Un nuevo estudio revela cómo el DMT altera la percepción del rostro propio y disuelve la identidad en la mente
¿Dónde acaba el “yo” y empieza el “otro”? ¿Dónde se dibujan los contornos de nuestra identidad cuando el cerebro está sometido a la influencia de sustancias psicodélicas? Estas preguntas, más filosóficas que médicas hasta hace poco, comienzan ahora a recibir respuestas científicas con nombres, apellidos y gráficas de electroencefalograma. Un equipo internacional de investigadores ha demostrado que una formulación inspirada en la tradicional ayahuasca amazónica tiene la capacidad de alterar profundamente la forma en que el cerebro distingue entre el rostro propio y el de los demás.
El estudio, publicado en la prestigiosa revista NeuroImage, sugiere que la mezcla de DMT (dimetiltriptamina) y harmina puede debilitar significativamente los mecanismos cerebrales que usamos para reconocernos a nosotros mismos, erosionando la frontera entre el “yo” y el “tú”. Lo que hasta ahora era territorio exclusivo de la experiencia mística o la literatura psicodélica de los años sesenta, entra por fin en el laboratorio y se mide con precisión milimétrica.
De la selva al escáner cerebral
La ayahuasca es una infusión ritual utilizada durante siglos por los pueblos indígenas del Amazonas. Combina una planta rica en DMT —una molécula que por sí sola es destruida rápidamente por el cuerpo— con una liana que contiene inhibidores naturales de esa degradación, como la harmina. Al tomarlas juntas, se desencadena una experiencia sensorial intensa, marcada por visiones coloridas, una percepción alterada del tiempo y el espacio, y una disolución del ego que muchos describen como espiritual o trascendental.
Atraídos por ese fenómeno subjetivo tan potente, los investigadores —procedentes de centros como la Universidad de Zúrich y la IMT School for Advanced Studies en Italia— diseñaron un estudio para analizar de forma objetiva qué ocurre en el cerebro cuando esta frontera entre el yo y los demás se difumina.
El experimento: rostros, ondas cerebrales y disolución del ego
Treinta voluntarios sanos participaron en un experimento cuidadosamente controlado. En tres sesiones diferentes, separados por dos semanas entre sí, los sujetos recibieron: un placebo, solo harmina, o bien la combinación de DMT y harmina. El DMT se administró por vía nasal, y la harmina por vía oral.
Durante cada sesión, los participantes realizaron una tarea de reconocimiento facial mientras llevaban un gorro de EEG que medía su actividad cerebral en tiempo real. Se les mostraron imágenes de sus propios rostros, caras de celebridades conocidas y rostros completamente desconocidos. También se incluyeron imágenes distorsionadas para mantener su atención.
Los científicos analizaron tres tipos de señales cerebrales:
- P1, relacionada con el procesamiento visual básico (aparece a los 100 milisegundos).
- N170, clave para reconocer rostros.
- P300, asociada con el reconocimiento consciente de información relevante, como nuestra propia imagen.
Los resultados fueron sorprendentes.
Ver sin reconocerse
Bajo el efecto del compuesto psicodélico, el cerebro mostraba una mayor activación temprana (P1) ante cualquier rostro, lo que indica una agudización de la percepción visual. Pero al mismo tiempo, la señal N170 —encargada de procesar la estructura de las caras— se reducía. Es decir, se veían más cosas, pero se reconocían peor.
Lo más llamativo, sin embargo, ocurrió con la señal P300. Normalmente, nuestro rostro genera una activación mucho más fuerte en esta fase, reflejando que el cerebro le otorga una atención especial. Pero bajo los efectos de DMT y harmina, esta diferencia se esfumó. El cerebro ya no distinguía entre el rostro propio y los ajenos.
Como explica Dila Suay, autora principal del estudio:
“Nos sorprendió la consistencia de este aplanamiento neural. Incluso marcadores tempranos como el N170 estaban notablemente reducidos. Esto sugiere que el DMT no solo altera la experiencia consciente, sino que interfiere en etapas fundamentales del reconocimiento facial, desafiando la forma en que construimos el ‘yo’ a nivel perceptivo”.
Un “yo” más difuso, un mundo más abierto
Curiosamente, los rostros de personas conocidas —celebridades o figuras públicas— no se vieron afectados. El cerebro los seguía procesando con normalidad. Esto indica que el efecto psicodélico no es una interferencia global, sino una alteración muy concreta de la percepción del yo.
Y aquí está la clave terapéutica: al reducir el peso del “yo” en el sistema nervioso, estas sustancias podrían ser útiles para tratar trastornos donde hay un exceso de autoconciencia negativa, como la depresión o la ansiedad social. Una identidad demasiado rígida puede convertirse en una cárcel. Aflojar esas cadenas, aunque sea por unas horas, puede abrir ventanas de posibilidad emocional y cognitiva.
De hecho, los participantes que experimentaron una mayor reducción de las señales N170 y P300 también reportaron vivencias más intensas de disolución del ego, imágenes vívidas y sensación de unidad. No todos, eso sí, lo vivieron como algo positivo. Algunos sintieron ansiedad y desorientación. La disolución del ego, como la libertad, puede ser tanto liberadora como aterradora.
Ciencia, psicodelia y terapia
El estudio tiene limitaciones: se realizó solo en hombres, y con una vía de administración muy específica. Además, aunque el EEG permite registrar con precisión temporal los cambios cerebrales, no ofrece una localización exacta de las zonas afectadas. Por eso, los investigadores planean combinar esta técnica con resonancias funcionales (fMRI) en futuros trabajos.
También buscan estudiar cómo evolucionan estos efectos con el tiempo, y si los cambios en la percepción del “yo” se mantienen después del viaje psicodélico. La gran pregunta es si este desenfoque del ego puede entrenarse o modularse para fines terapéuticos sin perder el anclaje a la realidad.
Como concluye Suay:
“Estamos empezando a trazar puentes entre la experiencia subjetiva del yo y los marcadores objetivos del cerebro. Y eso abre puertas nuevas, tanto para la ciencia como para la terapia, en trastornos donde las personas se sienten desconectadas de sí mismas o de los demás”.
Una vieja pócima de la selva, reconvertida en herramienta de laboratorio, nos está obligando a repensar lo que creíamos saber sobre la identidad, la conciencia y los límites entre uno y el mundo. Y tal vez, como siempre ocurre con las grandes revoluciones, todo empieza por mirar el rostro propio… y no reconocerse.
El estudio, titulado “La formulación de DMT/HAR inspirada en la ayahuasca reduce la diferenciación cerebral entre rostros propios y ajenos”, fue realizado por Dila Suay, Helena D. Aicher, Michael Kometer, Michael J. Mueller, Luzia Caflisch, Alexandra Hempe, Camilla P. Steinhart, Claudius Elsner, Ilhui A. Wicki, Jovin Müller, Daniel Meling, Dario A. Dornbierer, Milan Scheidegger y Davide Bottari.
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Acerca del autor
Amante del cannabis y especializado en el mundo de las sustancias psicoactivas. Escritor y psiconauta.



















