En este segundo número de la serie que dedicamos al cannabidiol (CBD) continuaremos repasando lo que se conoce hasta el momento sobre sus propiedades terapéuticas y sus futuras aplicaciones clínicas, centrándonos con cierto detalle en sus propiedades en el tratamiento de los trastornos adictivos.

En el último artículo que publicamos en esta serie hicimos un breve repaso histórico sobre el descubrimiento del CBD, destacando cómo fue en un primer momento desechado a favor del tetrahidrocannabinol (THC). Casi todas las investigaciones científicas hasta mediados de los 90 se centraron en el THC, a quien se atribuyeron la mayoría de las propiedades terapéuticas por ser un compuesto con propiedades psicoactivas. La descripción y caracterización de las funciones biológicas del sistema cannabinoide endógeno a partir de 1992 renovó el interés en la investigación sobre otros cannabinoides distintos al THC y el potencial terapéutico del CBD ha ido adquiriendo mayor relevancia hasta la actualidad. Señalamos también algunos estudios sobre posibles aplicaciones terapéuticas en el campo de la salud mental (como los trastornos psicóticos y la ansiedad) o de la neurología (la encefalopatía perinatal hipóxico-isquémica).

No son éstas las únicas aplicaciones posibles del CBD y en los últimos años se han multiplicado los estudios en los que se evalúan sus potencialidades terapéuticas. Muchas de ellas tienen que ver con el sistema nervioso, lo que no es extraño ya que los receptores de cannabinoides son muy abundantes en el cerebro y la médula espinal. Una de ellas son las posibles aplicaciones en el campo del tratamiento de los trastornos adictivos.

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La hipótesis más extendida sobre la neurobiología de las adicciones (y otros trastornos similares como la ludopatía o las “adicciones sin sustancia”) sostiene que éstos se producen por cambios en los sistemas cerebrales que regulan las conductas placenteras. Todos los vertebrados poseen un sistema cerebral llamado dopaminérgico-mesocorticolímbico que sirve para que algunas actividades necesarias para la supervivencia de las especies (comer, beber y reproducirse) sean especialmente placenteras. Comer cuando se tiene hambre, beber cuando se tiene sed o mantener relaciones sexuales no sólo sirven para subir la glucosa en sangre, regular la osmolaridad y recombinar genes. Además molan.

Esta hipótesis sostiene que algunas sustancias interfieren en este circuito biológico. En algunas personas el uso habitual de algunos fármacos o drogas interferiría sobre los circuitos  neuronales y les llevaría a perder el control sobre ellas, desarrollando trastornos adictivos. No todos los científicos están de acuerdo con esta teoría (que muchas veces se presenta como verdad revelada y no como lo que es, una mera hipótesis de trabajo) ya que está basada en estudios sobre animales de experimentación. Pero en el momento actual constituye uno de los paradigmas en los que se basa el tratamiento del modelo biológico de las adicciones.

El descubrimiento del sistema cannabinoide endógeno sirvió para añadir algunos matices a esta hipótesis durante la década pasada. A nivel molecular, el CBD actúa como un agonista inverso débil de los receptores CB1, estimula otros receptores supuestamente involucrados en los mecanismos que perpetúan las adicciones (como el receptor transitorio potencial vainilloide 1, TRVP-1), el sistema del glutamato, los del sistema opioide o los receptores serotoninérgicos 5-HT1A. Aunque  resulta complicado de explicar para personas sin conocimientos profundos de neurobiología, estas propiedades hacen que, a priori, el CBD pudiera resultar un compuesto interesante para el abordaje de los trastornos adictivos.

En animales de experimentación se ha demostrado que el CBD tiene efectos sobre los comportamientos adictivos relacionados con opioides. También se ha comprobado que, al menos en ratas, el CBD atenúa algunos síntomas del síndrome de abstinencia en ratas a las que se ha hecho adictas a la morfina. En los estudios, este efecto fue mayor cuando se administró una mezcla de THC + CBD a las ratas en lugar del CBD sólo. También existen algunos estudios sobre los efectos del CBD en los trastornos adictivos relacionados con estimulantes (cocaína y anfetaminas) o el propio cannabis, aunque los resultados son mucho menos concluyentes. Hasta el momento, no se han llevado a cabo estudios en animales que evalúen el papel potencial del CBD en relación con el tabaco, el alcohol o tranquilizantes de prescripción médica.

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El problema con los estudios en animales es que pueden servir como una cierta orientación preliminar pero tienen muchas limitaciones. La más evidente es que los animales son muy distintos a los humanos. Las personas se comportan de forma distinta a los monos del zoo o las mascotas en sus hábitos alimenticios o sexuales, al menos en la mayoría de los casos. En los experimentos en animales suelen utilizarse electrodos intracraneales para medir los efectos, lo que es muy distinto a las condiciones en las que los humanos utilizan las drogas. Y aspectos como la motivación, las características de personalidad o las cuestiones de tipo familiar y social no pueden ser evaluadas a partir de lo que hacen las ratas.

Con respecto a los humanos, los datos son escasos y se han centrado en el tratamiento de la dependencia al cannabis. Como ya hemos señalado en algún artículo anterior, la dependencia al cannabis es un cuadro poco frecuente, considerando las elevadas frecuencias de consumo de esta sustancia. El problema es que con frecuencia se considera “dependiente” a cualquier usuario de cannabis sea cual sea su pauta de consumo, lo que dificulta diferenciar entre los patrones de consumo responsables y adaptados (la mayoría) de aquellos en los que el uso de la sustancia supone un problema y el usuario ha perdido el control sobre la sustancia.

Un caso anecdótico publicado en el año 2013 (1) relata el caso de una mujer de 19 años que era incapaz de dejar el cannabis por los síntomas de abstinencia que le producía. Se le administró CBD por vía oral durante 11 días, entre una dosis de 300 y 600 mg. No aparecieron efectos adversos significativos, los efectos de abstinencia fueron menores  a los que presentó en intentos previos y al sexto día estaba libre de ningún síntoma negativo. El seguimiento a los 6 meses reveló que la chica había vuelto a fumar pero con una frecuencia mucho menor  (1 o 2 días a la semana en lugar de todos).  Con los datos disponibles es imposible saber si el CBD produjo algún efecto o la atenuación del síndrome de abstinencia (que, recordemos, en el caso del cannabis no está aceptado por todos los científicos de forma unánime) se puede explicar por el efecto placebo. Tampoco puede asegurarse que exista relación entre el uso del CBD y la disminución en el uso de cannabis a medio plazo, o si más bien se trata de la evolución natural del uso de cannabis con la edad. En definitiva, el estudio aquí descrito se trata de un hallazgo anecdótico con poca relevancia a nivel práctico.

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Con respecto al alcohol, no hay estudios sobre las posibles aplicaciones del CBD en el tratamiento del alcoholismo. Tan sólo un pequeño ensayo clínico (2) realizado en 1979 en el que se estudiaba si existían diferencias al utilizar alcohol o alcohol junto a CBD. Los resultados de la investigación, llevada a cabo sobre 10 pacientes, no mostraron diferencias entre los efectos del alcohol sólo y de la combinación. Curiosamente sí que se encontró una disminución de la concentración de alcohol en sangre en aquellas personas que habían tomado CBD, lo que sugiere que los mecanismos farmacológicos deberían ser estudiados con mayor profundidad.

Más interesante resulta otro estudio realizado en humanos y también publicado en el año 2013 (2) que buscaba evaluar el impacto del CBD en la dependencia a tabaco. Un grupo de investigadores del University College de Londres se propuso medir el efecto del CBD en personas que deseaban dejar de fumar. En este caso no se trató de una comunicación anecdótica, sino de un ensayo clínico bien diseñado en el que se administró CBD por vía inhalatoria (en dosis de 400 microgramos por inhalación en un dispositivo específico) o  placebo a un grupo de 24 fumadores de tabaco que deseaban abandonar el hábito. Se les indicó que debían utilizar el inhalador cuando tuvieran ganas de fumar, apuntar el número de veces que fumaban y utilizaban el inhalador, y también que midieran en una escala sus “ganas de fumar”. En los resultados del estudio y después de 2 semanas, los que utilizaron el spray de CBD habían fumado un 40% menos de cigarrillos de tabaco en comparación con los que utilizaron el placebo,  y también la sensación de ansiedad producida por la abstinencia fue menor en el grupo del CBD durante la primera semana. La búsqueda de nuevos tratamientos que ayuden a dejar de fumar tabaco es un objetivo importante de salud pública, debido a la elevada mortalidad y las enfermedades asociadas a esta droga. Los medicamentos disponibles tienen eficacia limitada y ya en la primera década del siglo XXI se llevaron a cabo estudios prometedores en este sentido con un fármaco antagonista de los receptores CB-1, el rimonabant.

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Rimomabant había recibido la aprobación de distintos organismos regulatorios de medicamentos en distintos países entre 2006 y 2009 (incluyendo la Agencia Española del Medicamento) como tratamiento para perder peso en determinados tipos de obesidad. En los ensayos clínicos no se encontraron efectos adversos significativos pero cuando el fármaco se comercializó a gran escala tuvo que retirarse al descubrirse que producía un incremento en el número de suicidios. Este ejemplo nos indica que hay que ser muy precavidos con cualquier fármaco nuevo que se introduce en el mercado, ya que los efectos adversos muy graves pueden ser infrecuentes (y no detectarse en ensayos clínicos sobre pocos pacientes) o aparecer a muy largo plazo. El perfil farmacológico del CBD sugiere que se trata de una molécula segura, pero el mismo principio de precaución debería utilizarse con esta molécula. Hasta que sus indicaciones en medicina estén claramente establecidas y validadas a través de estudios rigurosos debería ser considerado un fármaco experimental.

Referencias:

  • Crippa JA, Hallak JE, Machado-de-Sousa JP, et al. (2013) Cannabidiol for the treatment of cannabis withdrawal syndrome: a case report. J Clin Pharm Ther. ;38:162–4.
  • Consroe P, Carlini EA, Zwicker AP, Lacerda LA.(1979) Interaction of cannabidiol and alcohol in humans. Psychopharmacology;66:45–50.
  • Morgan CJ, Das RK, Joye A, Curran HV, Kamboj SK. (2013) Cannabidiol reduces cigarette consumption in tobacco smokers: preliminary findings. Addict Behav. ;38:2433–6.

Acerca del autor

Fernando Caudevilla (DoctorX)
Médico de Familia y experto universitario en drogodependencias. Compagina su actividad asistencial como Médico de Familia en el Servicio Público de Salud con distintas actividades de investigación, divulgación, formación y atención directa a pacientes en campos como el chemsex, nuevas drogas, criptomercados y cannabis terapéutico, entre otros.