He visitado Nueva York en dos ocasiones, verano de 2019 y verano de 2022.

Pude constatar dos hechos: que el apocalíptico artículo ‘NYC is dead forever(«Nueva York ha muerto para siempre») publicado por James Altucher sentenciando la ciudad en los primeros meses de la pandemia resultó ser erróneo, y que la ciudad tiene un permanente olor a marihuana que hace tres años no estaba.

Esta diferencia la explica la legalización del cannabis con fines recreativos que tuvo lugar en 2021 para mayores de 21 años en el estado de Nueva York, que se convirtió en el decimoquinto en dar este paso. En el horizonte, un mercado de hasta 4.200 millones de dólares demasiado suculento en su tributación como para ignorarlo.

85 gramos en el bolsillo, kilo y medio en casa

Esta legalización implica que los neoyorquinos pueden llevar encima tres onzas (85 gramos) de cannabis y fumarlo o tomarlo libremente en cualquier lugar donde se pueda fumar tabaco, ya sea en interiores o en exteriores, incluyendo los hoteles, quedando excluidas zonas como colegios, puestos de trabajo o interiores de vehículos. En el caso del cannabis concentrado la posesión queda limitada a 0,85 onzas (unos 25 gramos).

También está permitido poseer en el domicilio tres libras (casi un kilo y medio) si es almacenado de forma segura. El olor a marihuana no puede ser usado como justificación para detener y registrar a un peatón. La paradoja es que hay zonas de la vía pública, al aire libre, donde no se puede fumar ni tabaco. En el resto, la gran mayoría del espacio público, se permite ahora también fumar marihuana.

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Un cartel advierte de que está prohibido fumar (cualquier tipo de sustancia) en la 8ª Avenida.

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Esto es un vestigio de cuando la ciudad endureció sus medidas contra el tabaco en 1988, en una época quizás adelantada a su tiempo, cuando el tabaco omnipresente estaba mucho más normalizado todavía en la mayoría de regiones del mundo. Hoy los espacios libres de humo conviven con los espacios donde también es legal fumar aquello que estaba terminantemente prohibido hasta hace poco, y lo sigue estando en la mayoría de estados del país.

Las consecuencias a pie de calle, además del olor a marihuana generalizado, también están en la proliferación de multitud de tiendas dedicadas, es imposible caminar durante un cierto tiempo por Manhattan sin toparse con una. Una estampa habitual es la de alguien saliendo de una de ellas y parando en la puerta para fumar.

Esa proliferación tiene una causa: son las que empezaron a abrir tras el anuncio de la legalización y antes de que el estado de Nueva York comenzase a emitir licencias para estos establecimientos.

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Marquesinas y accesos a tiendas cannábicas en Nueva York, con algún anuncio de próximas aperturas.

Un período sin regulación que ha derivado en que multitud de pequeñas tiendas han aprovechado para abrir de forma ágil antes de que las primeras licencias hayan sido emitidas durante la primavera . Entre sus requisitos está una tasa de 2.000 dólares, un plan de negocio detallado y una auditoría de buenas prácticas, entre otros.

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Al margen de estos pequeños negocios, el estado tiene planes de inversión para «crear la industria del cannabis para adultos más inclusiva de la nación», según dijo su gobernador. En abril se anunciaron exenciones fiscales para estos negocios precisamente con este objetivo, así como regulaciones para permitir el cultivo de cannabis en granjas neoyorquinas. El olor a porro en Manhattan va para largo.

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Muchos años luchando en la sombra para que el cannabis florezca al sol.