Drogas inteligentes: ¿qué beneficios aportan?
Continuamos con el artículo iniciado el mes pasado, sobre drogas inteligentes. Antes de entrar en materia estábamos planteando y contestando varias preguntas que suelen hacerse en relación con este tema.
¿Qué beneficio puede obtenerse del uso de drogas inteligentes?
Los efectos varían mucho dependiendo de la persona. Su consumo puede conllevar mejoras en el cociente intelectual, la memoria, el nivel de energía, la capacidad de concentración, así como proporcionarnos unos reflejos más rápidos, una mayor sensación de bienestar, y en general un aumento de nuestras capacidades cognitivas.
Función cerebral y las drogas inteligentes
¿Cómo pueden funcionar las drogas inteligentes, es decir, sustancias químicas, si la mente es inmaterial?

Volviendo a lo que expusimos en la entrega anterior, y sin entrar de lleno en discusiones filosóficas, es evidente que el órgano con el que pensamos es el cerebro, que consiste en una compleja red de neuronas y sinapsis, alimentada y oxigenada por la sangre. Que este órgano, con esta estructura material existe, es obvio; que exista esa mente inmaterial en la que algunos creen, es dudoso y necesita ser demostrado por no ser evidente, sin que aquí afirmemos o neguemos tal existencia. Yendo un paso más allá, es cierto que no puede demostrarse su no existencia, pero parece que la carga de la prueba está del lado de los que afirman que hay algún tipo de entidad que no se puede percibir. Sobre las cosas que podemos ver, oír, oler y tocar es posible cierto consenso, siempre limitado por diferencias culturales e individuales. En cambio, sobre las cosas en las que solamente se cree, sin más fundamento que la educación recibida o algún tipo de fe, no puede haber acuerdo a no ser que los creyentes lleguen a convencernos de su existencia.
Puesto que el cerebro es una entidad física, una sustancia química puede alterar sus funciones. Es posible que se necesite algo más que un simple órgano material para tener tantas y tan complejas capacidades cognitivas; pero sin duda la base fisiológica ―el cerebro― tendrá como mínimo alguna función en todos esos procesos, y su manipulación, para bien o para mal, conllevará un cambio en las facultades intelectuales. Sin necesidad de estos argumentos, todos podemos sentir notables alteraciones en nuestra psique tras la toma de ciertas sustancias psicoactivas.
Percepción social y estigma de las drogas
Las mejores drogas inteligentes: cómo mejorar el rendimiento mental sin dañar la salud
¿Acaso no son malas las drogas? ¿Cómo se atreve a recomendar el uso de drogas?
El lector ya sabe que no estamos hablando sobre drogas clásicas, las ilícitas, las prohibidas. Sin embargo, intentando aportar algo a tan polémico tema, debemos señalar que los distintos idiomas que se hablan en el mundo no son exactos ni precisos, y que presentan multitud de equívocos, términos que van cambiando su sentido, polisemia, etc. El término “droga” es definido por el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española como:
1. Sustancia mineral, vegetal o animal, que se emplea en la medicina, en la industria o en las bellas artes.
2. Sustancia o preparado medicamentoso de efecto estimulante, deprimente, narcótico o alucinógeno.
3. Medicamento.

Es evidente que el significado real va mucho más allá de ese término que suele ser utilizado tan sólo peyorativamente. Sin embargo, debido a las campañas estatales, al bombardeo de los medios de comunicación, a la demagogia y a la falta de información veraz, casi todos los ciudadanos se atienen sólo a ese sentido que va ligado a marginalidad y enfermedad, sin tener en cuenta que sólo en las últimas décadas ha venido siendo así.
Una droga es algo neutro, algo que puede utilizarse para curar o para matar, como medicina o como veneno, dependiendo de la dosis. Igual que un comprimido de analgésico alivia el dolor y diez pueden causar la muerte, de la misma forma un poco de opio calma la tos y mucho puede intoxicar. Hay un buen uso o un mal uso, no droga buena o mala en sí.
Impacto de las drogas legales vs prohibidas
Muchas personas, instituciones y organismos oficiales, a veces desde la mejor de las voluntades, creen que deben apartarnos de todo lo que implique riesgo. Con ello no hacen sino adoptar el típico rol paterno para mantenernos bajo su protección y apartarnos de cualquier indicio de peligro. En consecuencia, nos convierten en niños sin libertad para elegir lo que más nos convenga en cada caso.
La buena o mala fama de una droga no tiene que ver con la sustancia en sí, sino con la sociedad, dependiendo de modas, creencias, intereses económicos y legislaciones. En cada cultura y en cada época histórica los seres humanos han tenido drogas preferidas y drogas aborrecidas. Curiosamente, hoy día son malditas las que escapan al control de los gobiernos y de las multinacionales farmacéuticas o dispensadoras de drogas legales (alcohol y tabaco), porque no les reportan beneficios en forma de impuestos o de ventas. Son malditas las utilizadas para evadirse, porque todo lo que no se haga en provecho del estado pastor está mal visto, excepto el caso del alcohol, droga de paz, de evasión y de olvido, integrada dentro del sistema y estupenda fuente de ingresos para gobiernos y empresarios. Tampoco son bien consideradas las utilizadas para mejorar el rendimiento, en un intento del individuo por potenciar su físico y su intelecto; en parte porque no son medicinas reconocidas por el estamento médico oficial, en parte porque la mentalidad que aún domina Occidente contempla con malos ojos el querer ser más y mejor, pretender destacarse del rebaño, mientras que se tolera, alaba y estimula la ambición de tener más. “¿Ser o tener?”, es la pregunta de los filósofos que intentan dar sentido a la vida cotidiana. Todas las doctrinas oficiales de Occidente decidieron sin antes debatir la cuestión. Quien desea superarse a sí mismo es considerado una especie de bicho raro, un ser antisocial tachado de misántropo y arrogante por un rebaño sólo preocupado por acumular bienes materiales.
Drogas duras: una perspectiva diferente
¿Acaso las drogas prohibidas no son las duras, las más perjudiciales? ¿Defiende el consumo de drogas duras?
Estamos ante un argumento totalmente falso, aunque continuamente repetido. Por un lado, alcohol y tabaco son responsables de un número mucho mayor de enfermedades y muertes, directa o indirectamente, que ninguna otra sustancia; por otro, pueden adquirirse en farmacias, libremente, medicinas legales cuyo margen entre la dosis activa y la dosis tóxica es mucho menor que el de las drogas estigmatizadas, y que pueden envenenar o matar más fácilmente que la heroína, la cocaína o la marihuana. Además, algunas de las drogas legales causan dependencia mucho más rápidamente que otras que son perseguidas, y el síndrome de abstinencia que se produce si se dejan de usar es mucho más fuerte y conlleva más riesgos que el causado por las prohibidas.
Por poner un ejemplo, un síndrome de abstinencia de alcohol, droga totalmente legal, y a cuyos adictos sólo se tilda de alegres borrachos o, cuando mucho, de pobres alcohólicos, puede acarrear consecuencias mucho más graves que el producido por la heroína, sustancia ilegal. Incluso los tranquilizantes benzodiacepínicos, una droga en auge hoy día, son más difíciles de dejar de tomar que la mayoría de las drogas perseguidas.

Relación entre drogas y delincuencia
¿Acaso las drogas prohibidas no matan y generan delincuencia?
Dirán algunos que las drogas ilegales matan y crean marginalidad y delincuencia, añadiendo que no importa si en el fondo son mejores o peores que las otras, que lo que cuenta son los hechos. Y se les podrá replicar que crean grupos marginales porque son perseguidas, que cuando se dispensaban legalmente ―y no hace tanto de eso― no había delincuencia asociada a ellas, que si fueran accesibles no estarían adulteradas ―con menos riesgos al usarlas― y que no habría mafias organizadas en torno a su producción y distribución. Y, sobre todo, que se incluyen dentro de las sustancias controladas porque interesa a ciertos grupos socioeconómicos, los más beneficiados con el prohibicionismo.
Además, las drogas legales crean una mayor cantidad de adictos y enfermos. La única diferencia es que ese gran grupo de afectados es considerado como algo normal e integrado en el sistema: adictos al tabaco, alcohólicos, cafetómanos y personas dependientes de tranquilizantes, antidepresivos y analgésicos. Evidentemente, los problemas de salud que generan estas drogas son mucho mayores y más costosos, con más afectados y más muertos.
Aquí no defendemos ni una ni otra droga, ya que nuestra postura particular no viene al caso. Creemos que lo correcto es informar de todo lo que nos ofrece la naturaleza y la química, y que cada cual elija lo que crea apropiado sin que nada ni nadie ejerza coacción sobre su persona; algo que de hecho ocurre hoy día, debido a la crítica feroz que reciben unas drogas y a la aceptación implícita de otras, y a la propaganda que incita a su consumo. En todo caso, lo que sí reconocemos es que ponemos énfasis en los daños que conlleva el uso de sustancias legales, en un intento de contrarrestar la propaganda manipuladora que tanto abunda en los medios de comunicación y que pretende hacernos creer que las drogas oficiales son inofensivas ―tan sólo pequeños vicios sin importancia o medicinas que curan sin efectos adversos― y en cambio las perseguidas son terriblemente dañinas.
Aspectos adictivos de las drogas inteligentes
¿Crean adicción las drogas inteligentes?
No. Ninguna de estas sustancias genera ese irrefrenable impulso a seguir consumiéndolas, acompañado de síndrome de abstinencia al dejar de tomarlas. Estos síntomas son achacables a opiáceos, alcohol y drogas psiquiátricas, pero no a las drogas inteligentes. Cuando se dejan de usar, varios días después, la persona notará que sus capacidades, antes aumentadas por el suplemento que ha estado consumiendo, van disminuyendo hasta llegar a su estado anterior, pero sin efecto rebote ni sensaciones molestas.
Pruebas de eficacia de las drogas inteligentes
¿Cómo sabemos que las drogas inteligentes funcionan?

Hay ensayos que así lo demuestran, si bien es cierto que su número no es tan grande como el de los que se han realizado con medicamentos convencionales. En realidad, lo que definitivamente demuestra su eficacia es la experiencia personal de quienes las han tomado, toman y seguirán tomando, por más que no esté sometida a comprobación por parte de especialistas.
El mundo sin drogas: ¿una posibilidad real?
¿No es posible un mundo totalmente sin drogas?
Algunos aún se preguntarán si no sería mejor un mundo sin drogas de ningún tipo, sin tomar ninguna sustancia para ayudarse, curarse, superarse o evadirse. Ciertamente, esto implicaría tirar a la basura los avances médicos y científicos. Pero, sobre todo, no olvidemos que somos seres humanos, con nuestras grandezas y nuestras miserias, con nuestras bajezas y nuestras ambiciones, y es posible que este ser a medio camino entre el animal y el dios, que puede preguntarse por lo metafísico sin poder hablar con propiedad de ello, lleve inherente ―como parte de su esencia misma― el uso de plantas, nutrientes y productos químicos que le proporcionen lo que no puede encontrar ni conseguir por sí mismo, aunque sea consciente de que a la larga le pasarán factura. Por ello, la mejor opción quizás sea la total permisividad en lo que respecta a las drogas, junto con una información veraz que lleve a un consumo sensato.
Cambiando algo el sentido de la frase, recuerdo aquí la respuesta en forma de graffitti urbano a una de las primeras campañas anti-droga del gobierno español, la cual utilizaba eslóganes del tipo “Drogas, ¿para qué? Vive la vida”. La pintada callejera decía así: “Vida, ¿para qué? Drógate”. Sin querer defender posturas extremas, es un hecho que el hombre, desde el comienzo mismo de su existencia, ha utilizado diversas sustancias psicoactivas para distintos fines. Por tanto, la droga ―en el sentido que aquí damos al término, no según el significado negativo que suele atribuírsele― bien puede ser consustancial al ser humano. ¿Y acaso hay algo mejor que conocer a nuestra compañera inseparable?
(Continuará)
Para más información
Ruiz Franco, Juan Carlos, Drogas inteligentes, Editorial Paidotribo.
Acerca del autor
]. C. Ruiz Franco es licenciado en Filosofía y DEA del doctorado de la misma carrera, cuenta con un posgrado en Sociología y otro en Nutrición Deportiva. Se considera principalmente filósofo, y es desde esa posición de pensador como contempla el mundo y la vida. Se interesa principalmente por las sustancias menos conocidas, y sobre ellas publica mensualmente en la revista Cannabis Magazine.















