La ebriedad producida por el cannabis no despertaba alarma social alguna, y el propio conocimiento popular que existía sobre la planta confirmaba la ausencia de experiencias negativas en este sentido.

por © Isidro Marín Gutiérrez y Mónica Hinojosa Becerra

 Los datos tanto botánicos, médicos, psiquiátricos o de ley y orden sobre el cannabis en Brasil aumentaron en el siglo XX. La principal fuente de datos para este periodo es la colección de escritos brasileños sobre la maconha entre 1915 a 1956. La maconha, durante este periodo se da por sentado que era un vicio. Los adjetivos a sus consumidores eran de viciados, criminales, vagabundos o “maloqueiros” (locos). La marihuana se fumaba, según la literatura de la época, en los cuarteles y en las cárceles. Se consumía por aburrimiento o por desesperación. También existía con en Francia en el siglo XIX un club de Diambistas en donde se reunían semanalmente para disfrutar de las delicias de la marihuana.

En 1911, la prestigiosa enciclopedia Espasa-Calpe, al glosar el término, “cáñamo”, mencionaba “la embriaguez especial del hachís”, cuya secuela final no va más allá de “un sueño tranquilo sin consecuencias secundarias desagradables” (Usó, 1996:116). Hasta bien entrado el siglo XX, en cualquier farmacia española podía comprarse extracto de cannabis, a razón de una peseta el gramo. Costaba lo mismo una docena de huevos que tres gramos y medio de hachís y por el precio de una botella de champán se podían adquirir hasta 30 gramos de hachís.

Los resultados de la Convención del Opio

La Convención del Opio (1911-1912) se firmó en La Haya (Holanda). Los países de Europa Occidental y Estados Unidos acordaron limitar la producción y exportación del opio, heroína y cocaína, sólo para fines médicos. En esta misma Convención se expresó el deseo de estudiar el cannabis desde el punto de vista estadístico y científico, con el objeto de regular sus abusos (estaba ya en mente la futura prohibición del cannabis). Hamilton Wright, que fue el delegado principal del gobierno de los Estados Unidos en dicha Conferencia, pidió que el cannabis se pusiera en la misma lista junto con el opio y otras drogas censuradas mundialmente. La razón que alegó era que en los Estados Unidos estaban entrando muchos “indios” en San Francisco y estaban contagiando su hábito de consumir cannabis a los blancos. Italia también estaba a favor de las restricciones al cannabis, aunque Italia no tenía problemas de consumo de cannabis (de hecho era uno de los mayores países productores de tejido de cáñamo) pero en sus colonias italianas, arrebatadas a Turquía, el consumo de hachís era muy frecuente. Los demás delegados no vieron la condición de Italia y Estados Unidos suficiente como para prohibir el cannabis. Dos puntos de vista se enfrentaban: la de los Estados Unidos, defensora de una posición prohibicionista, y la de los que tenían imperios coloniales largamente implicados en el comercio del opio (como era el caso de Reino Unido). La gran vencedora en esta conferencia fue la industria farmacéutica que se hizo con el monopolio de la producción y circulación de estas sustancias y cuyo poder aumentó considerablemente cuando logró fabricar derivados sintéticos sin necesidad de utilizar las sustancias naturales. La Convención no fue muy eficaz debido a la obstrucción de Gran bretaña por su producción de opio y los negocios de la cocaína alemanes. La Convención del Opio fue firmada en la Haya el 23 de enero de 1912 por Inglaterra, Francia, Alemania, Holanda, Rusia, Italia, China, Persia, Portugal y Siam.

En 1913 el Daily Gleaner, diario de Jamaica, en su editorial de ese año afirmaba: “Hemos visto un jardinero culi- por naturaleza callado y retraído- que se comportaba como un maníaco delirante bajo el influjo de la hierba”. También afirma que el consumo se extendía en los descendientes de los africanos (Courtwright, 2002:74).

Como producto de la ideología progresista se buscaba prohibir el uso de opiáceos y derivados de la coca por sus propiedades adictivas. A partir de 1914 no se permitió a las personas comprar narcóticos. Los adictos podían comprar sus narcóticos pero a proveedores registrados. Fue llamada esta ley Harrison Act, fue una medida de imposición de contribuciones, un pago de impuestos a personas que importaban, producían, vendían cocaína, opio y derivados (el cannabis no se encontraba). Sólo imponía penas administrativas. Regulaba la posesión y venta de opiáceos. Se pretendía no castigar a los usuarios. La industria farmacéutica en principio estaba en contra de esta ley. Esta ley quería eliminar el tratamiento ambulante (los llamados “Medicine Shows”) y la distribución controlada de drogas a los adictos. Tuvo éxito durante un periodo de tiempo breve (King, 1953: 784-787). Las licencias para los farmacéuticos y médicos eran muy difíciles de conseguir y fácilmente revocadas cuando se sospechaba que los médicos o farmacéuticos suministraban drogas a los adictos (Plant, 1999:289). En la ley Harrison de 1914 el grupo más consumidor lo constituían fundamentalmente personas de raza blanca, y especialmente mujeres de clase media, a partir de dicha ley los consumidores fueron pronto los jóvenes pertenecientes a minorías étnicas y a los sectores sociales más desfavorecidos (negros, chicanos, etc.) (Gónzález Zorrilla, 1991: 166).

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El cannabis se encontraba fuera de esta lista ya que no provocaba los mismos efectos negativos atribuidos a otros narcóticos. Pero durante estos años el cannabis comenzó a etiquetarse como un narcótico. Esta estrategia surgió en zonas como Nueva Orleáns y Chicago; justamente dos ciudades en donde el jazz era muy popular. La Junta de Salud de la ciudad de Nueva York prohibió el cannabis en las calles de la ciudad en 1914, el New York Times (29 de julio de 1914) informaba que el cannabis era un narcótico que prácticamente con los mismos efectos que la morfina y cocaína y que era de sentido común que fuese vendido bajo prescripción médica (30 de julio de 1914). Explicaba que los devotos al hachís eran escasos pero que probablemente aumentaran cuando se pusiera más dura la ley para obtener cocaína u opiáceos. El consumo de cannabis se consideró como un delito menor castigado con una pequeña multa y/o seis meses de cárcel. La intención del ayuntamiento era preventiva, el uso de la marihuana debía de prohibirse para impedir a los adictos de otras drogas (que se habían vuelto más difíciles de obtener) cambiarse al cannabis como suplente de otras drogas (Bonnie y Whitebread, 1974).

Los primeros grupos especiales anti-drogas

Apareció la División de Narcóticos como forma de controlar, extender y mejorar su acción. Su idea era la de vigilar a doctores, pacientes, adictos y vendedores ambulantes (aún no se pensaba en contrabandistas). El plan comenzó con una campaña en los medios de comunicación en el que se apuntaban los males supuestos de las drogas. La idea era tener a la población de su lado. Tenía que parecer que la nación estaba al borde del derrumbamiento moral inducido por las drogas. El tema de la droga fue meticulosamente calculado para despertar en la población miedo y animadversión (entre las mentiras que se contaban era que había muchos niños que eran sus víctimas, las drogas eran letales y esclavizadoras; los usuarios de drogas eran unos delincuentes). Para apoyar sus objetivos, los progresistas crearon una terminología negativa de los narcóticos y apareció la idea de que el adicto era un delincuente, un tipo delictivo. Se actuaba contra los adictos más como una venganza que como un acto de rehabilitación. La campaña fue todo un éxito y el pánico se extendió entre la población. Los médicos que trataban con estas drogas fueron observados estrechamente por los agentes federales. La fatiga entre los médicos era común y las humillaciones eran inevitables; ante la menor sospecha de que algún médico estaba recetando más narcóticos de la cuenta eran enviados a los juzgados a declarar por sus prácticas médicas incorrectas (King, 1953: 784-787).

Haciendo ilegales los narcóticos sus precios aumentaron en el mercado negro y sus adictos necesitaron cada vez más grandes sumas de dinero que conseguían mediante delitos. Cuando ellos anteriormente conseguían sus dosis de los farmacéuticos y de los doctores ahora lo conseguían gracias a grupos de narcotraficantes que amasaban grandes sumas de dinero proporcionadas por usuarios criminales (comienza a surgir una subcultura de la droga), el adicto se convierte en un chivo expiatorio o en un parásito al que la sociedad tiene que eliminar (King, 1953: 784-787). La campaña antinarcóticos aumentó cada año. Por ejemplo; la campaña antinarcóticos estatal en 1915 era de 292.000 dólares y pasó a 1.708.528 dólares en 1932 (un aumento del 400%).

Literatura para asustar al público

A partir de esta campaña antinarcóticos se publicaron los primeros libros sobre el “horror de la marijuana”. En 1915 apareció una obra titulada “La nave del veneno” publicado en la revista Harper, su autor fue Morgan Robertson. El argumento trata de un barco de pasajeros en el que se quema accidentalmente una carga de cannabis, el humo llega a los pasajeros y a los marineros que excitados acaban pereciendo. En 1917 aparece en el Spicy adventure Stories una historia de Carl Moore. La historia se desarrolla en Londres con el asesinato de una persona, tras descubrir al asesino se le juzga y este lo niega todo. Finalmente el asesino descubre que ha sido él después de haber tomado cannabis y se suicida ahorcándose. Historias como estas aparecerán muy a menudo en la literatura de los Estados Unidos Sax Rohmer, el escritor de los Misterios de Fu Manchú, escribió la novela Dope (en 1919). Rohmer afirmaba que el hachís era mucho más peligroso que el opio (Rohmer, 1914: 154). La obra de Thomas Buró “Tai Fu and Pansy greers” es la vida de un chino en Londres que tiene muchos vicios, entre ellos el hachís (Burke, 1926). La obra de Algernon Blackwood “A psychic invasion” trata al hachís como una droga que abre parcialmente otros mundos donde viven otros seres (Blackwood, 1939). Dope Adventures of David Dare marcará el punto álgido de este género.

  1. García Sanchiz (Usó, 1996: 115), confesaba haber fumado kiff en Marruecos, evocando los “dolorosos y divinos desmayos” y la “embriaguez dichosa que enciende el ideal” y distinguiendo entre quienes lo fuman “como excitante, para ir viviendo” y quienes lo usan “como narcótico para adormecerse”.
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Poco después de la Harrison Act los Estados Unidos prohibieron la venta, fabricación y transporte de alcohol a nivel estatal. Como también se intentó censurar el jazz por causa de “embriaguez mental”. Pero el sentido de estas reformas era controlar los grupos minoritarios criminalizando sus drogas de consumo (los chinos y los negros por su afición al opio y a la cocaína; los italianos e irlandeses por su afición a empinar el codo). La primera prohibición estatal del cannabis en Utah (1915) fue una combinación de la inmigración mejicana y la aversión tradicional de los mormones a euforizantes de cualquier tipo. Esto llevó inevitablemente a la prohibición de la marihuana.

El cáñamo industrial

En 1916 el Boletín 404 (Herer, 1999:61) del Departamento de Agricultura de los Estados Unidos pronosticó el desarrollo de una máquina descortezadora y recolectora y aseguró que la industria del cáñamo sería de nuevo la principal industria agrícola de Estados Unidos. Lyster Dewey y Jason Merrill advirtieron de las peligrosas consecuencias de usar pulpa de árbol para hacer papel: “Nuestros bosques están siendo cortados a una velocidad tres veces superior que a la que crecen”. El informe notó que el cáñamo produce una nueva cosecha cada estación y los árboles necesitan como mínimo 20 años. El cáñamo rinde cuatro veces la misma pulpa por acre que la madera. Siendo la primera más barata y de la misma calidad. El papel realizado con fibra de cáñamo tiene una duración de siglos, incluso milenios. 

En 1917 George Schlichten inventó la máquina descorticadora (Herer, 1999:49), que iba a servir para recolectar de manera mucho más eficaz el cáñamo, evitando así los días en remojo y las molestias consiguientes. Schlichten había gastado ya en 20 años 400.000 dólares para crear el descorticador. El cáñamo venía siendo utilizado tradicionalmente en la industria, como materia prima para la producción de papel, cuerdas y tela. Por lo que respecta a la industria textil, el cáñamo no constituía competencia al algodón, dado que su recolección era más lenta y costosa y antes de poder ser usado era necesario tenerlo bastantes días en remojo, procedimiento que además de lento resultaba extremadamente pestilente. La nueva máquina separaba las fibras duras de las blandas en un tiempo récord. La invención de la descorticadora suponía una fuerte amenaza para la industria del algodón, que estaba fuertemente ligada con los sectores políticos más influyentes. Éstos junto con los medios de comunicación ligados a la industria maderera potenciaron la idea del cáñamo maldito y fomentaron la prohibición con leyes restrictivas del uso del cáñamo. Compraron la patente del descorticador a Schlichten y lo ocultaron en 1930 y suprimieron la industria del cáñamo. Jack Herer incluye al imperio Du Pont entre quienes forzaron la maquinaria informativa y legislativa a que se ilegalizara el cáñamo, en este caso debido a sus intereses en los tejidos sintéticos, en particular el nylon. Poco a poco estos individuos convencieron al público que las nuevas drogas sintéticas, los plásticos, la ropa de algodón, etc… eran mejores que el cáñamo.

BIBLIOGRAFÍA

  • Bonnie, R. J. y Whitebread, C. H. (1974). The marihuana conviction: A history of Marijuana Prohibition in the United States” University Press of Virginia. Charlottesville.
  • Burke T. (1926). Tai Fu and Pansy Greers. Limehouse night, R.M. Mcbride & Co.: New York
  • Courtwright, D. T. (2002). Las drogas y la formación del mundo moderno. Breve historia de las sustancias adictivas. Paidós Contextos: Barcelona.
  • González Zorrilla, C. (1991). “Drogas y perspectiva antiprohibicionista” en ¿Legalizar las drogas? Criterios técnicos para el debate de A. Escohotado, A. Baratta, S. González, M. Escribano, J. Zaragoza, C. González y J. Funes. Ed. Popular S.A.: Madrid
  • Herer, J. (1999). El emperador está desnudo, Castellarte S.L.: Castellar de la Fra.
  • King, R.B. (1953). The Narcotics Bureau and the Harrison Act: jailing the healers and the sick. Yale Law Journal.
  • Plant, S. (2001). Escrito con drogas. Ediciones Destino S.A.: Barcelona.
  • Rohmer S. (1914). Dope, Mckinlay, Stone and Mackenzie.
  • Usó, J. C. (1996). Drogas y cultura de masas (España 1855-1995), Santillana (Taurus): Madrid.

Acerca del autor

Isidro Marín Gutiérrez nació en la ciudad de Huelva en 1975. Es Doctor en Antropología Social y Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología. Ha publicado 29 artículos en revistas científicas, 18 libros y 15 capítulos de libros. Entre sus múltiples publicaciones e investigaciones