Continuamos con el capítulo 42 de PIHKAL, titulado “Una lección en la universidad”, en el que se describe cómo Shulgin aprovecha su puesto de profesor de universidad para arengar contra la prohibición de las drogas. Seguiremos ofreciendo en exclusiva los mejores textos de los libros clásicos de los Shulgin.

por Sasha Shulgin y J. C. Ruiz Franco

Todos los tipos de drogas se infiltran profunda y permanentemente en nuestra cultura, en nuestro modo de vida. Sus valores y sus riesgos deben transmitirse a nuestros niños, y esta enseñanza debe hacerse con honestidad e integridad.

¿Y cuál es el estado de la investigación en las escuelas médicas, y las universidades, y los laboratorios industriales a lo largo y ancho de la nación? Puedo aseguraros que, puesto que las drogas psiquedélicas no son oficialmente reconocidas como un área válida para la investigación con sujetos humanos, no hay ningún dinero disponible en ninguna universidad o escuela médica para la exploración y el estudio de sus acciones y efectos en humanos.

Es un hecho real que toda investigación hoy en día, en el ámbito académico, se financia casi exclusivamente con fondos federales, y si una solicitud de subvención no cumple con los deseos o necesidades del organismo que otorga la concesión, la investigación quedará sin financiar, por lo que no se realizará. En los controles que se han establecido sobre las industrias farmacéuticas, hay otro mecanismo efectivo de prohibición de las investigaciones. La investigación con drogas sólo puede ser aprobada para su posible uso médico si las drogas que participan tienen utilidad médica aceptada. Y existe una declaración oficial de que no hay ninguna droga, ni una sola de las drogas, en el fascinante ámbito de los psiquedélicos, que tenga un uso médico aceptado. Todas ellas son, como sabéis, cosas de la Lista I, y —por definición— ni ellas, ni ninguno de sus análogos, tienen ninguna utilidad médica.

¿Y los mensajes que se difunden en los medios? Con demasiada frecuencia, se presenta una historia escabrosa, y se ignora su posterior retractación. Un par de ejemplos pueden ilustrar esta tesis.

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TIHKAL

Consideremos las frases: «Incluso la primera vez puede matar», e «Incluso el material puro puede matar», como se aplican al uso de cocaína. Ambas se promovieron como constataciones de hechos, como consecuencia de la trágica muerte de una figura del deporte llamada Mr. Len Bias, que murió por sobredosis de cocaína. Esto sucedió en un momento crítico, justo semanas antes de que tuvieran lugar las votaciones bianuales de la ley de drogas.

Según los periódicos, el informe de la autopsia indicaba que el joven era la primera vez que tomaba, y que había usado cocaína pura. Esto es una absoluta insensatez. Ni la pureza de una droga, ni la frecuencia de su uso en el pasado pueden extraerse de un análisis de los tejidos corporales después de la muerte. Cuando el informe de la autopsia final salió a la luz, se publicó en el Journal of the American Medical Association, y parecía claro para los científicos implicados que al señor Bias le habían metido una gran cantidad de cocaína por la boca (en un refresco, tal vez, ya que no se detectó en él presencia de alcohol) y se lanzó la sugerencia de que podría no haber sido autoinfligido. Traducido, esto significa que cabía la posibilidad de que hubiera sido asesinado.

Este último punto de vista no se hizo público, y las dos frases pegadizas todavía se siguen usando por su valor «educativo». Incluso la primera vez puede matar. Incluso la sustancia pura puede matar.

La ley antidroga, no hace falta decirlo, se aprobó con un margen impresionante.

Posteriormente, se produjo un accidente de tren a las afueras de la ciudad de Baltimore, a principios de 1987, donde murieron 16 personas y otras 170 resultaron heridas. Los periódicos pregonaron a los cuatro vientos el hallazgo de que el ingeniero responsable del accidente había dado positivo en las pruebas para la detección de marihuana en su cuerpo. Ésta ha sido una de las principales motivaciones para enfocar la atención del público en la necesidad de pruebas de orina como un aspecto necesario para la seguridad pública, especialmente en el área de los transportes.

Seis meses después, una revisión de las pruebas de este caso resultó en la aparición de un informe que mostraba que el supervisor del laboratorio de pruebas que había presentado el descubrimiento de marihuana (el laboratorio FAA de la ciudad de Oklahoma) había estado inventándose durante meses los resultados de las pruebas de droga. Se estaban reportando resultados de pruebas que nunca se habían realizado, porque no había nadie en el laboratorio que supiera cómo manejar tan sofisticados instrumentos.

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Cuando se trataron de impugnar los descubrimientos específicos en el caso de este ingeniero, los datos informáticos originales aparentemente se habían perdido. Y no quedaba nada de la muestra de sangre original para realizar un nuevo análisis. Nunca se sabrá si este ingeniero se encontraba realmente incapacitado por la marihuana, pero aún se le sigue sacando rendimiento político y emocional a la historia original.

La constante repetición por parte de la prensa del propio término, «Guerra contra las Drogas», tiene una influencia tendenciosa en la opinión pública. Evoca la imagen de nuestro bando, en oposición al otro bando, y la existencia de una lucha por la victoria. No resultar victorioso es no sobrevivir como nación, seguimos oyendo. Se está lanzando un continuo mensaje de que la mayoría de los problemas de nuestra nación —pobreza, desempleo creciente, falta de acceso a la vivienda, nuestras monstruosas estadísticas de crimen, aumento de la mortalidad infantil y problemas de salud, incluso peligros para nuestra seguridad nacional que implican terrorismo y agentes extranjeros— son los resultados directos del uso de drogas ilegales, y todos estos problemas desaparecerían de un plumazo si simplemente encontráramos una solución efectiva a este terrible flagelo.

¿Recordáis oír la palabra Krystalnacht, de la historia de la subida al poder de los nazis en Alemania, a finales de la década de 1930? Ésa fue la noche de los cristales rotos, cuando la policía autorizada por el Estado y los jóvenes nazis realizaron un barrido a través de las barriadas judías de las ciudades alemanas, reduciendo a añicos todos los paneles de cristal que estuvieran de algún modo relacionados con la cultura judía —ya fuera el escaparate de un establecimiento, una sinagoga o una casa privada—. «Si nos libráramos de esa escoria conocida como judíos», decían las autoridades, «se solucionarían los problemas sociales de la nación».

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PIHKAL

Aquí veo una maniobra comparable, sólo con unos pocos cambios en las palabras. «Si nos libráramos de la escoria drogata de nuestra sociedad, si los despojamos de sus hogares, sus propiedades, sus fumaderos de crack, se solucionarían los problemas sociales de nuestra nación».

En Alemania la población judía fue atacada y vencida, algunos de ellos hasta la muerte, en un exitoso esfuerzo por dirigir todas las frustraciones y los resentimientos hacia una raza de humanos a la que señalaban como causa de las dificultades de la nación. Se fraguó un estado de ánimo nacional de unidad y atención a una meta, y permitió la formación de un Estado fascista viciosamente poderoso. La persecución de los judíos, huelga decirlo, no consiguió solucionar los problemas sociales de Alemania.

En la actualidad, en Estados Unidos, la población que usa drogas se está utilizando como cabeza de turco de una manera similar, y me temo que el punto final bien podría desencadenar un estado similar de consenso nacional sin nuestras tradicionales libertades y salvaguardas de los derechos individuales, y que aún quedaran sin resolver nuestros serios problemas sociales.

¿Cuán severo se muestra en realidad el problema de las drogas ilegales? Si se dejan a un lado las estadísticas generalizadas, y se buscan los hechos irrebatibles, no parece muy grande. Desde el punto de vista de la salud pública, resulta cada vez más insignificante.

Sólo las dos principales drogas legales, tabaco y alcohol, son en conjunción directamente responsables de más de 500.000 muertes al año en este país. Las muertes asociadas a los medicamentos de prescripción médica se cobran otras 100.000 vidas cada año. La combinación de muertes asociadas con todas las drogas ilegales, incluyendo heroína, cocaína, marihuana, metanfetamina y PCP, podría incrementar este total en otras 5.000 personas. En otras palabras, si todo el uso de drogas ilegales fuera a desaparecer por la acción de una varita mágica, las muertes relacionadas con sustancias en el país decrecería un 1%. El 99% restante quedarían simplemente como muertos, pero muertos por medios legales, y por tanto socialmente aceptables.

¿Qué hay de los tan pregonados 60.000 millones de dólares de coste a los negocios como resultado de la pérdida de productividad en el lugar de trabajo? Esta cifra salió de un único estudio que contenía un número de suposiciones que el Instituto Nacional de Abuso de Drogas admite que no eran válidas. En este estudio, realizado por Research Triangle Park, fueron encuestadas cerca de 40.000 unidades familiares, y los ingresos medios se correlacionaron con la admisión de que alguien que vivía allí había usado marihuana con regularidad. Estas familias tenían rentas más bajas, y ese sueldo mensual inferior se declaró que se debía al hecho de que hubiera habido uso de marihuana. Cuando esto se extrapoló a la población en su conjunto, los cálculos arrojaban una cifra de 28.000 millones de dólares. Después se añadieron los costes de los crímenes por drogas, de los problemas de salud y de los accidentes, y la cifra se infló hasta 47.000 millones de dólares. El ajuste por la inflación y el aumento de la población incrementó este número hasta la frecuentemente citada cifra de 60.000 millones. Este vergonzoso estudio supone una de las principales bases de nuestra cruzada contra el uso de drogas ilícitas en la industria.

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Éste es el único estudio de ese tipo que se ha realizado, y en él se realizaron preguntas respecto al uso de otras drogas ilegales. Si las correlaciones hubieran usado los hallazgos encontrados con el uso de cocaína o heroína, en lugar del uso de marihuana, no habría habido ninguna renta media inferior en absoluto. La única conclusión que pudieron sacar (con cocaína y heroína, en vez de con marihuana) fue que el abuso de drogas no suponía ningún coste en absoluto para los negocios. La droga que se utilizó en los cálculos era la única que podría haber proporcionado las cifras que se necesitaban para echar combustible a la guerra contra la droga.

El problema de la droga puede no tener el tamaño que nos dicen que tiene, pero resulta lo suficientemente grande para ser motivo de preocupación. ¿Cuáles son algunas de sus causas? Hay una sensación de desamparo en gran parte de nuestra población pobre, particularmente entre hombres jóvenes negros e hispanos. Existe una ausencia total de autoconfianza en la mayoría de los residentes de nuestros barrios marginales. Hay un amplio número de personas sin hogar, y un estado de alienación en aumento entre la clase media o alta y las clases más bajas. Por una parte, hay una creciente actitud de: «Yo tengo lo mío, y tú púdrete en el infierno» y por la otra: «No tengo nada que perder, así que voy a joderte».

Hay un vergonzoso problema de salud pública de enormes proporciones (SIDA, embarazos adolescentes, creciente mortalidad infantil y el abandono de cualquier esfuerzo serio por ayudar a aquéllos con enfermedades mentales debilitantes). Hay niños que no tienen familias, ni comida, ni educación, y tampoco esperanza. Existe una situación cercana a la anarquía en las calles de nuestras grandes ciudades, acompañada de una pérdida de la integridad comunitaria en las áreas rurales. Por todo esto se culpa al «problema de la droga», aunque el uso de drogas no tiene nada que ver con ello. El uso de drogas no es la causa de ninguno de estos terribles problemas. Puede ser ciertamente uno de los resultados, pero no la causa. Sin embargo, se está haciendo un gran esfuerzo nacional para convencer al pueblo estadounidense de que ganar la «Guerra contra la Droga» nos curará en serio de todos nuestros males, si no hiciéramos sino renunciar a unos pocos más de nuestros derechos individuales en la búsqueda de la victoria.

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Acerca del autor

]. C. Ruiz Franco es licenciado en Filosofía y DEA del doctorado de la misma carrera, cuenta con un posgrado en Sociología y otro en Nutrición Deportiva. Se considera principalmente filósofo, y es desde esa posición de pensador como contempla el mundo y la vida. Se interesa principalmente por las sustancias menos conocidas, y sobre ellas publica mensualmente en la revista Cannabis Magazine.