumo juvenil, explosión de problemas psiquiátricos, descontrol social— no se han cumplido. Lo que sí ha ocurrido es que se ha reducido el peso del mercado negro, se ha generado empleo, se han recaudado impuestos y se ha podido hablar del cannabis sin hipocresía.

El coste de la prohibición

España, mientras tanto, se aferra a un modelo ineficaz y costoso. Cada año, millones de euros se destinan a perseguir a pequeños consumidores y cultivadores domésticos. Las fuerzas de seguridad dedican tiempo y recursos a operaciones que no desmantelan las redes de tráfico, sino que criminalizan a ciudadanos corrientes. El sistema judicial carga con procesos interminables por tenencia, mientras los grandes beneficios siguen en manos del crimen organizado.

A esto se suma el coste sanitario de tratar a consumidores que han accedido a productos de alta potencia, sin información clara sobre lo que consumían. Un círculo vicioso que solo beneficia a quienes operan en la sombra.

La legalización, lejos de ser una “barra libre”, supondría un giro pragmático: impuestos que podrían financiar programas de prevención, controles de calidad que reducirían los riesgos sanitarios, etiquetado transparente que permitiría al consumidor saber lo que fuma o ingiere. Y, sobre todo, una liberación de recursos policiales y judiciales para destinarlos a delitos más graves.

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El reto político y cultural

La Monografía 2025 concluye apelando a políticas integrales: vigilancia, prevención y educación. Nada que objetar. Pero falta la pieza central: regulación. Sin ella, el Estado seguirá condenado a una paradoja: invierte millones en frenar algo que ocurre cada día a plena luz, y que seguirá ocurriendo mientras haya demanda.

La opinión pública española está madura para este debate. Encuestas recientes muestran un apoyo creciente a la legalización, especialmente entre los menores de 40 años. La normalización social del cannabis es un hecho, y el discurso oficial de la “guerra contra las drogas” se ha quedado viejo, anacrónico, desconectado de la realidad.

Es hora de que la política deje de gestionar este asunto desde el miedo. Regular no significa banalizar. Regular significa proteger. Proteger a los jóvenes con restricciones de acceso; proteger a los adultos con productos seguros; proteger a la sociedad en su conjunto, sacando al cannabis de las manos del mercado negro y llevándolo a la legalidad.

Conclusión

La Monografía 2025 llega en un momento clave. Los datos que recoge no apuntan a una catástrofe, sino a una sociedad que ha aprendido a convivir con el cannabis. Menos adolescentes lo consumen, los adultos lo usan de forma estable y el verdadero problema está en la clandestinidad y en la falta de regulación.

España no puede seguir aplazando un debate que ya es ineludible. El cannabis está aquí para quedarse. La pregunta no es si lo consumimos o no, sino si queremos gestionarlo con inteligencia o seguir dejándolo en manos de quienes nunca han tenido interés en la salud pública.

Regular el cannabis es un acto de madurez democrática. Es poner a la ciudadanía por delante del mercado negro. Es, en definitiva, pasar del miedo al sentido común.

Acerca del autor

Manu Hunter
Escritor y periodista cannábico

Periodista cannábico con un estilo desenfadado pero siempre riguroso. Cuenta historias que prenden, informan y desmontan mitos, acercando la cultura cannábica al mundo con frescura y credibilidad. ¡Donde hay humo, hay una buena historia!