Dos semillas, 4,39 kilos estimados tras el secado y un valor de hasta 28.229 euros al por menor según el cálculo policial, pero ni rastro de tráfico ni de autoconsumo acreditado y la justicia concluye que no hay delito probado
Entre las lechugas, dos semillas. Así empieza una historia que, en realidad, habla menos de un invernadero en Ortigueira y más de la manera en que España sigue gestionando el cannabis: a golpes de sospecha, con cifras que impresionan en un atestado y con una realidad social que no cabe en el Código Penal tal y como se está aplicando.
Un vecino de Ortigueira ha quedado absuelto por sentencias tanto del Juzgado de lo Penal número 1 de Ferrol como de la Audiencia Provincial, después de que la Guardia Civil localizara plantas de cannabis en su invernadero en 2023. La Fiscalía pedía un año y seis meses de prisión y 30.000 euros de multa. No lo logró. Y no lo logró por una razón que debería pesar más que cualquier titular: no se acreditó ni que aquellas plantas se destinasen al autoconsumo, ni al tráfico ilícito, ni a la comercialización, ni al consumo de terceras personas.
La escena, además, es casi un retrato de lo que ocurre cuando se intenta hacer encajar a martillazos lo que es un fenómeno extendido. Los agentes pasaron por delante de las instalaciones y, con las puertas abiertas, vieron las plantas “con total facilidad”. Entraron y registraron con autorización del titular. Y el acusado, lejos de fugarse o esconder nada, colaboró: ayudó en la corta, en la poda y en preparar hojas en cajas para su decomiso y análisis.
Luego llegaron los números, que son los que siempre hacen de gasolina para el miedo: tras la desecación y desramado se estimó una cantidad neta de 4,39 kilogramos, con un valor de 8.469 euros al por mayor por kilogramos y de 28.229 euros al por menor por gramos, según el cálculo en “mercado ilícito”. Pero una cosa es una proyección económica hipotética y otra, muy distinta, la prueba de un delito.
La Audiencia Provincial desestimó el recurso de la Fiscalía y sostuvo —con elementos que ya se habían valorado en Ferrol— un conjunto de datos que, en lenguaje común, suenan a sentido común: visibilidad desde la vía pública, ausencia de instrumentos preparatorios de distribución (secado industrial, procesado, pesaje), ningún indicio de venta, facilidades para el registro y sin rastro patrimonial de un nivel de vida incompatible con su empleo.
Y aquí aparece la pregunta que la política evita, pero que los juzgados acaban devolviéndonos como un espejo: si el cannabis se consume, si el debate social es evidente y si los tribunales tropiezan una y otra vez con casos donde la intención de traficar no se sostiene, ¿qué estamos consiguiendo manteniendo esta zona de sombra?
Porque la prohibición, tal y como está, produce una paradoja corrosiva: presume lo peor, obliga a interpretar, convierte un cultivo en un laberinto penal y deja el control real —calidad, potencia, acceso de menores, trazabilidad— en manos del mercado ilegal. Se persigue la planta, pero no se ordena el fenómeno. Se castiga lo visible y se pierde lo importante.
Esta absolución no es una invitación al “todo vale”. Es más bien lo contrario: es una llamada a hacer las cosas con reglas claras. Regular significa poner luz donde ahora hay clandestinidad: controles, límites, licencias, inspecciones, educación sanitaria y un marco que permita diferenciar con precisión el autocultivo, el suministro y el tráfico. Significa, también, que el Derecho penal deje de ser la respuesta automática cuando lo que falta, en realidad, es política pública coherente.
Ortigueira, esta vez, no ha sido noticia por una condena ejemplar. Lo ha sido por algo más incómodo para el discurso prohibicionista: por demostrar que, cuando se mira de cerca, no basta con contar plantas y convertirlas en euros. Hay que probar qué se pretendía hacer con ellas. Y cuando eso no se prueba, lo que queda al descubierto no es un invernadero: es el vacío de una ley que llega tarde a la realidad.
Acerca del autor

Manu Hunter
Periodista cannábico con un estilo desenfadado pero siempre riguroso. Cuenta historias que prenden, informan y desmontan mitos, acercando la cultura cannábica al mundo con frescura y credibilidad. ¡Donde hay humo, hay una buena historia!




















