Es probable que existan aspectos de la realidad que escapan a nuestra percepción y, según algunos expertos, los psicodélicos podrían abrir una ventana a ese mundo oculto
«Es una luz blanca brillante, cegadora, tan radiante que parece contenerlo todo en su interior. Se siente con todo el cuerpo, como si uno experimentara su patrón vibratorio, su complejidad y su infinitud». Así describe Joel Brierre, fundador del retiro psicodélico Tandava en México, el punto culminante de una experiencia con 5-MeO-DMT, un potente psicodélico de acción rápida conocido por provocar estados místicos y de disolución del ego.
Muchos asistentes a su retiro hablan de esta luz blanca envolvente, pero otros reportan colores distintos, como «rosa suave, pasteles delicados» o «un azul limpio», que Brierre vincula a regresiones prenatales. «Una mujer relató una experiencia visionaria en la que un jaguar abría su boca, ella era absorbida por él y entraba entonces en un vasto universo», comenta.
Pero ¿qué son realmente estos colores? El color no existe como tal en el mundo físico. La luz incide sobre los objetos, se refleja y llega a nuestros ojos como ondas electromagnéticas. Nuestra retina convierte esas ondas en señales que el cerebro interpreta como color. En otras palabras, no hay rojo ni azul en el universo, solo energía. Lo que vemos podría ser simplemente una ilusión compartida. Y los psicodélicos podrían estar llevando esa ilusión al límite.
Un estudio de 2024 del Instituto Allen, en Seattle, reveló que la psilocibina (el compuesto de los llamados “hongos mágicos”) altera la actividad del córtex visual, responsable del procesamiento de la visión. Esto podría explicar por qué los usuarios reportan colores distorsionados, patrones cambiantes o texturas completamente nuevas durante las experiencias psicodélicas.
Una pista fascinante proviene de un experimento de 2025 en la Universidad de California, Berkeley. Usando láseres, científicos estimularon de forma específica células fotorreceptoras del ojo, haciendo que los participantes percibieran un color nunca antes descrito: un azul verdoso hipersaturado, inexistente en la naturaleza o el lenguaje. Lo bautizaron “olo”.
Si un laboratorio puede invocar un color invisible con láseres, no es descabellado pensar que sustancias alucinógenas puedan provocar percepciones igual de extrañas. Eso sí, no todos los psicodélicos alteran la visión del mismo modo.
«El 5-MeO-DMT no es especialmente visual. Está más allá de los cinco sentidos humanos», explica Brierre. Describe la experiencia como un “shock ontológico”: una vivencia pura e inalterada de contacto con algo vasto e incomprensible—lo que algunos llamarían Dios. En cambio, con el DMT clásico, el sentido del yo persiste, lo que genera una experiencia mucho más visual.
Las imágenes mentales son, dice Brierre, de altísima definición. «Colores brillantes, como nunca antes», afirma. Algunos ven «colores nuevos» o tonalidades que parecen tener un significado emocional o sagrado. Otros describen mundos geométricos neón y detalles hiperreales. Pero esos mismos compuestos que generan maravillas visuales también pueden sumergir a las personas en infiernos personales, sobre todo con dosis altas o en entornos inestables. Brierre lo sabe por experiencia.
«En los 90 consumía grandes dosis de LSD —de 15 a 20 tripis a la vez—. Tuve una experiencia extremadamente aterradora: patrones espirales y fractales, geometría flotando en el aire, los árboles parecían volar por un vendaval, el mundo entero parecía desintegrarse… Era como si todas mis sombras mentales se hubieran proyectado fuera de mí», recuerda. «Había mucho rojo, naranjas, amarillos… azules también… todo girando en una espiral de todos los colores imaginables». Fue como un Apocalipsis interno, asegura, «como si todo el mundo estuviera volviéndose loco desde dentro».
Los científicos apenas han empezado a rascar la superficie de cómo los psicodélicos generan experiencias visuales nuevas o intensificadas, con colores que muchos describen como simbólicos, animados, más reales que la realidad misma.
«Sabemos que los psicodélicos promueven la plasticidad cerebral y permiten que las conexiones neuronales se reorganizen de nuevas maneras», explica Mona Sobhani, doctora en neurociencia cognitiva y autora especializada en la intersección entre neurociencia y espiritualidad. «Desde una perspectiva materialista, estas nuevas conexiones podrían traducirse subjetivamente en la aparición de colores nuevos o emocionalmente cargados».
¿Y por qué el cerebro usaría el color para representar estos cambios? «No está claro», responde Sobhani, «aunque la psicología ha demostrado que ciertos colores están intrínsecamente vinculados a estados emocionales».
Pero Sobhani no cree que la ciencia materialista lo explique todo. «Debemos mantener la mente abierta a todas las posibilidades, incluso las no materialistas y más allá de la visión científica tradicional. Decir que todo es una alucinación me parece una respuesta vaga. Si el cerebro está diseñado evolutivamente para ahorrar energía, ¿por qué gastarla generando visiones sin sentido? Esa explicación se queda corta». Añade que «es un hecho bien documentado que el cerebro se desancla de sus límites normales bajo los psicodélicos», y si eso revela una realidad oculta, aún está por descubrirse.
«Pero sí, creo que es probable que haya aspectos de la realidad que escapan a nuestra percepción, y los psicodélicos podrían ser una vía para acceder a ellos».
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Acerca del autor
Amante del cannabis y especializado en el mundo de las sustancias psicoactivas. Escritor y psiconauta.




















