Resulta imposible adentrarse por completo en un tema tan complicado a través de un solo artículo, por lo que la intención se convierte en un simple acercamiento comprensivo a esta problemática, y a un nivel muy básico.

Por Lorenzo Buendía

Desde una perspectiva biológica, es complicado ofrecer durante 20 años el mismo tipo de semillas, principalmente por las terribles exigencias que conlleva conservar un genotipo (información genética que posee un organismo en particular) y la poca viabilidad comercial. Este texto girará en torno a esa idea y la responsabilidad moral (si existiera) de trasladarle al vendedor unos mínimos sobre crianza y un poco de verdad sobre el producto que está comprando.

Evitaré detenerme excesivamente en fundamentos teóricos, pero es imprescindible contextualizar un poco la situación. Digamos, simplificándolo, que la mayoría de casas de semillas consagradas afirman vender principalmente estos tres tipos de variedades fotodependientes:

F1: cruce de dos parentales estabilizados y no relacionados entre sí.

S1, S2, S3, etc.: variedades estabilizadas sobre sí mismas.

Landraces o variedades puras: propias de una región o cultivos tradicionales.

En el primero de los casos, los afamados cruces F1, se llevan a cabo diferentes combinaciones entre parentales estables y distanciados entre sí hasta obtener una genética acorde con las exigencias de la casa o el breeder (criador o genetista encargado de la mejora vegetal). Cuando se encuentra aquello que se estaba buscando, los parentales se mantienen en estado vegetativo durante años y se utilizan clones para llevar a cabo la labor de crianza. Si se conservan los parentales, dado que la carga genética es la misma, la homogeneidad y vigor híbrido de sus F1 serán los mismos.

Hindu Kush
Hindu Kush

De aquí provienen todas las leyendas y realidades sobre los «clones de élite». Es bien cierto que muchas casas de semillas poseen clones originales de variedades con un valor incalculable, principalmente por la mencionada carga genética, y también lo es que se pagan miles de euros por ciertos ejemplares consagrados.

A las variedades estabilizadas o mejoradas sobre sí mismas se las denomina con una S antes de un número (S1, S2, S3, S4…). En este caso, la crianza gira en torno a la idea de que la variedad debe mejorarse sólo a través de descendientes y parentales. Es decir, podrá cruzarse entre sí cualquier generación pero no debieran introducirse genéticas externas (excepto en algunos casos que veremos en próximos números de Cannabis Magazine). Muchos bancos afirman que llevan décadas mejorando alguna variedad sobre sí misma, algo realmente complicado si tenemos en cuenta la depresión endogámica y la competitividad a la que se enfrentan en este sector.

Por último están las variedades puras o landraces, provenientes de diferentes partes del mundo y con un origen genético fruto de la evolución natural. Estas variedades llevan cientos de años cruzándose entre sí y adaptándose a su entorno. Por ello, resulta bastante probable que hayan desarrollado rasgos que no agradan al cultivador o al consumidor de marihuana comercial:

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Hermafroditismo: rasgo que desarrollan algunos landraces en su lucha para sobrevivir y perpetuarse.

Cañamización: mediante la polinización natural el cannabis no suele expresar unos porcentajes de THC tan elevados como en el caso de las variedades comerciales; es más, los niveles de THC son considerablemente más bajos en la práctica totalidad de variedades autóctonas.

Northern Lights
Northern Lights

Actualmente, lo más habitual es que un banco de semillas disponga de una considerable cantidad de variedades estabilizadas sobre sí mismas y las cruce entre sí para obtener diferentes F1. Los F1 no solo son vigorosos y homogéneos, algo que le encanta al cultivador de cannabis, si no que son muy difíciles de «copiar». En el caso de las variedades estabilizadas sobre sí mismas, cualquier criador puede partir de ellas para obtener un cruce decente. Cruzar un F1, sin embargo, no suele ser buena idea.

En el caso de los landraces que comercializan las grandes casas de semillas, desde mi perspectiva, en la mayoría de casos creo que se trata de variedades efectivamente traídas de diferentes partes del planeta pero cruzadas y reforzadas con genéticas distantes, productivas y con altos contenidos de THC. Resulta imposible que un landrace posea interés comercial a corto o medio plazo si solo es cruzado sobre sí mismo. Se necesitarían décadas de crianza artesanal (así como medios, personal, mucha paciencia y un poco de fe) para que una especie pura alcanzara la «calidad» que existe actualmente en el sector y las características que demanda el consumidor (cortos periodos de floración, pocos cuidados, mucha producción, etc.).

Sobre la conservación genética del cannabis surgen muchas dudas que los cultivadores, consumidores o criador de a pie somos incapaces de contestar. Yo y muchos de mis allegados cultivadores hemos conservado genéticas por muchos años, llegando a la conclusión de que, entre los diez y los veinte años, la planta y sus clones tienden a comportarse de forma inestable y poco eficiente. Esto es un tema delicado y existen varias teorías supuestamente fundamentadas al respecto. De todas formas, aunque no fuera así, resultaría inviable que un banco de semillas dedicara ingentes cantidades de tiempo y dinero en mantener muchas especies que no pueden competir con los híbridos de otras casas. Siendo realistas (aunque empieza a crearse un pequeño perfil de consumidor conocedor y consciente) la mayoría de consumidores prefieren altas cantidades de THC, al margen de cualquier otra característica.

Dragons Weed por Blossom
Dragons Weed por Blossom

Recordemos que la planta del cannabis es una especie vegetal con un ciclo de vida anual. Es cierto que la carga genética permanece en la planta inalterable, a no ser que se produzca una mutación (causada casi siempre por un agente externo), pero la calidad del ejemplar empieza a decrecer cuando los años se cuentan en lustros. ¿Solución? Reforzarla genéticamente con una especie distanciada y luego fijar los rasgos que la caracterizaban y, por qué no, aprovechar el cruce para ofrecer rasgos más atractivos para el cultivador (hojas más pequeñas que proyectan menos sombra en las índicas, periodos más cortos de la floración en las sativas, grandes producciones en tamaños reducidos, etc.). Bien es cierto que aquellos bancos que se pueden permitir el esfuerzo no suelen olvidar la esencia de los landraces o variedades estabilizadas con las que comenzaron a trabajar y hacen que permanezcan algunas de sus características de forma evidente.

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Desde una perspectiva ética, lo ideal sería enumerar las versiones cuando se produjera la introducción de cualquier genética distanciada, sea cual sea el fin del proceso exogámico. De esta forma el cultivador sería consciente del cambio entre una genética que, por ejemplo, cultivó hace diez años y otra que lleva el mismo nombre pero que adquiere hoy en día (SuperSativa #1, #2, #3, #4, etc.). El problema es que esto conllevaría un impacto comercial terrible puesto que el cultivador medio desconoce ciertos fundamentos genéticos imprescindibles para valorar esta conducta y, además de pensar que se trata de genéticas diferentes, buscaría aquella con la que se sintió satisfecho y nunca una nueva versión de la misma, por mucho que prometa ser mejor. Así son las cosas.

Como conclusión, cabe decir que la actividad de las grandes casas de semillas está siempre condicionada por los consumidores y sus preferencias. Sin ir más lejos, las autoflorecientes han prosperado gracias a una inesperada aceptación del cultivador, a pesar de que la mayoría de breeders y bancos consideraban su crianza un paso atrás en lo que respecta a la evolución del cannabis comercial.

Para terminar, quisiera recordaros que esta no es más que una sencilla aproximación a un tema muy complicado y la única intención es acercar al lector una perspectiva sencilla sobre las semillas de cannabis que puede adquirir en la actualidad.

Acerca del autor

Muchos años luchando en la sombra para que el cannabis florezca al sol.