Contextualizando el problema de la heroína en el siglo XXI
El problema de la heroína en el siglo XXI – 1.ª parte
Las noticias sobre el repunte del consumo de heroína son frecuentes en los medios de comunicación. El caballo sigue simbolizando los males y estragos de la droga para varias generaciones. Dedicaremos esta primera parte a contextualizar el asunto para abordar en detalle los problemas actuales en el próximo número.
Definiciones y percepciones sobre las drogas
Ya sabemos que la definición de la palabra “droga” es confusa y ambigua. En la práctica viene a describir cualquier sustancia psicoactiva que no esté recetada por un médico y que vaya dirigida a otro objetivo que tratar una enfermedad. El enfermo de esclerosis múltiple que lleva en su bolsillo un frasco de nabiximols utiliza un medicamento, pero quien porte una china de hachís para su disfrute personal comete una infracción contra la seguridad ciudadana. En EE. UU., los comprimidos de cinco miligramos de N-metil-1-fenillpropan-2-amino clorhidrato son una opción en el tratamiento del síndrome por hiperactividad en niños mayores de seis años, pero si en la aduana le encontraran al lector cinco míseros miligramos de metanfetamina el lío policía y judicial está asegurado.
¿Y qué tiene que ver el nabiximol con el cannabis o la N-metil-1-fenillpropan-2-amino clorhidrato con la metanfetamina? Pues que son la misma cosa. ¿Igualitas? Sí, idénticas. ¿Y por qué se usan dos nombres distintos? Pues… podríamos pensar que tiene que ver con esa tendencia de los médicos a poner nombres complicados a las cosas, pero no, es porque las drogas son malísimas por definición, y hay que camuflarles el nombre para disimular un poco.

Otra posible definición de la palabra “droga” (con su connotación negativa) es “las drogas que usan los otros”. Uno de los primeros ejercicios que suelo hacer en mis cursos de formación para médicos es preguntar a la audiencia, con el tono más indiferente posible: “Por cierto, ¿quiénes de los que estáis aquí tomáis drogas?”.
El consumo normalizado de ciertas sustancias
La cara de estupefacción que suele poner el público es la misma que si hubiera preguntado quien estuvo en una orgía la semana pasada. Tras unos minutos, alguien suele preguntar, de forma tímida y en voz bajita:
– Y el alcohol… ¿también es una droga?
– Pues claro –respondo yo– los copazos que os tomasteis anoche en la cena del congreso, el tabaco que salís a fumar fuera del restaurante, el café doble cargado que os tomáis después de una noche de guardia y el orfidal que os tomáis por la noche después de dos noches de guardia…
– Ya, ya… pero no es lo mismo –responde el público al unísono, con el gesto ya relajado.
Efectivamente, no es lo mismo. Porque todos tendemos a percibir como “normales” nuestras conductas y “anormales” las de los demás, sobre todo cuando concurren elementos de tipo moral como es el caso de “la droga”. Al igual que los médicos olvidan que el alcohol y el tabaco son drogas como el resto, muchos adolescentes no consideran que fumar cannabis sea “drogarse” (“drogarse es lo que hacen los farloperos y pastilleros”) y para muchos usuarios de cocaína o MDMA “la droga chunga es la heroína”.

El estigma de la heroína
¿Y las personas que usan heroína? Probablemente sean los más conscientes de utilizar “droga”, porque la heroína es, en el imaginario colectivo, la droga por antonomasia. El trauma social y sanitario relacionado con esta sustancia durante las décadas de los ochenta y noventa del siglo pasado, que diezmó a toda una generación, persiste en la memoria colectiva. Fueron años de farmacias bunkerizadas e inseguridad ciudadana. Épocas con leyendas urbanas como las jeringuillas que los malvados yonkis dejaban en la playa o en los parques para infectar de VIH a cualquiera. O esa otra que sostiene el papel activo del Ministerio del Interior, por aquel entonces del PSOE, en la distribución deliberada de heroína en el País Vasco para anestesiar a la parte más radical de la aguerrida juventud euskalduna en su lucha armada para conseguir un Estado no sólo independiente, sino también socialista y revolucionario1. Al principio de la epidemia, la mayoría de las muertes se producían por sobredosis y adulteraciones. Pero, para complicar aún más la situación, desde mediados de los ochenta los usuarios o exusuarios de heroína intravenosa comenzaron a enfermar de una extraña patología que les hacía susceptibles a cualquier infección o desarrollo de extraños tumores. Las camas de las Unidades de Medicina Interna de los hospitales dejaron de atender abuelitos con insuficiencia cardiaca para saturarse de jóvenes caquéticos y moribundos.
Los lectores que tengan algunas canas, arrugas o alopecia, sabrán de qué estoy hablando. Pero para los que no recuerdan el día que murió Lady Diana o no vieron a Jesús Gil presentando un programa de TV en un jacuzzi rodeado de féminas de turgentes senos, esta historia suena tan lejana como las cartillas de racionamiento de la Guerra Civil o el incendio de la biblioteca de Alejandría.
Problemas actuales y políticas internacionales
Sin embargo, a nivel mundial, el de la heroína sigue siendo el problema más importante relacionado con las drogas. En su último informe mundial2, la UNDOC (United Nations Office on Drugs and Crime) nos recuerda:
“Los opioides, entre ellos la heroína, siguen siendo la clase de droga más nociva para la salud. El consumo de opioides está asociado al riesgo de sobredosis fatales y no fatales, al riesgo de contraer enfermedades infecciosas (como VIH y hepatitis C) debido a las prácticas peligrosas de consumo de drogas por inyección y al riesgo de otras clases de comorbilidad médica y psiquiátrica […] Además, los trastornos ocasionados por los opioides constituyen la mayor carga de enfermedad imputable a trastornos relacionados con el consumo de drogas: en 2015, el 70 % de la carga mundial de morbilidad imputable a las drogas, correspondió a la heroína. El 28 % de los usuarios de heroína del Sudeste Asiático y el 24 % de Europa del Este están infectados por el VIH. Se estiman unos seis millones de heroinómanos infectados por el virus de la Hepatitis C. El 8 % sufren tuberculosis (en comparación al 0,2 % del resto de la población)”.
Llegado este punto, y en relación con lo que expresábamos antes sobre la situación en la España de los 80 y los 90, convendrá tener muy clara la diferencia entre “causa” y “consecuencia”. Porque la diacetilmorfina (nombre técnico de la heroína) es, efectivamente, un psicoactivo con elevado potencial de dependencia y tolerancia y un escaso margen de seguridad. Sus propiedades farmacológicas explican una (pequeña) parte de su peligrosidad.
La necesidad de cambiar las políticas de drogas
Pero el resto de los factores son la consecuencia directa de unas políticas de drogas internacionales, dictadas por Naciones Unidas, que suponen una violación flagrante de la Declaración Universal de Derechos Humanos (artículo 25.1) y de la Carta de las Naciones Unidas (artículo 55). Estos artículos reconocen como básicos y universales el derecho a la salud, a la asistencia sanitaria y obligan a los diferentes estados a establecer las medidas básicas de cooperación y colaboración para conseguirlos.

Podría argumentarse que este tipo de declaraciones son principios idealistas o meras declaraciones de intenciones imposibles de llevar a la práctica. Pero cuando las políticas de drogas pasan por alto los estudios científicos de mayor calidad para seguir imponiendo criterios arbitrarios que causan millones de muertos, sus responsables pueden ser calificados al menos como necios e inmorales y, posiblemente, como criminales y delincuentes.
Ejemplos prácticos y políticas internacionales
La evidencia científica muestra claramente que los programas de intercambio de jeringuillas son una medida barata y eficaz para reducir las prevalencias de VIH y VHC en usuarios de drogas por vía intravenosa3. El papel de los tratamientos con metadona o buprenorfina está también fuera de discusión desde un punto de vista científico4 y 5. Incluso, ¡oh, sorpresa!, una revisión de estudios la Cochrane Database6, organismo considerado como de excelencia en cuanto a sus conclusiones, afirma que tratar con heroína de calidad farmacológica a adictos a heroína callejera, mejora su salud. El estudio no se publicó precisamente la semana pasada (es de 2011), y desde entonces varios ensayos clínicos confirman esta hipótesis, que por otro lado es de sentido común.
El coste de producción de la heroína es ridículo. Pero esta sustancia “controlada” está en manos de mafiosos que venden a precios astronómicos mezclas de pureza indeterminada con distintos adulterantes; y no hay nada en la molécula de la heroína que transmita virus: la relación tiene que ver con el hecho de compartir jeringuillas, que es un factor perfectamente modificable. Aunque las vías de transmisión estaban perfectamente claras desde finales de los ochenta, hasta 1997 no se implantó el primer programa de intercambio de jeringuillas en prisiones en España. En el año 2000 sólo cinco centros penitenciarios disponían de este servicio. Es lógico: es preferible que se infecten miles de presos a aceptar la realidad de que en la cárcel se consumen drogas. El calificativo mínimo de los responsables políticos de la época es “moralmente repugnante”.
Conclusiones y advertencias sobre el futuro
A nivel internacional la repugnancia es la misma. El propio informe de la ONU2 reconoce un incremento del consumo de heroína y los problemas asociados a nivel mundial, sin que las “medidas de control de la producción” tengan ningún efecto. Ni una sola reflexión al respecto tras cien años de experiencia de prohibición.
Por su parte, la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes (JIFE), organismo de la ONU cuasijudicial que supervisa las políticas de drogas, tiene entre sus principales funciones la de “expresar su honda preocupación”. Así se repite de forma sistemática en sus informes anuales en asuntos como las políticas de países como Uruguay, Holanda o Colombia o las salas de venopunción en Europa (que siguen un estricto protocolo de la Unión Europea7).
Otros asuntos no les quitan el sueño a los señores de la JIFE. La prohibición expresa del uso de metadona en países como Rusia se solventa con una “genérica recomendación de facilitar acceso a tratamientos en el mundo”. Tampoco el hecho de que Filipinas, Sri Lanka, Kenia o Zambia consideren un delito penal la mera posesión de jeringuillas para uso personal, tampoco les quita el sueño. Y, como pueden comprobar los lectores en una de las fotos que acompaña este artículo, extraído del informe de 2017, tienen un curioso sentido de la proporcionalidad y la interpretación de los gráficos.

Expectativas para la segunda parte del análisis
La amenaza del retorno de la heroína en los países desarrollados viene pronosticándose desde hace quince años. Pero, como veremos en la segunda parte de este artículo, es posible que en esta ocasión haya motivos reales para la preocupación. Y ya les adelanto que este escenario es consecuencia (y no causa) de las políticas de drogas vigentes. Las analizaremos.
Referencias y agradecimientos
REFERENCIAS
- Como sucede en el caso de las curaciones milagrosas del aceite de Rick Simpson, los postulados ideológicos suelen ser resistentes a la argumentación racional. Para los lectores que sigan creyendo en la maléfica y deliberada red de distribución de heroína del Estado en Euskadi, recomiendo la lectura del magnífico libro del historiador Juan Carlos Usó ¿Nos matan con heroína?: Sobre la intoxicación farmacológica como arma de Estado, Ed. Libros Crudos, 2015. Si no les gusta siempre podrán recurrir al argumento de que el autor “es un facha”.
- World Drug Report 2017. United Nations Office on Drugs and Crime, Viena, 2017.
- Larney S, Peacock A, Leung J, et al. “Global, regional, and country-level coverage of interventions to prevent and manage HIV and hepatitis C among people who inject drugs: a systematic review”, The Lancet Global Health. 2017;5(12):e1208-e1220.
- Mattick RP, Breen C, Kimber J, Davoli M. “Methadone maintenance therapy versus no opioid replacement therapy for opioid dependence”, Cochrane Database of Systematic Reviews, 2009, Issue 3. Art. No.: CD002209.
- Mattick RP, Breen C, Kimber J, Davoli M. “Buprenorphine maintenance versus placebo or methadone maintenance for opioid dependence”, Cochrane Database of Systematic Reviews, 2014, Issue 2. Art. No.: CD002207.
- Merri M, Davoli M, Perucci CA. “Heroin maintenance for chronic heroin-dependent individuals”, Cochrane Database of Systematic Reviews, 2011, Issue 12. Art. No.: CD00341.
- “Drug consumption rooms: an overview of provision and evidence”, EMCDDA, 2017. URL: https://goo.gl/Nf7Ygb.
Preguntas Frecuentes
P: ¿Por qué ha resurgido el consumo de heroína en el siglo XXI?
R: El consumo de heroína ha resurgido debido a diversos factores, incluyendo la crisis de opioides en algunos países, donde personas que se vuelven dependientes de analgésicos recetados pasan a la heroína como una alternativa más barata.
P: ¿La heroína es considerada una droga más peligrosa que otras sustancias?
R: Social y sanitariamente, la heroína ha sido percibida como una de las drogas más peligrosas debido a su alta adicción y el trauma social relacionado con su consumo en las décadas de los ochenta y noventa.
P: ¿Qué diferencia hay entre las drogas recetadas y las sustancias consideradas ilícitas?
R: La principal diferencia es el propósito de uso y el control legal. Las drogas recetadas son supervisadas por profesionales de la salud para tratar enfermedades, mientras que las ilícitas, como la heroína, se usan sin control médico y con fines recreativos.
Acerca del autor

Fernando Caudevilla (DoctorX)
Médico de Familia y experto universitario en drogodependencias. Compagina su actividad asistencial como Médico de Familia en el Servicio Público de Salud con distintas actividades de investigación, divulgación, formación y atención directa a pacientes en campos como el chemsex, nuevas drogas, criptomercados y cannabis terapéutico, entre otros.



















