En 1931 la Food and Drug Act limitó la importación de cannabis sólo para propósitos médicos. Y para 1932 llegó la Ley Uniforme sobre los Narcóticos que intentó mejorar la Ley Harrison, creando unas leyes uniformes que se pudieran aplicar en todos los Estados Unidos.

Misteriosamente ese mismo año el consumo de marijuana se convirtió en un problema grave (New York Times, 31 de diciembre de 1931). Los datos anteriores daban descensos del consumo, el 30 de julio de 1914 el New York Times había comentado que los consumidores habían descendido pero en el New York Times del 11 de enero de 1923 había vuelto la costumbre. En el New York Times (del 16 de septiembre de 1931) el FBN pedía a los estados prohibir el cultivo de marijuana.

Por estas fechas, a principios de los años 30, estaba aceptado que la Ley Volstead, la ley que prohibía el alcohol,  había sido un grave error y que la población seguía bebiendo. La Opinión Pública se había dado cuenta de la influencia corrupta de los distribuidores de alcohol en la política local, sobre todo en las grandes ciudades. Durante 12 años los Estados Unidos se habían gastado millones de dólares en un esfuerzo infructuoso por eliminar el alcohol. El Congreso propuso el cambio de la Ley Volstead el 20 de febrero de 1933; se ratificó el 5 de diciembre de 1933.

La Food, Drug and Cosmetic Act de 1938 era una ley que incapacitaba tanto a pacientes como a médicos para juzgar legítimamente qué sustancia debería de considerarse como “terapéutico”. El paciente ya no podía tratarse con lo que él quisiera y los médicos ya no podían tratar tampoco con lo que era más conveniente para el paciente que cuidaba. Aunque se dio más poder a la profesión médica como un monopolio estatalmente diplomado, ya no había interferencias de curanderos ni de sanadores pero el precio que tuvieron que pagar era que se atendieran a las sustancias que el Estado las consideraba legales y que olvidasen aquellas ilegales. El cannabis, que había sido una medicina durante milenios iba a ser relegada.

En 1933, en Francia, Henry de Monfreid publicó su obra La travesía del hachís. De Monfreid (una especie de Mr. Nice, Howard Mark de la época) se dedicó al contrabando de hachís con Egipto describiéndolos como una institución estatal, secreta y celosamente oculta en cualquier esfera social por todos sus beneficiarios, desde policías y aduaneros hasta el cuerpo diplomático. El consumo de hachís estaba muy arraigado en Egipto a pesar de la prohibición, y la producción de hachís estaba en manos de los griegos. Monfreid envió una carga de 600 kilos desde el Pireo (Grecia) a Marsella (Francia) pagando en Pireo la correspondiente factura de aduana.

Juicios al cannabis

Pero también, en 1931, la Corte Suprema de Lousiana citó la historia de la secta de los asesinos para apoyar la tesis de que la marijuana era una amenaza para la comunidad (el Estado contra Bonoa) (Bonnie y Whitebread, 1974). Otro caso parecido ocurrió en 1933 en el tribunal de Utah (el Estado contra Navarro) en el que un detective de Wichita afirmó que el cannabis provocaba estados violentos. Los pensamientos de Eugene Stanley, fiscal del distrito, sobre el cannabis fueron:

“En muchos sentidos, la acción del cannabis sativa es parecida a la del alcohol o la morfina. Sus efectos tóxicos son el éxtasis, la alegría, una risa incontrolable, la satisfacción con uno mismo, una serie de ideas extravagantes carentes de continuidad, y su resultado es la hiperacidez, con episodios ocasionales de arcadas y vómitos… Las dosis elevadas producen excitación, alucinaciones, el rápido flujo de ideas, un intenso éxtasis, la actividad psicomotora con una tendencia a la destrucción voluntaria y la violencia, y una amnesia transitoria de todo lo que ha sucedido… Suele usarse como afrodisíaco, y su uso constante provoca impotencia… Es una droga ideal para acabar con cualquier inhibición.” (Stanley, 1931)

En 1934 un corresponsal del New York Times afirmaba que el consumo estaba muy extendido en Colorado “y que se vendía de puerta en puerta para adiestrar a los niños” (Abel, 1980). Anteriormente ya se había dado la voz de alarma como en la ciudad de Kansas en los que los informes policiales los jóvenes estaban consumiendo cannabis inducidos por los mejicanos. También ese año se tuvo que enseñar a la policía de Nueva York qué era la marihuana para que pudieran reconocerla (New York Times, 16 de septiembre de 1934). Dos años más tarde seguirá dicha táctica de conocer la planta.

Estudios e investigaciones

Otra investigación, realizada en Nueva York, entre 1932 y 1937, se revisaron fichas sobre unos 17.000 delitos graves y 75.000 leves (Escohotado, 1999:694), pretendía encontrar la relación entre marihuana y delito. Las conclusiones son que no había relaciones entre infracciones penales graves, homicidios o delitos sexuales y marihuana. El resultado fue confirmado 22 años después por otro estudio de 14.954 sentencias de los tribunales de Nueva York. Durante el año 1936 todas las investigaciones que se hicieron en los EE.UU. tanto en Nueva Orleans, como en Nueva York daban como resultado que no había relación entre la droga y la delincuencia y la adicción.

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En 1937 el doctor Jules Bouquet realizó un estudio en el norte de Túnez sobre la costumbre musulmana de consumir cannabis. Fue realizado con la ayuda de la Liga de las Naciones. Sus conclusiones fueron xenófobas y se descubre de forma latentes las ideas y la moralidad del momento. Escribe que la base del carácter musulmán es la indolencia; afirmaba que los musulmanes aman la ociosidad y soñar despiertos, y a la mayoría de ellos el trabajo es lo más desagradable de todas las necesidades. El cannabis, que mejora la imaginación, es el mejor narcótico adaptado a su mentalidad. El adicto a hachís puede soñar con una vida que anhela: bajo sus efectos sueñan con dinero, que son dueños de un repleto harén, de jardines de deleitable frescor, de una tabla ricamente proporcionada de viandas exquisitas y copiosas. Entonces sus anhelos están satisfechos, su felicidad es completa. Cuando termina el periodo de intoxicación y se enfrentan de nuevo con la cruda realidad de la vida cotidiana su deseo es volver a encontrar una esquina donde puedan dormir hasta una nueva toma de cannabis que los devuelvan al país de las ilusiones. Además de un racismo visible el Dr. Bouquet asoció el uso de cannabis en las clases más pobres de las comunidades urbanas; también entre artesanos, pequeños comerciantes, obreros, etc… Los grupos delictivos son devotos ardientes del hachís. Su consumo los lleva a abandonar el trabajo, aumenta la propensión al robo y baja la libido. El Congreso de los EE.UU. lo llevó como prueba científica palpable de los peligros que producía (Lupien, 1995).

En 1936, en Nueva York se estaba elaborando el informe La Guardia (alcalde de entonces). Que llegó a las mismas conclusiones que las del ejército francés en 1894. El informe no vio la luz hasta 1968, cuando el sociólogo David Solomon lo encontró cubierto de polvo en un archivo de la alcaldía. La policía de Nueva York destruyó ese año 18.120 Kg. de cannabis cultivado en los terrenos municipales (Courtwright, 2002:75).  Para 1938 el entonces alcalde de Nueva York, Fiorello La Guardia, nombró un equipo de científicos previa consulta a la New York Academy of Medicine con la misión de investigar los efectos de la marihuana, en el que estableció una comisión de médicos para investigar demandas hechas por Harry Anslinger contra el cannabis.

En 1939 el matrimonio Chopra publicó el resultado de ocho años de trabajo y estudio en la India sobre un análisis de 1.200 indios que fumaban cannabis, en la que se indicaba que con dosis moderadas los usuarios se mostraban razonablemente sanos, bien amanerados, sin que el empleo del cannabis interfiera en sus actividades rutinarias. Es más, citan que aquellos percibían un estado de bienestar, con alivio de las penas y el sufrimiento. También mostraron que aunque la droga atraía a los mentalmente inestables la proporción de psicosis entre los fumadores no era significativamente distinta de la que existía en el resto de la población (Chopra, 1939).

Los puritanos

En 1934 la asociación Women´s Christian Temperance Union (WCTU) comienza a preocuparse cada vez más por el tema de la marijuana. Esta asociación se estaba preocupando por el hábito del tabaco pero refleja un cambio de estrategia provocado por el FBN (Federal Bureau of Narcotics). Durante este año Elizabeth Bass, agente del F.B.N. encargada en Chicago, proporcionará la mayoría de la información anticannabis al WCTU. Su publicación, el Union Signal, tendrá línea directa con el FBN. A partir de entonces se publicaron cartas o entrevistas a Anslinger. El Signal afirmaba que estaban aumentando las fiestas de mujeres que con el cannabis finalizaban en orgías. También que muchos jóvenes incluso de buena familia estaban adoptando el hábito de fumar marijuana, sobre todo en las escuelas de Chicago y en las colonias mejicanas. También se afirmaba que en los EE.UU. existían unos 100.000 consumidores de cannabis, la mayoría de ellos eran jóvenes de secundaria o universitarios. Otra idea de la publicación era que el cannabis llevaba a consumos de opio y de cocaína, aunque se afirmaba que la peor de todas estas drogas era el cannabis. La presidenta del WCTU, I.B. Wise Smith, pronunció discursos en la radio CBS reuniendo apoyo público para la ley anticannabis federal (La Uniform Act), afirmaba que el consumo de cannabis estaba aumentando, sobre todo el población joven (Bonnie &Whitebread, 1974: 103-104).

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En 1935 aparecen asociaciones como las Sociedades Patrióticas Aliadas (“Allied Patriotic Societies”), los Hombre Claves de América (“Key Men of America”) y Coalición Americana (“American Coalition”), su interés era mantener un país moralmente limpio. Un miembro de esta última asociación, C.M. Goethe de Sacramento (California), escribió al editor del New York Times; advirtió que la marihuana y el problema de los trabajadores mejicanos estaba íntimamente relacionado, afirmaba que era fumado por presidiarios y que los mejicanos se los pasaban a sus hijos:

“La marihuana, quizá el más insidioso de los narcóticos, es consecuencia directa de la inmigración mejicana. Han cogido a traficantes mejicanos regalando cigarrillos a los niños en las escuelas. A nuestra Nación le sobra mano de obra” (New York Times del 15 de septiembre de 1935).

Cine anti-cannabis

En 1936 el director de cine Dwain Esper realizó una película sobre las “nefastas” influencias del cannabis; se trataba de “Marihuana”, conocida también como Marihuana: The Weed with Roots in Hell y The Devil’s Weed. El film, protagonizado por Harley Wood, Paul Ellis y Pat Carlyle narraba las aventuras de unos jóvenes que prueban un porro de marihuana. Después de probarlo, los muchachos se volcaban al crimen, se bañaban “pecaminosamente” desnudos, e incluso, uno de ellos se ahogaba. Otra película de ese mismo año fue “Reefer Madness” (Tell Your Children/ Doppe Addict/ Doped Youth) dirigida por Louis Gasnier, en 1936. Fue elaborada como parte de la campaña de Anslinger. Su productor era Dwain Esper. El film nuevamente mostraba lo sucedido a un grupo de muchachos tras probar la marihuana, quienes esta vez, incluso, cometían asesinatos, se volcaban a la prostitución, las violaciones, al terrorismo y el suicidio. Los protagonistas, David O’Brien, Dorothy Short y Carleton Young, encarnaban, quizás, las sobreactuaciones más ridículas que cualquiera pueda imaginar sobre los efectos de la marihuana. Las primeras palabras de la película señalaban alertando: “Los acontecimientos que va a presenciar en el siguiente film podrían ocurrirle a usted”. No fue hasta los años 70 cuando Keith Stroup, cabecilla de la Organización Nacional por la Reforma de las Leyes Contra la Marihuana (NORML), descubrió el film en los archivos de la Biblioteca del Congreso. Como esta “obra maestra” estaba bajo dominio público, con sólo $297 dólares Stroup pudo rescatarla, para relanzarla en los circuitos de cines de medianoche, en mayo de 1972. La sociedad de ese entonces era diferente y el “revival”, junto a la revolución cultural no podían ser mejores: las salas de cine se atestaron de hippies consumidores de marihuana, mientras gozaban de tan delirante pieza filmográfica. Para el verano, “Reefer Madness” era exhibida en función doble junto a “Confessions of an Opium Eater” (Confesiones de un Consumidor de Opio, Albert Zugsmith). Lo que fue un intento serio de dar al asunto el tratamiento de problema social es hoy en día una película graciosa que nadie se cree. La historia ya había convertido a “Reefer Madness” en una película de culto.

Bibliografía

  • Abel, E.L. (1980). Marihuana: The first 12,000 years. Plenum Press, Nueva York.
  • Bonnie, R. J. y Whitebread, C. H. (1974). The marihuana conviction: A history of Marijuana Prohibition in the United States” University Press of Virginia. Charlottesville.
  • Chopra, R.N. y Chopra, I.C. (1939). Indian Medical Research Memoirs, de 31 de julio.
  • Courtwright, D. T. (2002). Las drogas y la formación del mundo moderno. Breve historia de las sustancias adictivas. Paidós Contextos. Barcelona.
  • Escohotado, A. (1999). Historia general de las drogas, Espasa Forum, Madrid.
  • Lupien, J. C. (1995). Unraveling an American dilemma: The demonization of marihuana. Tesis doctoral. Pepperdine University.
  • Stanley E. (1931). Marihuana as a developer of criminals. American Journal of Police Science, 2: 252-261.

Acerca del autor

Isidro Marín Gutiérrez nació en la ciudad de Huelva en 1975. Es Doctor en Antropología Social y Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología. Ha publicado 29 artículos en revistas científicas, 18 libros y 15 capítulos de libros. Entre sus múltiples publicaciones e investigaciones