En el artículo anterior imaginamos un escenario en el que el deporte del esquí fuera tratado como son tratadas a día de hoy las drogas ilegales. Ahora, preguntémonos si en este escenario los riesgos sanitarios asociados al dicho deporte se verían aumentados o disminuidos, si habría más accidentes o menos.

Por Eduardo Hidalgo

Preguntémonos, también, si se incrementarían o se reducirían los problemas de tipo económico, social o político relacionados con este deporte. Preguntémonos si el mercado de material deportivo generaría menos problemas que el actual. Preguntémonos si las arcas del estado y de la empresa privada obtendrían pérdidas o ganancias en su incansable lucha contra el deporte blanco. Preguntémonos si el sistema judicial y el penitenciario saldrían beneficiados de la ilegalización del esquí. Preguntémonos si la situación geopolítica global sacaría algún provecho de esta situación. Preguntémonos qué influencia tendría en los países productores de material deportivo (pongamos, por ejemplo, Japón, India o China) y en los países consumidores (Suecia, Noruega, Colorado, Canadá, Suiza…). Preguntémonos en qué medida se verían afectadas las libertades individuales por esta situación; en qué medida se vería afectado el derecho a la información, a la libre expresión. Preguntémonos cómo se vería afectado el enfoque social que le daríamos al deporte: las instituciones y asociaciones que surgirían en torno al mismo; las profesiones que florecerían a su alrededor; el tipo de investigaciones que se harían sobre el esquí y sobre sus aficionados; el modo en que se vería afectada la ciencia del deporte; la forma en que se alteraría la vida de los deportistas y su relación con los no deportistas; las reacciones de la familia, la pareja, los compañeros de trabajo a la hora de descubrir que el hijo, la mujer o el empleado han empezado a hacer sus pinitos con la cuña, el bedel o el carving… Preguntémonos si este escenario traería alguna mejora a la situación actual. Preguntémonos si con este escenario viviríamos en un mundo mejor, más justo, más libre, más seguro, más sano, más informado…

un mundo sin drogas no sería un mundo mejor para nadie

No, ¿verdad? El escenario que hemos visto no traería nada bueno para el mundo del deporte ni para el mundo en general. La situación, a buen seguro, sería peor, mucho peor que la actual. Puede que hubiese menos aficionados al esquí (o puede que no, quién sabe), pero, aunque fuesen menos, muchos menos, es indudable que los seguiría habiendo (recuerden que la invención de los esquíes es anterior a la de la rueda, es decir, que llevamos más de 5.000 años deslizándonos con ellos, que nos resultan útiles para determinados menesteres y que nos gustan y nos gratifican para otros, y eso, por el mero efecto de una ley no va a cambiar jamás). Y, por pocos esquiadores que hubiera, pueden ustedes estar seguros de que, haciendo un balance ponderado, los problemas asociados al escenario que acabamos de describir serían mayores y más graves que los que genera la situación actual. Es decir, en última instancia, aun en el caso de que –fuera por los motivos que fuera y estuviesen éstos justificados o no– en nuestra sociedad imperase un sentimiento anti-deportivo y esquí-fóbico, en términos prácticos, sanitarios, sociales, políticos y económicos nos resultaría mucho más provechoso y positivo –tanto individual como colectivamente– tratar a los deportes de nieve como los tratamos hoy en día en lugar de como acabamos de describir en el anterior artículo.

la conducta de introducir en su organismo una determinada sustancia es algo que afecta, única y exclusivamente, a quien la ingiere

Y la cuestión es que, como bien saben ustedes, el escenario que les acabamos de describir es, precisamente, el que, en la actualidad, impera en el ámbito de las sustancias psicoactivas. De modo que, en este punto, podemos sacar una primera conclusión: la aplicación al ámbito del deporte del tratamiento que le damos a las drogas se traduciría en un aumento de los problemas y en una reducción de los beneficios en todos los ámbitos de la vida pública y privada.

Veamos, ahora, qué pasaría en el caso contrario, es decir, en aquel en el que exportásemos al ámbito de las drogas determinados modos de proceder y de actuar que empleamos a la hora de abordar el fenómeno de las conductas deportivas. Tratemos, con ello, de dilucidar si, de la forma en que tratamos al deporte, podemos extraer algún aprendizaje valioso y útil para el tratamiento que podríamos darle a las sustancias psicoactivas. Preguntémonos, por tanto, si, tomando como referencia el mundo deportivo, podemos hacer las cosas mejor en el mundo psicoactivo. Adelante, pues.

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¿Podemos hacerlo mejor?

 Respuesta: Sí. Siempre, absolutamente siempre, se pueden hacer las cosas mejor.

Adiós a las armas

 Declaremos un armisticio. Pongamos fin a la Guerra contra las Drogas, pero no solo de palabra; pasemos, también, a la acción. Pequemos por obra, no solo de pensamiento. Res non verba.

Hedonismo sostenible

Sustituyamos el concepto y el enfoque de la guerra por el concepto y el enfoque de la sostenibilidad. Sí, como hemos visto, las leyes de la evolución y de la selección natural no han sido capaces de eliminar nuestra querencia hacia las drogas, nuestro impulso a consumirlas, difícilmente vayan a conseguirlo jamás de los jamases nuestras ilusas leyes de Homo sapiens sapiens. Nos guste o no –y a muchos, desde luego que nos gusta–, si dentro de mil, dos mil o cinco mil años seguimos aquí, pueden ustedes estar seguros de que habrá personas que consumirán estas o aquellas sustancias psicoactivas, al igual que las había hace mil, dos mil y cinco mil años.

Que nadie se lleve a engaño: un mundo sin drogas es imposible. Estamos rodeados de ellas y, aunque realmente lográramos eliminar de la faz de la tierra la planta de la coca, la heroína, el cannabis… habría gente que se seguiría drogando con otras cosas más allá del alcohol y el tabaco. Por ejemplo: con tintes, barnices, pegamentos, colas o cualquier otro tipo de productos industriales y, por lo general, sumamente tóxicos. De nuevo, peor el remedio que la enfermedad. Además, estricta y técnicamente hablando, un mundo sin drogas no sería un mundo mejor para nadie. El Homo sapiens abstinentis no existe y, en caso de que algún día se descubriese un ejemplar, no sería más que una mutación extraña, una aberración biológica, algo así como un águila con aletas de merluza en lugar de alas, la excepción que confirma la regla. Quien más, quien menos, todos tomamos algo: té, café, tabaco, coca-cola, pepsi, vino, cerveza, betel, khat, kava-kava, psicofármacos… y quien no lo hace es, más bien, el bicho raro. Las más de las veces porque, en su momento, ya se tomó todo lo que pudo tomarse y más, mucho más; en otras ocasiones porque, en lugar de las drogas, tiene otros vicios, por lo general bastante más reprobables e inconfesables que el gusto por las sustancias psicoactivas; pero, en cualquiera de los casos, nadie a quien debamos tomar como ejemplo por ningún motivo mínimamente razonable.

nos guste o no, vivimos y viviremos siempre en un mundo con drogas

Un mundo sin drogas sería un mundo más soso, un mundo empobrecido, un mundo más aburrido. Del mismo modo que, un mundo como el actual, en el que –no se sabe muy bien porqué, pero a buen seguro que no es por motivos estrictamente sanitarios– se pueden consumir alcohol y tabaco pero no MDMA y cannabis es un mundo gobernado por la injusticia y la irracionalidad y, por ello, un mundo peor y más problemático que uno en el que se pudiesen consumir unas y otras sustancias con todas las garantías de la ley y del Ministerio de Sanidad. Repetimos: nos guste o no, vivimos y viviremos siempre en un mundo con drogas. Pretender lo contrario no es utópico es, sencillamente, estúpido. Y enfrascarse en una lucha sin cuartel para alcanzar esa estúpida y absurda utopía resulta tan ineficaz como contraproducente. Se mire como se mire, resulta mucho más lógico, sensato, justo, eficaz, productivo e infinitamente más beneficioso aceptar que el gusto por las sustancias psicoactivas es consustancial al ser humano y, en consecuencia, en lugar de pretender erradicar las drogas y sus consumos, tratar de que los Homo sapiens sapiens podamos saciar nuestros apetitos drogófilos de la manera menos problemática posible para nosotros mismos, para nuestra especie y para el resto de las especies con las que compartimos el ecosistema terráqueo.

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Y, en este punto, nos vemos obligados a hacer una aclaración: quienes aducen que los asesinatos o el canibalismo son, al igual que el uso de drogas, conductas naturales, universales y atávicas, que siempre se han dado entre nosotros y que siempre se darán, pero que nadie en su sano juicio se atrevería a proponer que debamos aceptar buenamente nuestras pulsiones homicidas y que, en lugar de combatirlas y castigarlas, deberíamos ocuparnos y asegurarnos de que cada cual las pudiese saciar de la manera menos problemática posible, olvidan un detalle fundamental: por norma general, el menú del caníbal no elije su propio destino; normalmente no tiene ni voz ni voto a la hora de participar en el acto del canibalismo jugando el papel del que va a ser comido; lo habitual es que no quiera ser comido, pero que sea otro –el caníbal– quien tenga la única y la última palabra. Por norma general, la víctima de un homicidio no decide ser asesinada; normalmente no tiene ni voz ni voto a la hora de participar en el acto homicida jugando el papel del que va a morir; lo habitual es que no quiera morir, pero que la única y la última palabra recaigan en otro y no en él. Es decir, precisamente, lo contrario a lo que ocurre en el caso del consumo de drogas, en el que, por norma general, el que las consume es porque ha decido hacerlo; en el que, lo habitual es que sea el usuario quien tenga la única y la última palabra a la hora de hacerlo o no; y en el que la conducta de introducir en su organismo una determinada sustancia es algo que, en sí mismo, afecta, única y exclusivamente, a quien la ingiere, lo cual es muy, pero que muy distinto, a introducir un chuchillo en el corazón de otra persona o a ingerir con fines gastronómicos el bazo, el brazo o la paletilla de otra persona. Es por ello que tiene toda la lógica del mundo combatir y sancionar el homicidio y el canibalismo (a excepción, si acaso de cuando el potencial asesino y el potencial asesinado, o el potencial caníbal y el potencial menú del caníbal, contando ambos con la mayoría de edad legal y estando ambos en perfecto uso de sus facultades mentales, decidiesen, de mutuo acuerdo, jugar sus respectivos papeles en el teatro de la vida). Y es por ello que carece de sentido, que es injusto y que resulta contraproducente combatir y sancionar el uso de drogas en sí mismo (con la salvedad de cuando éstas le son administradas a una tercera persona sin su consentimiento).

Lo dicho, pues: depongamos definitivamente las armas en este infructuoso enfrentamiento bélico contra las drogas y contra sus consumidores y adoptemos un enfoque basado en el concepto de sostenibilidad adaptado al hedonismo drogófilo. Digamos adiós a la Guerra y démosle los buenos días al enfoque de la Drogofilia Sostenible.

Acerca del autor

Eduardo Hidalgo

Yonki politoxicómano. Renunció forzosamente a la ominitoxicomanía a la tierna edad de 18 años, tras sufrir una psicosis cannábica. Psicólogo, Master en Drogodependencias, Coordinador durante 10 años de Energy Control en Madrid. Es autor de varios libros y de otras tantas desgracias que mejor ni contar.