La marihuana nunca debió haber sido incluida en la Convención Única sobre Estupefacientes de 1961. Por lo menos no en la lista IV, reservada a sustancias más perjudiciales. Además de celebrar que el pasado miércoles en las Naciones Unidas se reconocieron las propiedades terapéuticas de la marihuana, es bueno recordar que la famosa Convención sirvió de instrumento para atacar costumbres y diversas prácticas sociales.

No solo el uso del cannabis fue descrito en sendos reportes anteriores a la Convención como peligroso y típico de los criminales. También mascar coca (y fumar opio) fue abiertamente considerado un desvío corregible, si no es que una práctica salvaje y contraria a la modernidad.

Adiós a siglos de tradiciones sociales, culturales y religiosas. Para presentar la coca y la marihuana como dignas de estar en la peor parte de la Convención, no hubo evidencia ni raciocinio suficientes, como sí los hubo para otras sustancias. Como por arte de magia imperial, fumar marihuana pasó a ser equivalente a consumir heroína. Sin mucha argumentación, el cannabis fue morfina.

La Convención Única sobre Estupefacientes no solo trataba de estupefacientes, sino más bien de darle alas al proyecto organizador de las Naciones Unidas y su capacidad para encontrar temas y expandir sus agendas. Lo mismo puede decirse de la Organización Mundial de la Salud, que hoy por hoy recomienda repensar el uso medicinal de la marihuana, pero en su momento participó activamente en su criminalización.

Además de querer codificar previos instrumentos de regulación en un solo documento, la Convención solventó el paso de las meras restricciones al paradigma de la prohibición. Tanto énfasis se le puso al uso de lo médico o no médico como mecanismo de diferenciación, que finalmente fueron introducidas obligaciones penales para los Estados signatarios.

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Por ahí mismo fue posibilitada la prohibición de los cultivos de cannabis, coca y opio. Las bases, pues, para la guerra contra las drogas de los Estados Unidos.

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