La necesidad de regulación, control y apoyo al cultivo de cáñamo para impulsar la industria en el país

La condición fundamental para poder llevar a cabo un cultivo de cáñamo industrial en nuestro país es utilizar semilla de siembra certificada de alguna de las variedades inscritas en el registro europeo de variedades agrícolas. Esta certificación garantiza la pureza genética de las semillas, su correcto estado fitosanitario, su grado de limpieza y, en el caso concreto del cáñamo industrial, también debiera garantizar que las plantas obtenidas a partir de las semillas certificadas no contendrán más del 0,2% de THC en sus inflorescencias.

Una vez que se ha conseguido estabilizar el genotipo o híbrido concreto, éste se multiplica garantizando que no se dé ninguna polinización indeseada hasta obtener la semilla denominada R1. La descendencia de la semilla R1 es la R2, que puede ser destinada a su comercialización como semilla de siembra siempre que supere correctamente el proceso de certificación. Si empleamos R2, la semilla que obtendremos de nuestra cosecha deberá ser destinada a otros usos diferentes a la siembra, ya sea alimentación humana o animal o a ser procesada en diferentes productos como harina, horchata o extractos de diversos tipos. Emplear semilla certificada R1 puede permitir el autoabastecimiento de semilla de siembra para la siguiente temporada, siempre y cuando superemos los controles necesarios.

El proceso de certificación consta, fundamentalmente, de los siguientes pasos:

  • Verificación del contrato del agricultor-multiplicador con la entidad obtentora de los derechos comerciales de la variedad en cuestión.
  • Declaración al organismo de control correspondiente.
  • Seguimiento de las parcelas de cultivo, aplicando las correcciones correspondientes en caso necesario.
  • Comunicación al organismo de control al inicio de la recolección para el pertinente análisis.

Las condiciones que deben cumplir las semillas sometidas al proceso de certificación son los siguientes:

  • Que estén libres de plagas y enfermedades.
  • Que tengan un grado de pureza genética superior al 99%.
  • Que tengan un poder de germinación superior al 75%.
  • Que tengan un grado de limpieza superior al 99%, esto es: que no contengan impurezas ni semillas de otras especies vegetales.
  • Que el contenido en humedad sea menor al 14%.

En términos generales, en agricultura convencional se considera que el empleo de semillas certificadas garantiza al agricultor una cosecha más abundante, homogénea y libre de plagas. En el caso del cáñamo industrial es además la prueba documental necesaria para poder llevar adelante el cultivo sin problemas legales, debido a que la semilla empleada obtiene el certificado únicamente cuando se ha comprobado que la variedad no supera el límite establecido de contenido en THC y por lo tanto no puede ser destinado a su empleo como sustancia estupefaciente.

Pese a que las semillas certificadas poseen la ventaja de superar un control que aporta garantías fitosanitarias y de homogeneidad varietal, la imposición por parte de la administración de la obligatoriedad de emplear semilla certificada choca frontalmente con la carta de los derechos del agricultor, que recoge el derecho de éste a conservar parte de su cosecha de grano para destinarlo a la siembra en la siguiente temporada. Al ser el cannabis una planta prohibida en las convenciones internacionales puede parecer que esta concesión (la obligación de emplear semilla certificada) sea una medida razonable y correcta, pero la naturaleza siempre encuentra su propio camino.

En la temporada del 2015 se realizaron varios campos de prueba, uno de ellos, de aproximadamente 0,4 Ha, se sembró con una variedad certificada procedente de Polonia. El cultivo se desarrolló correctamente, obteniendo una buena cosecha de flores. Al margen de un pequeño incidente con la Guardia Civil (pese a haberles notificado la plantación por registro), todo se desarrolló con normalidad, obteniendo cerca de 200 Kg de flores de cáñamo. Se envió a analizar una muestra de las flores obtenidas para determinar su contenido en cannabinoides, obteniendo unos resultados de 5,47% de CBD y 0,63% de THC.

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Afortunadamente, se trataba de un campo experimental no destinado a la producción comercial, si no a la autoproducción y la experimentación. En principio se habían cumplido todos los requisitos: se había empleado semilla certificada y se había notificado el cultivo a las autoridades, pero por parte de la administración no se llevó a cabo ningún control (salvo el intento de arresto durante la cosecha). Si se aplicasen los mismos criterios que motivaron la condena del agricultor granadino D. Juan Zurita (que, recordemos, está pendiente de ingresar en prisión para cumplir una condena de tres años y medio de cárcel), estaríamos ante un enorme problema al estar en posesión de 200 Kg de cannabis con más del 0,2% de THC y por lo tanto “marihuana psicoactiva y estupefaciente” según el juzgado de lo penal de Málaga.

¿Cómo es posible que partiendo de una semilla certificada el resultado de los análisis haya superado en más del triple el límite teórico? Cierto es que la muestra analizada no puede ser considerada como representativa de toda la cosecha pero, asumiendo que fuera así, la diferencia de condiciones entre el país de origen de la semilla (Polonia) y el noroeste de la península podría haber provocado que las plantas generasen más resina de lo esperado, ya sea por la diferencia de horas de sol recibido o por la temperatura media y las condiciones del suelo, favoreciendo el incremento de la producción de cannabinoides.

La producción de flores de cáñamo para infusiones o para diferentes tipos de extractos es el motivo principal del incremento en la superficie destinada en Europa a este cultivo en los últimos años, pero en nuestro país sigue suponiendo un riesgo bastante elevado debido a la errónea interpretación de la normativa comunitaria.

Que una variedad supere el 0,2% de THC implica que esa variedad debe ser sometida a controles más rigurosos y en caso de superar el límite en repetidas ocasiones debería ser retirada del circuito comercial, pero ello no significa que pase a ser “marihuana psicoactiva”. En este sentido, la UNODC (United Nations Office for Drugs and Crime) establece claramente que el cannabis de tipo narcótico es aquel que contiene más THC que CBD.

A la hora de considerar el cáñamo como una alternativa agroindustrial factible, nuestros legisladores deberían basarse en criterios científicos y agronómicos para establecer las regulaciones pertinentes. Es ya una realidad que la producción de flores y CBD es uno de los principales incentivos para el cultivo de cáñamo, pero seguir ligados por este límite teórico del 0,2% es contraproducente y está creando demasiados problemas como para que la industria despegue. Los límites actuales son muy difíciles de cumplir en los países del sur de Europa. De hecho, en Italia están debatiendo una nueva regulación para el cáñamo industrial que incluye incrementar el límite de THC hasta el 0,6%, una cifra mucho más realista para nuestras latitudes.

Respecto al sistema de certificación tampoco podemos estar seguros al 100% de su eficacia. Bien sea por defectos en su planteamiento y ejecución, o bien porque, al fin y al cabo, los responsables últimos de los organismos públicos de control suelen ser cargos políticos que últimamente parecen ser, más bien, miembros de bandas organizadas para delinquir, estafar y saquear todo aquello que esté a su alcance. Por todo esto, no es descartable que las entidades certificadoras tengan intereses económicos en su funcionamiento o puedan “dar un empujoncito” a empresas amigas. Sin ir más lejos, tengo a mano el ejemplo de otro campo, también sembrado con semilla certificada. En este caso se trataba de girasol y las semillas venían en un saco sellado. Además de no cumplir ni de lejos el 75% de poder de germinación exigido, había una gran cantidad de semillas rotas o no viables.

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Para lograr un enfoque realista de cara a poder ser un país puntero en la producción de cáñamo industrial deberían ponerse en marcha distintas iniciativas por parte de la administración, que sería la única con autoridad y recursos suficientes para implementarlas:

  • Establecimiento de centros de procesado y transformación de fibra. Estos centros de alta tecnología requieren una gran inversión y la coordinación de la producción de cáñamo de toda una región para que puedan llegar a resultar rentables.
  • Adoptar una normativa menos restrictiva en cuanto al contenido en cannabinoides. Sobre todo establecer seguimientos y medidas de control que eviten que un agricultor pueda enfrentarse a un proceso penal por el hecho de que su cultivo, por las razones que sean, supere en unas décimas el contenido máximo admitido de THC.
  • Establecer un programa de desarrollo de nuevas variedades de cáñamo industrial adaptadas a cada región edafoclimática y a las diferentes producciones posibles. Mientras no podamos conseguir variedades adaptadas a nuestro clima seguiremos teniendo problemas con la producción, además de estar perdiendo una importante cantidad de ingresos cada temporada importando semillas de países de nuestro entorno.
  • Establecer programas coordinados de apoyo y asesoramiento a los agricultores interesados, haciéndoles partícipes del desarrollo de nuevas variedades así como del proceso industrial. Se hace realmente complicado para los agricultores individuales conseguir la experiencia y aprendizaje por nosotros mismos, sin ningún tipo de apoyo público y sufriendo el estigma y la amenaza constante que supone trabajar con este cultivo.

En España tenemos unas condiciones óptimas para el cultivo de cáñamo, pero para desarrollar este potencial debemos hacer presión, solucionar esta situación de represión y conseguir un apoyo real y efectivo que nos permita ser competitivos.

BIBLIOGRAFÍA

Revista Vida Rural, Octubre 2004. MAGRAMA.

Protocolo ST/NAR/40. “Recommended methods for the identification and analysis of cannabis and cannabis products”. UNODC 2009.

Acerca del autor

Ramón Servia
Ingeniero Técnico Agrícola

Ingeniero técnico agrícola de profesión, desde el año 2012 ha llevado a cabo diferentes experiencias relacionadas con el cáñamo industrial, buscando ahondar en el conocimiento de los diferentes aspectos del cultivo y las variedades certificadas disponibles. Ha actuado como perito judicial en varios casos relacionados con el cannabis y es colaborador habitual en publicaciones especializadas en el sector.