CUANDO EL CANNABIS LLEGÓ AL CINE ESPAÑOL

2.ª parte

por Valeria Vegas­

Después de repasar la llegada del cannabis a nuestro cine, dejamos atrás la década de los setenta para adentrarnos en los años ochenta, caracterizados generalmente por unos aires de libertad mucho más asentados y asimilados por la sociedad. Dentro de esta revisión podremos observar como no hay distinción de clases a la hora de fumar, y hasta padres e hijos acaban pasándose el canuto con total naturalidad, clara muestra de que en la década que a continuación vamos a tratar, distintas generaciones acaban dándose la mano en hechos fundamentales.

Una mujer sostiene un cigarrillo liado mientras un hombre con bigote observa su mano.

El famoso cine quinqui, género propio creado exclusivamente en nuestro país, siguió dando muestras de adolescentes metidos en atracos y líos varios, donde la droga era reflejada como un método de supervivencia. Dentro de ello encontramos películas como “De tripas corazón” o “Barcelona Sur”, ésta última rodada en 1981 y ambientada en la ciudad condal. La curiosidad de “Barcelona Sur” es que las protagonistas son mujeres, algo inusual hasta entonces dentro de dicho género, como si el sexo femenino no participase de cualquier divertimento o situación violenta. Una de las integrantes de tal banda de féminas incluso se extraña de que otras mujeres, prácticamente adolescentes y con una situación económica más desahogada, puedan comprarles el chocolate que ellas ofrecen a través de puntos estratégicos como una tienda de discos. Es entonces, a principios de los ochenta, cuando la mujer entra en acción, ya no hay género único ni clase social concreta para el consumo. Algo parecido ocurriría poco después con “Perras callejeras”, de corte similar y reflejando la vida de tres desarraigadas, donde una de ellas es extorsionada por un traficante sin escrúpulos con el que trabaja, sugiriéndole a ésta que deje la marihuana para pasarse a la heroína, hecho al que ella se niega en rotundo.

El realizador Eloy de la Iglesia continuaría dando buena muestra de su acertada visión de la juventud marginal y su trato con el cannabis, a través de films entre los que destacan “Colegas” y “La mujer del ministro”. En el primero de ellos, estrenado en 1982, los populares Rosario y Antonio Flores ejercen de hermanos también en la ficción. En una de sus charlas nocturnas él le invita a ella a fumar para paliar los nervios de un repentino embarazo, con un dialecto propio de la época, diciéndole “enciéndelo que es un costo chachi” o “pásame el chiri”, a la vez que ella se queja de lo fuerte que lo ha hecho, mientras dialogan entre caladas varias. Las escenas en las que aparece un porro son siempre en señal de camaradería y confidencia, como también ocurre con el que será el futuro padre de la criatura e íntimo amigo, a la vez, de ambos hermanos, donde fuman para evadirse juntos de cualquiera de sus problemas. En cambio, en “La mujer del ministro” se nos muestra el otro lado, los altos cargos con un corrupto cuerpo de la policía, en la que detienen a los jóvenes protagonistas en una redada, para luego comprobar estos como el propio comisario guarda una importante pieza de hachís como instrumento de chantaje o consumo propio. Fiel reflejo de ese vacío legal en el que reina aquello de “hecha la ley, hecha la trampa”, que en esta ocasión lleva el rostro del actor José Manuel Cervino, el cual demostró ya su buen hacer en películas de rango similar como “Navajeros” o “El pico”.

El uso del cannabis nunca ha sido exclusivo de edad alguna o rango social, y el séptimo arte comenzaba a ser fiel a tal realidad. Es el caso del film de Fernando Colomo, “Estoy en crisis”, en el que José Sacristán interpreta al director creativo de una agencia de publicidad, al que no le falta comodidad alguna. En los encuentros con sus distintas amantes acostumbra a fumar marihuana, dentro de esas escenas propias que reflejan el fin de una relación sexual y el inicio de una entretenida charla en la que se turnan el porro con total naturalidad. Un año después, en 1983, se rodaría la irregular “Los nuevos curanderos”, que viene a ser la otra cara de la moneda, en cuanto a personajes se refiere. En ella, una joven y bohemia pareja se lanza a vivir en el campo y dedicarse al esoterismo, viendo que sin empleo alguno en la ciudad no tienen dinero ni para comprar costo, y allí sacaran provecho de su sabiduría sobre el uso de distintas hierbas.

Por aquel entonces también se estrenarían “La quinta del porro”, y la continuación de ésta, “La batalla del porro”. El título es algo puramente anecdótico dentro de un argumento que invita al delirio con pésimos resultados y que pretende englobar a una nueva generación, a los que por entonces se les denominaba “pasotas”. En definitiva, un continuo devenir de clichés, para contar la historia de un grupo de jóvenes que viajan para cumplir con el deber, entonces obligatorio, de realizar el servicio militar, con las discrepancias que estos tienen sobre sus superiores. En tales casos siempre llama la atención el hecho de que el cannabis se reflejase como algo recientemente descubierto, cuando nada más lejos de la realidad, aunque para el séptimo arte sí fuese así, debido a los nuevos aires de libertad y con una clara finalidad de reclamo para el público.

Dos hombres con camisas de cuadros observan un pequeño objeto sostenido por uno de ellos.

En 1986 José Luis Garci rueda “Asignatura aprobada”, con el toque melancólico que caracteriza a sus producciones. De la película cabe destacar una secuencia en la que el actor Jesús Puente dialoga con su hijo, que cumple el estereotipo de joven dedicado a la música y con un lenguaje particular, pero sin rozar la exageración. En dicha charla el primogénito le pregunta claramente al padre si tiene chocolate, cuestión por la que éste no se inmuta e incluso le lía el porro a su propio hijo, el cual no duda en alabarle y catalogarle como un virtuoso, por la calidad del material. De ahí pasan a una conversación algo trascendente, en la que se reprochan la visión que cada uno tiene del otro, mientras comparten el canuto y sacan la conclusión de que aunque no pueden ser amigos, tampoco son tan distintos entre sí. En esta ocasión la escena no viene a reflejar sólo dos generaciones diferentes, sino que además hay un parentesco, y pretende mostrar cómo el acto de fumar marihuana puede unir a dos bandos a veces tan dispares como hijo y progenitor.

Una mujer con vestido rojo apoya el oído en una puerta cerrada junto a una estantería.

También se pretendió mostrar un lado más alarmista con el film “Los invitados”, basado ligeramente en un caso real, conocido como el crimen de los Galindos, acontecido a mediados de los setenta en Sevilla, y que nunca llegó a quedar resuelto. Es por ello que, entre todas las hipótesis, se eligió para la película la que resultaba más sensacionalista y quizás menos acertada: el tráfico de drogas. Todo gira en torno a un cultivo de marihuana en un cortijo de Sevilla, propuesto como negocio puntual por el actor Pablo Carbonell, que encarna a un extranjero que hace de intermediario. El matrimonio que vigila la finca tiene opiniones contrarias entre ambos, destacando curiosamente el personaje de Lola Flores, que se muestra conmocionada por lo que reflejan los medios de comunicación acerca de los estragos causados por ciertas drogas, y oponiéndose por ello a cualquier cultivo. Todo concluye en un ajuste de cuentas, que parecía encajar más en el desconocimiento del espectador.

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Durante la década de los ochenta Pedro Almodóvar se erige como el director por excelencia a la hora de reflejar actitudes y ambientes concretos, en los que el sexo y las drogas se viven con absoluta naturalidad y sin un sentido negativo. Muestra de ello son películas como “Laberinto de pasiones” o “¿Qué he hecho yo para merecer esto?”. En ésta última marca las diferencias entre la heroína y el cannabis, teniendo para ello al personaje del hijo de Carmen Maura, que, aunque asegura vender todo tipo de sustancias, para consumo propio sólo quiere un porro de vez en cuando, estando alejado de todo lo demás y sus consecuencias, tildándolo como un joven astuto. Pero el realizador manchego pretendía dar credibilidad a todos sus personajes, reflejando también la preocupación de cualquier madre ante el desconocimiento, tal y como ocurre en su film de 1986, “La ley del deseo”. En él se puede observar a la actriz Helga Liné preocupada ante el humo que ve salir de la puerta del baño, encontrándose su hijo en el interior, el cual está quemando una camisa que puede ser la prueba definitiva de un crimen. Pero ella, alarmada, se lanza a pensar primeramente que se trata de un porro, aunque no sepa identificar ni tan siquiera el olor. Todo lo contario a lo que ocurre en “Átame!”, donde Victoria Abril decide visitar a su médica de cabecera para paliar un dolor de muelas y que le receta un calmante. Mientras la doctora, interpretada por la actriz María Barranco, le recibe en su propio hogar y le extiende una receta, no duda en ofrecerle una calada de su porro, algo que seguro asombró a algunos espectadores del momento, que en su ignorancia o influenciados por erróneos prototipos, no concebían la idea de que un profesional de la medicina consumiese marihuana. Obviamente mucho antes de que se conociese además su uso terapéutico.

Pero la película por excelencia no llegaría casi hasta concluir la década, cuando en 1989 se estrena la comedia “Bajarse al moro”. Este acertado largometraje de Fernando Colomo, que lleva ya en su título la razón de su argumento, nos muestra sin moralina y de forma despreocupada los viajes a Marruecos de una risueña Verónica Forqué. Esta vez la venta y el consumo no tienen pretexto ni juicio alguno, tal y como venía ocurriendo en ocasiones con el cine quinqui u otros films donde si había cierto sensacionalismo. Para darle otra vuelta de tuerca, nada alejada de la realidad, la protagonista tiene por novio a un policía, interpretado por Antonio Banderas, que al igual que los personajes de Juan Echanove y Aitana Sánchez-Gijón, también fuma costo, aunque luego con el uniforme puesto tenga que perseguir el uso y comercio de éste. El cannabis acaba siendo un protagonista más, de manera desenfadada, en una historia en la que, como cualquier otra, abundan las relaciones humanas, el amor o la traición, sin que la marihuana interfiera en nada de ello como aspecto despectivo.

 

Un hombre fuma recostado en la cama mientras una mujer sentada a su lado lo mira sonriente.

Bajarse al moro” nos muestra sin moralina y de forma despreocupada los viajes a Marruecos de una risueña Verónica Forqué.

Preguntas frecuentes

¿Cómo representó el cine español el cannabis en los años 80?

Lo mostró en contextos muy diversos: marginalidad, camaradería, relaciones familiares, ambientes profesionales, tráfico de drogas y comedia.

¿Qué películas de los años 80 incluyeron escenas relacionadas con el cannabis?

El artículo menciona, entre otras, Colegas, La mujer del ministro, Asignatura aprobada, Los invitados, Átame! y Bajarse al moro.

¿Qué papel tiene el cannabis en Bajarse al moro?

Aparece como un elemento cotidiano de la trama, vinculado a los viajes a Marruecos, la venta y el consumo, sin moralina ni juicio explícito.

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