El pasado 3 de marzo, el periódico norteamericano The New York Times publicó una noticia titulada “LSD, Reconsidered for Therapy” (“LSD, reconsiderada para terapia”)[1]. Se hacía eco de los resultados del primer estudio clínico con LSD desde hace decenios. Se trata de un estudio en el que se ha retomado la investigación sobre un uso para el que se consideró ideal la LSD en los tiempos en los que su uso era prolífico: en el tratamiento de la ansiedad y la depresión en enfermos terminales. La noticia se ha reproducido en los más importantes medios de comunicación del mundo.

por José Carlos Bouso

Hoy la LSD se conoce como la droga presente en unos cartones ilustrados con motivos de todo tipo llamados tripis y que los más osados toman en cuartitos para lograr efectos de alteración sensorial. Pero la LSD es mucho más que todo esto: es una de las drogas más potentes que se conocen y, sin duda alguna, la de efectos más espectaculares sobre la conciencia. Dosis infinitesimales medidas en millonésimas de gramo producen unos efectos que modifican todas las esferas de la cognición humana.

En artículos previos de esta sección hemos hablado de otras drogas de poderosos efectos psicoactivos: ketamina, psilocibina, ayahuasca… Sobre todo la ayahuasca goza de una reputación hoy día adornada de halos megamísticos. Ayer mismo, hablando casualmente con una pandilla que no conocía de nada, resulta que algunos concebían la ayahuasca como la “droga de los viajes astrales”. Aunque muchos legos sospechan que puede tener efectos negativos, a la vez están convencidos de que estos solo aparecen porque no se ha tomado con un chamán y que solo bajo la guía de un chamán se puede tomar ayahuasca. Pocas drogas gozan hoy día de tanto prestigio a pesar de ser de entre todos los alucinógenos conocidos el que quizás sea más proclive a producir un mal viaje. De hecho, la DMT, su principio activo, era conocida por los círculos de iniciados de Timothy Leary, Ralph Metzner y Richard Alpert como una droga que solo se experimentaba con ella para atravesar experiencias terroríficas[2]. Hoy día ningún ayahuasquero de estos fundamentalistas que tan de moda se están poniendo haría un solo comentario positivo sobre la LSD. Incluso científicos reputadísimos, hoy día líderes mundiales en investigación psiquedélica, no quieren saber nada de la LSD, abominan de ella y sus programas de investigación se centran en la psilocibina, una sustancia de menos controversia, solo porque no se les pueda llegar a relacionar con algo que huela mínimamente a contracultural.

Pero es que vivimos en un mundo irracional en el que las cosas cada vez son menos como deberían ser y más como no deberían. Y los científicos rara vez se mojan a la hora de cambiar las cosas por miedo a dejar de recibir subvenciones públicas con las que poder trabajar en sus investigaciones.

Visto este panorama, la noticia del New York Times anunciando los resultados de un estudio con LSD realizado en enfermos terminales es un rayo de luz que asoma entre las tinieblas pobladas de espectros sin alma.

Albert-Hofmann
Albert Hofmann

La LSD la descubrió Albert Hofmann de casualidad en 1943. Se ha especulado mucho (y se sigue especulando) sobre los hechos que ocurrieron exactamente el día en que Hofmann se intoxicó accidentalmente con LSD. Bueno, de hecho, con lo que se especula es con el grado de accidentalidad de dicha intoxicación. No sé, personalmente no me creo que Hofmann se intoxicara solo por haber entrado sus dedos en contacto con la sustancia. Todo psiconauta que haya probado el ácido ha tenido tripis en sus manos y nunca he escuchado el caso de que alguien se haya intoxicado manipulándolos. No se tiene constancia de que la LSD (ni ninguna otra droga, que yo conozca al menos) sea capaz de atravesar la piel así tal cual. Otra cosa es que se filtre a través de una herida o pueda penetrar por mucosas sensibles como las de la vagina o los ojos. Pero precisamente la piel es una barrera que a la evolución le ha costado miles de millones de años perfeccionar para que llegue ahora una ridícula cantidad de sustancia, por muy potente que esta sea, a penetrarla. Es obvio que Hofmann ingirió voluntariamente la dosis de LSD que le produjo su primera intoxicación, la cuestión es por qué tergiversó la verdad al mundo.

El reputadísimo farmacólogo Dave Nichols, creador de innumerables sustancias, entre ellas la MBDB o de análogos de la LSD más potentes que esta, planteó en su día una explicación a los misterios del descubrimiento de la LSD por parte de Hofmann[3]: Hofmann había tenido experiencias místicas de pequeño paseando por los bosques de Suiza. Lo cuenta en su librito (en mi opinión sobrevalorado) Mundo interior, mundo exterior, publicado en España por nuestros amigos de La Liebre de Marzo. Es posible que el día que manipulaba por primera vez y sin guantes (algo insólito en un químico profesional, por no decir negligente) la LSD con la que supuestamente se intoxicó estuviera experimentando una de esas experiencias místicas espontáneas y que en vez de considerar la experiencia como un estado espontáneo lo considerara farmacológicamente inducido. Bueno, no sé que hipótesis es más disparatada, si la de considerar una intoxicación accidental a través de la piel (algo que muchos psiconautas repiten periódicamente para poner a prueba la fantasiosa historia de Hofmann, sin éxito –estaría bien que Eduardo Hidalgo, en su busca y captura de mitos para esta revista la pusiera a prueba), o la de la experiencia mística espontánea: Hofmann efectivamente había tenido experiencias místicas espontáneas, así que la habría reconocido si se hubiera presentado de pronto en su laboratorio. Por otra parte, Hofmann, y así lo ha descrito innumerables veces, lo que describe en un proceso de intoxicación y nada de lo descrito en sus escritos se parece remotamente a cualquiera de las millones de experiencias místicas espontáneas referidas por otras tantas personas. Ni siquiera a las suyas propias de chavalín. Por último, es improbable que ninguna dosis mínima activa de LSD dure solamente dos horas, como explica Hofmann que duró. El día del descubrimiento de la LSD está plagado de misterios.

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Más misterioso aún es por qué Hofmann decide hacer su primer bioensayo con una dosis alta en su laboratorio. En sus informes Hofmann nos cuenta que su famoso viaje en bicicleta no lo hizo solo, nos habla de que su ayudante le acompañó desde los laboratorios en los que trabajaba hasta su casa. Su mujer se encontraba de viaje y fue esa ayudante, que, por cierto, era una mujer llamada Susi Ramstein, de 21 años, la que le hizo de baby sitter. Por cierto, Susi Ramstein fue también la primera mujer en la historia en probar la LSD[4].

¿Y qué pasó después de este primer viaje? Pues que el mundo convulsionó y las cosas no volvieron a ser como antes. Gracias al descubrimiento de la LSD se pudo llegar años después al descubrimiento de la serotonina[5] y con ello a todo el arsenal farmacológico del que dispone hoy día la psiquiatría para tratar enfermedades mentales como la psicosis o la depresión. Por no hablar de los cambios sociales de los años sesenta y todas estas cosas que serían aburridas de explicar de lo mucho que ya se ha escrito sobre ello.

La LSD, desde su descubrimiento hasta su prohibición, fue administrada a decenas de miles de pacientes, se publicaron miles de artículos científicos, era la herramienta de investigación más de moda y más innovadora de la historia de la psiquiatría hasta que empezó a coger mala fama debido al movimiento contracultural. A Hofmann le habrían dado el Nobel por este y otros de sus descubrimientos, algo por lo que nunca perdonaría al bueno de Leary. Y, como dato curioso con el que nos ilustró el amigo Juan Carlos Usó en su imprescindible Spanish trip, España estuvo plagado de Timothy Learies que iniciaban a sus alumnos de psiquiatría en los misterios del ácido, tanto, que cuando en todo el mundo se había prohibido la sustancia aquí se seguía utilizando en la práctica clínica.

Y desde entonces, en los años 70, hasta hoy, la sustancia quedó relegada al ostracismo científico. Peter Gasser, psiquiatra suizo, acaba de publicar un estudio realizado con pacientes terminales en el que ha vuelto a evaluar la seguridad y la eficacia de la LSD para reducir la ansiedad y la depresión en personas que se enfrentan con un diagnóstico de muerte[6]. Ya hemos hablado en artículos previos que este tipo de estudios se está poniendo de nuevo de moda pero con psilocibina. Desde los años 70 nadie se había vuelto a atrever a investigar con LSD. Pero el uso más prometedor de la LSD era precisamente este. Es mítica la historia del escritor Aldous Huxley, que decidió que su mujer le inyectara 100 microgramos de LSD justo cuando estaba muriendo, para hacer el tránsito sin brusquedad.

Lo que se conoce menos, al menos en círculos menos expertos, es el potencial analgésico de la LSD. Eric Kast fue el médico más famoso y el más citado en este sentido[7]. Se dio cuenta de que muchos de sus pacientes terminales dejaban de experimentar el dolor físico que acompaña a muchos procesos de cáncer incluso semanas después de haber tenido la experiencia con LSD. Otro pionero de lo que se consideró “terapia agónica” fue el archiconocido Stan Grof y el equipo de trabajo que dirigió en el que se encontraron figuras tan de renombre hoy día como Walter Pahke, Richard Yensen o William Richards[8].

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Pero hay una figura que también ha pasado desapercibida por no haber estado nunca vinculada al “movimiento” psiquedélico y que fue uno de los más reputados investigadores en el potencial analgésico de la LSD y que, precisamente, fue un anestesista y uno de los padres de la anestesia moderna: el Dr. Henry Knowles Beecher[9].

El Dr. Henry Knowles Beecher era profesor de Harvard. Fue uno de los científicos a sueldo pagados por la CIA para hacer investigación con LSD. No todos los científicos que fueron financiados para la CIA se involucraban en macabros experimentos como los que hoy día conocemos ni era oscuros agentes del mal. Hoy día muchos científicos trabajamos o hemos trabajado con dinero público y aunque siempre hay algún desconsiderado que nos acusa de poner nuestra ciencia al servicio del poder son una minoría y opiniones hay para todos los gustos. En los años 50 el gobierno norteamericano financió mucha investigación con LSD y en universidades tan prestigiosas como Harvard. Mientras que a la mayoría de científicos les interesaba el estado alterado de conciencia que produce la LSD para conocer mejor la forma de sanar las mentes enfermas, la CIA estaba interesada en su utilización para hacer enfermar las mentes sanas. Beecher era de los primeros. Había conocido los crueles experimentos que los nazis habían realizado en Dachau con mescalina y de hecho a Beecher se le considera uno de los padres de los modernos códigos de ética en investigación médica contemporánea. Beecher estaba además muy interesado en el efecto placebo. Había observado de los militares que sufrían heridas de guerra en el campo de batalla necesitaban menos dosis de morfina para aliviar su dolor que los civiles con lesiones parecidas. Así descubrió que el dolor tiene dos componentes: uno físico y objetivable y otro subjetivo y personal. Beecher entonces hizo el primer ensayo clínico en el que administró en forma de doble ciego LSD (dietilamina del ácido lisérgico) y la menos psicoactiva monotilamida del ácido lisérgico. Era la forma de separar el efecto placebo del efecto activo y, efectivamente, el componente analgésico de la LSD era “real”, no se debía a la subjetividad de los que lo tomaban.

Quisiera terminar por donde empecé: con el artículo de Gasser. Se ha tratado de un estudio piloto doble ciego con 12 pacientes en el que 8 recibieron 200 microgramos de LSD y 4, 20 microgramos, en dos sesiones realizadas con 2-3 semanas entre medias de terapia verbal. Se utilizaron instrumentos clásicos para medir ansiedad y depresión. Con una muestra tan pequeña es imposible sacar diferencias estadísticas pero desde un punto de vista clínico el estudio fue un éxito. Ojalá se sigan haciendo estudios como este, con mayor número de pacientes. Y ojalá se retome la investigación no solo sobre su potencial psicoterapéutico, sino analgésico.

[1]  http://goo.gl/QkQoha

[2] http://deoxy.org/h_leary.htm

[3] http://goo.gl/nyuNQh

[4] http://goo.gl/t0ciBi, http://goo.gl/Zn3Vy2

[5] http://goo.gl/Loyttp

[6] http://goo.gl/XBQxJA

[7] ver, por ejemplo: http://goo.gl/KRnfqs; http://goo.gl/hqQXZQ

[8] ver, por ejemplo: http://goo.gl/eN7RpH

[9] http://goo.gl/XcNkpT

Acerca del autor

Jose Carlos Bouso

José Carlos Bouso es psicólogo clínico y doctor en Farmacología. Es director científico de ICEERS, donde coordina estudios sobre los beneficios potenciales de las plantas psicoactivas, principalmente el cannabis, la ayahuasca y la ibogaína.