Durante decenas de años la investigación con LSD ha estado hibernando. Desde que Albert Hofmann descubriera los efectos psicoactivos de la LSD en 1943, hasta finales de los años 1970, cuando se interrumpió toda investigación oficial con la sustancia, se realizaron cientos de investigaciones, tanto de tipo farmacológico como terapéutico, se trataron a miles de voluntarios y pacientes en esos estudios, se celebraron congresos internacionales sobre la materia y la LSD se convirtió durante muchos años en la sustancia estrella dentro del ámbito de la psicofarmacología y la investigación psiquiátrica.

Diversas causas de índole sociopolítico y científico (algunas tratadas en artículos previos en esta misma sección) hicieron que la investigación con LSD se interrumpiera durante muchos años. Pero este panorama parece que está llegando a su fin. En las últimas entregas de esta sección ya hemos comentado dos estudios recién publicados realizados recientemente con LSD: uno explorando su potencial terapéutico en enfermos terminales con depresión y ansiedad y otro en el que se ha explorado su potencial para inducir sugestiones en condiciones de laboratorio en voluntarios sanos. Recientemente se han publicado dos estudios más: uno precisamente en el que se evalúa la estabilidad en el tiempo de los beneficios encontrados por los pacientes a los que se les administró LSD con fines terapéuticos y un segundo estudio en el que se ha caracterizado la farmacología de la LSD. En este artículo explicaremos a fondo el estudio farmacológico y dejaremos para la siguiente entrega el relativo al seguimiento de los beneficios terapéuticos en los enfermos terminales a los que se les administró LSD para el tratamiento de la ansiedad y la depresión.

“Acute effects of LSD in healthy subjects” [Efectos agudos de la LSD en sujetos sanos] es el título del artículo recién publicado en la prestigiosa revista científica Biological Psychiatry, en el que, después de décadas, se han investigado a fondo los efectos de la LSD en un laboratorio[1]. Se administraron 200 mg y un placebo en un estudio de doble ciego a 16 voluntarios, 8 hombres y 8 mujeres y los efectos se evaluaron mediante cuestionarios de efectos subjetivos, observaciones de los investigadores, una técnica psicofisiológica llamada PPI (inhibición prepulso del reflejo de la respuesta de sobresalto), respuestas autonómicas y endocrinas, así como efectos adversos.

Los cuestionarios que se utilizaron para evaluar los efectos agudos de la LSD fueron algunos de los cuestionarios típicos para evaluar efectos subjetivos de los alucinógenos. Concretamente, el Altered States of Consciousness (ASC, Estado Alterados de Conciencia), el Adjective Mood Rating Scale (AMRS, Escala de Evaluación del Estado de Ánimo mediante Adjetivos), el Addicition Research Center Inventory (ARCI, Inventario del Centro de Investigación en Adicciones) y lo que se conoce en investigación psicofarmacológica como Escalas Analógico Visuales (EAVs), que consisten en la valoración de un efecto concreto en una línea de 10 cm. Por ejemplo, se presenta la palabra “Euforia” y el sujeto hace una marca en dicha línea de acuerdo a la intensidad del efecto que siente en ese momento concreto siendo el extremo izquierdo de la línea efecto nulo y el derecho efecto máximo.

Los cuestionarios para evaluar efectos psicológicos de los fármacos, en este caso de los alucinógenos, consisten en un listado de ítems, cada uno de ellos referido a un efecto concreto de la sustancia que se administra. Los cuestionarios tienen una longitud variable y los ítems suelen agruparse por categorías (llamados técnicamente “factores” o “dimensiones”), de tal modo que un subconjunto de ítems se referirán a una categoría concreta. Para el caso del ASC estas categorías son: “Disolución oceánica”, “Disolución ansiosa del ego”, “Reestructuración visionaria”, “Alteraciones auditivas” y “Reducción de la vigilancia”. Las dimensiones del AMRS incluyen “Actividad”, “Inactividad”, “Extroversión”, “Introversión”, “Bienestar”, “Excitación emocional”, “Ansiedad” y “Ensimismamiento”.  El ARCI, por su parte, tiene como dimensiones “Efectos tipo anfetamina”, “Eficiencia intelectual”, “Euforia”, “Sedación” y “Efectos tipo LSD”. Respecto a las EAVs, se utilizaron los siguientes efectos: “Intensidad del efecto”, “Buen efecto”, “Colocado”, “Buenos efectos”, “Malos efectos”, “Miedo”, Estimulado”, “Concentración”, “Felicidad”, “Cercanía con los demás”, “Abierto a la experiencia” y “Sinceridad”.

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Por su parte, las personas que guiaban las experiencias también tenían que completar EAVs referidas a lo que observaban en los voluntarios. Los efectos que tenían que calificar fueron: “Intensidad del efecto”, “Ansiedad”, “Separación de la realidad”, “Pensamiento paranoide”, “Felicidad”, “Habla con el investigador” y “Vocalización sin lenguaje” (por ejemplo, risas, suspiros, tarareos, etc.). Las EAVs, tanto de los voluntarios como de los investigadores, se pasaron en diferentes momentos temporales a lo largo de la sesión.

Por último, la prueba PPI se considera una medida operacional del proceso de inhibición preatencional. La PPI tiene lugar cuando un estímulo de baja intensidad (prepulso) se presenta 30-500 ms antes de un estímulo más intenso (pulso), lo que produce una atenuación del reflejo de la respuesta de sobresalto. Esta respuesta de sobresalto se mide poniendo dos electrodos en los músculos de los ojos y midiendo el parpadeo como respuesta al sobresalto. Se ha visto que el PPI está alterado en esquizofrénicos y en fases tempranas de la esquizofrenia, así como en animales de investigación tratados con LSD.

Además de estas medidas psicológicas y psicofisiológicas, se midieron efectos cardioestimulantes (presión arterial y frecuencia cardiaca), autonómicos (temperatura corporal, diámetro pupilar), rendimiento psicomotor, función endocrina (cortisol, prolactina, oxitocina, noradrenalina y adrenalina), así como eventuales efectos adversos listados en forma de síntomas negativos.

Con relación a las EAVs, los efectos pico se encontraron a las 1,75+/-0,82 horas. Tras 5 horas, los efectos empezaron a disminuir y duraron en total más de 12 horas. Incluso 3 voluntarios, tras 12 horas de experiencia, aún estaban por encima del 50% de intensidad de los efectos. La LSD produjo incrementos pronunciados en todas las EAVs evaluadas. Por ejemplo, los efectos máximos para “Intensidad del efecto”, “Buenos efectos” y “Me gusta el fármaco” superaron el 90% en el período temporal de efectos cumbre. La LSD disminuyó subjetivamente la sensación de “Concentración”. La LSD indujo también pequeños, aunque significativos efectos, con relación a placebo, en “Malos efectos” y “Miedo”. No hubo diferencias de género en las respuestas a las EAVs.

Con relación a los efectos subjetivos evaluados mediante cuestionarios, los voluntarios experimentaron los efectos más intensos, con relación al placebo, en “Disolución oceánica” y “Reestructuración visionaria” del ASC. Ningún voluntario experimentó ansiedad y/o miedo profundos, aunque dos de ellos (un hombre y una mujer) manifestaron ansiedad transitoria, con miedo a perder el control, que se resolvió sin necesidad de tratamiento farmacológico en 2-3 horas. No se encontraron diferencias de género en los efectos del ASC.

Respecto al ARCI, la LSD aumentó significativamente, con relación al placebo, las puntuaciones en las escalas de “Efectos tipo anfetamina”, “Euforia”, “Sedación” y “Efectos tipo LSD”.

Para el cuestionario AMRS, la LSD aumentó, con relación al placebo, las puntuaciones en las dimensiones de “Bienestar”, “Excitación emocional”, “Inactividad”, Introversión” y “Ensimismamiento”. De nuevo, no se encontraron diferencias entre géneros para estos efectos.

Respecto a las valoraciones de las personas que guiaban las sesiones con relación a los efectos observados en los voluntarios, la LSD aumentó las puntuaciones de con relación al placebo para “Intensidad de los efectos”, “Distancia de la realidad”, “Felicidad” y “Vocalización no verbal”. Por su parte, las evaluaciones para “Ansiedad” o “Pensamiento paranoide” no se diferenciaron del placebo. Tampoco hubo diferencias en cuanto al porcentaje de tiempo en el que los voluntarios hablaron con los investigadores, siendo el mismo para la LSD y el placebo.

La LSD produjo alteraciones en la medida psicofisiológica PPI, lo cual indica cierto efecto psicotomimético. Este efecto también lo han encontrado estos mismos autores en estudios de administración de psilocibina, cosa que no se ha encontrado en estudios realizados tras la administración de DMT (N,N-Dimetiltriptamina) ni de ayahuasca.

La LSD también produjo aumentos significativos en la presión arterial sistólica y diastólica, en la frecuencia cardiaca y en la temperatura corporal, aumentó el diámetro pupilar, dificultó la habilidad de los voluntarios para mantener el equilibrio sobre un solo pie y produjo libración de cortisol, prolactina, oxitocina y adrenalina.

En cuanto a los efectos secundarios encontrados, los principales fueron dificultad de concentración, dolor de cabeza, mareos y sensación de estar exhausto al terminar la experiencia. De acuerdo con los investigadores, no se produjeron efectos secundarios graves y en ningún caso se prolongaron más allá de las 24-72 horas (esto es, no hubo diferencias en cuanto a efectos secundarios entre LSD y placebo en el intervalo 24-72 horas).

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En resumen, el trabajo comentado se trata del primer estudio exhaustivo farmacológico realizado con LSD en décadas. La novedad que aporta respecto a lo publicado en el pasado es que se han utilizado tecnologías modernas y bien consolidadas, de acuerdo con la psicofarmacología actual, lo cual ha permitido conocer algunas cosas interesantes que hasta ahora no estaban muy claras. Por ejemplo, se ha demostrado que la LSD se puede administrar de manera segura en un contexto cuidado, aunque sea de laboratorio. Esto lo indica el hecho de que los voluntarios no experimentaran estados de ansiedad profunda y que puntuaran los efectos como “Buenos efectos” y las puntuaciones en “Malos efectos” fueran muy bajas. Los voluntarios también puntuaron alto en “Bienestar”, “Felicidad”, “Cercanía hacia los demás”, “Apertura” y “Sentimientos de autenticidad”, efectos prototípicos, por otra parte, de la MDMA, lo cual lleva a pensar que la LSD comparte cierto perfil de efectos subjetivos con el entactógeno por excelencia. Otro efecto interesante que clarifica la duración de los efectos de una dosis media/alta de LSD es que estos generalmente se prolongan durante 12 horas en la mayoría de los voluntarios, llegando a sobrepasar las 16 horas en algunos de ellos. En cuanto a duración, los efectos de la LSD son el doble que los de la psilocibina, considerablemente más duraderos que los de la DMT y de duración similar a la mescalina, cuando se han administrado dichos fármacos en contextos también de laboratorio.

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Más interesante aún es lo encontrado sobre los efectos comparativos en algunas de las dimensiones de efectos subjetivos exploradas. Por ejemplo, la LSD produce puntuaciones de un 30% mayores en “Disolución oceánica” y “Disolución ansiosa del ego”, y un 63% más de efecto en “Reestructuración visionaria” comparada con una dosis alta de psilocibina. A su vez, comparada con la DMT y con la ketamina, la LSD produce un 50% más de efecto para “Disolución oceánica” y “Reestructuración visionaria”, produciendo efectos similares para “Disolución ansiosa del ego”. Este perfil de efectos sin duda arroja resultados sorprendentes sobre el tremendo poder psicoactivo de la LSD. Encontrar un efecto visionario de un 50% más intenso que la DMT convierte a la ayahuasca en una especie de “LSD flojito”, como algunos ilustres psiconautas manifestaron en la conferencia sobre ayahuasca de Ibiza organizada hace unos años por la Fundación ICEERS.

Queda por aclarar, sin embargo, un asunto de suma importancia, que es la farmacocinética de la LSD. Esto es, cuánto tiempo dura la LSD en el organismo, y en qué metabolitos se descompone, así como su relación con los efectos subjetivos. Seguramente los autores nos guardan esta sorpresa para un artículo futuro del que daremos debida cuenta aquí tan pronto se publique.

[1] http://www.biologicalpsychiatryjournal.com/article/S0006-3223(14)00909-3/abstract

Acerca del autor

Jose Carlos Bouso

José Carlos Bouso es psicólogo clínico y doctor en Farmacología. Es director científico de ICEERS, donde coordina estudios sobre los beneficios potenciales de las plantas psicoactivas, principalmente el cannabis, la ayahuasca y la ibogaína.