Antes de entrar en materia, para quien no esté familiarizado con el proceso que implica publicar investigaciones originales en revistas científicas, voy a explicar brevemente en qué consiste la cosa.

Lo habitual es que uno, o una, o un grupo de sesudos científicos, tengan una idea acerca de qué investigar. Esa idea siempre proviene de una mezcla de creatividad y del conocimiento previo acerca de la materia relacionada con la idea en cuestión.

Una vez que se tiene la idea hay que compartirla con otros colegas y pedir consejos, generalmente escribirla en forma de proyecto de investigación, tratar de mover el proyecto entre posibles financiadores y si se tiene suerte y caes simpático, tú o tu idea, recibir dinero para poder desarrollarla. Aquí se inicia una travesía por el desierto si uno hace investigación con humanos. Los humanos a veces no se comportan como al investigador le gustaría que se comportaran, precisamente porque son humanos. A los humanos les aburre rellenar cuestionarios, les cansa someterse a pruebas de rendimiento cognitivo, si se les da un fármaco que produce efectos placenteros no les agrada que mientras están bajo sus efectos se les moleste pidiéndoles que hagan cosas que en estados alterados de conciencia carecen de sentido, etc. En el mejor de los casos, y no tras pocos contratiempos y desde luego muchísimo después de lo planificado, es posible que el sufrido investigador, o la sufrida investigadora, haya conseguido recoger todos los datos que necesitaba de acuerdo con su proyecto. Entonces viene el tedioso proceso del análisis: traspasar los datos a bases de datos, de ahí a paquetes estadísticos y pasar horas y horas haciendo malabares matemáticos hasta que por fin salga algo que aporte dignamente (esto es, sin torturar excesivamente los datos y, claro, se entiende que sin hacer trampas) alguna novedad al campo de estudio en cuestión.

Una vez conseguido algo interesante que comunicar, en el caso de que tal milagro se produzca, el siguiente paso es comunicar el trabajo realizado en forma de paper (así es como en jerga se llama a los artículos científicos) y enviarlo a publicar a alguna revista de la disciplina. Las revistas son más o menos importantes en función de lo que se conoce como índice de impacto (IP), que se mide por el número de artículos de esa revista que son citados por otros investigadores en sus papers. Lo crea o no el lector, el sufrimiento experimentado hasta este momento es despreciable comparado con el verdadero calvario que le toca a la víctima recorrer a partir aquí: cuando el editor, o editora, de la revista recibe el artículo puede directamente devolverlo porque según su criterio no cumple los mínimos de calidad para ser publicado en su revista. Si se pasa el filtro del editor, este lo envía a dos expertos del campo (conocidos en jerga como referees o revisores –algunos los llamamos dioses–) anónimos que evalúan tu trabajo y deciden si es digno de ser o no publicado. Por supuesto, los revisores-dioses siempre saben más que tú del tema de tu artículo (porque, recuérdelo el lector, son dioses y por tanto omniscientes), así que pueden tomar varias decisiones: 1) aceptarlo tal y como está (algo virtualmente imposible porque como, por definición, el revisor sabe más que tú sobre tu trabajo y, obviamente, va a querer opinar señalando los múltiples defectos del mismo); 2) aceptarlo a condición de que corrijas lo que te pide porque sólo así tu trabajo estará a la altura del beneplácito divino; o 3) machacarte cruelmente sugiriendo que de ninguna manera se publique la bazofia que has mandado a publicar. Como normalmente el editor lo envía a dos revisores, puede ocurrir que: 1) a los dos les parezca la misma bazofia (algo que en mi experiencia nunca ha ocurrido); 2) a los dos les parezca una maravilla de artículo (algo que nunca me ha ocurrido tampoco); 3) que a los dos no les parezca mal mientras incluyas sus sugerencias (algo más habitual, pero no lo más generalizado); 4) que a un revisor le parezca una bazofia y que al otro le parezca que, aunque revisable (no te olvides que el revisor sabe siempre más que tú de tu trabajo, luego es normal que te dé esos consejitos sin los cuales tu artículo no superaría el calificativo de mediocre), es publicable. Si al editor las críticas demoledoras de uno de los revisores le parecen que pueden quedar compensadas con las recomendaciones más ajustadas a la realidad del otro revisor, te da la oportunidad de defenderte. Si el revisor más poli malo es tan insultante que ha conseguido intimidar al editor, entonces éste rechazará tu trabajo y tendrás que empezar de nuevo enviándolo a otra revista hasta que por fin alguna lo acepte porque, por probabilidad, hayas tenido la suerte de no dar con dos psicópatas a la vez como revisores (cosa que también ocurre, sino nunca se publicaría artículo científico alguno). Como los revisores, por lo general, son anónimos, si, por lo que fuera, hubiera algún tipo de competencia entre su trabajo y el tuyo, pueden aprovechar para humillarte sin pudor alguno. No necesariamente uno termina publicando en revistas de menos impacto. A veces, como reacción rabiosa, envías tu trabajo a una revista de mayor impacto que la anterior y te lo terminan publicando. Otras veces tienes que rendirte y asumir que tu trabajo efectivamente no es de calidad suficiente, y tirar por revistas de perfil más bajo. Los que trabajamos con humanos, desde que tenemos la dichosa idea hasta que la vemos publicada en forma de paper pueden pasar entre dos y ocho años, dependiendo además de la complejidad del estudio y de las trabas burocráticas que te pongan para hacer el mismo, ya que al trabajar con humanos hay que pasar los protocolos por comités de ética y si además administras un medicamento, por la Agencia Española del Medicamento, proceso que prefiero ni mentar.

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La cosa es que envié hace tres meses a publicar en una revista de mi campo, llamada Psychopharmacology, un trabajo que nos había costado unos tres años desarrollar. Eso, desde que se tiene la idea, se escribe el proyecto, se pasa por el Comité de Ética, reclutamos a los voluntarios, nos rellenan los cuestionarios, analizamos los datos, escribimos el paper y lo enviamos para su consideración para ser publicado. Esperamos pacientemente tres meses (algo poco habitual en esta revista, en la que ya habíamos publicado alguna que otra cosa, ni mejor ni peor que lo que esta vez enviamos a publicar), y ¡zasca! Transcribo literalmente algunos de los comentarios de uno/a de los/las revisores:

«Aunque la investigación es oportuna, dado el renovado interés por los psicodélicos como agentes terapéuticos, la calidad del artículo es desgraciadamente muy pobre […] La metodología es inadecuada incluso para probar si la ingesta de ayahuasca tiene un efecto sobre las variables que miden […] Por último, el manuscrito está plagado de pensamiento descuidado, ideas flojamente conectadas y aseveraciones infundadas.»

Toma ya, ahí es nada, ¿no? Si uno tiene un mínimo de experiencia sólo leyendo esto ya sabe que quien lo ha escrito es un colega, que conoce tu trabajo (hay más pistas en las dos páginas de comentarios llenos de improperios que el revisor/a envió al editor –en este caso editora–) y que, obviamente, utiliza un lenguaje despectivo para intimidar a la editora frente a la debilidad en sus argumentos. Para no mantener mucho la intriga, porque tampoco ésa es la idea de este artículo, adelantar que la editora obviamente rechazó el artículo y que ahora mismo está enviado a otra revista. Transcribo aquí el argumento central que aporta el revisor para rechazar el paper:

«El trabajo se centra en algunas facetas psicológicas, pero descuida una cuestión muy importante, es decir, la calidad mística de la experiencia psicodélica inducida como la fuerza motriz de los efectos beneficiosos de estas sustancias […] Otra limitación tiene que ver con el enfoque estrecho del estudio. Investigaciones recientes de Griffiths y colegas han demostrado que los aspectos místicos de la experiencia psicodélica se correlacionan con el bienestar psicológico a largo plazo. Los autores pasaron por alto completamente esta faceta importante que podría jugar una contribución aún mayor al éxito de la psicoterapia psicodélica que los meros aumentos en Decentering»

Efectivamente… ¡con la iglesia hemos topado!, amigo Sancho. Permítame el lector, antes de seguir desarrollando el tema, simplemente aclarar que se trataba de un artículo en el que comparábamos a usuarios habituales de ayahuasca con no usuarios en una serie de variables psicológicas. Algunas de estas variables se llaman “de proceso” porque son variables que se entiende que pueden explicar el cambio terapéutico. Tradicionalmente, la psicoterapia se ha ocupado de evaluar la eficacia de los tratamientos psicológicos con variables que se llaman “de resultados”. Por tanto, las variables de resultados son las que miden la eficacia, o cambio terapéutico, mientras que las de proceso son las que eventualmente permitirían explicar dicho cambio. Los psicólogos llevan décadas estudiando, trabajando y perfeccionando estas variables de proceso con el objetivo de mejorar los tratamientos psicológicos. Hay numerosas variables de proceso, como la “alianza terapéutica”, o una de las que nosotros utilizamos en nuestro estudio y que la revisora se refiere como “Decentering”, que es la capacidad de centrarse en el presente en una postura sin prejuicios hacia pensamientos  y sentimientos, aceptándolos. Es una variable que tiene cierta relación con el “Mindfulness”, que sería el dirigir la atención en el momento presente, aceptándolo y sin juzgar. Serían variables parecidas, e incluso relacionadas, pero no idénticas y no se miden con los mismos instrumentos. Esto lo explico porque el mentado revisor (o revisora), en uno de sus comentarios dice: “Dada la limitación anterior, no se puede establecer una relación causal entre el uso de ayahuasca y mayores capacidades en Mindfulness en el grupo de usuarios”. En esta frase debía estar refiriéndose a otro artículo diferente al nuestro, porque entre las variables que medimos en nuestro trabajo no estaba precisamente la de Mindfulness. Sí había otras variables, tanto de resultados como de procesos, como eran variables relacionadas con el cambio en valores, la mencionada Decentering o variables que evaluaban diferentes aspectos del “Self” (o del “yo”, esto es, relacionados con la identidad).

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Pues no, resulta que todos estos procesos psicológicos pueden tirarse a la basura si uno no evalúa además si las personas han tenido experiencias místicas. La moda de entender el cambio terapéutico como consecuencia de una experiencia mística resurgió en el ámbito de la investigación en psicoterapia en 2006, cuando precisamente el grupo de Griffiths (a quien sin duda pertenece el/la revisor/a que tan duramente nos ha tratado –no es habitual un lenguaje tan despectivo cuando se evalúan artículos de colegas, simplemente es de mal gusto–) publicó un artículo en el que encontraba que a las personas que en un contexto controlado se les administraba psilocibina tenían experiencias místicas y que esas experiencias místicas les reportaban beneficios personales en el largo plazo. Desde entonces, el grupo de Griffiths ha seguido publicando estudios piloto con enfermos terminales e incluso con fumadores de tabaco explicando que los beneficios terapéuticos obtenidos se deben a las experiencias místicas inducidas farmacológicamente con psilocibina. Obviamente, están tan obsesionados con lo místico, que no se han ocupado de medir otras variables del proceso. No dudo que las experiencias místicas tengan un papel relevante e incluso clave y determinante… pero lo que están consiguiendo es evitar que otros se ocupen de otras variables. Y lo que es peor: ni ellos mismos se preocupan por considerarlas. Han ido copando tanto el campo, aparecido en medios de comunicación de masas y hecho tan famosos que muchos editores les envían cada vez más artículos para revisar aumentando así su capacidad de veto frente a los que no hacen las cosas como ellos (o pueden ser competencia, claro). En la investigación en psicoterapia psiquedélica, las experiencias místicas son el nuevo credo y sólo los que investigan este tipo de procesos psicológicos (cada vez son más), y desprecian a los que estudian otros procesos psicológicos diferentes, son sus nuevos profetas. Sus investigaciones se publican básicamente en dos revistas de farmacología que son especialmente tolerantes con la doctrina, pero eso no las hace malas revistas, sino al contrario. Sin embargo, nunca han publicado un solo artículo en una revista de psicología.

Entender el cambio terapéutico como consecuencia de una experiencia mística es una actualización, 50 años después, del famoso experimento del viernes santo liderado por Leary –un científico– y por Phanke –un teólogo–). Los nuevos científicos-curas se han quedado con las influencias del teólogo, despreciando al científico, el primero en ocuparse de otras variables psicológicas aparte de la experiencia mística en la investigación psiquedélica. El cambio psicológico es un proceso complejo, en el que intervienen muchos factores. Nos aproximamos peligrosamente a un estado teocrático en el que ciertos investigadores consideran la experiencia mística como algo que ya no es un proceso psicológico, sino una experiencia sobrenatural, y por eso desprecian las aproximaciones psicológicas, terrenales, mundanas, y por tanto pecaminosas, impuras y necesarias de extirpar. Si la investigación en psicoterapia psiquedélica sigue por esos derroteros, se terminará convirtiendo en un movimiento sectario, no peligroso, sino delirante, desconectado de la realidad y la psicología lo considerará como algo pintoresco, fruto de colgados que, como nuevos evangelistas que son, visten con traje y corbata, y volverá a perder el reconocimiento que tanto esfuerzo está costado volver a dignificar. Como siempre, son los fundamentalistas fanáticos los que vienen a fastidiarlo todo. Como especie no tenemos remedio. Como nota final, compárense las declaraciones citadas del primer revisor con la frase final del segundo, que en vez de insultarnos hacía recomendaciones no basadas en el dogma, sino en el aporte constructivo, y cuya última frase es incluso como aplicarse un reconfortante bálsamo: “Espero que estos comentarios sean útiles y que continúen trabajando en estos importantes y significativos temas”. Así es la ciencia.

Acerca del autor

Muchos años luchando en la sombra para que el cannabis florezca al sol.

Jose Carlos Bouso

José Carlos Bouso es psicólogo clínico y doctor en Farmacología. Es director científico de ICEERS, donde coordina estudios sobre los beneficios potenciales de las plantas psicoactivas, principalmente el cannabis, la ayahuasca y la ibogaína.