¿Es el buen costo marroquí una quimera? Visitar su centro de producción podría disipar dudas. O quizás no.

«Al-hamdu lillah», agradece al cielo Karim Zayani ante lo que llama «la mejor cosecha en mucho tiempo».

Una primavera lluviosa y un verano impecable han devuelto el ánimo a este experimentado agricultor de alta montaña. Su finca, una gran olla matemáticamente orientada al sol estival, tiene el honor de ser una de las pioneras en la producción de hachís en el Magreb.

Con los últimos haces de índica secándose al sol, Zayani repasa su maltrecha reserva de tamices. No hay prisa en reponerlos, explica, pero lo más adelantado de la campaña lleva ya semanas reposando en el granero y pronto estará listo para el primer apaleo. Por el momento, como indica el rojizo desnudo de las laderas, la fase más laboriosa del año toca a su fin. La partida de temporeros se despide hasta la siembra de abril y su patrón se apresura sendero abajo para no llegar tarde a la mezquita.

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Todo en el aire anuncia una gran tormenta. Con el cielo espesándose por momentos, inquieta la cantidad de plantaciones que aún verdean en los contornos, dado lo mucho que la lluvia deteriora la preciada carga de tricomas de resina. Zayani echa mano a una gran mata que crece junto al camino y disecciona con los dedos su aromática floración. “Maldita jardala”, murmura para sí con el ceño fruncido.

A la salida del rezo, una marea de chilabas busca cobijo de la estruendosa granizada en las terrazas cubiertas de los cafés. Zayani y algunos compañeros de tárika alcanzan finalmente una mesa. Como buenos cofrades, el hielo se va rompiendo entre risas con tema Sidi Heddi, el histórico santón de la tradición sufí que declarara el kif, o marihuana, vehículo de purificación espiritual.

Bromas aparte, lo primero que distingue a este grupo es la edad, de sesenta para arriba, señal de que todos sus miembros vivieron de primera mano la revolución del hachís.

Hasta entonces, hace poco más de medio siglo, el negocio del kif en Ketama había consistido en mover a escondidas por todo Marruecos los fardos de rama y hoja de tabaco con que abastecían al fumador de sepsi. La modernidad comenzó a palparse con las piedras de rojo afgano que traían consigo los viajeros. Algunos, sabían incluso elaborarlo. Nadie olvida en el valle al clan argelino que vivió durante años en la vecindad divulgando los secretos de la criba aprendidos en Oriente Medio.

La planta doméstica, una índica aceitosa y sufrida, con siglos de dura adaptación a estas cumbres, dio en generar una resina dorada y potente, de un dulce efecto narcotizante, acentuado además con la tozuda manía local de secarla al sol. Sea como fuere, mejor o peor que el hachís oriental, la contracultura europea no puso ningún pero. El flamante costo marroquí no tardó en triunfar más allá de la frontera a golpe, sobre todo, de precio y disponibilidad.

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Los antiguos productores de rama, los padres de Zayani y compañía, se frotaban los ojos ante el nuevo margen de beneficios. El fenómeno iba incluso más allá de lo económico, hasta tocar la fibra más sensible del bereber: su ansia indómita por zafarse del dictado alauita, o lo que algunos aquí denominan sin tapujos “la ocupación colonial árabe”. Ese mismo espíritu irreductible y combativo que había acarreado a las tribus de Ketama su licencia para cultivar kif, impulsaba ahora hacia la frontera norte a una joven generación de montañeses analfabetos dispuestos a triunfar en el mundo del negocio internacional. La carrera desesperada por la posesión de la tierra y el manejo de la distribución no tardó en pasar factura: luchas fratricidas, descalabro social y destrucción sistemática del entorno. Sin orden ni concierto, con el pequeño productor abandonado otra vez a su suerte, la comarca se hundió a plomo en la cloaca del tráfico desleal.

Los signos del desastre emergen por doquier: deforestación masiva e irracional, sobreexplotación de ríos y demás acuíferos, insalubridad severa, incluyendo las toneladas de basura derramadas por el paisaje, una mayoría de la población en el umbral de la pobreza y demasiada juventud errática, a años luz de un instituto, aguardando día y noche en los cafés la señal de algún capo. Uno de los animadores de la tertulia de veteranos es Faisal el Khayari, residente habitual en la zona euro y simpatizante de un movimiento marroquí para el uso legal del cannabis. En su opinión, “la enfermedad” de su tierra radica en una regulación absurda, por no decir hipócrita: “Europa y Marruecos siempre se negaron a conectar con nuestra idea esencial de un producto artesano de alta gama. Tiran de nuestra industria, pero al no poder controlarla la tratan como algo tóxico, criminal. Y ese camino solo lleva a lo que tenemos ahora: imperio de la mafia y ruina cultural. La jardala es el mejor ejemplo”.

En la jerga local, el manido término jardala parece marcar la línea entre el bien el mal. No falta hasta quien lo tiñe de “antimusulmán”. En realidad, todo este asunto consiste en un intento más de exprimir una tierra ya de por si exhausta. A falta de más bosque que talar, la cuestión es cómo mejorar el rendimiento en kilos de polen de la planta autóctona, modesto frente a variedades de más porte. El inconveniente con estas otras semillas importadas tan en boga hoy en día, es que precisan de condiciones atmosféricas más bien estables, régimen de riego razonable y unas semanas extra para alcanzar su plenitud psicoactiva. Casi una utopía en estas cumbres. Por mucho que la prolongación de los veranos vía calentamiento global esté disparando su expansión, rara es la plantación de este tipo que no llega al granero tocada, como mínimo, por el azaroso clima de septiembre.

Pero el negocio jardala está en el peso, no en la calidad. De hecho, esta creciente producción de resina barata está pensada desde un principio como ingrediente de relleno, un equivalente en cierto modo a la henna, cera, polvo de anfetamina, fibra de cristal, excrementos animales o cualquiera de los elementos naturales o sintéticos que sirven, como dice la vieja guardia, “a la floreciente empresa de falsear nuestra denominación de origen”.

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De vuelta en la granja, no han transcurrido ni diez minutos de plácida siesta cuando estalla fuera la jauría de cancerberos. Se apaga un motor y enseguida también los ladridos. Una imponente figura de negro, tocada con un casco plateado, saluda brazo en alto en medio del corral a lomos de una gran motocicleta. Parece un espejismo, pero sólo es Klaus, “uno más de la familia”, como declara jubiloso su anfitrión.

La sociedad Klaus-Zayani viene de lejos, de los tiempos en que a la juventud europea no le asustaba aventurarse en el corazón del Rif. Al contrario. Cercana y exótica, Ketama seducía no sólo por el toque libertario que le daban sus vastas plantaciones de kif o por su espectacular escenario alpino, sino, señala Klaus, por “la hospitalidad y el entusiasmo de unos aldeanos que se creían alquimistas convencidos de haber dado con su piedra filosofal”. El programa era apretado: senderismo, esquí, motocross, ornitología, botánica, cuando no echando una mano o simplemente vigilando a los especialistas en dobles fondos que trabajaban a destajo en las cocheras preparando los vehículos de cara a la frontera. Hoy más que entonces, coinciden los socios, la única fórmula fiable para “saber lo que uno se mete en los pulmones” es “comprobar de cerca el producto antes de comprar”.

Las dos o tres escapadas anuales de Klaus consisten en un tour de force de dos semanas por lo más remoto de la montaña en pos del costo superlativo, el “ketama, ketama”, en palabras textuales. La asistencia de su fiel Zayani, quien aporta normalmente asimismo una buena partida de doble cero, le va iluminando el arduo camino. Una vez reunida y empaquetada, la mercancía alcanzará el mar en un santiamén, primero en furgoneta y un último tramo en burro. Con la venia de Neptuno cruza los dedos el veterano traficante, podría tenerla ya en casa a su regreso.

Lógicamente, el asunto de la regulación del cannabis acaba surgiendo tarde o temprano con el té. Klaus no acaba de creerse que un clandestino de pura cepa como su camarada dé señales de flaqueza. Pero Zayani se aferra a su parecer. Dado los tiempos que corren, sí que aceptaría “gustoso”, admite, un certificado de calidad que abriera los ojos a los millones de consumidores confusos: “resulta paradójico que Europa tenga un problema de salud pública debido a un producto potencialmente beneficioso, cuando no medicinal”.

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Visto así, sorprende menos que un curtido musulmán le encargue a su amigo de ultramar la mejor botella de escocés que encuentre. “Para el botiquín, naturalmente”, puntualiza Zayani, llevándose la mano a su viejo corazón rifeño.