Sha’Carri Richardson, que reaparece tras su sanción antes de los Juegos, reabre el debate sobre los efectos de esta sustancia en los deportistas. Ya no es calificada como dopante por los organismos competentes y las penas son cada vez más laxas

El pasado mes de junio, la velocista norteamericana Sha’Carri Richardson voló sobre la pistas del estado de Oregón en los clasificatorios para los Juegos de Tokio. En las semifinales recorrió los 100 metros en 10,64 segundos y corroboró su gran estado de forma ganando la final, obteniendo el billete para la cita olímpica. Con sus llamativos tintes de pelo, pestañas postizas y varios tatuajes asomando en su piel, la atleta tejana de 21 años se convertía en una atracción mediática para todo el país y en una esperanza de medalla en clave olímpica. Pero el sueño se rompió tras la carrera porque Richardson, en el control antidoping, dio positivo en cannabis. Una sanción de un mes (del 28

 de junio al 28 de julio) y la pérdida de la marca calcinó sus planes de conquistar la gloria olímpica. Finalmente, la delegación de Estados Unidos no la incluyó en su lista para Tokio. «Soy humana», fue su respuesta en redes, pese a que espantó el victimismo y asumió su culpa. Más tarde reconoció que fumó marihuana durante la competición para lidiar con la muerte de su madre, que había fallecido poco antes, lo que le generó un estado de «pánico emocional», una condición que descorchó una marea de apoyos hacia la deportista. Hoy, tras dos meses de fundido en negro, Richardson vuelve a competir y lo hará contra el oro olímpico, la jamaicana Elaine Thompson. Un metal que podría haber sido suyo, pero por el que no pudo luchar debido a la actual legislación.

El consumo del cannabis por parte de deportistas profesionales ha sido objeto de debate desde que se declaró dopante en 1998, cuando un oro olímpico canadiense en snowboard fue positivo y la Agencia Mundial de Antidopaje (AMA) incluyó la sustancia en su lista de ilegales. Con el paso de los años, y tras el estallido de casos tan sonados como los de Michael Phelps, Allen Iverson o Gervasio Deffer, el mundo del deporte ha visto cómo las sanciones se reducían mientras la discusión de cómo afecta al rendimiento de los deportistas, tanto mental como físicamente, se ha disparado, más si se tiene en cuenta el caso de Richardson y cómo la marihuana se ha ido legalizando (ya sea con finalidad medicinal o recreativa) en muchos lugares del mundo. Como todo, también tiene sus controversias internas, ya que es la AMA (Agencia Mundial Antidopaje), la que crea los códigos, pero son las federaciones, tanto internacionales como nacionales, o los estados los que los aplican, en armonía pero no siempre de acuerdo con sus decisiones. Incluso a veces se generan anomalías, como la NBA, donde es la propia asociación, ajena al circuito internacional, junto a las franquicias y el sindicato de jugadores quienes negocian sus propias normas. Así, en la liga de baloncesto de Estados Unidos los controles para detectar cannabis dejaron de existir en marzo de 2020. Incluso Kevin Durant, uno de los mejores jugadores de la liga, acaba de firmar un contrato de patrocinio con la empresa Weedmaps, que promueve los beneficios del cannabis en los atletas.

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Para el jurista deportivo Josep Vandellos, el gran salto se ha producido con el nuevo Código Mundial Antidopaje publicado en 2021. En él, el THC (uno de los principales componentes del cannabis) ha dejado de ser clasificado como sustancia dopante para ser nombrada como ‘de abuso’, como la cocaína o el éxtasis. Esto implica que a los deportistas se les permite consumir en los días que no compitan, siempre sin sobrepasar el límite establecido por la AMA, marcado en los 180 nanogramos por mililitro. Este umbral evita que den positivo en los test, pero, en caso contrario, si se confirma el consumo en el día de competición, la inhabilitación es desde este año por un periodo de tres meses (y no cuatro años como antes). La sanción puede reducirse a un solo mes si el atleta sigue una orientación, como ha sido en el caso de Richardson. «Depende del deporte, esto se aplica con más o menos restricciones. Por ejemplo, Wimbledon no permite el consumo durante toda la competición, que dura dos semanas», explica Vandellos a ABC para evidenciar la falta de un criterio unificado. «A los deportistas lo que les molesta es que se confunda esto con los esteroides o los anabolizantes, con las trampas».

José Luis Terreros, director de la Agencia Española de Protección de la Salud en el Deporte, órgano que administra la Agencia Antidopaje Española, cree que, pese a la buena noticia que supone el cambio de legislación con el consumo de cannabis en el deporte, las sanciones «no son justas». Terreros se queja del errático criterio de la AMA para declarar sustancias como ilegales: «Algunas, como el tramadol, un fuerte analgésico que además genera dependencia, ni siquiera están en la lista. El alcohol y el tabaco también son nocivos y están permitidos. No está demostrado que el consumo de cannabis mejore el rendimiento del deportista, era ridículo que por fumar un porro te sancionaran con cuatro años», mientras reconoce que el consumo de marihuana es la causa del mayor número de sanciones deportivas en nuestro país dentro de las sustancias ‘de abuso’.

Beneficios y prejuicios

Más allá de la legislación, es la salud del deportista y cómo el consumo le afecta tanto en lo físico como en lo psíquico el debate que parece haber elegido el cannabis en el mundo del deporte. Según la AMA, cumple dos de los tres condicionantes para ser declarada ilegal: repercute negativamente en la salud e infringe el espíritu deportivo (un concepto difuso y literario). La única condición que según la agencia no agrede es la de mejorar el rendimiento. Tanto Carola Pérez, presidenta del Observatorio Español de Cannabis Medicinal, como Rafael Maldonado, catedrático de Farmacología de la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona, coinciden en la complejidad del asunto, pues el cannabis encierra un sinfín de variables y cada persona los multiplica poniendo todo bajo un asterisco. También están de acuerdo en que un deportista sufre durante menos tiempo sus efectos por su constitución con más músculo y menos grasa que la de un adulto ‘corriente’.

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Pérez defiende que su consumo puede ser de gran utilidad en el aspecto emocional. «Los atletas están sometido a mucho desgaste físico y psíquico. El cannabis puede ayudar a conciliar el sueño y a rebajar la presión, además de propiciar una más rápida recuperación después de grandes esfuerzos», explica mientras aboga por abordar el problema desde una visión humana.Argumenta que en el caso de Richardson, al haber consumido el día anterior, los efectos del cannabis eran nulos durante la competición pese a dar positivo.

Maldonado, sin embargo, esgrime que el cannabis modifica el rendimiento (que no mejora), infringe el espíritu deportivo y es un peligro para la salud. Según explica, un consumo puntual de THC dilata los bronquios, modifica la ansiedad y reduce el factor miedo, además de tener un efecto analgésico, por lo que sí produce cambios. Además recuerda que esta sustancia causa un efecto sedante, dilata los vasos sanguíneos y produce taquicardia, factores «poco recomendables» para el deporte. Un maremágnum de opiniones que construyen un debate candente, pese a que todo parece encaminado a que el cannabis, en un futuro, no sea un motivo de sanción en el deporte profesional.

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